España
La frustración asegurada
H. Tertsch.- Los enemigos del presidente Donald Trump, que son todas las elites ruidosas del planeta y toda la izquierda del globo, están bastante irritados. Otra vez.
Porque no están las cosas como ellos creían que estarían al llegar este 6 de noviembre las elecciones a mitad de mandato, en que se elige la totalidad de la Casa de Representantes y un tercio del Senado, además de muchos gobernadores. En el muy sabio calendario electoral norteamericano estas elecciones tienen su sentido dos años tras la elección del presidente como correctivo al mismo. Si el presidente ha demostrado ser malo, abusador, vago o torpe, puede y debe votarse masivamente al partido contrario al suyo para privarle de alas legislativas para el resto del mandato.
Eso precisamente hicieron con Barack Obama que lo fue perdiendo todo en las elecciones de 2010, 2012 y 2014 hasta quedarse solo, impotente y plañidero frente al Congreso. Harto el votante de un presidente señorito y débil que resultó más catastrófico que Jimmy Carter. Ningún presidente ha hecho perder tantos escaños a su partido como Obama desde hace 60 años. Ahora vuelve a la campaña de un partido en deriva socialista y fragmentación en secta.
Así, el odiado y vilipendiado Trump puede no perder la mayoría de ambas cámaras. Aunque los perfiles personales de los candidatos son decisivos, el Partido Demócrata quiso hacer de estos comicios un plebiscito sobre Trump y este, bueno es, recogió el guante. Horroriza a sus enemigos que no esté aun claro que pierda al menos la Camara de Representantes. Y pueda seguir con mano libre para una agenda conservadora que cambiará la historia de EE.UU. Las magníficas noticas económicas y de empleo, la constancia en la desregulación y reactivación industrial y su mensaje político conservador de firmeza para la seguridad, las fronteras y defensa de la nación pueden acabar dando un disgusto a sus enemigos que creían estar ante el añorado ajuste de cuentas. Pase lo que pase mañana, los enemigos de Trump tienen la frustración asegurada. Porque creían que a estas alturas con conspiraciones, sabotajes, campañas y denuncias habrían logrado el «impeachment» y hasta desalojarlo de la Casa Blanca. Pues ahora tampoco.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
