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La dirección general de Memoria Histórica repartió 311.000 euros a dedo en un año

Sacar a Franco del Valle de los Caídos ha sido el puntal empleado por Pedro Sánchez en sus políticas de Memoria Histórica. El Tribunal Supremo validó esta semana el plan del Gobierno para trasladar los restos del dictador al cementerio de Mingorrubio, en el barrio madrileño de El Pardo. Una parte de la tarea administrativa para facilitar este procedimiento corrió a cargo de la dirección general de Memoria Histórica, un departamento de nuevo cuño instaurado por el Ejecutivo socialista nada más comenzar esta legislatura y que, al margen de su papel en el proceso de exhumación, no ha tenido una labor demasiado trascendente a la hora de solucionar los problemas de las miles víctimas anónimas de la Guerra Civil y el Franquismo que deberían beneficiarse de la ley de Memoria.
La falta de Presupuestos, como ocurre en otros ministerios o autonomías, seguramente no haya jugado a favor de esta dirección general que, según los documentos, ha suscrito, desde el momento de su creación, el 29 de junio de 2018, 19 contratos menores por valor de 311.384,98 euros y ha empleado 428.525 euros en firmar diez convenios con diversas instituciones, tanto nacionales como internacionales. Un montante que asciende casi hasta los 750.000 euros en apenas un año y medio de actividad, que se ha centrado en conmemorar el 80 aniversario el exilio republicano.
Con la nueva convocatoria electoral es momento de hacer balance y en el de la dirección general de Memoria Histórica llama la atención que, pese a ser un departamento estrella que el Gobierno se esforzó en publicitar como una herramienta para «impulsar» medidas de apoyo a quienes sufrieron la Guerra Civil, no tenga director general ahora mismo. El Ejecutivo designó en su origen al historiador y exalcalde de Almería, Fernando Martínez, que sin embargo aparcó esta obligación para ser senador. El Ministerio de Justicia, que encabeza Dolores Delgado, y al que pertenece este departamento, decidió no nombrar a un sucesor por lo que, desde que Martínez se despidió, está dirigido de manera interina por el subdirector general.
Los viajes del jefe
En el momento de su creación el Consejo de Ministros escogió a un político socialista que vivía fuera de Madrid para dirigirla. Martínez, además de historiador, era el experto del PSOE en Memoria Histórica: actualmente ostenta el cargo de secretario ejecutivo en la materia dentro de la Comisión Ejecutiva Federal del partido. Esta circunstancia iba a implicar un coste añadido, puesto que la ley concede el derecho altos cargos -ministros, directores generales…- designados por el Consejo de Ministros a recibir una compensación económica por desplazamiento a su lugar de trabajo si no tienen su hogar familiar en el mismo lugar que el despacho.
Así, durante el tiempo en que dirigió el departamento, Martínez recibió 15.247,97 euros para compensar el coste de los viajes entre su domicilio familiar en Almería y Madrid, pese a que tenía un sueldo, como refleja en su declaración de bienes como senador, de 4.950 euros al mes . La media de cada viaje, 39 en total, fue de 360 euros que corrieron a cargo del erario público.
El logo republicano
En marzo se supo que el Ministerio de Exteriores instó a los diplomáticos a reivindicar el exilio republicano incluyendo un logotipo en su firma del correo electrónico. Tras la noticia, el Ministerio de Josep Borrell rectificó. En virtud de los documentos a los que ha tenido acceso este diario, el icono fue encargado a dedo por la Dirección General de Memoria Histórica para la ocasión a un precio de 15.768 euros.
El logo es solo uno de los 19 contratos menores otorgados por la Dirección General que, sin embargo, no ha abierto durante su trayectoria ninguna convocatoria de subvenciones públicas. Es decir, un modo de operar basado en los contratos a dedo para, entre otras cosas, realizar investigaciones sobre la ubicación de fosas comunes en Córdoba (14.800 euros) o la creación de un reportaje fotográfico «artístico-documental» sobre el exilio español en Francia (13.648 euros). Ahora vuelven las elecciones y el futuro de esta dirección general, igual que el del Gobierno, está en el aire.
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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.
Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.
Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.
También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.
A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.
Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.
Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.
¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?
Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.
Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…
Por Diego Fusaro






