¿Hay que meter en la cárcel al tenor que se oscurezca la piel para hacer de Otelo? - ALERTA NACIONAL
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¿Hay que meter en la cárcel al tenor que se oscurezca la piel para hacer de Otelo?

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Por Alberto González Fernández de Valderrama.-Una nueva categoría de tontos se ha puesto de manifiesto recientemente con las declaraciones del primer ministro canadiense Justin Trudeau, que se ha mostrado avergonzado por haberse pintado la cara de negro en varias fiestas de disfraces a las que asistió en su juventud. Alguien descubrió esas fotos y las publicó para tratar de hundir su carrera política, consciente de que la ola antirracista que la izquierda ha extendido por el mundo como un tsunami se encargaría de crucificarle por su osadía.

Pero el primer ministro pertenece a un partido liberal que encaja perfectamente en la definición de “derechita cobarde” – fielmente representada en España por el PP y por CS- y no ha tenido agallas para defenderse diciendo que él en sus fiestas privadas se disfraza de lo que le da la gana y que no tiene por qué dar cuenta de ello a nadie. No: es tal la ola de estupidez reinante en el ambiente que ha preferido la humillación de la corrección política antes que la dignidad. Y por ello el primer ministro se ha hecho merecedor de entrar en una nueva categoría de tontos que se podría llamar “tontos internacionales”, aquellas personas de notoriedad pública que por afán de poder no tienen inconveniente en bajarse los pantalones y arrodillarse ante la progresía mundial para pedir perdón humildemente por sus supuestos errores ideológicos del pasado, de los que en su fuero interno no pueden arrepentirse, pero que les incomodan terriblemente en su carrera política y por los que les viene al pelo pedir perdón como si hubieran sido simples “pecadillos de juventud”.

Si pintarse la cara de oscuro para representar a la persona de un negro –lo que en América se conoce como “blackface”- es algo malo por ser ofensivo para los negros, yo me pregunto: ¿qué pasa con los actores de ópera que interpretan personajes de otras razas?; ¿hay que meter en la cárcel al tenor que se oscurezca la piel para hacer de Otelo, o a la actriz que se maquille con rasgos orientales para interpretar a Madame Butterfly?. Si a alguien le molesta que otro se disfrace de su raza será porque el primer racista que existe es el ofendido, que debe ver algo malo en él como para que le imiten. A mí me importa un bledo si un negro -ya sea en una fiesta privada o ante todas las cámaras de televisión del mundo- se aclara su piel para interpretar a un hombre blanco o se viste de chino mandarín y se maquilla los ojos para que parezcan oblicuos porque quiere interpretar a Fu Manchú. ¿Y qué va a pasar con los imitadores?: ¿se va a perseguir a los que pongan voz de chino pronunciando la letra erre como si fuera una ele o a los que simulen el acento mejicano para contar un chiste?; ¿se va a prohibir la venta de disfraces del lejano Oeste para que los niños no hagan el indio vistiéndose de comanches?

Ya dijo Einstein que solo conocía dos cosas que eran infinitas: el universo y la estupidez. Y alguien cuyo nombre se escapa a mi memoria le corrigió en cuanto al universo, que podría ser limitado. Pero no he oído a ningún científico negar la validez del enunciado del sabio alemán en cuanto a su segundo objeto.
Los gobiernos occidentales, todos en cascada, van cayendo poco a poco en ese pozo de idioticia que sopla desde el lado izquierdo del cerebro humano y va penetrando sin encontrar resistencia en su lado derecho. Y así veremos algún día prohibidas las películas de Tarzán o las del Oeste – ya que los indios aparecen como más crueles y atrasados que los soldados norteamericanos-, y los cómics de Tintín, los disfraces de indígenas y hasta las fiestas populares españolas de moros y cristianos, porque recuerdan de un modo doloroso a ciertos colectivos religiosos que perdieron una guerra hace quinientos años y que no pudieron imponernos sus leyes y costumbres. Y como la estupidez es infinita, según hemos aceptado como un axioma, se acabarán prohibiendo todas aquellas novelas, películas, tebeos y cualquier otra obra artística cuyos principales protagonistas o héroes sean varones, heterosexuales, de clase acomodada y de raza blanca. Solo quedarán incólumes entre estos héroes de tebeo el Pato Donald, que seguirá siendo aceptado por la corrección política por el hecho de ser un animal, y el ratón Mickey, que además de ser un animal es casi totalmente negro. A Caperucita Roja y a la Cenicienta ya las hemos visto apartadas de las bibliotecas de algunos colegios públicos, primer paso para su defenestración cultural, aunque esta vez no por motivos antirracistas sino animalistas en el primer caso y feministas en el segundo: los lobos no son tan malos como para comerse a las abuelitas y engañar a las niñas; y las mujeres pobres o arruinadas que se casan con los viudos ricos ni pueden tener dos hijas feas ni ser malas y explotadoras de sus ahijadas (aparte de que los príncipes no pueden ser guapos y felices sino que deberían ser derrocados por el pueblo si no guillotinados).

La suerte del cuento de Blancanieves no la tengo tan clara, pues ella es protagonista de la historia y muy bella; pero eso de que unos enanos la sirvan podría ser despreciativo para el colectivo de las personas que sufren de esta discapacidad.

Pongamos, pues, en la lista de tontos internacionales a este ministro Trudeau y dejemos debajo un espacio muy amplio para otros nombres, porque lo iremos rellenando en muy poco tiempo. La lista de los tontos nacionales es de todos conocida y no la voy a publicar aquí para evitarme demandas que no daría abasto a contestar. Pero tampoco podría publicarla si quisiera porque no hay espacio suficiente para ello en este periódico digital.


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Liberalismo-conservador: ¿Alternativa o renovación del sistema?

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José Manuel Contreras Naranjo”No hago testamento, porque soy religioso y nada tengo […] Confieso, una vez más, que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la Iglesia y reinado de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones; y queriendo enseñar esto, aun después de muerto, deseo que en el salón donde se expone mi cadáver, y aun en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: ‘El liberalismo es pecado'”. Fray Ezequiel Moreno Díaz (1848-1906)

EL LIBERALISMO, UN ESBOZO SOBRE SUS ORÍGENES Y CONSECUENCIAS

Conviene contextualizar el fenómeno del liberalismo para entender mejor el proceso y sus consecuencias. Paulatinamente, ha supuesto una trasformación en nuestra forma de pensar y concebir la convivencia, la vida y hasta nuestra práctica religiosa. Es a raíz de la Revolución francesa cuando se desarrolla fundamentalmente esta corriente de pensamiento convirtiéndose en acción política. El cuadro de Eugène Delacroix, “la Libertad guiando al pueblo” (1830), es una síntesis extraordinaria de lo que es y significa esta ideología. Sin embargo, debemos remontarnos a John Locke (1632 – 1704), filósofo y médico inglés, considerado el padre del Liberalismo Clásico. Otro británico, Adam Smith (1723 – 1790), economista y filósofo, conocido como el padre de la economía moderna, tuvo una incidencia determinante a través de su obra “La riqueza de las naciones”. En definitiva, lo que propugna el liberalismo se podría resumir en conceder la primacía a la libertad individual, limitando al máximo la expansión y el poder del Estado. Esto se concretará regulando a los Gobiernos a través de una Constitución, la cual se base en la soberanía nacional y la división de poderes. Al mismo tiempo se debe garantizar a las personas una serie de libertades fundamentales. Respecto a la economía, el liberalismo propugna el libre mercado y la salvaguarda de la propiedad privada.

En sus inicios, el aspecto más desarrollado por los liberales fue el económico. Éste era precisamente el que más beneficiaba a las oligarquías que ostentaban el poder y manejaban los hilos de la economía. Sus intereses particulares hacían muy conveniente que existiera la máxima libertad de mercado, también del mercado de esclavos; por eso la esclavitud siguió estando vigente durante más de un siglo. Este liberalismo económico, cínico, ruin e inmoral, da lugar al capitalismo, cuyo catalizador determinante fue la Revolución Industrial. El mejor caldo de cultivo para que surja una nueva clase social que, por carecer de medios de producción, no le queda más que sobrevivir ofreciendo su trabajo manual a la burguesía capitalista. Los proletarios eran obreros sin cualificar que formaban parte de la población más pobre. Los que suministraban a la prole, necesaria como mano de obra para las fábricas. Se les denominaba “miserables”, apelativo que nos recuerda la célebre novela de Víctor Hugo. Más tarde se les llegó a llamar incluso “la hez de la sociedad”.

Los salarios ínfimos, unas condiciones de trabajo abusivas, la falta de seguridad social; todo ello da lugar al nacimiento de los movimientos obreros. En el convulso año 1848 los alemanes, de origen judío y ateos, Carlos Marx y Federico Engels publican juntos el Manifiesto del Partido Comunista. Recordemos que ambos abuelos de Marx eran rabinos y que su padre, a decir verdad poco religioso, se hizo protestante luterano al parecer para protegerse del antisemitismo. Fundada la Primera Internacional, surgen los anarquistas liderados por el ruso Miguel Bakunin. Mientras que Marx era partidario del cambio social a través de la revolución, Bakunin quiere llevarlo a cabo por la ruptura total con el Estado y el poder establecido. El poder debe asumirlo la clase obrera, a la que cree con capacidad suficiente como para autogestionarse. Los anarquistas admiten el derramamiento de sangre. También el terrorismo. ¿“Podemos” entenderlo?

