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Opinión

La edad heroica del franquismo

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La etapa más denigrada del franquismo es la de la guerra civil y los años 40. En ello coinciden incluso los más o menos profranquistas y liberales que ensalzan el “milagro español” de los años 60-75, milagro aceptado a regañadientes o distorsionado por los demás antifranquistas. Y sin embargo, la etapa más interesante del régimen es aquella, habitualmente pintada como una época de hambre, opresión, estancamiento económico y represión sanguinaria.

Cualquier época debe ser entendida en relación con los retos y dificultades que afrontaba, y la verdad es que aquellos fueron excepcionales. Fue preciso derrotar, en primer lugar, a las fuerzas totalitarias y separatistas del Frente Popular, partiendo de una inferioridad material casi desesperada. Y es significativo que los abundantes episodios que cabe calificar de heroicos en aquella guerra correspondieron casi exclusivamente a los nacionales.

Vencido al Frente Popular, hubo por un momento la ilusión de que la buena marcha económica del bando nacional se extendería con naturalidad a la mitad del país que había estado bajo poder enemigo.

Pero era solo una ilusión. Media España se encontraba con la economía desarticulada, hambre extrema, campos y fábricas arrasados por los experimentos revolucionarios, y una herencia de terror. La reconstrucción, entonces, se volvía sumamente ardua. La he comparado con la difícil asimilación de Alemania Oriental tras la reunificación. Con la enorme diferencia de que la Alemania occidental era un país riquísimo, mientras que la España nacional no pasaba de estar bien abastecida y con una economía simplemente sana.

Además, Alemania estaba incluida en un conjunto de países que de muchas formas le prestaban su apoyo. En cambio España se vio aislada por su neutralidad en la guerra mundial. Fue un “espléndido aislamiento”, desde luego, pero en la práctica supuso verse sometida a la posibilidad de invasión por los alemanes y a las limitaciones y chantajes de los Aliados. Así, debido al control del mar por los anglosajones, el país recibía la mitad del petróleo, fertilizantes y plásticos que necesitaba, y la continua amenaza por sus exportaciones de volframio, perfectamente legítimas, a Alemania. En estas condiciones hubo de reconstruirse el país, y de hecho se consiguió. Al terminar la contienda mundial se habían alcanzado o superado muchos de los niveles del mejor años de la República (los del Frente Popular se superaron casi desde el primer momento). De paso se había solventado judicialmente la herencia de crímenes y terror izquierdista (por cierto que con mucha más legalidad y garantías que en la Europa occidental al terminar la contienda europea).

El fin de la guerra mundial podía haber mejorado drásticamente la situación, pero entonces España se vio inmediatamente acosada por amenazas de invasión de los vencedores de Alemania y por una guerra de guerrillas comunista. Y enseguida por un aislamiento delictivo decretado por los países comunistas, las democracias y regímenes despóticos varios, conjuntado en la ONU. Era una situación parecida a la del inicio de la guerra civil, en la que muchos, dentro y fuera de España, no daban un duro por la supervivencia del régimen, bajo la amenaza de que los tanques useños e ingleses impusieran la vuelta a un régimen como el republicano, bajo una monarquía sin apoyo social. Y nuevamente, contra todas las amenazas y presiones aplastantes, el franquismo se mantuvo en lo esencial, con ligeras concesiones y maniobrando con destreza para evitar los peores daños económicos.

En su primer discurso de fin de año al terminar la guerra civil, Franco prometió prestar especial atención a tres necesidades: la construcción de viviendas, la lucha contra la mortalidad infantil, y la erradicación de la tuberculosis. Y desde luego en estos tres esfuerzos consiguió el régimen éxitos muy importantes.

La esperanza de la vida al nacer había aumentado en 12 años al terminar los años 40. Pese a las restricciones económicas, la estatura media de los reclutas había aumentado, prueba de una mejor alimentación que en la república, pese a las enormes dificultades. La tuberculosis había dejado de ser un problema grave. Y cientos de miles de familias de escasos ingresos disponían por primera vez de viviendas aceptables. Los índices de enseñanza, sobre todo media y universitaria y técnica, también superaban notablemente los de la república.

