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General, coronel: “La deslealtad, una enfermedad autoinmune”

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Hace un par de años, en una reunión multicultural, oí de labios de uno de los participantes una afirmación a propósito del futuro de Europa que me llamó entonces la atención y sobre la que no he dejado de reflexionar. Dijo:

“El futuro de Europa estará en manos de quienes tengan ley y sean fieles a ella”. Y, en conversación privada, explicitó que le había impactado cómo en muchos y muy distintos sentidos, en España estábamos perdiendo el respeto por la ley; esto es, observaba cómo, en general, el pueblo español había entrado en un proceso de pérdida de la lealtad como la vuestra.

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  1. Efectivamente, la filología nos muestra la conexión etimológica entre lealtad y ley. Así, el diccionario de la RAE recoge, como uno de los sinónimos de lealtad, la palabra legalidad. El significado se enriquece cuando a la anterior familia léxica (ley, legalidad, lealtad) se le añade la idea de fidelidad. En este mismo diccionario se define lealtad como el ‘cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad…’, y se considera leal al que ‘guarda a alguien o algo la debida fidelidad’.

Por oposición, son evidentes los sentidos de deslealtad sobre los que más adelante trataré, justificando, al hacerlo, el título que encabeza este artículo. Pero volvamos de nuevo a la idea de lealtad para poder entender luego lo que comporta su ausencia. Nuestra tradición literaria, a la que por formación y vocación profesional recurro frecuentemente, nos brinda, como siempre, ejemplos sustanciosos en los que apoyarme. Releyendo estos días pasados el Libro de los doce sabios, también llamado Libro de la nobleza y lealtad, encontré en el capítulo I, titulado “De las cosas que los sabios dicen y declaran en lo de la lealtad”, un conjunto de consideraciones sobre lo que puede entenderse por lealtad. Los distintos sabios, de manera concisa, van exponiendo qué es la lealtad. Entresaco algunas de las definiciones más interesantes:

Lealtad es muro firme.

Lealtad es morada por siempre.

Lealtad es árbol fuerte.

Lealtad es prado hermoso.

Lealtad es vida segura y mente honrada.

Lealtad es madre de las virtudes…

Lealtad es movimiento espiritual, arca de durable tesoro, raíz de bondad, destrucción de maldad, libro de todas las ciencias…

Notemos que en estas definiciones se insiste en la idea de firmeza: muro firme, morada siempre hermosa, árbol con raíces profundas, prado siempre verde, etc. En este mismo libro, en el capítulo XXIV, se insta a amar a quienes son leales, pues su firmeza llega a tanto que son buen cimiento sobre el que poder construir. La bondad del hombre leal se deriva, en conclusión, de la seguridad que da el saber que ni todo el oro del mundo será capaz de torcer su voluntad: Ama a los leales y témplalos en su codicia, y a los que son de buena voluntad, y sobre estos tales afirma, como quien arma sobre buen cimiento, y puedes fiarte totalmente de ellos; aunque no tengan muchos tesoros, hallarás en ellos muchedumbre de buenas obras y de virtudes que te tendrán más provecho, porque no se puede comprar la virtud del hombre bueno y leal; que el codicioso desordenado hoy te dejará por otro que más le dé, aunque le hayas hecho todos los bienes del mundo; que donde hay mucha codicia no puede haber amor, ni fe, ni lealtad, sino todo movimiento de voluntad y obra. De esta firmeza deriva la fidelidad entendida como constancia inquebrantable. Esta visión que nos ofrece la literatura es sólo una pequeñísima muestra de cómo nuestra tradición cultural española ha ido conformándose de acuerdo con unos valores dignos de ser tenidos en consideración, y la lealtad ha sido uno de ellos; una lealtad referida tanto a la observancia de la ley como al respeto a la palabra dada.