Por otra parte, en Inglaterra surge el movimiento obrero denominado “cartismo” (1836), que nace como consecuencia de la brutal miseria en la que viven los trabajadores. Los puntos que lo inspiraban no pueden ser más sensatos: Sufragio universal masculino, elecciones anuales al parlamento, voto secreto, suspensión de la obligación de ser propietario para ser miembro del Parlamento, dietas para los parlamentarios que permitan a los trabajadores participar en política, así como circunscripciones electorales de manera que la representatividad se consiga equitativamente para todos.

En Francia, tras la revolución de París, la familia real huye y se proclama la Segunda República (1848). Luis Napoleón Bonaparte, gobierna primero como presidente y, después de un golpe de estado en 1851, como emperador Napoleón III.

Poco más adelante, tras la guerra franco-prusiana, en la primavera de 1871, tiene lugar el movimiento llamado “Comuna de París”. Durante tres meses París se autogobernó promulgando decretos que serán el presagio profético de lo que iría ocurriendo paulatinamente más tarde. No se cuestionó la propiedad privada, pero se anularon los pagos de alquileres y se otorgó el derecho de los empleados a quedarse con una empresa si el dueño la abandonaba. Se abolió el trabajo nocturno en las panaderías. Se concedieron pensiones a las viudas e hijos de los héroes de guerra. Se suprimieron los intereses por las deudas adquiridas. Se montaron guarderías próximas a las fábricas. Se le arrebató la educación a la Iglesia, dando lugar a la llamada educación laica. Se le quitó a la Iglesia, una vez más, sus bienes; sólo se hacían concesiones si ofrecían sus instalaciones para las reuniones políticas. La Comuna de París concluyó con miles de muertos, ya fuera en los combates o en los fusilamientos posteriores. No hubo distinción entre hombres, mujeres o niños. Las pérdidas patrimoniales fueron también muy grandes, dado que los rebeldes quisieron destruir todo lo que representaba el poder y el Estado.

Intereses comerciales, luchas de poder entre la vieja aristocracia y la alta burguesía, abusos hacia los más débiles y empobrecidos, exaltación de los nacionalismos; todo ello configura el caldo de cultivo ideal para que surjan nuevas ideologías opuestas y extremas: el comunismo marxista y el fascismo nacionalsocialista. Ambas recogen del liberalismo aspectos ideológicos que puedan arrastrar adeptos entre las clases populares, manipulando sentimientos y utilizando la injusticia social como arma eficiente y certera. Así llegan las dos grandes confrontaciones mundiales, colosal exponente de la deshumanización, del desprecio a la vida humana y del individualismo esclavizante. Sin pasar por alto la Revolución rusa de 1917, que colocaría en el poder de la Unión Soviética primero a Lenin y luego a Stalin. Allí se impondría un estilo de gobierno comunista, dictatorial, abusivo y criminal; que duraría prácticamente todo el siglo XX. No por ello el comunismo de la URSS dejó de ser un modelo a seguir por otros países o partidos políticos. El siglo XX ha supuesto un verdadero órdago a la Humanidad. Un siglo que ha desembocado en el liberalismo democrático, aquel en donde la mayoría decide cuáles son los límites de la libertad y en donde el Estado asume una preponderancia paternalista, nada acorde con los principios liberales.

EL LIBERALISMO EN ESPAÑA

Aunque las ideas de la Ilustración ya habían venido influyendo en la sociedad y la política española, el liberalismo propiamente hace su entrada triunfal a través de la Constitución de Cádiz (1812), que también fue un texto clave para otros países. En el siglo XIX todavía se promulgaron cuatro constituciones más (1837, 1845, 1869 y 1876), todas ellas de carácter liberal. Salvo cortos periodos de tiempo, los liberales fueron alternándose en los distintos gobiernos y cotas de poder a lo largo de todo este nefasto siglo. Aquellos que no eran liberales se posicionaron en el bando Carlista y fueron derrotados en las distintas guerras que llevan su nombre. Entre estos liberales, que manejaron los hilos del país a lo largo del siglo, los había moderados y progresistas, pero todos ellos estaban marcados por la ideología dominante.

Aquella Constitución de 1812 recogió elementos propios del liberalismo y comenzaba con la plegaria: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la Sociedad”. Se abolieron los gremios y se dio paso a la libertad económica, reconociéndose la libertad comercial, de trabajo y de fabricación. Aunque el grado de analfabetismo era abrumadoramente mayoritario, también se protegió la libertad de prensa; a fin de cuentas, era una manera de asegurar la difusión de las nuevas ideas liberales. En el artículo 294 se prohíbe el embargo de bienes, que sólo permite que se lleve a cabo “por delitos que lleven consigo responsabilidad pecuniaria, y en proporción a la cantidad a que esta pueda extenderse”. Y en el 304 se prohíbe que se imponga “la pena de confiscación de bienes”. Sin embargo, no se recoge la libertad religiosa y tampoco se aborda el tema de la esclavitud, que permaneció vigente hasta 1880. Sin olvidar que, bajo el paraguas de esta Constitución, se produjeron dos desamortizaciones.

Ciertamente, desde el principio se cometieron contradicciones y agravios cuya única justificación es la de la debilidad propia de la condición humana. Liberalismo sí, mientras la nueva burguesía dominante no se sienta perjudicada. Se estableció el servicio militar obligatorio, pero se permitió la redención en metálico. Esta fue la causa de que los hijos de la aristocracia y la nobleza se libraran de ir a las sucesivas guerras. Se protegió la propiedad privada, pero en esta época se llevaron a cabo hasta cinco desamortizaciones de propiedades y tierras que llamaban de “manos muertas”. Estas propiedades eran fundamentalmente de la Iglesia o de la aristocracia. Unas desamortizaciones que no resolvieron los problemas económicos que decían haberlas justificado y que tan solo consiguieron poner las propiedades en manos, no del pueblo, sino de esa nueva burguesía que contaba con dinero suficiente para pagarlas. Lo que sí se produjo fue un verdadero espolio de bienes artísticos que fueron a parar a los museos de otros países o a manos privadas.

La primera desamortización de los liberales se produce en 1813, cuando apenas hacía un año que se había aprobado la Constitución de Cádiz. Aquí las víctimas fueron los traidores afrancesados, que por otra parte también eran liberales. Las propiedades de la Iglesia, sobre todo las pertenecientes a las Órdenes Militares, también fueron objeto de esta primera expropiación de los liberales constitucionales. Durante el Trienio Liberal (1820-1823), nada más instaurarse, se produce una nueva desamortización. Luego vino la gran desamortización de Mendizabal (1837), un liberal cuyo apellido original era Méndez, de origen judío, por lo cual lo cambió para que no se le reprochara falta de pureza de sangre. En 1841 el General Espartero no quiso quedarse atrás e impuso una nueva desamortización. En el bienio liberal progresista (1854-1856), al frente del cual seguía estando el regente Espartero, acompañado ahora por el General O’Donnell, se produce otra desamortización (1855) ejecutada por el ministro de Hacienda Pascual Madoz.

Mientras tanto, en Hispanoamérica tienen lugar las guerras de independencia. Aquellas repúblicas nacientes se construyen sobre el liberalismo, por auténticos liberales. Unos liberales que se alzaban rebeldes contra el usurpador rey José Bonaparte, y en defensa de nuestro rey Fernando VII. ¡Curiosa historia, republicanos independentistas que se revelan en defensa de un rey! Unos liberales que, además, eran masones. No en vano la operación se diseñó y proyectó desde Inglaterra, cuna de la masonería. En Londres se conserva todavía la casa, hoy habilitada como museo, desde donde reclutaba adeptos y organizaba sus reuniones Francisco de Miranda, uno de los precursores del movimiento independista. Por su casa pasaron los Simón Bolívar de turno, todos ellos españoles sediciosos; aunque hoy los presentan como patriotas venezolanos, mexicanos, chilenos, bolivianos… Liberales, movidos por oscuros intereses particulares, y traidores a su verdadera Patria, que en ese momento no puede defenderse por estar combatiendo contra la invasión francesa. Unos liberales libertadores que no les importó llevar a la guerra civil a sus conciudadanos realistas, y que no dudaron en traicionarse entre ellos mismos cuando llegó el momento.

Pronunciamientos militares o elecciones amañadas hacen que liberales progresistas y moderados se alternen en el gobierno. Mientras que la burguesía se enriquece sin escrúpulos, las clases más bajas tienen muy pocos derechos y sus condiciones de vida son muy malas. Contagiados por los movimientos obreros que surgen en Europa, termina proclamándose la Primera República (1873-1874) cuyas ideas amenazaban la propiedad privada. Sin embargo, los propios republicanos, que pertenecían sobre todo a la clase media intelectual, estaban divididos y tienen a todas las clases sociales en contra: al proletariado, al campesinado, a la burguesía.