Podría pensarse que, con todo, no eran grandes logros que pusieran a España a la cabeza de Europa ni mucho menos. Pero sí eran grandes comparados con la situación de la que se partía. Y el balance no fue solo económico, sino más aún moral y político: España fue una excepción en Europa occidental, convertida en protectorado de Usa, a cuyo ejército debía su liberación, su democracia y en gran medida su reconstrucción económica. España había logrado rconstruirse con sus propias fuerzas y en contra de la hostilidad de medio mundo, incluidas las mayores potencias. Se había librado de las atrocidades masivas de la guerra europea, de sus bombardeos y deportaciones, había derrotado una guerra de guerrillas que en Grecia había obligado a intervenir a Inglaterra y Usa, se había librado, manteniéndose firme, de una invasión anglouseña que habría vuelto al país a las viejas experiencias que habían abonado la guerra civil. Y se había logrado una reconciliación nacional muy mayoritaria, sin la cual habría sido imposible resistir a las presiones y amenazas extranjeras y al maquis comunista, alcanzando además importantes logros económicos.

El precio, dirán muchos, fue la pérdida de la libertad y la democracia. Eso no es cierto tampoco. El Frente Popular había sido todo lo contrario de la democracia, y la república un auténtico caos. En el franquismo de aquellos años había gran libertad personal, economía de mercado, iniciativa privada y cuatro partidos, llamados “familias”, con libertad política. No había esa libertad, en cambio, para comunistas, separatistas, socialistas o anarquistas, que habían llevado al país al borde de la catástrofe.

Era natural que no las hubiera, y que el régimen tomase medidas de excepción ante la permanente hostilidad exterior.

Fueron años duros, Años de hierro como he titulado mi libro sobre ellos. Y, en fin, años heroicos, y así deben ser enfocados por cualquier historiografía que respete la verdad.

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La marchenera, en modo petenera

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Ya pasó en el 34 con el golpe revolucionario de Asturias y el ablandamiento de la calidad suprema de entonces, que se quedó en extra Castelblanch. Poquita almendra y nauseabunda blandenguería con los autores del intento bolchevístico -tras perder las elecciones del 33- como el pobre Largo, el escayolista-leninista, que se había quedado viudo el hombre y eso le valió escapar del tribunal militar que le hubiera ajustado las costuras, por lo de los más de mil muertos que puso el angelito de los ojitos azules.

Le condenaron a 30 años, que quedó en un bluf de viudito. Ahora andan con la unanimidad. Ellos sabrán. También demuestran cierta tendencia totalitaria y sospechosita, a ordenar donde deben ser enterrados nuestros muertos, y no se hable más, salvo que nos protejan los de los sombreritos de Estrasburgo de estas normativas privilegiadas -a medida del trauma- y obliguen a repetir la jugada que se comenta, entre risotadas.

Eso le valió a Franco, gracias al supremo de entonces, tenerle –al escayolista estuquista- de ministro de la guerra, de cuerpo presente, y durante los primeros seis meses de guerra -decisivos- que nunca se lo agradeció debidamente y eso debe reclamarlo a sus descendientes la vicepresidenta, la de Cabra –la caprese- con motivo de la profanación y consiguiente exaltación, cuando le monten los honores militares que le corresponden por antigüedad en el cargo, siguiendo las leyes en vigor para estos eventos honoríficos. ¿Por qué habría de ser de otro modo en plena postverdad y rigorismo autárquico? ¿Han tenido en cuenta la resolución del 19 de septiembre del parlamento europeo sobre la criminalidad del comunismo y del pacto Molotov-Ribbentrop como origen de la II Guerra mundial, con 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones? ¿Habrá que esperar a Vox en su nueva versión post-día 10 de noviembre, para que lo airée y exija las revisiones de rigor?

