España
La hipoteca de Sánchez
Federico Ysart.- De la negociación entre el presidente hipotecado y sus prestamistas no puede salir nada bueno. Ni Sánchez lo pretende; como el de otras tantas iniciativas de la coalición social-comunista, proscribir a media España es el objetivo de la mesa bilateral, ahora multilateral.
Todo es una patraña. Lo que comenzó anunciado como una mesa entre gobiernos, el nacional y uno regional, se convierte en una timba partidaria, eso sí, con un estricto control del derecho de admisión.
Los asientos están reservados a los prestamistas que concedieron crédito a Sánchez para poder hacerse con la residencia de la Moncloa y plaza de aparcamiento en el banco azul del Congreso. ¿Qué puede salir de esa concertación de intereses comunes?
Tan comunes como que uno trata de consolidar su situación y los otros de que siga en ella para así poder cobrarse la hipoteca con que le tienen amarrado. Un quid pro quo paradigma de la colusión de intereses.
En toda colusión siempre hay una víctima, porque ese es precisamente su objetivo, alcanzar algún beneficio en perjuicio de otros. En este caso los otros somos nosotros, incluida la mayoría de los catalanes que quieren seguir siéndolo. Y yendo más allá, la Nación tal y como se expresa en su Constitución.
La mesa de marras es fruto de la entrega con armas y bagajes del gobierno Sánchez-Iglesias al relato del procedimiento independentista. Con el fin de aportar alguna diferencia, a los gobiernos se han añadido partidos, pero eso sí, con la precaución de estar todos coludidos con el mismo objetivo ya descrito. Un caso de corrupción más lesivo para los intereses generales de los españoles que los protagonizados por la panda de chorizos indeseados.
Y a guisa de azúcar para mejor tragar esa píldora que nos dan, el eje pone en marcha las minas ideológicas de gran poder reconstituyente: la eutanasia y el franquismo. Toma desarrollo; el tercermundismo bolivariano está en el poder.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