En definitiva, un siglo caótico, de enfrentamientos sociales violentos, en el que los poderosos liberales no dudan en acaparar el poder a toda costa. Al igual que ocurre en Europa, también en España es la época en la que surgen los nacionalismos. Sabino Arana, de familia carlista, es decir, opuestos al liberalismo, funda el Partido Nacionalista Vasco en 1895. Un siglo que nos conducirá inexorablemente a la guerra civil y a la controvertida dictadora del General Franco, que consigue aplacar las ínfulas libertarias y proporcionar al país el periodo de paz y desarrollo más largo en la historia de España.

LA IGLESIA CATÓLICA FRENTE AL LIBERALISMO

San Ezequiel Moreno Díaz fue un agustino recoleto natural de Alfaro cuyos restos descansan, incorruptos, en el Convento de Nuestra Señora del Camino, en Monteagudo (Navarra). De allí partió como misionero para Filipinas en donde ejerció como párroco, siempre cercano a la gente humilde entre quienes adquirió fama de hombre santo. Después de quince años regresó a España, pero pronto retomó su vocación misionera dirigiéndose esta vez a Colombia. Los últimos diez años de su vida ejerció como Obispo de Pasto, pero no dejó de llevar una vida austera. Regresó a España enfermo de un cáncer en el paladar, que debió ser muy doloroso y desagradable. Las operaciones a las que se sometió, algunas sin anestesia, no consiguieron librarle de su cercana muerte en el convento desde el que partió, en Monteagudo. A su intercesión se atribuyen numerosas curaciones de cáncer. Fue canonizado el 11 de octubre de 1992 con ocasión del V Centenario de la Evangelización de América.

A pesar de que la Iglesia Católica en un primer momento acogió las ideas liberales con cierta aceptación, muy pronto se mostró contraria a ellas. No en vano, San Ezequiel quiso perpetuar su oposición al liberalismo a través del epitafio: “el liberalismo es pecado”. Una expresión recogida del libro publicado en 1884 por el sacerdote Félix Sardá y Salvany. San Ezequiel, en su escrito más famoso, “O con Jesucristo o contra Jesucristo ó Catolicismo o liberalismo” (1897), cuyo subtítulo es “no es posible la conciliación”, justifica que los peores enemigo de la Iglesia son los liberal-católicos. Pero mucho antes, el Papa Gregorio XVI, en su carta encíclica “Sobre los errores modernos” (1832), hace un análisis crítico de la nueva ideología liberal. En ella se habla de la autoridad y obediencia debida a la Iglesia, defiende el celibato, se refiere a la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, trata sobre las malas consecuencias de la libertad de conciencia o incluso habla sobre la libertad de prensa, entre otras cuestiones que parecen estar de suma actualidad.

Desde entonces, prácticamente todos los papas, de una manera directa o indirecta, se han referido a los errores y consecuencias negativas del liberalismo. No voy a relacionar aquí las encíclicas de estos pontífices que, por otra parte, pueden ser consultadas con suma facilidad. Pero es claro que para el liberalismo el bien supremo no es la VERDAD, sino la libertad. No importa que con el pretexto de la libertad se hayan cometido los más crueles magnicidios y abusos. La libertad es el bien absoluto y su único límite es aquel que colisiona con la libertad de los demás. Para el liberal la ética queda en un segundo plano o, directamente, se excluye. El bien común se reduce a un acuerdo sobre las libertades que debemos disfrutar, sustituyéndolo así por el interés general. Es éste un principio que, además de pervertir profundamente la dignidad humana, contradice la doctrina de la Iglesia Católica.

Por si fuera poco, desde sus inicios el liberalismo le declaró la guerra abierta a la Iglesia Católica. La segunda expulsión de los jesuitas en España se produjo con el primer gobierno liberal de Riego. Un General, liberal y masón, que utilizó la fuerza militar destinada a combatir a los sublevados en Hispanoamérica para dar un golpe de estado en la península. A la Iglesia siempre han querido arrebatarle la educación, para ponerla en manos del Estado; lo cual no parece muy liberal. Sin olvidar las numerosas desamortizaciones o la agresividad manifiesta en la quema de edificios u objetos religiosos. La prohibición de las clases de religión, o simplemente de crucifijos en las aulas, es un tema recurrente en la política liberal española; contra el que los liberales más moderados tampoco hacen una oposición muy decidida.

Me permitiré traer otro personaje que me parece profundamente significativo: el presbítero anglicano, convertido al catolicismo en 1845, beato John Henry Newman (1801 – 1890); que también quiso ser muy claro refiriéndose al liberalismo. En su discurso pronunciado el 12 de mayo de 1879, con ocasión de su nombramiento como Cardenal, lo criticaba de esta manera: “El liberalismo en religión es la doctrina según la cual no existe una verdad positiva en el ámbito religioso sino que cualquier credo es tan bueno como otro cualquiera. Es una opinión que gana acometividad y fuerza día tras día. Se manifiesta incompatible con el reconocimiento de una religión como verdadera, y enseña que todas han de ser toleradas como asuntos de simple opinión. La religión revelada -se afirma- no es una verdad sino un sentimiento o inclinación, no obedece a un hecho objetivo o milagroso. Todo individuo, por lo tanto, tiene el derecho de interpretarla a su gusto. La devoción no se basa necesariamente en la fe. Una persona puede ir a iglesias protestantes y a iglesias católicas, obtener provecho de ambas y no pertenecer a ninguna.” Lo que dice el beato Newman sobre el liberalismo, ¿no nos recuerda lo que ocurre en nuestros días? ¿Y no vemos aquí uno de los aspectos que la masonería tiene como premisa?
Efectivamente, la masonería ha estado siempre ligada al liberalismo. Los principios masónicos liberales nos han invadido y se han asentado en las instituciones. Para la masonería, al igual que para el liberalismo, la libertad del individuo está por encima del Estado o de la religión. Las ciencias naturales son la única forma objetiva de conocimiento y el método empírico se pretende aplicar incluso a cuestiones teológicas o morales, algo contra lo que también se opuso explícitamente, por cierto, el Cardenal Newman.

En España la masonería se legalizó a raíz de la transición, pero siempre ha estado presente. En el siglo XIX todos los generales que se fueron sucediendo en el poder, en muchas ocasiones mediante golpes de estado, eran masones. Como masones, se regían más por los mandatos de las logias que por la disciplina militar. También en Hispanoamérica la masonería estaba instalada en el poder. Ya en el siglo XX, el propio Azaña, por ejemplo, siempre estuvo muy próximo a la masonería, hasta que en 1932, siendo presidente del gobierno, se hizo declaradamente masón. En la actualidad está tan viva o más como en sus orígenes. En el escenario internacional, George Soros es considerado el gran maestre de la logia de la globalización. Soros es uno de los hombres más ricos del mundo, si no el que más. Se trata de un especulador magnate financiero de ascendencia judía, una vez más, aunque poco o nada religioso en realidad. Su padre, que además de abogado era escritor en la lengua esperanto, cambio el apellido familiar de Schwartz a Soros porque formaba un palíndromo y en esperanto significa “se elevará”. Se dice que George Soros ha extendido sus tentáculos incluso en el Vaticano.

LA EUGENESIA: LIBERTAD PARA MATAR

La selección de seres humanos, en principio para beneficiar la especie, está muy ligada a los orígenes y desarrollo del liberalismo. Quizá su gran precursor fue el pastor anglicano y economista masón, considerado padre de la demografía, Thomas Malthus (1766 – 1834). En 1789 publicó su “ensayo sobre la ley de la población”, y en él escribe un principio muy liberal: “Hay un derecho que el hombre nunca ha poseído ni puede poseer: el derecho a la subsistencia cuando su trabajo no basta para adquirirla… Un hombre que nace en un mundo ya poseído, si no puede obtener su subsistencia de sus padres, y si la sociedad no necesita de su trabajo, no tiene ningún derecho siquiera a la más mínima porción de los alimentos y, en realidad, no tiene por qué estar donde está. La naturaleza le ordena que se marche…” Malthus sugirió que el tamaño de las familias de las clases más bajas debería estar regulado para no tener más hijos de los que pudiesen mantener.

Los factores clave en la lucha por el desarrollo debían ser, según Malthus:

  • Medidas de control de natalidad entre los pobres, retrasando sus matrimonios y predicando una moral de continencia, “moral restraint”.

  • Derogar las llamadas “poor laws” (leyes de pobres), vigentes en el Reino Unido desde 1601, que aseguraban un subsidio a los pobres en momentos de penurias y escasez.

Malthus se opone a estas ayudas porque “han contribuido poderosamente a engendrar esa negligencia y esa carencia de frugalidad que se observa en los pobres” (Primer Ensayo sobre la población). Otra perla: “Nos sentimos obligados por la justicia y el honor a negar formalmente que los pobres tengan derecho a ser ayudados”. El Parlamento Inglés derogó las “Poor laws” en 1834.