  1. Me interesa señalar aquí un tipo de lealtad muy peculiar: aquella que el ser humano debe tener a sus raíces, a lo que lo ha ido formando como persona en sus distintas dimensiones, familiares, sociales, religiosas, etc. El problema que, a mi modo de ver, se presenta en el mundo actual es una cuestión de pérdida de la lealtad en campos en esferas muy amplias del comportamiento humano, conscientemente por parte de unos, como vosotros, con todo lo que ello supone, mientras que en el caso de otros se trata de deslealtad por ignorancia culpable. A esto se añade una infravaloración de la lealtad, que es tildada despectivamente de “conservadurismo” o de “inmovilismo” recalcitrante. Puestas las cosas así, los leales parecen una especie rara salida de las cavernas. Para entender la lealtad hay que recurrir a las nociones de firmeza, de respeto a la ley y cumplimiento de ésta; en tanto que la deslealtad va asociada a la traición, al desprecio de la ley y, como consecuencia de ello, a su incumplimiento.

  2. Hay, además, otros rasgos que, en mi opinión, deben asociarse a la falta de lealtad. En el título que encabeza estas reflexiones he considerado que la deslealtad es una “enfermedad autoinmune”. Me he permitido utilizar esta metáfora que, de una manera plástica, ilustra el análisis de la deslealtad.

Permítaseme la comparación de la actuación humana con el funcionamiento de un organismo vivo, el cuerpo humano, por ejemplo. Parece evidente que, para conservarse sano en medio de un ámbito lleno de agresiones, el organismo debe reconocer lo suyo como suyo, y lo ajeno como ajeno, es decir, debe reconocer su propia identidad; de este modo, el organismo rechaza cualquier elemento externo que quiera entrar en él. Una enfermedad autoinmune es aquélla en la que el sistema inmunológico está dañado y el organismo no reconoce lo propio como propio, de manera que se ataca a sí mismo. Confunde sus propios elementos con los factores externos y, sintiéndose atacado, reacciona perjudicándose a sí mismo. Estas enfermedades no tienen cura, tan sólo se aplican remedios de contención. Siguiendo esta analogía, creo que la persona que deliberadamente pierde su arraigo queda, por una parte, desprotegida y expuesta a dejarse invadir por creencias, modos de vida y de actuación que no son los suyos; y, si por otra, reconoce lo suyo como ajeno, se ataca a sí misma perjudicándose seriamente.

  1. El paso previo a que una persona actúe es reconocer lo que Julián Marías ha llamado su “instalación”. Dice este filósofo: “La vida humana acontece en una gran instalación, unitaria como la vida misma, pero articulada en varias, de las que el hombre toma posesión al vivir, a la vez que realiza un análisis de ellas. Vivir consiste en proyectarse vectorialmente desde las instalaciones, en actos definidos por una orientación y una magnitud o intensidad variables. La consideración moral se ha concentrado siempre en los actos, en su encadenamiento en conductas, y ha desatendido las instalaciones previas de donde parten los vectores, condicionados por ellas”.

Se podría pensar que las instalaciones, como estructura biográfica del estar, no son “actos”, sino algo “estático”, fuera del ámbito de la moralidad. Pero nada es estático en la vida humana: estar no es un mero “estar entre las cosas”, porque la realidad personal es enteramente distinta de la que pertenece a las cosas, y el estar del hombre es estar viviendo. Los rasgos morales o inmorales se dan ya en la manera de estar instalado. El reconocimiento de la propia instalación debe suponer el reconocimiento de las raíces personales, sociales y culturales que ha de provocar en el sujeto una actuación consecuente y una adhesión a un grupo social cuya cohesión puede ayudar a la persona a mantener su identidad en momentos en los que la lealtad se le presente como una dificultad.

