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Historia

La España nacionalcatólica de Franco (1): «Ya hemos pasaaao»

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero (Extraído del libro «El Himalaya de mentitas de la memoria histórica») Reconozco que, visto el tétrico panorama de esta España gótika creada a golpe de aquelarre y pucherazo, pocas giliprogresías me pueden impactar y hacer que el rictus del pasmo y estupor asomen a mi rostro: he visto desde un fuck police grafiteado en una pared, hasta el odioso refugees welcome, entre otras comancherías varias. Mas hace unos días, paseando por Madrid, vi la joya de la cornamenta de Lucifer, esa piedra que dicen que cayó de su frente cuando se rebeló contra Dios: era un cartel de gran tamaño donde se decía aquello de «No pasarán: Madrid será la tumba del fascismo». Im-presionante.

Otra vez ese conjuro, esa proclama, esa arenga, surgida como un extraño poltersgeist de las checas del 36, de un túnel del tiempo en forma de escalera por la que los demonios suben y bajan desde la Ribera de Curtidores de Madrid ―donde se patentó ese cartelito en el 36―, hasta las lóbregas mansiones del inframundo. Es decir, como una «escalera de Jacob», pero en el lado oscuro, en el tostadero de Pedro Botero ―vaya, otro Pedrito por aquí―.

Me alegró mucho ver ese enloquecido cartel, porque si los luciferinos estalinianos lo pusieron en el 36 y sufrieron la más ignominiosa de las derrotas, pues ese mal fario lo volverán a tener ahora, ya que la frase está completamente maldita. Solo falta que una «Pasionaria» ―una femen podría servir, una bruja barata, o una de esas tiorras perturbadas que vomitan bilis y clavos en las tertulias― se suba a un estrado, se arregle el pelo a la moda de aquellos años y diga ―como dijo «La Pasionaria», quien el 19 de julio de 1936, en el Ministerio de la Gobernación―: «¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!… Frente a la sublevación militar fascista ¡todos en pie, a defender la República, a defender las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo! […] Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte». En fin, que totalitarios marxistas, dictadores de marchamo soviético llaman a la lucha para defender la «democracia» y las «libertades populares» de la República (sic).

Pero, como cantaba tan requetebién la Celia Gámez, «ya hemos pasaaaaooooo».

Fascismo, fascista, facha, fachita…pocas palabras se han degradado tanto desde la Transición como la palabra «fascista», ya que, por la manía izquierdista de llamar así a todo aquel que disienta de la ideología progre y de los paradigmas «oficiales» del pensamiento «correcto», el vocablo se ha prostituido tanto que ya no significa absolutamente nada, excepto que, vuelto como una especie de boomerang contra el que lo pretende lanzar como un insulto, su único significado es etiquetar como «progre» y/o «rojo» al que lo arroja contra los demás. Algo parecido sucede con otros vocablos, como «machista», «racista», etc…

El copyright del no-pasarán ha hecho historia en nuestra dictacracia, ya que se ha usado con profusión en las campañas electorales, como hizo en 1996 Felipe González, como si el Partido Popular de entonces fuera el Bando Nacional franquista de la Guerra Civil. Impresionante. Y hoy día no solo se sigue escupiendo esa frase, sino que cada vez se utiliza con mayor profusión: no pasarán los capitalistas, los heteros, los patriarcas, la ley mordaza, los machistas, los patriotas… Ahí los tenéis, a los nopasaranes, formando ridículas y epatantes cordadas por las calles de España, con pancartas plagiadas de aquella del 36, amenazando con tumbas a quienes no les bailan el agua, en tal cantidad, que no habrá cementerio que pueda acoger tantas sepulturas. Y es que el rojerío es así: por un lado te quiere enterrar en las tumbas de sus nopasaranes, pero por el otro disfruta de lo lindo desenterrando momias y profanando cadáveres.