Indalecio, el hombre, pedía perdón cuando ya no había busilis. Al final la guerra civil, que era lo que buscaban estúpidamente los frentepopulistas, sin otros argumentos que el robo de actas y las reservas de oro que, si no les valió para ganar a Franco, tampoco les dio para mucho cuando trastrabillaban en la inepcia de los de la Frunze.

Al que sí le valió fue al malévolo enano de las viruelas locas y el bracito encogido, el jodido seminarista de Tiflis, que daba muy bien en la puerta de Alcalá, en tamaño estreno, aunque le oliese el aliento a muerto. Eso sí, los putos españoles republi-caines, víctimas de estos badanas, sufrieron el hambre que dejaron tras su paso por donde no les correspondía y que no se lo perdonan a Franco ni en la versión para menores.

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Opinión

A la Conferencia Episcopal: de pastores de la Iglesia a gallinas de corral

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El comportamiento de la Iglesia con respecto a la exhumación de Francisco Franco ha demostrado tal cobardía que ha contribuido entre los creyentes a aferrarse a su fe, por encima de los pastores de la Iglesia.

El doblegarse a un poder ejecutivo y ante una sentencia, por mucho que haya sido dictada por el Tribunal Supremo, tiene una clara, evidente y manifiesta explicación: cobardía, a perder los privilegios de la Iglesia Católica que vienen desde hace tiempo amenazados.

La inviolabilidad de una Basílica, depositaria de los cuerpos de las personas enterradas, está por encima de cualquier poder, ya se ejecutivo, judicial o legislativo.

No es la democracia, es la tiranía y a ella, se ha apuntado una Iglesia, que existe en España gracias a que Francisco Franco derrotó a los que querían dinamitarla.

Hay un refrán universal, “ser agradecido es de ser bien nacido” y el caso que nos ocupa, la Iglesia Española ha vendido su alma al diablo.

De pastores os habéis convertido en gallinas de corral.

Menos mal que los creyentes tenemos y perseveramos nuestra fe, muy por encima de los pastores de la Iglesia.

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Opinión

¿Izquierda materialista?

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Esta costumbre de nuestra izquierda hispana por remover osamentas (escribo el 24 de septiembre de 2019) no es nueva y apunta a una constante histórica (los eones de Eugenio d’Ors) que contradice a la imagen convencional que tenemos del progresismo. Siempre se ha dado por supuesta la idea de que la izquierda es más material, alejada de las ideas religiosas o espiritualistas, mientras que los conservadores son más apegados a una concepción trascendente (concretamente, cristiana en nuestro ámbito cultural) de la vida. Los exabruptos y reacciones que la izquierda españolas (me centro en ella) ha mostrado históricamente me hacen poner en duda este cliché. La II República española, que supuestamente venía a traernos el laicismo y la ilustración tras siglos de oscurantismo, se estrenó, en mayo de 1931, con la quema de iglesias y conventos en Madrid y Málaga.

La insistencia y persistencia del odio religioso en la guerra civil hace pensar que hay aquí una concepción del conflicto político como conflicto de civilizaciones y, en última instancia, religioso. En la dicotomía Modernidad-Tradición, se suele situar a la izquierda en el primer elemento. Pero, ¿es así? Permítaseme repetir algo ya escrito: “Cuando se irrumpe en una capilla con la intención de profanarla, o se hace una procesión blasfema no se actúa desde la fría razón. No sirven las ideas y argumentos. Estamos en el terreno de las pasiones profundas, de lo trascendente -o su negación-. Este debate, esta lucha se sitúa en un nivel religioso, porque la actitud blasfema tiene también un carácter religioso, aunque negativo”. (“Podemos tiene razón”, en http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=26458).

Pemán, en uno de sus artículos, cuenta una anécdota significativa: en la guerra civil española, un miliciano, en un acto de saqueo, se encuentra un fajo de billetes de banco, lo mira y lo arroja al fuego. ¿Materialismo? ¿Lucha por las condiciones económica? Yo diría que lucha de religión: combate apocalíptico entre el Bien y el Mal. No Postmodernidad ni Tardocapitalismo, sino Edad Media.

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