Internacional
Investigan a la esposa de un antiguo presidente del Banco Internacional de Azerbaiyán que gastó 18 millones en Harrods
La esposa de un antiguo presidente del Banco Internacional de Azerbaiyán fue señalada este miércoles por los medios británicos como la mujer investigada por gastar 16 millones de libras (18,24 millones de euros) de procedencia desconocida en los grandes almacenes londinenses Harrods durante una década.
El Tribunal Superior británico ha dado luz verde para divulgar la identidad de Zamira Hajiyeva, de 55 años, la primera persona investigada en el Reino Unido bajo la ley conocida como «Unexplained Wealth Order» (Orden de riqueza sin justificar).
Hajiyeva gastó a lo largo de diez años una media de más de 4.000 libras diarias (4.560 euros) en los almacenes de lujo Harrods, incluidas 150.000 libras (171.000 euros) en un solo día, que dedicó a adquirir piezas de joyería, perfumes y relojes.
Un día después de esa compra, regresó a los almacenes para comprar botellas de vino por valor de 1.800 libras (2.052 euros), según se ha conocido durante el proceso judicial contra ella.
Para sus compras, Hajiyeva utilizó 35 tarjetas de crédito emitidas por el Banco Internacional de Azerbaiyán, que presidió su marido, Jahangir Hajiyev, desde 2001 hasta 2015, cuando renunció al puesto poco antes de ser sentenciado a 15 años de prisión por fraude.
A través de una compañía con sede en las Islas Vírgenes Británicas, el matrimonio adquirió en 2009 una vivienda a pocos minutos de Harrods por 11,5 millones de libras (13,11 millones de euros)
Cuatro años después, compraron por 10 millones de libras (11,4 millones de euros) un campo de golf en Berkshire, al oeste de la capital británica.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