¿Fue el franquismo verdaderamente un régimen fascista? Estamos ante una de las más elevadas cumbres del Himalaya de mentiras, y eso que estas montañonas tienen curvas y barrancas para dar y tomar.
Responder al interrogante de si el Régimen de Franco fue o no fascista ha motivado un amplio debate historiográfico que, partiendo de posturas encontradas y diversas corrientes interpretativas, ha desembocado en una conclusión unánime: Franco no fue fascista. Da igual la adscripción ideológica del investigador, porque el resultado final siempre es el mismo, con más o menos matices. La unanimidad sobre este punto es tal, que incluso en la misma Wikipedia —la enciclopedia de Soros— se afirma que la catalogación de este régimen dentro del fascismo suele ser rechazada o discutida por parte de los especialistas en el tema, muchos de los cuales afirman incluso que al franquismo hay que ubicarlo exactamente en las antípodas del fascismo, debido a que su eje vertebrador fue el nacionalcatolicismo.
En efecto, el fascismo hunde sus raíces en una ideología idealista, vitalista y voluntarista ―en palabras de Stanley Paine―, profundamente pagana, que pretende cambiar y ordenar un mundo sumido en el caos usando para ello la acción, la fuerza de la voluntad, la energía de élites superiores ―el «superhombre» de Nietzsche—, incluso la violencia, creencia que otorga al fascismo una querencia por la guerra y el imperialismo. Es decir, que el fascismo es un movimiento descristianizado, fundamentado en componentes fuertemente sincretistas que después se integraron en la «Nueva Era».

Es ya de dominio público el poderoso influjo que ejercieron en el nazismo las ideologías iniciáticas de sectas donde se hibridaban el pangermanismo con los saberes ancestrales ocultos. Aunque con menor relevancia, también el fascismo italiano estaba imbuido de esa atmosfera iniciática, que describe así Umberto Eco: «Culto de la tradición, de los saberes arcaicos… cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos; la fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana ―Julius Evola―, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sion, la alquimia con el Sacro Imperio romano…».

Resulta meridianamente claro que el franquismo, al estar cimentado en el más acendrado catolicismo, no tuvo absolutamente nada que ver con sociedades secretas ni movimientos iniciáticos, por lo cual está exento de cualquier simbolismo oculto, a no ser que alguna mente calenturienta pretenda ver griales en la bandera del águila de san Juan ―que el franquismo heredó de los tiempos de Isabel la Católica―, o en el brazo de santa Teresa que Franco tenía en su dormitorio, o en el yugo y las flechas también isabelinos, remedo castizo de las «fascies» mussolinianas. Y hay que estar loco de atar para ver en la Adoración Nocturna ―a la que pertenecía Franco desde joven― un remedo de la ocultista «Sociedad de Thule», que creó el protonazismo. En definitiva, el nacionalcatolicismo franquista es justamente lo contrario del paganismo fascista.

Lejos de cualquier oscurantismo o modernismo, la raigambre católica del franquismo no bebía en ninguna filosofía moderna futurista, ni ultraísta, ni modernista, sino en los más tradicionales hontanares de la fe católica, donde el mundo, ordenado por Dios y sometido a él, no precisa de superhombres ni de élites superiores, ni de acciones más o menos violentas para llevarlo a su consumación.

Incluso la Falange, que como ideología y movimiento presenta componentes del fascismo con más claridad, al definirse como católica, estableció una frontera insalvable con el fascismo italiano, hasta el punto de que el mismo José Antonio, durante una visita a Italia, manifestó su repudio por la parafernalia pagana que envolvía al fascismo de Mussolini.

Sin embargo, Franco siempre mantuvo distancias con la Falange, aunque sus principios nutrieran los principios del «Movimiento Nacional», porque desconfiaba de sus proclamas sociosindicalistas, y porque la consideraba demasiado revolucionaria y modernista, por lo cual se sintió siempre más próximo al tradicionalismo carlista, que bebía más en la catolicidad y en las tradiciones patrias.

Como afirman Zaratiegui Labiano y García Velasco(https://publicaciones.unirrioja .es/catalogo/online/Historia_nuestro_tiempo_5/pdf/118_Zaratiegui.pdf Zaratiegui Labiano y García Velasco), citando al hispanista italiano Alfonso Botti, «el nacionalcatolicismo es una ideología político-religiosa que, mediante un discurso legitimador basado en la consustancialidad católica de la Nación española y unas prácticas coercitivas, intenta garantizar las condiciones para que el desarrollo del país pueda realizarse a resguardo de los peligros de revolución y secularización implícitos en la modernización capitalista. Se trataría de una ideología no arcaizante y anti moderna, sino preocupada por filtrar los aspectos evaluados como compatibles con la modernidad (en sus aspectos exclusivamente técnicos y económicos, así como en su dimensión más típica burguesa).
Estaríamos ante una concepción instrumental de la modernidad, en la que se aceptan las innovaciones técnicas y la mentalidad burguesa más convencional, pero no la conciencia crítica moderna. El catolicismo victorioso en la Guerra Civil se lanzó a la reconquista espiritual de España y a la construcción de una cultura nacional católica. Este fue el proyecto cultural del franquismo en sus dos primeras décadas».