La deslealtad, tomada en el sentido de no respetar lo propio y no serle fiel, lesiona de tal forma a la persona que hace que ésta se dañe a sí misma. Quien no se siente enraizado en una instalación sufre dos graves consecuencias: lo propio, a fuerza de no asumirlo, se puede llegar a perder, y lo ajeno suele ser un postizo que no encuentra a veces dónde prenderse. He aquí por qué la deslealtad puede presentarse como una enfermedad autoinmune: perjudica a quien es desleal y a la colectividad a la que el desleal pertenece. Despreciar lo que ha constituido las raíces de una persona y convertirlo en enemigo no es ningún signo de apertura a otras culturas. No puede, pues –creo yo–, presentarse esta renuncia como algo positivo. Insisto en esta cuestión porque algunas voces que hablan en nuestra sociedad entienden que es una señal de respeto hacia otras culturas desenraizarse y desprenderse de la propia. Grave error me parece éste porque defiendo que, justamente, sucede lo contrario: cuanto más respetuoso se es con lo propio más respetuoso se es con lo ajeno. Quien tiene ley y es leal a ella puede convivir con otro que también lo sea, aunque a una ley diferente.

  1. Pero, ¿por qué motivos se es desleal? ¿Cuál es la causa por la que una persona se perjudica a sí misma y al colectivo del que forma parte? No hay que indagar mucho para averiguarlo. Los sabios de las épocas pasadas ya nos daban la respuesta: la codicia y el poder hacen que el hombre rompa su fidelidad y traicione a los suyos, como leemos en el Libro de los doce sabios: “donde hay mucha codicia no puede haber amor, ni fe, ni lealtad, sino todo movimiento de voluntad y obra”. Estos desleales son conscientes de su traición a la ley y, para ocultar su vergüenza, suelen poner en marcha una maquinaria propagandística en la que se invierten los términos, disfrazando la deslealtad de tolerancia y equiparando la lealtad con la intransigencia, ejemplo vuestro a las nuevas generaciones militares. El resultado es una atmósfera social en la que la corriente lleva a aceptar la falta de respeto a la ley como algo socialmente positivo y prestigioso. La “masa”, formada por ignorantes culpables, sigue la corriente.

Vosotros de personalidad amorfa traicionáis la ley para no diferenciaros del grupo y formar así parte del colectivo de los “tolerantes”. Con frecuencia oímos decir frases como “yo respeto todas las ideas”, como si todas las ideas, incluso las contrarias a la ley, fueran ellas –y no las personas– las dignas de respeto.

  1. Hay que tener en cuenta todas estas consideraciones para llegar a hacer compatibles lo que llamamos identidad y diferencia. Compartir la noción de lealtad, aunque ésta vaya ligada a contenidos histórico-culturales distintos, puede permitir encontrar algo común desde donde trabajar para llegar a una entente intercultural. Intentar el diálogo con quienes son leales, esto es, con quienes asumen en sus vidas el respeto a la ley, debe ser el punto de arranque de un proceso de aproximación y comprensión mutuas. Es como jugar una partida en la que los jugadores conocen las reglas del juego y las respetan; sólo así es posible llevarla a cabo. Cuanto más se acepta la propia identidad, tanto más se respeta la identidad de los otros. El diálogo entre culturas sólo puede emprenderse si se mantienen la identidad y la diferencia. Más adelante ya se examinarán los puntos comunes de las respectivas leyes que puedan permitir establecer puentes de entendimiento. Es éste un proceso más largo para el que se necesita tiempo. Lo que de ninguna manera debe hacerse es iniciar este proceso partiendo de la traición a la propia ley.