El Conde de Gobineau (1816 – 1882) es el ideólogo del racismo. Fue un aristócrata francés, diplomático y escritor, que lideró el movimiento racista a favor de la “superioridad del blanco caucasoide frente a los grupos de color”. Entre 1853 y 1855 escribe el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”. En él afirma que la raza de los germanos, que habita en Gran Bretaña, Francia y Bélgica, es la única raza pura de entre aquéllas que proceden de la raza superior de los arios, por estar las demás mezcladas con las razas negra y amarilla. Esta teoría sobre la superioridad racial, supone el mejor caldo de cultivo para que florezcan los nacionalismos, que aún hoy padecemos. Posteriormente fue adoptada por Adolf Hitler. En España tenemos un claro exponente en Sabino Arana, defensor a ultranza de la raza vasca.

Charles Robert Darwin (1809 – 1882) fue contemporáneo del Conde de Gobineau. En 1859 publica su célebre obra “El origen de las especies” donde enuncia la conocida teoría de la evolución. En ella aparecen conceptos como especie, supervivencia del más apto, eliminación del más débil, selección, eficacia. Se expresan ideas como que: “Entre los salvajes, los cuerpos o las mentes enfermas son rápidamente eliminados, los hombres civilizados, en cambio, construyen asilos para los imbéciles, los discapacitados y los enfermos y nuestros médicos ponen lo mejor de su talento en conservar la vida de todos y cada uno hasta el último momento, permitiendo así que se propaguen los miembros débiles de nuestras sociedades civilizadas”.

El Darwinismo fue adaptado a las ciencias sociales y se convirtió en una concepción que pasó a ser llamada “Darwinismo Social”. El Darwinismo Social afirma que las razas humanas se ubican en distintos peldaños de la “escala evolutiva”, que las razas europeas eran las más avanzadas y que muchas otras razas aún llevan rasgos de “simios”. Estos argumentos serán adoptados por los esclavistas del siglo XIX para justificar sus abusos. También los llevados a cabo por el colonialismo inglés.

Francis Galton (1822 – 1911) era médico y estadista inglés, masón, primo de Charles Darwin. Está considerado el padre de la eugenesia, cuyo término emplea en su obra “Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo” (1883). Realiza estudios estadísticos para confeccionar tablas sobre la evolución de las “buenas familias inglesas”. Defendía que la sociedad mejoraría si se fomentaba el matrimonio entre los mejor dotados de cada clase social y que habría que conceder ayudas para que tuvieran hijos. Le preocupaba que las clases inferiores tuvieran muchos más hijos. También se quejaba de la caridad hacia los pobres y enfermos.

Margaret Sangers (1879 – 1966) fue la iniciadora del feminismo en norteamericana, y miembro de la secta masónica anticristiana Unity. El objeto de su lucha fue siempre el fomento del aborto y el uso libre de anticonceptivos. Fundó la “Liga Americana para el Control de la Natalidad” (que se denominó, en 1942, “Federación de la Paternidad Planificada” o lo que es lo mismo “Planned Parenthood”). En un principio, su acción fue dirigida hacia los barrios pobres de Nueva York. En 1995 esta organización contó con un presupuesto de unos 43 millones de dólares. De esta cifra, el 92,5% procede de fondos asignados por el gobierno de los Estados Unidos. En los últimos tiempos se les ha pillado infraganti vendiendo órganos de fetos abortados (¡El libre mercado!). Traeré sólo una cita de esta buena mujer: “La cama del matrimonio es la influencia más degenerativa en el orden social…”

Julian Huxley fue presidente de la Eugenics Society y primer Secretario General de la UNESCO, entre 1946 y 1948. Actualmente, la UNESCO, “es un laboratorio de ideas que marca los estándares para establecer acuerdos a nivel mundial relativos a los principios éticos incipientes” (https://www.organismointernacional.org/unesco.php). Es decir, los “nuevos” principios éticos, los que nos convienen. Este hombre influyente, cuyos objetivos se están realizando hoy, ha llegado a manifestar: “Pero yo pienso que nuestras mejores esperanzas deben apoyarse en el perfeccionamiento de nuevos métodos de control de nacimientos, sencillos y aceptables, ya sea por contraceptivos orales, ya sea, quizá preferentemente, por métodos inmunológicos que exigirían inyecciones”.

Henry Alfred Kissinger, que trabajó con al multimillonario Rockefeller, ambos masones de ascendencia judía y pertenecientes al Club Bilderberg junto a Georges Soros, elaboró el llamado “MEMORANDUM 200”, conocido también con el nombre de “Informe Kissinger”. Este prestigioso político, que aún sigue siendo consejero de los presidentes de EEUU, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973, a pesar de que fue el principal responsable de los golpes de estado en Hispanoamérica. En su estudio se plantean estrategias encaminadas al control de la natalidad; por ejemplo, integrar la planificación familiar en los servicios de salud públicos difundiendo métodos contraceptivos, de esterilización o abortivos. Incluso habla de propagar su ideología a través de los medios de comunicación.

En nuestros días, esta estrategia perfectamente definida y planificada está teniendo su aplicación práctica. Quizá parezca un anacronismo traer aquí la idea del clásico contubernio judeo-masónico. No tiene mucha aceptación popular aludir a fuerzas ocultas o sociedades secretas. Sin embargo, por los hechos podemos juzgar. Es claro que liberalismo y masonería forman una simbiosis, a la cual se puede vincular el judaísmo; si bien parece un judaísmo sólo de ascendencia familiar y poco dado a la religiosidad. Un judaísmo deísta, que se siente abandonado por el Dios de sus antepasados, puesto que para ellos el mesías prometido no acaba de llegar.

MAYO DEL 68, PROHIBIDO PROHIBIR

Hasta mayo del 1968 todavía se convivía con el respeto a las normas, a partir de este momento la transgresión será la norma de conducta. Fue ésta una revolución con repercusión mundial, llevada a cabo por “niños de papá”; un papá que había hecho la guerra mundial y unos niños que se habían desarrollado en la abundancia económica. Una revolución que tuvo consecuencias culturales inmediatas, pero cuyas consecuencias políticas las estamos viendo en la actualidad. No en vano, el ideario del partido político Podemos está sacado del libro “Imperio” cuyo coautor es Toni Negri, un ideólogo del 68 condenado por pertenecer al grupo terrorista Brigadas Rojas. De hecho, mayo del 68 dio lugar a la formación de diversos grupos terroristas. En España, entre otros, hemos padecido al terrorismo de ETA o el del FRAP, a cuya organización perteneció el padre de Pablo Iglesias.

Mayo del 68 es el movimiento reivindicativo de la libertad absoluta. La vida era una fiesta continua en la que el deseo se convierte en la norma de conducta. Es un hecho que esta revolución se desenvuelve en una época de abundancia, que origina un capitalismo del deseo. Hay que despertar el deseo en los consumidores para que no compren lo que necesitan sino aquello que demande su deseo. Se trata del “carpe diem”, la cultura del hedonismo y la lucha contra todo aquello que se le opone; por ejemplo, la familia, la religión y las tradiciones. Se mira, sin embargo, hacia una espiritualidad de tipo oriental, naturalista, que pretende ocupar ese vacío de trascendencia. Al mismo tiempo es a partir de este momento cuando despega definitivamente el individualismo destructor que, mezclado con la búsqueda de la satisfacción de los deseos, da lugar a las más aberrantes actitudes. Digo aberrantes por ir contra la propia naturaleza humana. Nos hemos convertido en una masa de individualidades consumidoras y ávidas de satisfacer deseos que se generan indefinidamente.

La cuestión de los vientres de alquiler es uno de estos casos en los que el deseo se transforma en un derecho. Un buen liberal no debe poner límites al antojo de ser padre o madre puesto que forma parte de la libertad del individuo para satisfacer sus deseos, siempre que le sea posible y no entre en colisión con la libertad de los otros. A este respecto se publicó hace ya algún tiempo, un cruce de artículos entre dos prestigiosos profesores liberales, el libertario Juan Ramón Rallo y el conservador Francisco José Contreras, cuya lectura es muy recomendable. Maternidad subrogada, crisis de la familia, elección libre de la identidad sexual, adulteración del concepto de matrimonio, son cuestiones que están en continua actualidad y que no son más que el resultado de este liberalismo del deseo que explosionó en mayo del 68.

Tiene sentido traer a colación una campaña promovida por el periódico francés Libération -significativo nombre- en los años 70 a favor de la despenalización de la pederastia. Un periódico que ahora, en un alarde de puritanismo calvinista, se rasga las vestiduras denunciando escandalosamente los casos de pederastia en la Iglesia. La célebre Simone de Beauvoir, partidaria también de este tipo de prácticas, estaba involucrada en la campaña de Libération, cuyo lema era “Apprenons l’amour a nos enfants”. Quizá esto nos recuerde al programa skolae de educación sexual para niños que se está implantando en Navarra, pero que ya lleva años instaurado en otras comunidades. Un programa alimentado por la ideología de género, cuya semilla regó la propia Simone.