(CONTINUARÁ)

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Los pueblos de las estepas llevaron las lenguas indoeuropeas al sur de Asia hace unos 3.500 años

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Agencia Sinc.- Un estudio genómico con participación española arroja luz sobre las rutas de dispersión de las lenguas indoeuropeas, la familia de lenguas más grande del mundo. El trabajo, que desentraña el complejo patrón de migraciones que han conformado la diversidad genética de Asia central y del subcontinente indio, revela que los pueblos de las estepas entre el Mar Caspio y el Mar Negro extendieron las lenguas a Asia.

Los pueblos de las estepas situadas entre el Mar Caspio y el Mar Negro extendieron las lenguas indoeuropeas por el centro y sur de Asia hace entre 4.000 y 3.500 años, según un trabajo con participación del Instituto de Biología Evolutiva (IBE, un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Con 523 muestras prehistóricas, el trabajo, publicado en la revista Science, es el mayor estudio genómico antiguo realizado hasta la fecha. Gracias a una amplia colaboración interdisciplinar internacional, liderada desde la Universidad de Harvard (EE UU), los investigadores han contextualizado los resultados genómicos mediante registros arqueológicos, lingüísticos e históricos.

Según la investigación, los descendientes de los pueblos Yamnaya de las estepas, que llegaron a la península ibérica a través de Europa a partir de hace 5.000 años y propagaron el lenguaje indoeuropeo por el continente, también llevaron el sánscrito, la lengua clásica de la India, al sur de Asia.

“Gracias a este estudio hemos podido desentrañar el complejo patrón de migraciones que han conformado la diversidad genética de Asia central y del subcontinente indio. Los resultados indican que los pueblos procedentes de las estepas pudieron contribuir a la decadencia de la llamada civilización del valle del Indo, que es junto a Egipto y Mesopotamia, una de las tres grandes civilizaciones más antiguas de la humanidad”, explica Carles Lalueza-Fox, del IBE.

Origen de las castas

Los investigadores han descubierto que las poblaciones actuales del norte del subcontinente indio presentan un porcentaje destacable de ascendencia esteparia. A excepción de una, todas estas poblaciones han sido históricamente grupos sacerdotales, como los brahmanes, una de las castas superiores del sistema social indio, que desde la antigüedad se encargan de custodiar los textos escritos en sánscrito.

El hallazgo de que los brahmanes a menudo tienen mayor ascendencia esteparia que otros grupos en el sur de Asia proporciona a los autores del estudio un nuevo argumento a favor del origen estepario de las lenguas indoeuropeas en el sur de Asia.

Los hablantes actuales de las ramas indoiraní y báltico eslavas del indoeuropeo descienden de un subgrupo de pastores que migraron hacia Europa hace unos 5.000 años.

“El hecho de que las castas superiores presenten mayor parentesco con los pueblos de las estepas indicaría que podrían haber sido estos los que instauraran esa estricta estratificación social”, añade Lalueza-Fox.

Debate resuelto

Durante décadas los especialistas han debatido acerca de cómo las lenguas indoeuropeas pudieron alcanzar regiones tan distantes y remotas entre sí. Existían dos hipótesis principales: que el indoeuropeo se propagó a través de los pastores nómadas de la estepa euroasiática o que, por el contrario, viajó con los grupos agricultores de la Península de Anatolia (actual Turquía) que migraron hacia el este y el oeste.

Este nuevo estudio muestra, mediante datos genéticos, arqueológicos, lingüísticos e históricos, que los habitantes del sur de Asia apenas tienen parentesco con los agricultores provenientes de Anatolia.

