Connect with us

Internacional

La gran renuncia. Por Enrique García-Máiquez

Redacción

Published

on

OBITUARIO.

Con la muerte de Benedicto XVI (1927-2022), he revivido el remordimiento del único artículo de los muchos míos en prensa del que estoy arrepentido. Fue cuando él renunció. Escribí a favor de aquel gesto cuando yo estaba íntima y radicalmente convencido del error. Lo hice en parte por fervor papista y en parte por devoción personal, por fe y confianza en las razones de Ratzinger a partes iguales, pero un columnista ha de ser una fiera instintiva y escribir con su alma a flor de piel. Tendría que haber dejado suelto a mi Dante interior y clamar contra «il gran rifiuto», como hizo el florentino cuando Celestino V renunció a la sede petrina, dejándole la cátedra expedita a Bonifacio VIII.

Me habría equivocado, como se equivocó Dante, que se apresuró a poner al ex papa en el canto III del Inferno. Luego la Santa Iglesia lo canonizó, nada menos. Éste será, probablemente, el destino de Benedicto XVI, pero el mío era exhalar, como Alighieri, un aullido auténtico de dolor —hasta ahí llega la responsabilidad de un poeta— por la pérdida que suponía su renuncia para la Iglesia y para el mundo.

Hoy lo veo al fin todo con más serenidad. Los católicos sí incurriríamos en «la gran renuncia» —en la imperdonable—, si no recibiésemos e hiciésemos fructificar el legado inmenso de Benedicto XVI. Eso sí merecería el infierno; como mínimo, el de Dante.

Recibir su legado no es una misión fácil porque Joseph Ratzinger fue siempre un incomprendido. Para bosquejar su figura Peter Seewald requirió más de 1000 páginas en la mejor biografía que tenemos de él hasta la fecha: Benedicto XVI. Una vida. El gran volumen se abre con una cita de Joseph Ratzinger que quiere ser un compendio vocacional: «Mi impulso esencial ha sido sacar a la luz el auténtico núcleo de la fe, oculto bajo las incrustaciones, a fin de devolverle su fuerza y dinamismo. Tal impulso es la constante de mi vida». Es un compendio concentrado, como suyo, pues une su oficio filosófico («luz, más luz») con su amor a la fe, en una atención apreciativa del pasado, por eso habla de «devolverle su fuerza», para construir el futuro: «dinamismo».

Con sus palabras en la mano, a modo de lámpara, podemos atravesar las continuas vicisitudes y espesas incomprensiones que él ni nombra en el resumen de su vida. Los medios lo presentaron con chistes fáciles y racistas como un nazi intransigente, cuando —por un lado—se opuso radicalmente al nazismo desde su hogar familiar y su seminario y siempre en su pensamiento, y cuando fue toda su vida extraordinariamente dialogante incluso con los que no estaban dispuestos a atenderle. Esos medios simplificaron sus grandes discursos, como el de Ratisbona o la homilía de la misa pro eligendo pontifice o su lección magistral a los políticos en el Bundestag, entre tantos. Su magisterio tan profundo como claroha sido opacado por silencios, prejuicios y, sobre todo, perezas intelectuales.

Sin lugar a duda, ha sido un gran personaje contra mundum. No sólo porque vio venir al mundo postmoderno de lejos, denunciando sus bandazos contradictorios, el establecimiento de una dictadura del relativismo, el hundimiento cultural por renunciar a Israel, a Atenas y a Roma y, finalmente, alertando sobre los neo dogmas contra la vida, la libertad y la razón y sus sibilinas violencias. También ha sido contra mundum de una manera más autobiográfica: su timidez ante las cámaras y las multitudes, su gusto por el estudio y la música clásica e incluso su predisposición al diálogo, a la ingenuidad genuina del intelectual generoso y a la rectificación de sus puntos de vista en cuanto fuese necesario lo hacían excelsamente extemporáneo y más vulnerable a los mecanismos inmisericordes del debate público de hoy.

Ante Benedicto XVI estos mecanismos se mostraron —quizá por impotencia— más burdos y, por tanto, más fáciles de desenmascarar. Sus posiciones intelectuales siempre han sido cuidadosamente atentas a las razones del contrario y milimétricamente prudentes en sus conclusiones. Puede verse en la delicadeza con la que se acerca al espíritu de la liturgia, amando la tradicional y cuidando de la nueva. En su aprecio de la razón y de la fe, hermanadas. En sensibilidad por la belleza. En su conciencia de las raíces culturales de Europa. En el juego que daba a la historia, a la teología y a la filología para acercase más a la figura de Jesús de Nazaret. Pero el mundo siempre presentó a Ratzinger como uno de los extremos de cualquier discusión. Él estaba en el centro, no geométrico, pero sí racional, como el fiel de una balanza, sopesando los argumentos de unos y de otros.

Todo nos lo hace más irrenunciable que nunca, como antídoto. De él dijo hace unos días el papa Francisco que «su silencio sostiene la Iglesia», y lo sabía de primera mano. Habrá que redoblar las oraciones por Francisco, ahora que el peso de la Iglesia recae exclusivamente sobre sus hombros. Cada uno de nosotros, en particular, también vamos a perder ese silencio de Benedicto XVI que nos sostenía con su oración, con su ejemplo, con su sola presencia en este tenebroso tiempo histórico.