Aquellos jóvenes del 68 llegaron por fin a escalar cotas de poder y, aunque en algunos aspectos retomaron el conservadurismo de sus padres, en otros nos condujeron al progresismo democrático; ese que nos tiene enfangados en el relativismo moral. Un relativismo que ha supuesto la descomposición familiar, la corrupción social y la manipulación interesada de la historia y la cultura. Un progresismo que fomenta el igualitarismo, ha empobrecido las enseñanzas básicas y corrompido la universidad. Progresismo que, por momentos, se inmiscuye en los entresijos de la propia Iglesia Católica edulcorándola y, a veces, incluso, adulterándola. En nuestro país, las consecuencias de todo ello las venimos padeciendo en leyes como la del aborto, memoria histórica, divorcio exprés, matrimonio homosexual. O el trato dado al problema de los nacionalismos, las negociaciones con la banda terrorista ETA, la inmigración o las incesantes subidas fiscales que alimentan una magna administración del Estado burocratizada, intervencionista y subvencionadora; que engorda empresas concertadas y bolsillos de funcionarios y políticos corruptos.

LIBERALISMO CONSERVADOR VERSUS LIBERALISMO ÉTICO

La libertad, en sí misma, no es responsable de los males que vienen golpeando en la línea de flotación de nuestra sociedad.

La libertad es innata al ser humano, y sin ella pierde parte de su dignidad. Los regímenes totalitarios que surgieron en el siglo XX, como consecuencia de un liberalismo perverso, veían en la libertad, y su gran aliada la democracia, un elemento obstaculizador para la convivencia y el bienestar social. No se puede volver atrás. El liberalismo está ya en el ADN de la humanidad. Sin embargo, este liberalismo democrático que se viene padeciendo en la actualidad adolece de múltiples deficiencias que están dando al traste con la propia dignidad del ser humano. Ni somos más libres, ni caminamos hacia una sociedad más justa, equitativa y feliz.

Según el INE, el número de suicidios en España en 2017 ha aumentado en un 3,1%, en términos absolutos 3.679, lo que supone una media de 10 muertes al día. A veces, incluso, me llega la noticia privada del suicidio de algún adolescente, dada mi actividad en contacto con ellos. En ese año 2017 se practicaron 94.123 abortos, mientras que los nacimientos han caído un 5,8%. Hubo 97.960 divorcios, un 1,2% más que el año anterior. Podríamos continuar, por ejemplo, hablado del paro o de otras cuestiones, pero con estos datos basta para destapar el sufrimiento con el que se convive. Son los datos de la angustiosa amargura de una sociedad enferma de libertades pervertidas. El ser humano no es más feliz. Sobre la juventud se cierne un aire de incertidumbre, pesimismo y desconfianza; a pesar de que gozan de suficientes bienes materiales y habitualmente disfrutan de fiestas y convivencias que les alegran la vida.

A veces he oído la expresión “mi familia es muy liberal”, como queriendo plantear en positivo un progresismo desinhibido, enriquecedor y saludable. Con ello se quería justificar una visión como la que paso a describir. El padre, que goza de un alto poder adquisitivo, echa con frecuencia sus canitas al aire. La madre, que también disfruta de sus propios recursos económicos, harta de aguantarle, lo manda a paseo y termina por encontrar ella misma su propio novio. Una prima, confusa por su identidad sexual, decide quitarse los pechos y hormonarse para que le crezca el bigote. Otro primo, se siente inclinado por practicar el sexo con chicos, habiendo llegado a intimar mucho con uno de ellos, por lo cual, de momento, ha decidido formar pareja con él. El hermano de la madre ha formado pareja recientemente con una señora que ya no puede engendrar, por esa razón han decidido alquilar el vientre de una amiga para tener un hijo, porque les apetece mucho ser padres. Es tan brusco y violento que parece un relato de novela, pero cualquier lector podría poner nombres y apellidos a estos personajes. Todos podemos reconocer el sufrimiento -yo sin duda lo hago- que genera este tipo de comportamiento; aunque nos lo quieren presentar como natural, progresista y sin complejos.

Un liberal empedernido vería con buenos ojos a una familia como la descrita. Se mostraría indiferente a ese sufrimiento aludido. Para él, lo importante es que alguien que decide vivir de esa manera pueda hacerlo sin impedimentos, sin coartar su libertad. Un liberal libertario es el que ha endiosado la libertad. Sin embargo, en una sociedad democrática las libertades se conceden o suprimen según decide la mayoría. De esta manera hemos entrado en una espiral de degradación en la que se alternan las más indignas normas, propias de regímenes dictatoriales, con las leyes más aberrantes que entusiasmarían al mismo Josef Mengele.

A quien no concibe un progresismo como el descrito, se le tacha de conservador (incluso de fascista de ultra derecha). Un conservador es quien demanda políticas favorables a la familia y a la natalidad. Si además es liberal, reclamará libertad para educar a los hijos y para practicar su religión. Sin embargo, lo que realmente se demanda es algo mucho más profundo. El profesor Fco. José Contreras lo reivindica como “ecología moral” y aduce que los liberales clásicos eran conscientes de la importancia de la virtud para el sostenimiento de una sociedad libre. Hablamos, por tanto, de un liberalismo ético que supere el relativismo moral en el que estamos inmersos. Es un hecho que el Estado es el que viene asumiendo la implantación de los principios éticos, arrogándose así una autoridad moral impersonal e interesada. Lo cual va, por cierto, contra uno de los principios del liberalismo que pretende reducir el Estado al mínimo necesario.

DECÁLOGO PARA UN LIBERALISMO ÉTICO

No es posible contemplar la convivencia entre los seres humanos sin impregnarla de ética, disciplina que estudia el bien y el mal y su relación respecto al comportamiento humano. A lo largo de los dos últimos siglos, las sociedades modernas han ido configurando una nueva ética, una ética democrática. Nos ponemos de acuerdo en qué es lo que está bien, para legislar a su favor, o mal, para prohibirlo con una ley. La mayoría democrática será la que decida si algo debe cambiar y en qué sentido debe hacerlo. Lo que hoy es considerado bueno mañana puede no serlo y viceversa. Sin embargo, no parece que nuestra convivencia haya ido a mejor. La gente sabe que algo no va bien, pero no son capaces o no se atreven a discernir adónde está el mal y adónde el bien. Se tiene miedo al enfrentamiento con la supuesta mayoría democrática. En una palabra, no se es libre. No obstante, algunos estamos convencidos de que es posible clarificar y orientar a las personas sencillas de manera que puedan recuperar esa libertad perdida. Siempre habrá fanatismos difíciles de atraer hacia la cordura y, en todo caso, el cambio ha de ser progresivo y lento. El recorrido que nos ha traído hasta la lamentable situación en que nos encontramos ha durado dos largos siglos. Quizá podríamos resumir en un decálogo lo que un liberalismo ético debería tener en cuenta:

1.- Dios ha de estar por encima de todo. Parece un anacronismo hablar de Dios a estas alturas y en este contexto; sin embargo, separarnos de Dios, recluirlo a nuestra intimidad o encerrarlo en las catacumbas no parece que nos haya traído buenas consecuencias. Por otra parte, al hablar aquí de Dios no se está planteando que cualesquiera religiones deban ostentar el poder civil en alguna de sus vertientes. Las religiones no son más que puentes que, en el mejor de los casos, permiten al ser humano acercarse a Dios, aunque no todas lo hacen de la misma manera. Bastaría con no legislar en contra de Dios y de quienes lo quieren tener presente en sus vidas. De hecho, la experiencia de Dios es lo que nos hace más propiamente humanos. Es necesario recuperar la libertad para hablar de Dios, para creer, para relacionarse con Él.
Tener presente a Dios, en una sociedad liberal, favorece que todos nos situemos en un estatus de humilde igualdad. Una humildad que siempre viene bien, como hace poco reconocía el propio Pedro Sánchez; aunque, muchos de los que le escuchábamos, descubriéramos que el doctor tampoco tiene mucho conocimiento de esto. La presencia de Dios en nuestra vida permitirá acortar distancias entre pobres y ricos, oligarquías y proletariados, castas y descastados. Y, por otra parte, intentar eliminarlo nos coloca ante otros “dioses”, otros referentes idolatrados, que son los que verdaderamente nos esclavizan y nos empujan al vacío existencial del que hablaba el psiquiatra Victor Frankle. Lo expresa muy bien en su libro “Presencia ignorada de Dios” cuando dice: “Hay siempre en nosotros una tendencia inconsciente hacia Dios, es decir, una relación inconsciente pero intencional a Dios. Y precisamente por ello hablamos de la presencia ignorada de Dios… Dios a veces “nos” es inconsciente, nuestra relación con él puede ser inconsciente, es decir, reprimida y por tanto oculta para nosotros mismos. Ya en los salmos se alude al ‘Dios oculto’, y en la antigüedad helenística existía un altar consagrado ‘al Dios desconocido’… Existe una religiosidad latente aun en las personas declaradamente irreligiosas, en las que se interpone la libertad (esto lo puede comprender –y respetar– el médico…)”.