“Podemos descartar una gran expansión en el sur de Asia de agricultores procedentes de Anatolia, que es la pieza central de la hipótesis de Anatolia, que proponía que las migraciones de pueblos del oeste llevaron a la región tanto la agricultura como las lenguas indoeuropeas”, comenta el investigador de la Universidad de Harvard, David Reich.

Los investigadores han descubierto que los hablantes actuales de las ramas indoiraní y báltico eslavas del indoeuropeo descienden de un subgrupo de pastores que migraron hacia Europa hace casi 5.000 años y después expandieron desde allí en dirección oeste hacia el centro y sur de Asia en los siguientes 1.500 años.

“Esto proporciona una explicación sencilla en términos de migraciones antiguas para los desconcertantes características lingüísticas comunes de estas dos ramas del indoeuropeo, que en la actualidad se encuentran separadas por amplias distancias geográficas”, concluye Reich.

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Historia

El soldado de Quinto y San Miguel (una memoria histórica de la Guerra)

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Por José Arasco Pérez.- La persona que protagoniza estas líneas nació un 16 de enero de 1916 en un pueblo muy pequeño de Zaragoza, en una familia muy normal, siendo el tercero de cinco hermanos.

En 1936 empieza la Guerra Civil y, poco después de su comienzo, decide irse de voluntario en el bando nacional, ya que no pudo soportar el ambiente enrarecido que en esas fechas se vivía en el pueblo. Fue destinado al frente del Ebro, más concretamente al municipio de Quinto. A los seis meses aproximadamente cayó prisionero, y fue enviado a lo que los rojos llamaban «campo de prisioneros», pero que cuando llegó pudo comprobar que era un auténtico campo de concentración, situado en San Miguel de los Reyes (Valencia).

No tardó mucho en ver que sus temores estaban fundados. La comida era repugnante: nadie esperaba el Hilton, pero sí al menos que fuese como la que comían los guardas del campo. A raíz de esto, muchos presos intentaban suplir la falta de alimentos comiendo pipas y naranjas de los campos en los que trabajaban, cosa que provocó muchísimos cólicos, que él también sufrió, y que a más de un preso le llegaron a causar la muerte.

Se dormía por agotamiento, y siempre con el temor de que esa noche le tocase a él, ya que todas las noches había paseos, que se convertían en el último. Según me contó fueron muchos los asesinados por la noche, que normalmente eran fusilados. También se hacían listas de presos que eran no deseados por su condición de católicos o por ser de una posición alta en sus municipios. Él estuvo en esas listas, pero Nuestro Señor quería que ese hombre que nunca hizo daño a nadie se salvase, pue coincidió que el carcelero, que leía los nombres de los futuros fusilados, era de un pueblo cercano y sabía que las denuncias eran falsas, borrándolo de la lista, a él y a otro vecino del pueblo, que estaba con él.

En su memoria esto no lo pudo borrar, y siempre dijo que si se excavase en ese paraje aparecerían restos de una cantidad increíble de aquellos presos, sin los derechos que les concedía el Tratado de La Haya.
Fue liberado al final de la guerra después de diecinueve meses de horror.

Pasados los años, un 29 de octubre de 1946, una noche que volvía de Zaragoza en el autobús de línea, nada más entrar en casa, sin tiempo de cerrar la puerta, se presentaron allí los maquis, subieron a la casa y, registrándolo todo, se llevaron lo que había de valor, incluyendo los jamones para pasar el año.

Como la cosa no estaba a su gusto, se lo llevaron y pidieron 300.000 pesetas por su liberación. La familia recorrió el pueblo para pedir ayuda a los vecinos, y éstos se deshicieron de todo el dinero que tenían para salvarle, pues era muy querido, logrando reunir 180.000 pesetas, con lo que el maquis se conformó. No cabe duda de que, si la cantidad no les hubiera bastado, le habrían matado, porque para ellos la vida de los demás no valía nada.

Esta es la memoria histórica de muchos españoles, de los cuales, la mayoría callan por miedo al qué dirán, sin pensar que España volverá a necesitar valientes que se enfrenten a todas las mentiras que la izquierda va desarrollando con un simple fin, que es desestabilizar este gran país y llevarlo a su destrucción.