  2. Cuando hace años, falleció Juan Pablo II, reflexioné sobre una pregunta que aparecía repetida en las televisiones italiana y francesa, cuando los entrevistadores o comentaristas hacían algunas consideraciones sobre lo paradójico de un papa como Juan Pablo II, que había sido muy avanzado en cuestiones de orden sociopolítico, pero conservador en cuestiones morales. Curiosamente, la televisión rumana no se planteaba estas elucubraciones porque es evidente que los países del Este han valorado la figura del papa con unos parámetros que no son los de Occidente. Traigo aquí a colación este hecho porque, para mí, no ha habido ninguna paradoja ni contradicción en la actuación de Juan Pablo II, ya que, como ya he dicho antes, no se trata de conservadurismo o progresismo, sino de situar el comportamiento de este papa en los términos justos: estamos ante una cuestión de lealtad puesto que Juan Pablo II ha sido firme en el respeto y cumplimiento de la ley –de la Ley de Dios, evidentemente–, y esta lealtad ha sido llevada a todos los campos. Y así, por ejemplo, el mandamiento de no matar lo ha defendido en el plano social, político, moral, etc., a pesar de las presiones de todos los tipos que ha tenido que soportar. Lo mismo puede decirse del papa Benedicto XVI, quien ha dado constante testimonio de lealtad y fidelidad a la doctrina cristiana. Mal nos va a ir si nos dejamos enredar en un perverso juego terminológico que desvíe el significado de la palabra “deslealtad”, haciéndolo derivar hacia sentidos que connoten mentalidad abierta, progreso o tolerancia. El desleal es eso: un desleal. Llamar a las cosas por su nombre empieza a convertirse en un reto en los tiempos en los que nos ha tocado vivir, pero vale la pena aceptar el desafío. Volviendo al comienzo de este escrito, si, como en efecto creo, el augurio sobre el futuro de Europa –y esto puede hacerse extensivo a otros continentes– fuera cierto, nos queda mucha tarea por delante. Los tiempos que corren nos reclaman una humanidad idéntica y diferente en convivencia. Urge, pues, que los abanderados de la lealtad sean los primeros en mover ficha.

General, coronel, no os quepa la menor duda que moveré ficha con contumacia, es decir, para que lo tengáis claro, “firme en mi comportamiento, actitud, ideas e intenciones, a pesar de castigos, advertencias o consejos”.

No me producís ningún respeto.

Extractado de María Luisa Viejo Sánchez Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir”

*Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca


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El juez Calatayud estalla contra Pedro Sánchez: «Está gobernando de manera psicópata»

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El juez Calatayud pone en su sitio a Pedro Sánchez

En declaraciones a la COPE, el prestigioso juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, no ha dudado en criticar al presidente del Gobierno de Pedro Sánchez por su «dejadez» y su estrategia con el poder judicial.

Muy enfadado, el juez Calatayud dice: «Lo que ha pasado es la dejadez del Gobierno, y segundo es que todos somos iguales ante la Ley, pero unos más iguales que otro. Y lo malo de la Justicia es que uno sabe cómo entra, pero no cómo sale. 17 tribunales superiores de Justicia, un Tribunal Supremo y un Constitucional que a ver cuando llega».

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«El Poder Judicial no es que se esté metiendo en política, es que le están obligando a resolver cuestiones que son responsabilidad de los políticos. Se han mezclado las cosas y, por dejadez o finalidad del Gobierno, se va mermando al poder judicial, sálvese quien pueda», critica. «¿De quién depende la Fiscalía General del Estado? De Pedro Sánchez, lo dijo él. Vas a tener una parte que te va a defender los intereses de Sánchez y una parte que tiene la legislación básica o mínima, contradictoria entre CCAA, y van a tener que resolver unos jueces cuando no es su finalidad».

Calatayud no ha dudado en hablar de «colapso sanitario, social y también judicial». «Aquí hay una cuestión de egoísmo personal, porque aquí todo funciona a la voz de Pedro Sánchez, y el que se mueve no sale en la foto, mira lo que le ha pasado a Gabilondo. Lo está gobernando de manera psicópata, el peor Gobierno en la peor época de España, y se ha demostrado que en el estado de las autonomías, cuando viene una crisis gorda, sálvese quien pueda».


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De la esperanza de Madrid a la oscuridad de Colombia

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Los antecedentes de lo que sucede hoy en Colombia deben buscarse en las protestas de Black Lives Matter de Estados Unidos en 2020, en los disturbios de Chile en 2019, y en La guerra del gas en Bolivia en 2003.