Sin su silencio, hay que volver más que nunca a sus palabras, para que llenen el vacío que nos deja. Éste va a ser muy grande, pero sus palabras son más altas y más hondas, más perdurables. Renunciamos a renunciar a nuestro gran papa Benedicto XVI, a nuestro querido Joseph Ratzinger.

Advertisement
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Internacional

Louis, 17 años, asesinado en Narbona: su madre convoca una marcha y exige justicia

Redacción

Published

on

La familia de Louis, de 17 años, asesinado tras una brutal paliza en una obra de Narbona, convoca una gran marcha el 5 de julio para exigir justicia. Su madre reclama que los acusados sean juzgados como adultos y que Francia deje de mirar hacia otro lado ante una violencia juvenil cada vez más salvaje.

Narbona vuelve a convertirse en símbolo de una Francia sacudida por la violencia. La familia de Louis, un adolescente de 17 años que murió después de ser atraído a una obra y golpeado hasta quedar inconsciente, ha convocado para el domingo 5 de julio una “marcha blanca” en su memoria. No será, según sus allegados, una simple ceremonia de duelo: será una llamada pública a la justicia, a la responsabilidad política y al fin de la impunidad.

La frase pronunciada por su madre resume el estado de ánimo de una familia rota y de una parte creciente de la sociedad francesa: “No es tiempo de duelo, es tiempo de guerra”. Una declaración durísima, nacida del dolor, que apunta directamente contra un sistema que, según la familia, no protegió a Louis pese a las advertencias previas.

Una marcha para que Louis sea “el último”

La concentración partirá a las 11:00 horas desde la plaza del Ayuntamiento de Narbona y llegará hasta el lugar en el que Louis fue agredido. La convocatoria ha sido presentada por la familia como “la última marcha”, una expresión con la que quieren dejar claro que no aceptan que este tipo de crímenes se normalicen ni se diluyan entre comunicados oficiales, minutos de silencio y promesas políticas vacías.

Su tía y madrina, Marie-Julie Marteau, ha explicado en medios franceses que la familia invita a ciudadanos, padres y responsables políticos de todos los partidos. El mensaje es directo: lo ocurrido a Louis no es solo una tragedia familiar, sino un asunto nacional.

 

La madre exige que los acusados sean juzgados como adultos

La madre de Louis ha reclamado que los presuntos autores sean tratados penalmente como adultos. Su argumento es tan sencillo como demoledor: quien mata como un adulto debe responder como un adulto. También exige una revisión profunda de la justicia de menores en Francia, convencida de que las normas actuales ya no sirven para responder a una delincuencia cada vez más violenta, organizada y consciente de sus actos.

La familia sostiene además que hubo alertas previas sobre la situación de Louis. El joven, que estaba bajo el sistema francés de protección de menores, ya habría sufrido agresiones anteriores. Esa circunstancia eleva el caso más allá del crimen concreto: obliga a preguntar qué falló, quién no actuó y por qué un menor señalado como vulnerable terminó abandonado a su suerte.

Una agresión grabada y una frialdad que indigna a Francia

Según las informaciones difundidas por medios franceses, Louis fue atraído a una obra en Narbona durante la noche del 19 al 20 de junio. Allí fue brutalmente golpeado por un grupo de jóvenes. La agresión habría sido grabada en vídeo por los propios atacantes, un detalle que ha provocado una ola de indignación por la crueldad del crimen y por la aparente ausencia de remordimiento.

Louis fue encontrado inconsciente, con graves lesiones en la cabeza y en el rostro. Fue ingresado en coma inducido y murió días después. Cinco sospechosos, entre ellos varios menores, han sido puestos bajo investigación por asesinato, de acuerdo con la prensa francesa. La investigación continúa abierta y los acusados conservan la presunción de inocencia hasta que haya sentencia firme.

“Creen que son intocables”

La tía de Louis ha descrito públicamente la escena con palabras que estremecen: los agresores se habrían grabado mientras el joven yacía malherido, e incluso habrían regresado al lugar para filmarse de nuevo. “Creen que son intocables”, denunció. Esa sensación de impunidad es precisamente lo que la familia quiere romper con la marcha del 5 de julio.

El caso ha reabierto en Francia el debate sobre la violencia juvenil, la eficacia de los servicios sociales, la justicia de menores y la respuesta del Estado ante ataques cometidos por grupos de adolescentes que actúan con una brutalidad extrema y, en ocasiones, con una exhibición pública de sus actos en redes sociales.

Un crimen que golpea el debate político francés

La muerte de Louis ha provocado reacciones políticas de alto voltaje. Dirigentes de distintos partidos han condenado el crimen y han reclamado una respuesta judicial firme. Pero, más allá de las declaraciones, el fondo del asunto sigue siendo el mismo: una sociedad que ve cómo determinados episodios de violencia extrema se repiten, mientras las familias de las víctimas sienten que el sistema llega tarde.

La marcha de Narbona no solo honrará la memoria de Louis. También será una prueba de la capacidad de Francia para mirar de frente un problema que ya no puede esconderse bajo eufemismos. Cuando una madre dice que ya no es tiempo de llorar, sino de luchar, lo que está haciendo es acusar a todo un sistema de haber fallado.

 

Continue Reading
ALERTA NACIONAL