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Historia

Memoria de Cristo y Franco… Pero, ¡ay, sus enemigos!: en el Armageddón os esperan

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- La manipulación de la historia es una de las herramientas preferidas por la Sinagoga de Satanás para adoctrinar a las masas, mediante tremendas campañas de ingeniería social que tienen la perniciosa pretensión de borrar de la historia lo que no encaja con sus premisas ideológicas, interpretando de acuerdo con sus consignas los hechos históricos de tal manera, que acaban siendo prácticamente inventados, ficciones alevosas, embustes escandalosos, con los que erigen sus «Himalayas de mentiras». Como decía Milan Kundera, «El primer paso para liquidar un pueblo es borrar su memoria: destruir sus libros, su cultura, su historia. Entonces, alguien debe escribir nuevos libros, fabricar una nueva cultura, inventar una nueva historia. En poco tiempo la nación empezará a olvidar lo que es y lo que era».

Lo más sorprendente de estas mentiras es que, a pesar de su monstruosidad y alevosía, acaban por pasar como verdaderas, cumpliéndose la fórmula que dice que una mentira repetida mil veces acaba siendo verdad. Y para eso tienen en su poder toda la parafernalia mediática, y la borregomanía de las masas idiotizadas, que se creen a pie juntillas lo que se les dicen aunque ante sus ojos tengan una realidad que contradice flagrantemente las consignas con las que se le adoctrina. Y es que, como decía Groucho Marx, «¿A quién va a creer usted: a mí, o a sus ojos?».

Es así como surgen misterios inexplicables, enigmas insolubles, «expedientes X» de calibre sideral, arcanos insondables, que podrían ser destruidos con un solo pensamiento crítico, con una simple mirada limpia, en un solo segundo de reflexión.

Como ejemplo de este fenómeno de manipulación que, retorciendo la realidad, crea quimeras imposibles, entelequias grotescas que desafían a la razón, misterios inescrutables, memorias históricas regurgitadas de los «Ministerios de la Verdad», tenemos los casos de Jesucristo y de Franco. Nada extraño, pues son manjares exquisitos para una Sinagoga luciferina cuya pretensión es acabar con el cristianismo.

En el caso de Cristo, manipulando textos, tergiversando contenidos, interpretando sin ningún rigor histórico, elaborando hipótesis delirantes sin ningún respeto a la verdad, o simplemente fantaseando sin ningún pudor, inoculando sus embusteras ideas para engañar y crear escándalo, los exégetas y biblistas marcados por el laicismo más atroz, acompañados por una caterva de pseudoinvestigadores amarillistas, no tienen ningún reparo en presentar imágenes de Jesús lo más sensacionalistas posibles, en una loca carrera por ver quién es más original a la hora de contar la «verdadera historia de Jesús», la «doctrina secreta de Jesús», «la otra historia de Jesús», «la biografía revolucionaria de Jesús», «el gran secreto de Jesús», con la cantinela tópica de «atrévase a conocer lo que la Iglesia ha ocultado de Jesús»… y frases parecidas, siempre con la musiquilla de fondo de que hemos sido engañados por la manipulación de los Evangelios perpetrada por la Iglesia, creando una atmósfera de misterios, de secretos, de doctrinas ocultas, de revelaciones portentosas que nadie ha conocido hasta hoy sino ellos, que son los que más saben, los más expertos, los únicos detentadores de la verdad, los únicos que no han sido engañados por siglos de intransigencia dogmática.

Al socaire de estas historias espurias y alucinantes tenemos a un Jesús esenio, extraterrestre, pateador de senderos budistas por perdidos monasterios inaccesibles, padre de familia centenario que muere en Cachemira o cultivando arroz en Japón… a un Jesús que no era sino un «galileo armado», un revolucionario político zelote, un guerrillero… o un iniciado egipcio, un gnóstico, un hierofante, un impostor que fingió su muerte en la cruz, un fracasado cuyo cadáver fue devorado por los perros… un Jesús que no era más que un predicador cínico, que no fundó ninguna Iglesia, que no murió en la cruz, que no instituyó ninguna eucaristía… un Jesús casado con María Magdalena, que es un simple mito, que nunca existió…

