Opinión
¿Estará la Iglesia a la altura?
Franco salvó a España de un régimen criminal, salido de elecciones fraudulentas, es decir, de un golpe de estado, y compuesto de totalitarios y separatistas. Un régimen que amenazaba muy seriamente no solo las libertades políticas sino la libertad personal, la integridad nacional y la cultura cristiana. Salvó también a la Iglesia del exterminio y a una monarquía que todos daban por periclitada para siempre después de su vergonzoso autogolpe de 1931.
Su régimen, autoritario pero no totalitario, con gran libertad personal y libertades políticas restringidas para comunistas y separatistas, reconstruyó el país brillantemente con las propias fuerzas de España y lo hizo en medio de una delictiva hostilidad de casi todo el resto del mundo, a la que derrotó finalmente; y sin deber nada a la ayuda de Usa, al contrario que los demás países de Europa occidental.
El franquismo desarrolló al país convirtiéndolo en uno de los más prósperos del mundo, con mayor esperanza de vida que el resto de Europa exceptuando a Suecia y alguno más, y los índices de salud social mejores del continente. Los tremendo odios políticos y sociales que habían hecho de la república un caos hasta destruirla, desaparecieron, y por primera vez fue posible pensar en una democracia estable y sin convulsiones, aprobada en referéndum de diciembre de 1976, desde el franquismo y no contra él. Por ello, y gracias a Franco, España es un país libre de deudas políticas, económicas y morales, pues se debe su democracia a sí misma, no a la intervención del ejército useño ni a la ayuda indirecta de Stalin ni al Plan Marshall, como el resto de Europa occidental. Por todos estos hechos indiscutibles y perfectamente constatables al margen de cualquier propaganda, Franco resalta como el estadista más importante, con mucho, que ha tenido España en bastantes siglos.
Por lo tanto le deben agradecimiento sin reparos no solo la monarquía y la Iglesia, también la democracia. Y se lo debe Europa entera, primero por haber impedido que el continente se viera encajonado entre dos regímenes soviéticos, en segundo lugar por haber librado de las atrocidades de la guerra mundial a una parte significativa del continente, y finalmente por haber librado a una parte de Europa de la tutela useña, sin duda mucho más favorable y fructífera que la dominación soviética, pero siempre una carga y una deuda que testimonian la decadencia política, militar y cultural europea. Asimismo los judíos tienen una deuda con Franco, pagada por Israel con la ingratitud de propiciar el aislamiento de España, que de no ser por la previsión y habilidad diplomática del régimen, habría provocado una gran hambruna.
Hoy, unos políticos delincuentes, dirigidos por un falso doctor relacionado familiarmente con la prostitución homosexual y embustero compulsivo, tratan de profanar y ultrajar los restos de Franco. Con ese sujeto ha tomado impulso un nuevo frente popular, compuesto como el de la guerra por partidos de tendencia totalitaria y separatistas. Partidos y políticos que se retratan a sí mismos cuando califican de “víctimas del franquismo” a los torturadores y asesinos de las chekas juzgados y fusilados por sus crímenes después de la guerra, torturadores y asesinos con los que así se identifican y solidarizan. Y víctimas, en todo caso, de los jefes de aquel frente popular que huyeron llevándose enormes tesoros expoliados al país entero y abandonando a su suerte a aquellos sicarios. Solo personajes de la catadura del falso doctor, auténtico estafador que está en el poder sin pasar por las urnas, pueden planear el ultraje y la profanación a quien libró a España de una peste parecida a la de ellos mismos.
Legalmente, la profanación es imposible, pero la ley nunca ha preocupado a tales sujetos. Y aquí entra, para empezar, la Iglesia, cuyos dirigentes parecen renegar de quien la salvó directamente del exterminio. El Vaticano ha aprobado lo que llama exhumación de los restos de Franco. Esto es una nueva y tremenda traición después de las perpetradas en vida del estadista, cuando sectores importantes del clero apoyaron a los terroristas de la ETA, a los comunistas y a los separatistas, de los cuales han recibido a su vez la gratitud debida en forma de desprecio, agresiones y ataque permanente.
Pero los profanadores del gobierno se han encontrado con que, de perpetrar su fechoría en el Valle de los Caídos, los restos de Franco irían a la catedral de la Almudena, en el centro mismo de Madrid, cosa inconveniente para ellos. Por lo tanto, después de haber comprobado la debilidad, por llamarla de algún modo, del Vaticano, han acudido al chantaje puro y simple, amenazando a la Iglesia con expropiaciones y castigos económicos si no accede a privar de su último derecho a los familiares del Caudillo, si no colabora en llevar los restos a algún lugar poco accesible, donde fuera más fácil seguir ultrajándolos.
¿Se doblegará la Iglesia al chantaje? Parece bien claro que tratándose de Juan Pablo II ni siquiera se les habría ocurrido plantearlo a los profanadores. Pero el papa actual ha demostrado ya varias veces su hispanofobia y su ambigua predilección política por regímenes como los de Maduro, Kirchner, Castro, o su claudicación ante el régimen comunista chino, por lo que no sabemos si en este caso duplicará su claudicación con otra aún más grave.
Están ocurriendo cosas gravísimas. Mucha gente cree que las traiciones morales no tienen importancia práctica. Se equivocan. El apoyo de sectores de la Iglesia a los enemigos de Franco, que también habían sido los exterminadores de la Iglesia, valieron a esta una crisis de descrédito y retroceso en España, y el mayor desprecio y odio de aquellos a quienes favorecieron. Y ceder ahora al chantaje o, peor aún, caer en la complicidad con un gobierno delincuente, sería una catástrofe no solo para ella, sino para España entera.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
