España
La caseta de la Guardia Civil que vigila el chalé de los «marqueses de Galapagar»: sin baño y con fallos eléctricos
Pocas veces la indignidad del Estado había llegado al punto que hoy le narramos. Los agentes que se encargan de vigilar el casoplón de Pablo Iglesias e Irene Montero, obligados a guarecerse en una garita infecta y tercermundista. El Estado sostiene que la seguridad de un personaje odiado y despreciado a partes iguales por millones de españoles debe prevalecer sobre la dignidad que merecen los guardias civiles para el ejercicio de su trabajo. La previsible llegada de la derecha al poder debería tener como asunto de urgente cumplimiento la retirada de los guardias civiles que tienen la deshonrosa tarea de vigilar el chalé de la pareja podemita. Si quieren vigilancia, que se la paguen ellos.
Un mes después que la Guardia Civil solicitara al Ayuntamiento de Galapagar poder instalar una caseta prefabricada con calefacción y baño para los agentes que vigilan el chalé de Pablo Iglesias e Irene Montero, en la urbanización de La Navata, los problemas no han tardado en llegar. Cuenta ABC que según denuncia de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), los profesionales que prestan el servicio no cuentan con aseo, si bien, los dueños de la vivienda les permiten la entrada para que puedan hacer sus necesidades o beber agua.
La caseta se ha ubicado fuera del recinto, dado que Iglesias y Montero no han querido que se fijara en el interior. Los agentes señalan además los primeros fallos «con el grupo electrógeno», que funciona con gasolina para dotar de electricidad a este pequeño espacio.
Por otro lado, los vecinos de la finca se han quejado del ruido que provoca el generador de la caseta, por lo que la Guardia Civil ha dado orden interna de proceder a su apagado.
Los residentes van a trasladar próximamente respectivas quejas sobre el ruido del generador ante el Ayuntamiento y la Guardia Civil.
Seguridad de la localidad
La semana pasada, el Ayuntamiento de Galapagar (PP) solicitó a la Delegación del Gobierno que incrementara el número de efectivos de la Guardia Civil en el municipio tras la llegada a la localidad de los líderes de Podemos
El Consistorio subrayaba que «no le compete» valorar o no la conveniencia o necesidad de vigilancia frente al domicilio de la pareja residente en Galapagar y por ello solicitaba «encarecidamente» a la Delegación del Gobierno que se «adopten las medidas oportunas» para velar por la seguridad de todos los vecinos de la localidad.
Desde el Gobierno explicaban que ha sido destinada «una parte importante» de los agentes «a la seguridad de un ciudadano en particular» y no a la seguridad de toda la población de Galapagar. En ese sentido, recalcaban «la magnífica e impecable» labor que realiza la Guardia Civil de Galapagar, «pese a las dificultades anteriormente expuestas», destacando además la magnífica colaboración conjunta con la Policía Local.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