Lo expondremos con palabras de Raniero Cantalamessa, que escribe una acertada crítica a los autores que cuestionan la figura tradicional de Jesús con libros de pseudoinvestigación histórica: «Al final de la lectura, uno se pregunta: ¿cómo lo hizo Jesús, que no trajo absolutamente nada nuevo respecto al judaísmo, que no quiso fundar ninguna religión, que no realizó ningún milagro ni resucitó más que en la mente alterada de sus seguidores?… ¿Cómo lo hizo, repito, para convertirse en “el hombre que ha cambiado el mundo”? Una cierta crítica parte con la intención de disolver estos ropajes puestos a Jesús de Nazaret por la tradición eclesiástica, pero al final el tratamiento se revela tan corrosivo que disuelve hasta a la persona que está bajo ellos. A fuerza de disipar los “misterios” sobre Jesús para reducirle a un hombre ordinario, se acaba por crear un misterio aún más inexplicable».

Sí, es un enigma inexplicable que ese Jesús bajo sospecha, del que se discute incluso si existió realmente; atacado implacablemente por racionalistas, escépticos y ateos; entregado en manos de «expertos» exégetas, biblistas y teólogos; perseguido y martirizado en las innumerables cruces que se levantan contra sus seguidores en todas partes del mundo… es un misterio insondable que ese Jesús discutido y puesto en entredicho haya protagonizado un cambio revolucionario en la historia de la humanidad. Y no sólo eso: es un enigma formidable que no sea una mera figura histórica que protagonizó un pasado lejano, sino que hoy en día siga siendo protagonista indiscutible del devenir de la humanidad, que siga vivo, que su mensaje siga de actualidad para tantos millones de creyentes en su vida y su mensaje.

Como dice Hans Küng, «Hay un hecho patente sobre cuyas posibles causas vale la pena meditar detenidamente: tras la caída de tantos dioses en nuestro siglo, este Jesús, fracasado ante sus adversarios y traicionado sin cesar por sus fieles a lo largo de los tiempos, sigue siendo para incontables personas la figura más impresionante de la larga historia de la humanidad, cosa desacostumbrada e incomprensible desde muchos puntos de vista».

Este asombroso misterio creado en torno a Jesús mediante una espúrea «memoria histórica» tiene un exacto paralelismo en la figura de Francisco Franco Bahamonde, otra excelsa víctima de las engañifas luciferinas urdidas en logias y aquelarres, en hemiciciclos y bibliotecas, en laboratorios con retortas atiborradas de alas de murciélago y ojos de salamandra, en Academias colmatadas de kobardes tiralevitas…

Para empezar, es un misterio tremendo que Franco, mediocre militar, fuera condecorado con la Legión de Honor francesa, la máxima distinción que otorga el país vecino, por su méritos se guerra en el desembarco de Alhucemas. General anticuado, lerdo en estrategia y táctica militar, que fue nombrado director de la Academia Militar de Zaragoza, Jefe del Alto estado Mayor…

Franco, un militar tan vulgar, que la República le llamó a la desesperada para que acabara con la revolución comunista de octubre de 1934; un militar de genética golpista, que desoyó a cuantos le azuzaban para que se uniera a las asonadas militares que querían acabar con la anarquía republicana. Y tan estúpido que, siendo como era un golpista irreductible, cuando se le entregó el mando militar para terminar con la insurrección comunista, una vez liquidada, pudiendo haber tomado el poder, se retiró a sus cuarteles como si tal cosa. Misterio puro, enigma cósmico.

Y, más que de misterio, hay que calificar de verdadero milagro que, con muchos menos medios que los republicanos ―que tenían más territorio, las zonas industriales, más población, la Armada y la Aviación, y el oro del Banco de España―, les derrotara sin paliativos, no perdiendo ni una sola batalla ―Teruel fue la única capital de provincia que tomaron los rojos, y les duró un mes escaso―.

Enigma colosal que la República, siendo tan democrática, no fuera apoyada por ninguna democracia occidental, que la dejaron al albur sabiendo que en España había una revolución bolchevique, la cual buscó apoyo en las garras del democrático oso ruso.

Secreto insoluble que Franco, siendo como era un fascista de tomo y lomo, no entrara en la Guerra Mundial a favor de las potencias del Eje. Y portentoso fue que, acaba la contienda, las potencias vencedoras no invadieran España para acabar con una dictadura fascista tan amiga de Hitler, a pesar de la apocalíptica violación de derechos humanos que el genocida Franco estaba perpetrando contra su pueblo.

