Internacional
“ERES UN TRAIDOR”: La durísima carta de la madre de un marine muerto en Afganistán y que deja en evidencia a Biden
La empresa de Mark Zuckerberg eliminó la cuenta de Instagram de la autora, pero tuvo que reabrirla ante el cabreo y la indignación de los internautas.
La carta de Shana Chappell, madre de Kareem M. Nikoui, que falleció en Afganistán, junto a otros 12 militares norteamericanos, tras el atentado contra el aeropuerto de Kabul, en plena operación de evacuación, relata su encuentro con Joe Biden el día que llegaron los cadáveres a EEUU.
“Presidente Joe Biden, ¡este mensaje es para ti! Sé que mi cara está grabada en tu mente. Ayer pude mirarte directamente a los ojos y tener unas palabras contigo. Después de que deje descansar a mi hijo, me volverás a ver. Recuerda. Soy la que estuve a diez centímetros de tu cara y te dijo que nunca volveré a abrazar a mi hijo, escuchar su risa e intentaste interrumpirme para contarme una de tus historias de sollozos. Pero esto no va sobre ti. No hagas que vaya sobre ti.
¡No eres el presidente de EEUU! ¡Hacer trampas no es ganar! ¡No eres para nada un líder! ¡Eres un ser humano débil y un traidor! Le diste la espalda a mi hijo y a todos nuestros héroes. Te vas a ir de la Casa Blanca de una forma u otra porque tú no perteneces ahí.
Esta es la carta que Chappell publicó en su perfil de Facebook y que poco después propició que la compañía de Zuckerberg eliminara su cuenta de Instagram. El cabreo y la indignación de los internautas fue tal, que la red social no tuvo más remedio que rectificar. “Expresamos nuestro más sentido pésame a la Sra. Chappell y su familia”, afirmó Facebook en un comunicado. “Su tributo a su heroico hijo no viola ninguna de nuestras políticas. Si bien la publicación no se eliminó, su cuenta se eliminó incorrectamente y la hemos restaurado”, concluye. ¿Se fijan? Facebook siempre se equivoca en el mismo sentido. Qué curioso.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