2.- Dios no debe ser utilizado. Ningún partido político, institución o persona debe poner a Dios en su equipo; ni señalarlo como miembro del equipo rival. Nada de lo que el ser humano haga ha de hacerlo en nombre de Dios. Dios no es liberal, ni conservador, ni catalán o español. No debemos mezclar a Dios con la forma como nos organizamos para convivir. Nunca más el mayor poder económico de un individuo, institución o país, ha de ser visto como una recompensa divina por las buenas acciones. Ni la pobreza deberá contemplarse como la consecuencia lógica del pecado o la degeneración racial. No existe la libertad de utilizar a Dios.

3.- No sólo el trabajo dignifica al hombre, también el ocio y el tiempo libre. La tiranía del llamado mercado de trabajo no debe absorber al individuo hasta el punto de no dejarle tiempo para dedicarlo a otros quehaceres. No es admisible que los salarios exiguos obliguen a que ambos miembros de una pareja tengan que condicionar su paternidad o, incluso, su unión matrimonial. Al mismo tiempo, los individuos han de ser conscientes de que el tiempo no dedicado al trabajo retribuido se debe administrar adecuadamente. Para educar a los hijos no basta con dedicarles “tiempo de calidad”, como algunos pedagogos nos han hecho ver con frecuencia. La educación requiere de tiempo, de mucho tiempo. Existe el derecho a disponer con libertad del tiempo libre, y esa libertad debe ejercerse con responsabilidad.

4.- La familia es la institución natural más propiamente humana. Y por natural, ha de contemplarse como familia a la formada por el padre, la madre y los hijos. Esta es la familia que más beneficios origina a la comunidad y al individuo, y por tanto es la que debe ser protegida. El matrimonio estable, en el que ambos conyugues se comprometen fielmente para toda la vida, es el que mayor equilibrio y seguridad aporta en el desarrollo de los hijos. Las causas sobrevenidas que fracturan el vínculo familiar, ya sea por muerte o por ruptura en la convivencia, en cualquier caso, deben repararse buscando ofrecer a los hijos las condiciones más próximas a lo que demanda el orden natural. Esta familia, orientada a la generación de personas virtuosas, maduras y equilibradas, debe integrar a los mayores no como elementos utilitarios para suplir las carencias o ausencias de sus hijos hacia los nietos, sino como referentes de vida que nos vinculan con una tierra, una cultura y una historia común. El respeto y la honra hacia nuestros padres es lo que otorga sentido al concepto de Patria.

La familia debe disfrutar de una libertad absoluta para ejercer las responsabilidades que le son propias. El Estado no está legitimado para usurparle derechos. La familia es una institución anterior al Estado, y por tal razón debe estar supeditado a ella.

5.- La vida humana debe ser respetada hasta sus últimas consecuencias. La vida no es siempre el valor más preciado para el ser humano. Es legítimo y virtuoso dar la vida por los demás o por un ideal que coadyuve a la dignidad del ser humano, por ejemplo, la libertad. Pero lo que el ser humano no puede hacer, de ninguna manera, es otorgarse la facultad de arrebatar la vida o pervertirla. En esto no puede haber excepciones, porque si las hay se habrán difuminado los límites y cualquier iluminado podría cambiarlos. Nos ha pasado con la ley del aborto, sobre el que se han ido modificando las condiciones y los plazos, si bien la dirección seguida por los distintos gobiernos ha sido la de encaminarse hacia el aborto libre. En un estado liberal y ético, la vida es un derecho fundamental que nadie puede vulnerar, ni de forma individual ni institucional. No puede haber pena de muerte, eutanasia, manipulación genética de seres humanos, almacenamiento o destrucción de embriones humanos, clonación, etcétera. La propia naturaleza debe ser preservada como entorno en el que la vida tiene lugar. No existe la libertad para eliminar seres humanos.

La humanidad se escandalizó al descubrir la cruel eugenesia y experimentación humana llevada a cabo en la Alemania NAZI. Sin embargo, hemos terminado por aceptar unas prácticas macabras y antinaturales simplemente para obtener supuestos beneficios. Lo que no trasciende a la opinión pública es la gran cantidad de conflictos psicológicos, emocionales, psiquiátricos, que está ya originando este tipo de prácticas. La falta de ética siempre acaba pasando factura al ser humano. Cuando se vulnera el derecho a la vida, o se malogra el ecosistema natural, el ser humano pierde su libertad. Incluso los verdugos dejan de ser libres.

6.- El ser humano ha de ser respetado en su dignidad. En un liberalismo ético ninguna persona debe ser excluida, vejada o despreciada por razones de raza, género, religión, condición sexual, nacionalidad o ideología política. Al mismo tiempo, cada individuo está obligado a respetar y cuidar su cuerpo. No ha lugar a experimentaciones que tergiversen la realidad anatómica natural de un individuo. No existe el derecho a transformar mi cuerpo, esto no es libertad. Más aún, el idolatrado hedonismo nos esclaviza cada vez más hacia la búsqueda de un cuerpo perfecto que nunca se acaba de lograr. Esta actitud es insatisfactoria y termina por ocasionar obsesiones enfermizas. Si se inculca desde la infancia, el individuo entra en una espiral en la que le resulta imposible descubrir su verdadera identidad. No existe la libertad de hacer con mi cuerpo lo se me antoje.

7.- La propiedad ajena debe ser respetada. Es este uno de los principios básicos del liberalismo económico: el respeto a la propiedad privada. Lo vemos claro cuando contemplamos este precepto entre personas individuales, nadie está legitimado para apropiarse de lo que es de otro. Pero también debe ser así en cualquier otro contexto. No hay justificación para que el Estado, más allá de lo justo y necesario, esquilme la economía de sus ciudadanos expropiándoles el trabajo a base de impuestos, ni siquiera bajo el pretexto de distribuir la riqueza entre los más necesitados. Antes bien, debe utilizar otros medios para que esos ciudadanos empobrecidos consigan, mediante su trabajo y esfuerzo, ser retribuidos dignamente.

Las empresas no están legitimadas para acaparar beneficios indefinidos y a toda costa, mientras que sus empleados obtienen retribuciones “mileuristas” insuficientes para constituir una familia con ciertas garantías de supervivencia. En un partido político no vale cualquier medio para conseguir financiación. El fin no justifica los medios. En esto, como ocurre con el derecho a la vida, tampoco puede haber excepciones. Si las hubiera, se abriría la ranura por donde se colaran los pícaros oportunistas.

8.- Los acuerdos deben respetarse hasta sus últimas consecuencias. Quedan ya lejos los tiempos en los que la palabra dada tenía valor por sí misma. Mentir, tergiversar la verdad, ocultarla o difundir verdades a medias en beneficio de los propios intereses, deforma la sociedad y falsea las relaciones entre sus individuos. No existirá una verdadera libertad si los compromisos no se llevan a término fielmente, y esto debe ser aplicado en todos los ámbitos: el comercial, el político, el laboral, el personal, etc. Un programa electoral que no se cumple, debe ser tratado como una estafa que no puede quedar impune. Una información ofrecida a la audiencia de manera tendenciosa y partidista no está justificada por la libertad de expresión. Un compromiso de fidelidad matrimonial que se traiciona, ha de contemplarse como una vulneración que quiebra la dignidad del infiel y de quienes lo rodean; además de limitar su propia libertad.

9.- El ser humano está sujeto a pasiones que deben ser controladas. Quizá la causa más frecuente de descomposición familiar sea el adulterio. No se trata de prohibirlo, pero sí de no facilitarlo y, en todo caso, de ofrecer alternativas que reconduzcan las consecuencias de la debilidad humana. El “divorcio exprés”, la aplicación de programas supuestamente educativos que pretenden adiestrar la sexualidad en los niños, expender preservativos en los centros escolares, el acceso generalizado y cada vez más precoz a la pornografía, la banalización de la sexualidad humana, la promiscuidad en jóvenes y adultos, la incitación permanente a la homosexualidad; son todos ellos aspectos generadores de conflicto, violencia, insatisfacción y desequilibrios; erosionan a la sociedad y malogran la convivencia. En todo caso, la sexualidad debe estar presidida por el respeto al otro y a uno mismo. No existe la libertad para satisfacer las pasiones; antes bien, a mayor control sobre las pasiones más propiamente humano se es. No se trata de juzgar desde el puritanismo la vida privada de los líderes políticos o mediáticos, pero tampoco se les puede reír la gracia de sus juergas (a veces, pagadas por todos), adulterio, promiscuidad y vida disoluta. No es admisible que en un partido político haya un dirigente al que se le conozca por “el terror de las nenas”.