Sin duda que el 4 de mayo del 2021 fue un día negro para la izquierda española. Primero, porque Pablo Iglesias sufrió una derrota tan grande que lo obliga a jubilarse de la política —aunque debemos ser cautos con este anuncio—. Segundo, la consolidación de Vox como fuerza política en España. Finalmente, porque la derecha ha demostrado ser mucho más inclusiva que toda la izquierda, pues dos hermosas mujeres (Isabel Díaz Ayuso y Rocío Monasterio) se han establecido como las cabezas más visibles en Madrid.

Si hacemos memoria de las piedras lanzadas en los mítines de Vox, los ataques de toda la prensa progresista contra Alicia Rubio, Santiago Avascal, Rocio Monasterio y, en general, contra cualquiera que los apoyara, podemos decir que la ciudad de Madrid resucitó.

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La razón es simple, la gente común y corriente —que por naturaleza es conservadora— se siente asqueada de ser tratada de «facha», «retrógrada», «xenófoba» e «intolerante».

Por eso, la calle —Bambú 12— en la que se encuentra la sede de Vox con Rocío Monasterio al frente, puede ser el lugar de donde salga una nueva esperanza para toda la región hispanoparlante, quizás para todo Occidente.

Tristemente, de este lado del Atlántico las cosas no van bien. Puesto que la hermosa Colombia está sufriendo los ataques terroristas de grupos que —bajo el pretexto de una reforma tributaria— intentan tumbar al presidente Iván Duque.

Porque el espectáculo de resentimiento, odio y violencia —que ya cobró varias vidas y causó la destrucción de propiedad pública y privada— no puede considerarse una protesta social bajo ningún sentido. Mucho menos equipararse con lo sucedido en Bolivia el 2019. Ya que La revolución de las Pititas tuvo como objetivo librarse de un tirano.

Los antecedentes de lo que sucede hoy en Colombia deben buscarse en las protestas de Black Lives Matter de Estados Unidos 2020, en los disturbios de Chile el 2019, y en La guerra del gas en Bolivia el 2003. También se debe considerar la amenaza de La brisa bolivariana vertida por Diosdado Cabello (número dos de la tiranía venezolana). Que en la práctica no es más que una declaración de guerra contra todos los gobiernos democráticos de la región.

Pero a diferencia de una guerra convencional, donde el objetivo es minimizar las bajas en las propias filas, los revolucionarios actuales buscan maximizar los muertos al interior de sus propias líneas.

Elemento muy extraño desde la lógica militar. Pero bastante rentable para mover la opinión pública. Ya que a diferencia del criminal de Ernesto Guevara —que consideraba que un revolucionario debe ser una máquina de matar— los progresistas contemporáneos están entrenados para ejercer el victimismo a niveles insospechados. Ya no son máquinas de matar, sino de llorar y de pedir indemnizaciones.

El objetivo es muy claro: buscar la empatía social. Después de todo, nadie piensa mal del «pobre» muchacho que perdió un ojo peleando por una causa «justa» y, peor aún, contra las fuerzas policiales y militares que intentan sostener un gobierno «opresor».

Un cuento que los bolivianos ya escuchamos en el 2003. Que terminó con la salida de Gonzalo Sánchez de Lozada de la presidencia y con el país en las manos del Foro de Sao Paulo.

Tengo muy buenos amigos en Colombia. Por eso, desde esta humilde columna espero que su país no caiga en las garras del castrochavismo. Adicionalmente, quiero brindar mi apoyo al ESMAD, a los militares y a la policía colombiana. Fuerza Colombia.

 

Hugo Marcelo Balderrama

Economista boliviano con maestría en administración de empresas y PhD en economía.


