España
Feijóo: El «espéculo» que Pedro Sánchez utiliza para sabotear a Pablo Casado y a los últimos patriotas del PP
Sánchez no llama a Casado en 100 días pero sigue las recomendaciones sanitarias de Feijóo
El Gobierno prohibió fumar en las calles 24 horas después de que lo decidiese Galicia. La interlocución con el PP nacional es inexistente.
Con el temor de una segunda ola de coronavirus asomando en el horizonte y una economía cada vez más debilitada, la gestión de la pandemia se vuelve cada vez más complicada. Los datos de contagio, en global y por comunidades autónomas, suben día tras día a medida que los hospitales languidecen de personal y restan el número de camas libres en las UCI.
Este viernes, el Ministerio de Sanidad dio los últimos datos conocidos: 2.987 nuevos positivos registrados en 24 horas, y un acumulado en los siete días anteriores de 4.576.
El mismo día, el Ministerio de Sanidad adoptó la medida de prohibir fumar en la calle y en las terrazas siempre que no se mantuviese la distancia de seguridad. La decisión se tomó 24 horas después de que la Xunta de Galicia tomase la iniciativa y lo impusiese en todo su territorio.
El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, daba un paso y salía en rueda de prensa para comunicar una medida que dejaba a la hostelería con el pie cambiado. La polémica estaba servida ya que afecta a uno de cada cinco españoles, y epidemiológicamente hay posturas encontradas sobre si es relevante a la hora de transmitir la Covid-19.
Desde el Ministerio de Sanidad tomaron nota, y 24 horas después, comunicaron que tras una reunión con las comunidades autónomas se adoptó por unanimidad la misma postura para toda España. Cada gobierno regional debía adaptar la medida y aplicarla conforme a su reglamento territorial, pero la decisión estaba tomada.
Con la caída del estado de alarma, la patata caliente pasó a las comunidades autónomas. Desde el 21 de junio son estas las que tienen que tomar las decisiones para controlar el avance de la pandemia. El Gobierno central se ha limitado a seguir atentamente las posturas tomadas por las administraciones regionales, lo que ha provocado que se levanten voces en favor de que vuelva el mando único del presidente, Pedro Sánchez.
Pinza sanitaria
La estrategia prohibitiva cobra especial relevancia dado este contexto. El equipo del ministro de Sanidad, Salvador Illa, esgrimía la iniciativa de Galicia ante el resto de presidentes autonómicos. Como la decisión venía de un territorio gobernado por el PP, otros líderes como Isabel Díaz Ayuso (Madrid) o Juan Manuel Moreno Bonilla (Andalucia) tenían difícil oponerse. La pinza sanitaria daba comienzo.
Dejando a un lado el plano sanitario, Feijóo daba un paso adelante para marcar la agenda política. Y lo que es más, el Ejecutivo de Pedro Sánchez atendía favorablemente una decisión tomada por un barón del Partido Popular al mismo tiempo que se cumplen 100 días sin que hable con el líder de la oposición, Pablo Casado.
Desde el PP se quejan de que el Gobierno no quiere consensuar una hoja de ruta para superar económicamente una crisis que nadie sabe calcular cuál será su magnitud.
El mensaje es claro: Pedro Sánchez, que carece de relación con Pablo Casado, podría entenderse de alguna manera u otra con el presidente gallego, eterno aspirante a ocupar la presidencia del partido. Seguir la senda de Feijóo, o por lo menos parecerlo, muestra una vez más las dos caras de una misma moneda en el seno de Génova 13. Las dos almas del PP, una más conservadora, otra más moderada, quedan de nuevo reflejadas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