10.- El consumo desaforado nos conduce a la esclavitud. El consumismo es una de las trampas que nos ha tendido el capitalismo. Nuestra sociedad está repleta de individuos inmersos en la espiral de un consumo que nunca acaba de satisfacerse. Se consume estética hasta la aberración cuando los padres regalan a sus hijas adolescentes una modificación de senos. Se consume ocio cuando jóvenes y adultos salen todos los fines de semana a cenar, bailar y beber hasta altas horas de la madrugada. Se consume un supuesto bienestar saludable cuando nos abonamos al mejor gimnasio con sauna incluida. Se consume tecnología, vestuario, comida basura, vehículos, etc. Todo ello edulcorado por una publicidad que nos conduce y esclaviza en una insatisfacción crónica. La libertad de mercado no disculpa la adicción al consumo.
El perspicaz lector se habrá percatado hace tiempo de que los titulares de este decálogo fueron ya redactados -en el contexto y lenguaje de la época- hace ya muchos años, en el monte Sinaí. No hay nada nuevo bajo el sol, la pugna de pasiones a las que se enfrenta el ser humano siempre es la misma. Hay quienes se sienten incapaces y optan por rendirse, justificando luego sus debilidades; aquellas que han ocasionado sufrimiento y los han empobrecido, a ellos y a su descendencia. Otros optan por luchar y sobreponerse, lo cual siempre les eleva, permitiendo que el sufrimiento -que tarde o temprano, siempre llega- engrandezca su dignidad haciéndoles más propiamente humanos.

CONCLUSIÓN

La libertad es una originalidad propia del ser humano, que a la vez lo ennoblece elevándolo por encima de los demás seres de la naturaleza. Ningún poder está legitimado para coartar las libertades fundamentales de los individuos. Ahora bien, la libertad no es el valor supremo concluyente con la dignidad superior del ser humano, incluso aunque viviera aislado. La libertad tiene unos límites que no son los que colisionan con las libertades ajenas, sino que los impone la ética, la cual permite hacer un uso responsable de la libertad. La acción política debe estar encaminada a salvaguardar las libertades y coadyuvar en el uso responsable de la libertad.

El endiosamiento de la libertad, al cual el liberalismo nos fue conduciendo durante el siglo XIX, quizá nos ha proporcionado un mayor bienestar, pero también nos ha conducido hasta una sociedad enferma. En ella, los niños padecen la ruptura familiar, la empobrecida formación académica, la ruinosa educación orientada a complacer las apetencias antes que a sacar lo mejor de uno mismo esforzándose en el dominio de las pasiones. Unos adolescentes entregados al consumo más devastador, desorientados, inseguros y poseídos del alcohol, el erotismo y la pornografía. Supuestos beneficiados de las consultas de psicólogos, que con frecuencia entran en la espiral de la depresión, el vacío y, a veces, el suicidio. Unos jóvenes con características de adolescente hasta edades propias de la madurez, que viven de fiesta en fiesta gastándose el paupérrimo salario mileurista en tecnología y alterne. Promiscuos y a la vez huidizos ante el matrimonio y la paternidad, inconscientes de la degradación a la que están sometidos. Una sociedad en la que los adultos sobreviven manipulados por intereses ideológicos o publicitarios, con criterios poco formados y, en el mejor de los casos, sentimentalmente buenistas. Acuciados por el hedonismo y la sensualidad, ignorantes de referencias verdaderas que les permitan ubicarse en la historia y la civilización a la que pertenecen, abocados a un progresismo de muerte silenciada en donde el aborto, la eutanasia, el suicidio o la producción de embriones humanos desechables, es una constante. Y unos ancianos cansados de vivir en una sociedad que no entienden, sufrientes atormentados por las vicisitudes de sus seres queridos. Ancianos aparcados en muchos casos y abandonados en otros. Una sociedad incapaz de mirar a la trascendencia y ocupada sólo en lo inmediato.

Será difícil modificar la hoja de ruta de un plan preestablecido y que lleva ya un largo recorrido andado. Sin embargo, creo que es posible la renovación paulatina de un sistema que está produciendo dolor, frustración y falta de esperanza. Parte de la sociedad ha empezado a descubrir un nuevo liberalismo que será difícil de encauzar, pero no imposible. Un liberalismo incipiente sustentado por líderes políticos y mediáticos que todavía deben ubicarse más certeramente en una ética coherente y esforzada. Basta con proporcionar libertad a los individuos y no favorecer la ética destructora de lo más propiamente humano: la familia, la experiencia de Dios y el amor a los tuyos; que, por extensión, no es otra cosa que el amor a la Patria.

*Artículo publicado inicialmente en la Revista Naves en Llamas


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Terstch denuncia la existencia “de un entramado inmenso de multinacionales de todo el mundo al servicio del marxismo cultural”

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El eurodiputado de Vox, Hermann Terstch, ha denunciado la existencia “de un entramado inmenso de multinacionales, de empresas semipúblicas y privadas, que funcionan en todo el mundo al servicio del marxismo cultural y sus conexiones, lavando, por ejemplo, el dinero negro de la cocaína de las FARC, y financiando el surgimiento y el crecimiento de numerosos partidos comunistas, tanto en Latinoamérica como en otras partes del mundo, incluyendo España”.

“Pero lo más importante es la dinámica de penetración cultural”, añade Hermann Tertsch. “Una dinámica que se completa con la ayuda de ese rodillo socialdemócrata, izquierdista, que ha ido, con diferentes matices, avanzando en toda Europa; se trata de un rodillo aplastante que solo tiembla ante fisuras como las que están surgiendo en países como Hungría o Polonia, y que estalla ante las brechas internas que surgen en el Sistema de la mano de partidos que no controla. Hay una tendencia general que busca la aniquilación de toda discrepancia cultural. Todo lo que tenga un mensaje de trascendencia del hombre o de sentido religioso, hay que aniquilarlo. Y para ello, los nuevos marxistas han contado con una colaboración importante por parte de la Iglesia Católica, que en una rápida adaptación al devenir de los tiempos, y tras el fulgor magnífico de presencia que fueron Juan Pablo II y Josep Ratzinger, tiene en la figura del Papa Francisco un ejemplo de cómo la penetración comunista o neomarxista en las principales instituciones occidentales se está produciendo también en el ámbito eclesiástico”.

Preguntado sobre cómo se produce esta infiltración del ‘marxismo cultural’, manifestó: “Realmente, están en todas las partes. Las universidades están tomadas, y la infiltración, como hemos explicado antes, viene ya de lejos. La educación media, en la mayor parte de los países occidentales, y sobre todo en un país como el nuestro, ha colapsado la política de transmisión de conocimientos y lo que se hace es, simple y llanamente, adoctrinamiento; las ciencias sociales son, del mismo modo, ciencias de adoctrinamiento neomarxista todas ellas, con poquísimas excepciones. Se modela de tal manera a los jóvenes que es prácticamente imposible que éstos puedan aprender cosas que pudieran desmentir o cuestionar la ideología comunista aprehendida, y por eso rechazan cualquier tipo de conocimiento o información o datos y lecturas que cuestionen o entren en conflicto con su pequeño mundo establecido. En este sentido, el neomarxismo funciona con los mecanismos de una programación de secta”.

Y agregó: “Para ello, entran en juego dos herramientas fundamentales: el lenguaje y la enseñanza, y los medios de comunicación. La educación y los medios son los dos grandes arietes sobre los que se está produciendo está conquista de los nuevos comunistas. Se ridiculiza, caricaturiza, desprecia y persigue a todos aquellos que pongan en cuestión este proyecto ideológico igualitarista, que es también antirreligioso, antinacional y antiindividualista. Todo lo que genere una percepción de la trascendencia de la individualidad es enemigo de este proyecto de dominación neocomunista que, no hay que olvidarlo, se basa en que el hombre es indefinidamente maleable. El ser humano, según el comunismo clásico, es solo un producto de lo que se adoctrina en él; la ideología es la que ha de crear al ser humano, tal y como ocurre en los países comunistas más extremos. El ser humano no vale nada para Pol Pot, pero tampoco para quienes extienden en Berkeley, Oxford o en la Complutense esas ideologías llenas de humanitarismo y merengue compasivo. Para ellos, el ser humano es un producto de las circunstancias, es intercambiable y, en un último punto, es canjeable y prescindible”.

En su análisis del marxismo cultural, Hermann Tertsch añade un elemento importante de análisis que no se suele tener en cuenta. “Hay que recordar que en otros momentos del pasado siglo XX, ya se había hecho notar que la penetración cultural de los comunistas había llegado muy lejos. Hay una anécdota de la periodista y escritora rumana Monica Lovinescu, que le ocurre cuando en 1947 llega a París después de haber padecido todo tipo de dificultades bajo el poder de los estalinistas rumanos. Cuando llega a la capital francesa se da cuenta de que allí también, si uno dice las verdades de lo que estaba ocurriendo en su país bajo el régimen comunista, enseguida te tachaban de fascista y se te cerraban todas las puertas. Primero te conviertes en un anticomunista, de anticomunista pasas a ser un fascista, y como fascista te conviertes en un ser despreciable que no merece ser escuchado y que tampoco merece hablar. Si eres anticomunista, culturalmente, mereces ser aniquilado. Esto ya ocurría en 1947 en Francia. Así controlaba ya la izquierda francesa el pensamiento a mediados del pasado siglo, tal y como lo denunciaron escritores y pensadores como Jean-François Revel y Raymond Aron. Y tal como lo padeció también Albert Camus. Ellos denunciaron las persecución y los ataques constantes que sufrían quienes se atrevían a denunciar los dogmas sagrados de los marxistas en la cultura”.

