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Igualdad en un clásico con derroche de esfuerzo (1-1)
Fue un clásico de mutuo despanzurramiento. Casi una parte para cada uno. El Madrid bien al inicio y al final; el Barça, en el intervalo amplio del partido.
Al Madrid le sonrió pronto el partido con el gol de Lucas. Combinación entre Vinicius y Benzema que remató el gallego anticipándose con listeza a Lenglet.
El cauce del juego madridista era Vinicius. Su encuentro con Benzema.
Tras el gol, el Barcelona intentó asumir la iniciativa. Mateu Lahoz hizo de picador estricto del partido y puso el listón alto con una amarilla tiquismiquis a Ramos.
El Barcelona empujaba sin claridad. No estaba Messi y esa banda chollo que fue de Alba en el partido de Liga estaba bien tapada por Lucas y Carvajal. Coutinho tampoco terminaba de irse, apuntaba solamente con un estilo algo entristecido, de brasileño con saudade.
Lo peligroso del Barcelona en esos minutos eran sobre todo los movimientos de Suárez, amagos que estresaban a Varane.
Pero en cuanto podía, el Madrid le devolvía la presión, se instalaba muy arriba, y el Barcelona sufría para sacarla. Vinicius llegó con peligro aunque su velocidad necesitaba el criterio de Benzema para aclararse.
En esa presión alta del Madrid los defensas culés temblaban, pero en el minuto 19 la superaron y Malcom lo tuvo muy fácil para quedarse solo frente a Keylor, que remedió lo que se perdía por Marcelo.
En ese punto cambió la primera parte. El Barcelona vio una mina allí y orientó su fútbol hacia Malcom.
En el Madrid la presión fue remitiendo, y el plan B fueron breves apuntes de Modric y Benzema. Kroos era invisible. Se notó cuando Semedo cruzó el campo entero. Entre Vinicius y Marcelo faltaba la ayuda del interior, pese al enorme esfuerzo de Llorente.
Todo llegaba por ahí: un córner de Piqué, ocasión de Semedo, palo de Rakitic y un Suárez contra Keylor. Todo originado por Malcom. Es decir, por Marcelo.
Esa banda ya era una grieta abierta que hundía al Madrid. Benzema se pasó minutos sin tocar balón y Vinicius se acabó convirtiendo en otro Lucas. Bajó a defender lo suyo y lo de Marcelo.
El Barça era un monólogo de Malcom contra la insufiencia del lateral, y el Madrid otro de Vinicius hecho un Hamet al llegar al área. Vinicius abajo y arriba. Pero Vinicius sin terminación. Le lanzaban pelotazos que él ganaba como un 9 solitario, y provocaba contrataques en los que solo faltaba que alguien (Benzema, sabio de la tribu) pusiese algo de criterio.
Se le fue desventando el dominio al Barcelona. El clásico estaba siendo un Vinicius contra Malcom. Algo más bien impreciso.
Pero el Madrid no volvió a sacar su presión tras el descanso. Quedó ya aculado y el balón lo tuvo el Barcelona hasta el empate y después. Malcom marcó tras remate de Suárez al palo. Un gol de asedio y merecido.
Messi ya calentaba y su salida a la banda era presagio del gol.
Se lesionó Llorente después. Hiperactividad, mucho “despliegue” y poca pausa, y entraron Bale y Vidal. Cambiaban los protagonistas.
La incapacidad del Madrid para triangular era llamativa, aunque no una novedad en estos clásicos. El Madrid se despedía de su caballos y se colocaba como en el Oeste cuando tumban la diligencia para protegerse de los indios mientras queden balas.
Messi provoca en el Madrid un miedo cinematográfico. El Madrid es la rubia tonta y Messi la persigue. Parece Viernes 13. Ese Madrid arrinconado es una constante generacional, pero esta vez fue algo más ambiental que futbolístico. Consiguió el Madrid con los minutos que el dominio culé (messicéntrico y peor sin Malcom) fuera poco productivo, e incluso pudo marcar en una clara contra en la que Bale decidió erróneamente apostarlo todo a su pierna derecha.
Recuperó el balón el Madrid al final buscando mucho a Bale y el partido acabó equilibrado y tranquilo. Como calmado, entrópico, prometiendo otro zafarrancho para la vuelta.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
