España
¿Habrá muerto Julen aplastado? Las piezas que no encajan
¿Habrá muerto Julen aplastado?
Más de diez días. 110 metros. Dos años y medio.
Estas son las cifras que delimitan un horrible accidente. O lo que esperamos que sea un horrible accidente.
Pero nada ni nadie puede impedir que analicemos los hechos que conocemos, y que parecen mostrar grandes zonas oscuras; espacios desconocidos, cosas, sin descubrir todavía.
¿Cómo cae un niño de dos años y medio por un pozo de apenas 20 centímetros? ¿Cómo puede ser posible? La misma fricción de la caída, un pie, una mano; un brazo o una pierna. La cabeza. El cuello: el cuerpo humano es flexible: se mueve; gira, rota: no es una esfera perfecta: en una caída así, todo conspira para que se produzca un atasco; para que un cuerpo -incluso un cuerpo inanimado- se frene por la misma acción del movimiento de una extremidad.
110 metros de pozo. Un tapón a 70 metros de profundidad.
Y, necesariamente, han de darse una de estas dos premisas. Y solamente una de ellas.
- Que Julen nunca cayera en el pozo.
- Que Julen cayera en el pozo y su cuerpo fuera “tapado” por la tierra que forma el tapón a 70 metros.
¿De dónde proviene esa tierra? ¿Cómo llegó allí? ¿Porqué se detuvo a los 70 metros?
¿Cuanta tierra hay? ¿Cuanto pesa esa tierra? ¿PORQUÉ no se ha introducido un georradar o alguna herramienta de rastreo para intentar localizar o al menos calcular la profundidad del tapón?
¿Se ha introducido algún micrófono de alta sensibilidad para escuchar murmullos, ecos, ruidos…. latidos?
Si la capa de tierra es solamente el sedimento de un poco de arena suelta desprendida en la caída del niño ¿No debería de detectarse el cuerpo con facilidad?
Si, efectivamente, el padre llegó a rozar las manos de su hijo en un intento por rescatarlo, esto debe indicar que cayó con los pies por delante y los brazos en alto: NO hay espacio en el túnel para bajar los brazos: ¿No es un niño de dos años y medio necesariamente más ancho a la altura de sus hombros que esos escasos 20 centímetros? Y si no lo era, y se encajó a los 70 metros, la tierra arrastrada por la caída podría taparle la cabeza, pero no sus bracitos estirados. ¿Porqué no se aprecia ninguna forma humana? ¿Ningún resto de calor?
¿No había forma de extraer algo de ese «tapón» con maquinaria de precisión para simplemente examinar si el niño se encontraba aún con vida… o si al menos está ahí?
Lícito es, evidentemente, preguntarse por los extremos de este extraño y peculiar drama. No alimentamos bulos; usamos el cerebro que Dios nos ha dado para hacernos preguntas; para examinar lo que no entendemos.
Por último: La Guardia Civil y un Juzgado de Málaga han comenzado a investigar estos hechos.
Llámennos «raros», pero si la Guardia Civil y un Juez investigan, quizá -solo quizá- sea porque hay cosas que no están claras.
El resto, son… Preguntas. Muchas preguntas sin respuesta.
Demasiadas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