“Con el paso del tiempo”, explica Hermann, “esto se ha ido extendiendo y transformando en lo que ahora conocemos como la ‘corrección política’ o lo ‘políticamente correcto’, que no es más que un rodillo censor implacable de la socialdemocracia. Es una imposición muy sutil y muy eficaz, con muchas menos aristas en sus prohibiciones, mucho más perfeccionada, en la que los sentimientos siempre se utilizan para romper los diques de contención que han formado las sociedades abiertas y los Estados de Derecho. Lo estamos viendo ahora perfectamente en España con el asalto bestial a los jueces que han dictado la sentencia sobre el caso de ‘la Manada’”.

“‘La Manada’, con un militar y un guardia civil en su interior, es el enemigo perfecto que ataca a una ‘niña indefensa’ con cinco hombres que representan lo peor de los poderes del Estado: la represión, el machismo, etc. Se trata de movilizar a la gente a través de la bondad, porque cuando se lucha a favor de “la bondad” todo lo demás, las leyes, por ejemplo, no importa. Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona de extrema-izquierda, lo ha dicho muy claramente: ‘las leyes injustas, las ignoro’. Esta es la nueva forma de asaltar al Estado que han elegido los nuevos comunistas; ya no se trata de asaltar el Palacio de Invierno, se asaltan las instituciones después de haber creado, a través de la educación y de los medios de comunicación, una sociedad dócil, volcada en el sentimentalismo, sin pensamiento crítico, sin pensamiento libre y sin pensamiento individual, y siempre preocupada por militar al lado de los buenos y nunca formar parte de los “perversos”… Descarrilamos hace tiempo contra la razón y ahora, a través del neomarxismo, se están minando todas las defensas de la sociedad: los códigos de honor, la tradición, el reconocimiento de una historia exitosa… Se trata de un movimiento inmenso, de una maquinaria cultural abrumadora e implacable, a la que es muy difícil hacer frente, porque también es muy mal enemigo”. cincluye el periodista y político,  conciencia clara de nuestro tiempo.


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China adopta unas maliciosas normas de “ciberseguridad”

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La completa visibilidad de Pekín en las redes de las empresas extranjeras tendrá consecuencias sumamente perjudiciales. (Foto: Wikimedia Commons)
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Por Gordon G. Chang. El 1 de enero, entra en vigor la Ley de Criptografía de China. Esta legislación sigue a la implementación el 1 de diciembre del Esquema de Protección Multinivel 2.0, emitido al amparo de la Ley de Ciberseguridad de 2016.

En conjunto, estas medidas demuestran la absoluta determinación de Pekín de confiscar a las empresas extranjeras todas sus comunicaciones, sus datos y otra información almacenada en formato electrónico en China.

El presidente Trump debería usar sus poderes de emergencia para prohibir a las empresas estadounidenses cumplir las nuevas normas o almacenar datos en China.

Después de que todas estas normas de “ciberseguridad” estén vigentes, ninguna empresa extranjera podrá encriptar los datos para evitar que pueda leerlos el Gobierno central chino y el Partido Comunista de China. Con otras palabras, las empresas tendrán que entregar sus claves de cifrado.

A las empresas también se les prohibirá emplear redes privadas virtuales para mantener los datos en secreto, y algunos creen que ya no podrán usar servidores privados.

El sistema de Pekín, una vez implementado, será tan invasivo que las autoridades chinas ya no necesitarán pedirles a las empresas extranjeras que entreguen los datos. Los funcionarios chinos podrán simplemente tomar esos datos por su cuenta.

“Una vez que los datos cruzan la frontera china en una red —escribe Steve Dickinson en el China Law Blog—, el 100% de los datos estarán íntegramente a disposición del Gobierno chino y el PCC.”

La completa visibilidad de Pekín en las redes de las empresas extranjeras tendrá consecuencias sumamente perjudiciales, señala Dickinson. Primero, la ley china permitirá a los funcionarios chinos compartir la información confiscada con las empresas estatales. Esto significa que las empresas estatales podrán usar esa información contra sus competidores extranjeros.

Segundo, las nuevas normas de China, casi seguramente, harán que las empresas extranjeras pierdan la protección del secreto comercial en todo el mundo. Un secreto comercial pierde su estatus como tal cuando se divulga ampliamente. Una vez que una empresa permite que ese secreto entre en su red china, la empresa debe saber que Pekín lo sabrá. “Puesto que ninguna empresa puede razonablemente asumir que sus secretos comerciales seguirán siendo secretos una vez sean transmitidos a China por una red de control chino, corren el gran riesgo de que también se evapore la protección de sus secretos comerciales fuera de China”, escribe Dickinson.

Tercero, el programa de ciberseguridad de China expone a las empresas a sanciones por vulnerar las leyes estadounidenses de exportación de tecnología. Las empresas han asumido que la tecnología cubierta por las prohibiciones de exportación estadounidenses no se “exporta” si se mantiene en una red china protegida por el cifrado de extremo a extremo, es decir, que no esté a disposición de las autoridades chinas. Como a las empresas ya no se les permitirá encriptar los datos de extremo a extremo, es casi seguro que se considerará que vulneran las normas estadounidenses respecto a la tecnología almacenada en una red de China.

No todos los analistas están alarmados por las medidas chinas del 1 de diciembre. James Andrew Lewis, por ejemplo, sostiene que las nuevas normas de Pekín son un “esfuerzo legítimo” de proteger las redes en China. Además, argumenta que los chinos no necesitan el Esquema de Protección Multinivel 2.0 para obtener información, porque pueden robar toda la que quieran con sus grupos avanzados de hackers APT (amenaza persistente avanzada, por sus siglas en inglés). “Su intención no es utilizarla con fines maliciosos”, arguye Lewis, refiriéndose a los funcionarios chinos.

Se desconoce cómo Lewis, un experto en tecnología del Center for Strategic and International Studies, de Washington, puede saber cuál es la intención de los funcionarios chinos. Además, decir que esa intención es benigna parece ingenuo —ridículo, incluso—, cuando ese país está robando cientos de miles de millones de dólares de propiedad intelectual estadounidense cada año, y cuando el dirigente chino Xi Jinping prosigue sus decididos ataques contra las empresas extranjeras. En estas circunstancias, hemos de asumir que los funcionarios chinos están actuando con intenciones malignas.

Lewis también restan importancia a la cuestión básica de que los ciberespías de China, una vez que tengas las claves de cifrado y acceso a la red china de una firma extranjera, estarán en mejor posición para penetrar las redes de esa firma fuera de China. Por lo tanto, será sólo cuestión de tiempo que Pekín robe datos y saque a las empresas del mercado o las arruine hasta el punto de que entidades chinas puedan abalanzarse y comprarlas baratas. Muchos alegan que China robó datos a Nortel Networks, de Canadá, y que así la llevó a la bancarrota hace casi una década. La empresa quedó, según el Financial Post, “hackeada hasta dejarla hecha pedazos”.

Por último, Lewis, del CSIS, no reconoce que las normas de Pekín del 1 de diciembre legitiman en general la regulación de China y su función de custodio de la información, es decir, el robo de China.

El senador Josh Hawley es, con razón, más suspicaz respecto a las intenciones de Pekín. En noviembre, el republicano de Misuri presentó un proyecto de ley, la Ley de Protección de Datos y Seguridad Nacional de 2019, que prohíbe a las empresas estadounidenses almacenar los datos de usuario o las claves de cifrado en China. Por supuesto, las empresas tecnológicas que hacen negocios en ese país están en contra de este proyecto de ley.

Sin embargo, hay quienes, con un trazo de pluma, pueden implementar el proyecto de ley de Hawley. El presidente Donald John Trump puede usar sus amplios poderes al amparo de la Ley de los Poderes Económicos de la Emergencia Internacional de 1977 para prohibir a las empresas que acaten las perniciosas nuevas normas o almacenen sus datos en China.

La lógica de esa orden presidencial tan radical es que al pueblo estadounidense le interesa que China no se haga con el control de las empresas estadounidenses que operan allí, una probable consecuencia de la aplicación de las medidas del 1 de diciembre y el 1 de enero.

Esa orden de emergencia obligaría efectivamente a las empresas estadounidenses a salir de China, así que este paso sería drástico. Sin embargo, es China, con su captura de datos increíblemente ambiciosa, la que está forzando esa cuestión.

El pueblo estadounidense tiene un interés vital en la protección de los datos estadounidenses. Trump debería emitir dicha orden de inmediato.

(Gatestone Institute)


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