Sorprendente fue también que el maquis ―protegido por Francia― fuera liquidado sin contemplaciones, cuando en otros países dio muchos problemas. Pero, vamos a ver, ¿no habíamos quedado en que el pueblo español estaba tan masacrado que debería haberse unido a esa insurrección del maquis?

Luego vino el aislamiento, y Franco, un mediocre político, sobrevivió a él, y España, sin conseguir ni un solo dólar del «Plan Marshall», protagonizó el llamado «milagro español», durante el cual, desde 1959 hasta 1975, crecimos a una media del 7,5%, solo superada por Japón. Asombroso, y más en un país que había sido genocidado por un sanguinario dictador que fusiló a mansalva: no se entiende muy bien que un país torturado por el fascismo trabajara con tanto ahínco en un pos de un desarrollo que fue una gigantesca tarea colectiva de esfuerzo, disciplina, orden, y sacrificio.

Pasmoso el fenómeno de que un país en el que una represión apocalíptica había liquidado a centenares de miles de víctimas inocentes, con las cunetas borboteando sangre de ciudadanos ejemplares, no se echara a las barricadas para acabar con aquella pesadilla, no provocara algaradas, insurrecciones y subversiones para echar al tirano de El Pardo, por supuesto con la ayuda del exterior.

Extraordinario fue también el hecho de que no hubo ninguna oposición democrática al franquismo, pues los terroristas y los comunistas no buscaban defender las libertades. ¿Cómo explicar a las generaciones futuras que aquel holocausto contra los derechos humanos solo tuvo como respuesta interna las conspiraciones del impresentable Juan de Borbón, y el espantoso ridículo del «contubennio» de Munich.

¿Cómo explicar que el exterminador Franco murió en la cama, y que durante todo su mandato recibió entusiásticas manifestaciones de cariño, de admiración, incluso de veneración? ¿Qué portento hizo que, a su muerte, el 82% de los españoles ―entre los que había muchos rojos― sintieran su muerte? ¿El síndrome de Estocolmo, acaso?

Pasmoso es también que un mandatario que no hizo pantanos ―dicen que la República ya los tenía proyectados―, que no universalizó la Seguridad Social, que no dio ningún beneficio a los trabajadores, que no construyó ni escuelas, ni hospitales, ni Universidades… que no hizo nada sino fusilar y torturar… tuviera ese abrumador apoyo popular.

Milagroso es que la inmensa mayoría de la gente de mi edad, la gente que vivió aquella época oscura, tenebrosa, horrenda y siniestra, tengamos una profunda admiración al genocida de El Pardo.

En resumen, es del todo punto un misterio espectacular, un arcano incognoscible que Franco, el genocida, el destripador, el asesino, el déspota, el mediocre militar, el político inepto, cogiera una España subdesarrollada y desgarrada por el cainismo y la llevara, tras cuarenta años de paz, orden y progreso, a unas elevadas cotas de desarrollo, de bienestar, de armonía…

Y la prueba es que el verdadero objetivo de la memoria histórica que persiguen los detractores de Franco es, más que ganar una guerra que perdieron, aplicar a Franco la «damnatio memoriae», con el fin de borrar los asombrosos logros que consiguió para nuestra Patria, sus hazañas guerreras, políticas y económicas, porque, de no hacerlo así, de poder comparar la España de Franco con la mierdocracia actual que está llevando a nuestra Patria a la más completa ruina autodestructiva, el horror de la España actual quedaría al descubierto.

Me han llegado noticias de un juego satánico de bricolaje que consiste en un «kit» donde se ve a Jesús con los brazos extendidos, pero sin Cruz, y un juego de sayones, esbirros, maderos, soldados, etc., con el lema de «Crucifícalo tú mismo». Satanás puro, ¿verdad?

Por el otro lado tenemos a un Gobierno bafomético, jugando a desenterrar a Franco: se ve un Valle, una tumba, perroflautas, excavadoras, demonios, rojos, luciferinos con su cornamenta… y el lema dice: «¡Desentiérralo tú mismo!». Satánico, ¿no es así?

Cristo y Franco… Pero, ¡ay, sus enemigos!: en el Armageddón os esperan.

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