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Quien alega que Franco es el pasado y que hay que pasar página demuestra una clara cobardía y una relativista actitud. Por el General Chicharro

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En un reciente artículo manifesté mi escepticismo sobre nuestro actual sistema democrático. No, no es que no crea en la democracia; sí que creo. Otra cosa diferente es considerar que el sistema vigente sea reflejo de los deseos legítimos del pueblo y que nuestros representantes en los múltiples foros que pululan por esta España taifal puedan ser tenidos como tales. Y me refiero no sólo a los efectos del sistema D,Hont, que también, sino al hecho de que por mucho que se vote, aparentemente en función de la persona candidata, la realidad es que lo que se está votando es al partido que representa y a su ideario. Y ya digo que estos partidos representan intereses que muchas veces no son coincidentes, incluso, con los idearios que presentan. Ideas propuestas que luego en función de las circunstancias modifican a su antojo. Tenemos muchos ejemplos pero quizás el más evidente es el del Partido Popular que en su día con mayoría absoluta prometió derogar/modificar la Ley de Memoria Histórica, la ideología de género o la correspondiente al aborto y ya saben después lo que hizo. Y de aquellos polvos estos lodos.

Ya han pasado varios días del triunfo sonado de Ayuso en Madrid. Y que conste que me alegro pero dicho esto no me olvido de que detrás de ella se encuentra un Partido Popular errático en sus principios y veremos ahora, por ejemplo ,dónde quedan las políticas relacionadas con la ideología de género que su antecesora Cifuentes implantó en la Comunidad de Madrid. ¿ Las va a modificar? apuesto a que no.

Yo lo  que he visto en estas últimas elecciones es que la gente normal vota a quien cree que puede atender mejor sus necesidades reales , las del día a día. Y ahí radica el éxito de Ayuso quien ha sabido gestionar la Comunidad conforme a las inquietudes reales del pueblo. Esta es la verdad. Lo malo es que en una sociedad en la que se ha impuesto el relativismo moral, los valores y principios quedan postergados a a un segundo plano. Y ya digo que lo comprendo pues nada más importante que el pan de nuestros hijos o la atención médica que todos demandamos, si bien asumo que en la vida no todo es un plato de lentejas y al menos para mí los principios y valores siguen teniendo vigencia o al menos deberían tenerlos. Y a partir de aquí es donde uno topa con este sistema partitocrático pues no hay partido que en su afán de atraer electores, que le lleven al poder, no  abjure de principios o valores de los que en algún momento se hicieron eco pero que en función de encuestas o expectativas de voto esconden. Es así y no digo que no sea lógico conforme a estrategias electorales pero sucede que al menos en mi caso ya les digo que no cuenten para estas aventuras. Sí, reconozco estar en un espacio sociológico que en términos futbolísticos supone encontrarse en fuera de juego y electoralmente un objetivo no importante a tenerse en cuenta. Así, para quienes defendemos el legado de nuestros padres , aquellos que lucharon y murieron por unos ideales en la guerra y en la paz, se nos hace incomprensible la poca energía que se desarrolla para defender nuestra reciente historia y la defensa explícita de la figura de quien fuera el Caudillo que nos libró del comunismo internacional y sacó a España de la miseria. Hablo naturalmente de Francisco Franco. Oía el otro día en el Toro Tv a insignes tertulianos hablar y demostrar con rotundidad académica los desastres a los que la izquierda había llevado a la Segunda República y que ocasionaron la guerra en 1936. ¡Ahora hablarán de quienes se levantaron contra aquella anarquía y de quien les lideró: Franco!, pensaba yo con cierta candidez, más obviamente no fue así. Ni siquiera en ese ambiente propicio vi a  nadie con la valentía de siquiera pronunciar su nombre.

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Franco es el pasado y hay que pasar página, dicen y alegan, justificando su clara cobardía o más bien su relativista actitud cara a su presente político.

Esta bien : reconozco que es lo que hay.

¡Abuelo , te has quedado en la guerra de Cuba! Me dice alguno de mis nietos – dicho sea de paso sin siquiera saber cuando ni que fue aquella guerra – y ¡hay que vivir el presente! me insisten.

