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España

En el Día de Andalucía

Redacción

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Busto de Blas Infante

Antonio de la Torre.- De vez en cuando, no viene mal un poco de Historia, de la de verdad y no de esa que el nefasto José Luis Rodríguez quiso imponer con su sesgada ley de desmemoria histórica y que su clon Dr. Plagio intentaba “mejorar” con la creación de una “Comisión de la verdad” para rematar la obra de su antecesor y acabar de una vez con la mayor parte de la Historia real del Siglo XX español que tanto estorba a la izquierda comunista española y, en particular, al Partido Siempre Opuesto a España, los dos grandes derrotados, por cierto, en 1939, por ese franquismo al que quisieran “enterrar” definitivamente, “desenterrando” los restos de Francisco Franco. Curiosa paradoja.

Dicho lo anterior, vamos con un pequeño repaso sobre lo que se celebra este jueves, día 28 de Febrero, la fiesta regional conocida como Día de Andalucía, su tendenciosa manipulación y la realidad de los “emblemas” -bandera y personaje- escogidos por los que mandaron en mi tierra durante casi cuarenta años y respaldado con más o menos fervor localista por unos y otros. Esta fiesta -como tantas- fue uno más de los despropósitos del “café para todos” que sólo sirve para complicar el calendario laboral español y dar gusto a los que se la inventaron, derivado de otra “fiesta”, ésta sí que lo fue, la del reparto de competencias que, para contentar a dos regiones y media, mal llamadas “históricas”, se convirtió en la “Jauja” -que me perdonen los habitantes de la pedanía de Lucena (Córdoba)- de los reyezuelos que al rebufo de sus colegas “históricos” fueron acaparando áreas de la Administración Central y creando cuerpos de asesores clientelares para lo que en su mayoría no estaban preparados, pero dejemos esto aquí, que tiempo habrá para volver alguna vez más sobre ello. Tierra por cierto, Jauja, del famoso bandolero, José Mª el Tempranillo, que no sé si no habrá sido fuente de inspiración para esa “Unta” que se hizo endémica en la dictadura socialista de la Andalucía de los ERE y otros desfalcos.

Como muchos sabrán, esta fiesta tiene su origen en el 28 de Febrero de 1980, fecha en la que, excepto en Almería, se “votó” el Referéndum que desembocó en el Estatuto de Andalucía que acabó en autonomía y, años después (2007), en “realidad nacional”, recuperando lo que al parecer ya se decía en el Manifiesto Andalucista de Córdoba de 1919 -que apostaría sin mucho riesgo a decir que el 99% de los andaluces desconoce-, y que sustituyó la anterior del 4 de Diciembre, cuando las “masas” andaluzas, en 1977 -que no se diga que el “sentimiento regionalista” no se despertó pronto en mi tierra-, “desbordaron” las calles (un escaso 15% de la población entre las 8 provincias dijeron los más optimistas) “pidiendo” lo que la mayoría no sabía ni qué significaría ni cómo se haría, pero que unos pocos no querían que Andalucía fuera menos que otros y quedara apartada del reparto.

Hago un pequeño inciso para dejar muestra del “enorme interés” de los andaluces en el proceso autonómico. Cuando se votó el Estatuto en 1981 la abstención fue algo superior al 46’5% y, del 53’7% restante, entre el NO (7%), votos nulos y en blanco, sumaron más del 10’6%, es decir, superaron ampliamente a la mitad de andaluces, por lo que el 89’38% de voto afirmativo representaba realmente un 48% raspado del censo. Pero hay más. En la reforma de 2007 el “interés autonómico” tuvo un “crecimiento negativo” -como se dice ahora para edulcorar la realidad-, o sea que se cayó, pues la abstención se fue al 63’72%, y del 36’28% que acudió a votar lo refrendó un 87’45%, es decir, poco más del 31’7% del censo. “Casi n’á p’al body”, que diría un castizo.

