Opinión
«Esperanza» por José Luis Rodríguez
Detrás del estallido de una guerra casi siempre hay motivaciones políticas, étnicas, extremismos desmedidos, o la ambición por controlar recursos naturales, tecnológicos o comerciales.
Jamás comienza una guerra por voluntad de los pueblos implicados, siempre son ocasionadas por la incapacidad de sus dirigentes para conseguir sus objetivos con la honorabilidad que cabría esperar de ellos.
La mediocridad es el más leve defecto que podemos encontrar en un País en el que la Fiscal General del Estado se fuga, imputada por fraude fiscal, evasión y blanqueo de capitales junto al poco memorable expresidente Zapatero.
No queda un sólo garbanzo blanco en ésta olla.
Estos señores, a los que nosotros votamos, lucen orgullosos sus títulos del capitán Pescanova, que según creo, envían contra reembolso a cambio de cuatro códigos de barras.
Su codicia les mantiene ocupados revisando de qué partida presupuestaria obtendrán su próxima mordida mientras su incompetencia les domina y les obliga a gobernar con el poder del miedo, ya que no cuentan con la credibilidad ni la destreza para hacerlo de otra forma y no hay asesor en el mundo capaz de hacer pasar un chorizo por un jamón de jabugo.
Gobernar mediante el miedo y el expolio pisoteando a la población da resultado, salta a la vista, hasta que aparece en escena un factor que históricamente, ha levantado a los pueblos, generalmente demasiado tarde, en contra de sus dirigentes.
Me refiero a la ESPERANZA.
La esperanza ha hecho justicia en muchas ocasiones, a veces de manera atroz, tanto como lo exija la situación que la despierta.
Y en nuestras vidas hoy reina el estruendo del expolio fiscal, la amenaza, el abuso, el miedo, la decepción, la corrupción y la mentira, lo que no augura un despertar apacible para tan temperamental aliada.
Muchos me preguntan porqué no salimos a la calle, a protestar, a meterle las cabras en el corral a ésta mafia gubernamental, y la respuesta es sencilla.
No hay un sólo rayo de esperanza en éste escenario político.
Ni siquiera la mal titulada extrema derecha, porque su objetivo no es romper la baraja, ni cambiar las reglas, sino coger asiento.
Sólo es un espejismo, y esto, puedo afirmarlo porque lo he vivido desde dentro.
Cuando el corazón de los españoles albergue un brote de esperanza, no tendréis dónde esconderos. NINGUNO.
QUE VUESTRAS ALMAS JAMAS ENCUENTREN REPOSO.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