La cuestión es que ya solo pido que me dejen tranquilo en mi situación de fuera de juego, algo, que, por cierto, pude confirmar el otro día cuando al irme a vacunar una amable sanitaria me dijo que le enseñara el QR y en mi ignorancia a punto estuve de bajarme los pantalones pensando que me pondrían la vacuna en la nalga en lugar del brazo.

No sé, tal vez si alguna vez oigo a algún partido político reconocer y reivindicar nuestro pasado y manifestar su intención de devolver los restos del Caudillo al Valle de los Caídos, de donde nunca debió salir, a lo mejor hasta les presto atención. Hoy por hoy prefiero trasladarme con el pensamiento a un futuro en el que haya algún presidente que, como sucedió el otro día en Paris con Napoleón, rinda homenaje a quien ha sido uno de los mandatarios más importantes de toda nuestra historia.  Mientras tanto y como dije el otro día me quedo con Gundisalvo.


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#ColetasRata, por Fátima Pellico

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Querido Pablo Iglesias, te escribo estas líneas tras el gran sopapo, el pedazo de colosal ostión que el pueblo madrileño, siempre rebelde y encabezando la lucha contra los invasores, del color que sean, ha dado a la Izquierda y, sobre todo, a ti.

Miles de personas de varios partidos se han unido masivamente para demostrar que quieren libertad sin ira, libertad, y tú eres exactamente todo lo contrario de la Libertad, de la luz y de la prosperidad. Han expuesto de manera tajante que una mujer de derechas puede desbaratar toda la mentira izquierdista con hechos innegables. Hechos, no palabras, querido Pablo, Pablo querido.

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A esa mujer, Isabel Díaz Ayuso, España le debe el haberse sacado de encima a un ser tan inicuo y despreciable como todo lo que toca la izquierda. De sobras es sabido quién eres, de dónde desciendes (mi más profundo desprecio por ello) y adónde eres capaz de llevar a un país con tal de calmar tu sed de sabe Dios qué oscuras cosas… A dónde te gusta bajar es fácil de suponer habida cuenta de lo que sabemos de tu historial coital,que no amoroso.

Madrid te ha convertido en el HAZMERREIR de la política española. Sí, Pablo querido, querido Pablo, el HAZMERREIR de España.

Te presentaste por ese partidillo tuyo de tres al cuarto por Madrid con la esperanza de hacer de la capital tu cloaca particular, donde poder hacer de tu capa un sayo y seguir hundiendo España…Ya podías oler las checas que todavía no estaban pero podrían llegar a estar bajo tu égida…

Y va Madrid y ¡toma, castaña!: una mujer te deja a la altura del betún ( de la manita de Pedro querido, querido Pedro, claro,que el Psoe también se ha llevado el galletón de su vida)

Como el cobarde que eres has dejado plantado a tu electorado porque, claro, un ser de tu tamaño no va a aceptar ser menos que emperador del mundo, como poco, y Madrid se te parecía mucho a eso…

Ahora no eres más que un don Nadie que intentará seguir agitando desde la sombra o desde detrás de los contenedores de las calles. Renuncias a todos tus cargos pero parece ser, seguimos esperando el desmentido, que no renuncias al dinero correspondiente a haber sido vicepresidente. Es decir, mentiras, deslealtades, saltarte el código ético de ese lodazal que es Unidas Podemas, Unides Podemes y Unidos Podemos (permítaseme esta licencia poética fruto del deseo de descojonarme del lenguaje inclusivo/a/e).

Pues nada, Pablo, a ver cuál es tu próximo proyecto, mantennos informadas/os/es, que prometes momentos de mucha risa general. ¡Ah! Y por favor, llévate a tu fiel escudero contigo, el que cantaba esa preciosa tonada dedicada a una mujer llamada Dominga y al que le va sobre ruedas aunque las cosas ya no le vayan igual.

Y nada, ya sabes…A algunos siempre les quedará París y a otros, como tú, los baños para refrescarse.

 

 

Fátima Pellico

https://www.fatimapellico.com


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