Dejada constancia del “creciente” interés de los andaluces por su autonomía -creo que extrapolable al resto de regiones de España, incluidas las ya citadas “históricas”, si el adoctrinamiento educativo no se hubiera dejado implantar- vamos ahora con el “héroe andaluz” y los símbolos. Como no podía ser menos, tampoco en eso, Andalucía se fabricó al suyo y nos impusieron a don Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza”, cuyo rasgo más destacable, aparte de su oposición de Notario, fue su denodado intento de tomar parte activa en política, algo que no consiguió pese a haber tratado sin éxito de presentarse a las elecciones en 1918 y 1919, lo que sí conseguiría en 1931, primero con el Partido Republicano Revolucionario y después por la coalición Izquierda Republicana Andaluza -el partido de Manuel Azaña- en 1934, aunque no obtuvo escaño ya que, al parecer y como a alguno más, entre 2014 y 2018, seguramente porque lo conocían bien, no lo votaron ni en su pueblo, Casares (Málaga), hoy embellecido y blanco como una patena y formando parte de una ruta turística, probablemente con la inyección de fondos públicos de la Junta que lo llevó a los pedestales de la “paternidad” andaluza.

Lo siguiente a considerar del citado “héroe” fue su afición por lo islámico, hasta tal punto que en 1924 viajó a Marruecos para visitar en Agmat la tumba del último rey musulmán de Córdoba y Sevilla, Al-Mutamid, al que había dedicado un libro, llevado después al teatro, en cuya mezquita, tras “dar alrededor de su tumba, las siete vueltas preceptivas en sentido opuesto a las agujas del reloj hizo la Shahada”, el «testimonio» por el que un musulmán se reconoce como tal en una comunidad de creyentes, adoptando el nombre de Ahmad, que significa, creo, “el que pone en acto lo que estaba en potencia”. Es decir, apostató del Cristianismo y se hizo islamista, de lo que fueron testigos dos andalusíes descendientes de moriscos y nacidos en Marruecos, Omar Dukali y Beni-Al-Ahmar, que le regalaron una chilaba y un puñal bereber, que conservó, y hasta tal punto fue su conversión -pese al desmentido de parte de sus familiares- que a su casa en Coria del Río (Sevilla) la llamó “Dar al Farah”.

Infante, en su fantasía nacionalista, aspiraba a «vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz y escribir en andaluz» y se sumergió en el árabe aunque no escribió mucho en ese idioma pero descubrió que “el lenguaje andaluz tiene sonidos que no podían ser expresados en letras castellanas” y había que acudir al “Alifato” -que el DEL define como serie de consonantes árabes, conforme a un orden tradicional- cuya influencia obligaba, según él, a “estudiar la conveniencia de reconstruir un alfabeto andaluz” para separarlo del Español, aunque mientras era preciso «valernos de los signos alfabéticos de Castilla».

Según él, “la historia de la región había sido muy mal contada, debido a intereses bastardos que intentaban disimular su realidad nacional” y “en la ‘comprensión del ‘período andalusí’ debía descansar la recuperación de la conciencia andaluza» porque, “Nosotros, no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos”. Digno paciente del paisano de su mujer, el que fuera prestigioso psiquiatra cordobés Rafael Castilla del Pino y al más puro estilo del vasco Sabino Arana, que también hubiera merecido la atención del citado galeno.

Y como todo “héroe” nos dejó su legado en forma de bandera, escudo e himno. Los primeros, de inspiración propia, ya habían sido aprobados por la Asamblea de Ronda en 1918 y fueron rescatados por nuestros próceres andaluces. La bandera, de “inocentes colores”, el verde de los Omeyas y el blanco de los Almohades –una prueba más de su afición al Islam-, “Le hemos quitado el negro, como el duelo después de las batallas, y el rojo como el carmín de nuestros sables, y todavía se inquietan” y el escudo, con las columnas de Hércules coronadas por un arco verdiblanco con una figura del dios de la Mitología griega manifiestamente mejorable, ya que en nada se parece a la imagen atlética y varonil que conocemos esa pose entre los dos sumisos leones que lo acompañan. Por otra parte nos legó la letra del himno, que ensalza la bandera y cuya música está inspirada en un canto religioso, El Santo Dios, del maestro José del Castillo, lo que no deja de ser una contradicción con el espíritu del letrista.

Pero digo yo, ¿no hubiera sido más entendible y desde luego lógico desde el punto de vista occidental y cristiano, haber adoptado como Padre de la Patria Andaluza al Rey Fernando III el Santo, que liberó gran parte de nuestra tierra -Jaén, Córdoba y Sevilla- de la dominación musulmana? ¡Ah, claro!, que se trataba precisamente de lo contrario, enaltecer cualquier cosa y personaje que nada tuviera que ver con las raíces judeocristianas de España de las que el relativismo de la izquierda reniega y quiere hacer desaparecer ¿En qué estaría yo pensando?

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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