España
¡ELECCIONES YA! POR UNA ESPAÑA UNIDA
AN.- El felón de Pedro ha incendiado España para prolongar unos meses su agónico mandato. El traidor cifra sus expectativas políticas vitales en disfrutar unos meses más del avión oficial y de las prerrogativas palaciegas, sin haber sido elegido nunca por los españoles. El traidor está dispuesto a entregar España a los separatistas para colmar sus objetivos personales. El daño a España del traidor puede ser irreversible si no se pone fin a su etapa política al frente del Gobierno.
El fuego devorador, y el humo espeso, manifiestan que se está quemando a España en su intimidad más profunda, conforme a un plan puesto en práctica desde la entrevista secreta de Sánchez y Soros en la Moncloa, y hasta ahora con éxito.
El fuego y el humo de estos últimos meses han sido como un voltear de campanas que nos piden con urgencia acudir a sofocar el incendio interior que quiere que España, despedazada, desaparezca, convertida en un desierto infecundo material y espiritualmente.
España se deshace a pedazos. Suena hasta a humor negro que los autores del golpe de estado de 2017 sean hoy los encargados de marcarle la agenda al Gobierno y haya sido puesta en sus sucias manos el futuro de millones de españoles. Y decimos que suena a humor negro porque mientras se criminaliza a los que acudirán libremente a la manifestación patriota del domingo, en la plaza de Colón, los espacios públicos de Cataluña están siendo utilizados para exaltar la ruptura de España y a los presuntos delincuentes que lo han intentado, al mismo tiempo que institucionalmente se promueve el desorden, la violencia y el caos.
Lo que está en juego, en última instancia, como tantas veces hemos dicho, es España como nación, como criatura histórica, como entidad soberana. Y está claro que ningún gobierno, ningún régimen, ni menos la Monarquía, cuya única legitimidad arranca del 18 de julio, puede comprometer la existencia misma de la nación. Si nos quedamos sin España, si España pierde su unidad, aquello que la vertebra y la vivifica, si la dejan sin alma, sin razón de ser, es inútil seguir discutiendo. Aceptar una negociación con quienes no tienen otro objetivo que romper España, que ésta desaparezca, sería tanto como confeccionar un vestido para un cadáver o para un enfermo de gravedad, condenado a muerte. Pero a los muertos no se les confeccionan vestidos, sino mortajas.
Los secesionistas han logrado que Pedro Sánchez acepte la ‘hoja de ruta’ impuesta por un fugitivo de la justicia española. Una cosa es el diálogo en el marco de las instituciones democráticas concebidas para tal efecto y otra bien distinta es oficializar una relación de bilateralidad entre España y Cataluña, que es lo que buscan los separatistas.
Los españoles, indignados más que nunca, deben revolverse contra tanto despropósitos, exteriorizando su disgusto y su protesta, desbordando las calles, resueltos a no tolerar ni un minuto más esta traición histórica de Pedro Sánchez. ¿O es que en España sólo es atendido y respetado el que grita, el que amenaza?
Porque, si es así, los patriotas españoles deben apercibirse también a gritar y amenazar.
Desoyamos la teatralización de una ruptura entre el Gobierno y los secesionistas para desactivar la gran movilización patriota puesta en marcha. Ni una trampa más. Ni un paso atrás. El pueblo debe dictar una triple sentencia el domingo: ¡Pedro Sánchez es un felón! ¡Pedro Sánchez es culpable! ¡Pedro Sánchez debe ser arrojado al basurero de la historia!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
