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Europeo sub 21: España, talento a raudales a precio de saldo

Redacción

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Los jugadores de la selección española sub 21 están reivindicando su enorme potencial en el Europeo de la categoría. El titubeante inicio ante Italia (derrota por 3-1), ha sido sustituido por un despliegue técnico a la altura de los mejores equipos del mundo. Este buen desempeño ha provocado que muchos jugadores pasen a estar en el punto de mira del aún incipiente mercado de fichajes.

El valor de muchos de ellos puede crecer de forma exponencial en las próximas semanas, pero a día de hoy el precio de muchos sigue siendo asequible para los grandes clubes europeos. Jóvenes, talentosos y con hambre. Piezas codiciadas para cualquier equipo.

Según el portal Transfermarkt, una referencia para conocer los datos de rendimiento y el valor de los futbolistas, Mikel Oyarzabal, Fabián Ruiz y Carlos Soler serían los tres internacionales sub 21 más caros: 50 millones. Los dos primeros ya han debutado con la selección absoluta y permanecen en dos clubes que a día de hoy no ocupan la gran élite del fútbol europeo: Real Sociedad en el caso del delantero vasco, Nápoles en el caso del centrocampista sevillano. Visto los números que se manejan en los últimos tiempos, no parecen cifras descabelladas para intentar acometer el fichaje de cualquier de ellos.
A partir de ellos, los precios van en disminución. A Dani Ceballos, a quien Zinedine Zidane no quiere en el Real Madrid, lo tasan en 30 millones. El sevillano ya ha avisado de que no quiere ser traspasado, y su salida pasa por una cesión. El espanyolista Marc Roca, otro de los destacados del torneo, también recibe un valor de 30 millones, al igual que el realista Igor Zubeldia.

Significativo es el caso de Pablo Fornals, que ya ha sido traspasado al West Ham por 27 millones, un valor que ya debería haber aumentado de forma significativa visto su rendimiento en el Europeo.

Las gangas llegan a continuación. Junior Firpo, uno de los laterales más prometedores de Europa, aparece con un valor de 25 millones. Unai Núñez y Jesús Vallejo, los dos centrales titulares, podrían salir del Athletic y del Real Madrid por 15 y 10 millones, respectivamente. Dani Olmo, una de las revelaciones, podría abandonar el Dinamo Zagreb por 15 millones. Y Borja Mayoral, objeto de deseo de muchos equipos, costaría apenas 4 millones de euros, según el portal especializado.

Sivera, portero del Alavés y héroe ante Francia, solo está valorado en 1,5 millones. Aunque eso fue antes de su exhibición.

El lunes, si son campeones, el precio de muchos será otro muy distinto.

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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy

Redacción

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zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.

La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.

Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.

También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.

Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.

En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.

La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).

Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.

Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.

 

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