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La hipótesis del «centésimo mono» (1): ¿Puede España llegar a alcanzar su «masa crítica»?

Redacción

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Cualquier persona con un mínimo de objetividad que interactúe con otras en los espacios públicos se da cuenta instantáneamente del hondo malestar del pueblo español con su clase política, con la situación económica, con las ideologías globalistas imperantes, con la amenaza de disgregación territorial que padecemos… Es un hartazgo sideral, visceral, apabullante, provocado por la simple aplicación de la sensatez y el sentido común a una actualidad totalmente podrida e insoportable.

Esta protesta colectiva es un verdadero clamor, un «maelstrom» de indignación, rabia y asco, que conforma una encuesta sociológica in pectore, mucho más fiable que las burocráticamente institucionalizadas. Ahora bien, si este movimiento crítico es de tal magnitud, cabe preguntarse por qué nada cambia, por qué el sistema hediondo objeto de reprobación universal sigue en pie, por qué las estructuras corruptas siguen carcomiendo nuestra Patria, cuya descomposición sigue avanzando inexorablemente, a pesar del descontento popular.

¿Qué hace falta para que se produzca la «rebelión de las masas», para que los ciudadanos insatisfechos se comprometan de una vez a acabar con la degeneración de una clase política felona, inepta, corrupta e insoportable, y con el totalitarismo de unas ideologías perversas con las que se les quiere arrebatar su libertad y su bienestar, además de con su bolsa? ¿Dónde está ese punto crítico que impele al indignado ciudadano de a pie a abandonar sus poltronas y pasar a la acción?

En sociología se llama «masa crítica» a la cantidad mínima de personas que se necesitan para que un fenómeno concreto tenga lugar, y adquiera una dinámica propia que le permita sobrevivir y crecer. Es decir, que para que se produzca una movilización de las masas con vistas a conseguir un cambio, es ineludible que haya un porcentaje mínimo de ciudadanos que pongan en práctica ese cambio por anticipado, constituyendo una minoría vanguardista que presenta el nuevo paradigma a desarrollar por las masas.

Un ejemplo simple puede ser lo que sucede cuando una persona se para en la calle y mira hacia el cielo.

Seguramente no pasará nada, y la gente continuará su camino ignorándolo. Cuando tres personas se paran y miran al cielo, quizá algunas personas se den la vuelta para a continuación seguir andando. Pero sólo se necesita un pequeño número para hacer que los otros se paren y miren hacia el cielo también. Este número se llama «masa crítica».

Por poner otro ejemplo, un cierto día a un individuo peculiar se le ocurrió salir a la calle con unos pantalones vaqueros rotos, algo que solamente podía constituir una moda entre los «sin techo», los vagabundos, los lumpens, etc., desafiando las críticas y los convencionalismos sobre moda que habían regido miles de años de la historia humana. El resultado actual está a la vista: se alcanzó una masa crítica en algún momento, y hoy no solo no está mal visto llevar pantalones agujereados, sino que es signo de cierta distinción.

Como vemos, la hipótesis de la masa crítica tiene tal potencia que no solamente puede conseguir que las masas acepten y practiquen conductas de difícil asimilación desde el sentido común, sino que incluso puede conseguir que esas conductas sean un signo de donaire.

Un concepto sociológico parecido al de la masa crítica es el que se conoce con el nombre del «efecto del centésimo mono», que afirma que un comportamiento aprendido por un grupo de monos se propaga rápidamente hasta todos los monos, una vez que se alcanza un número crítico de iniciados. Por generalización, se refiere a un fenómeno por el cual, una vez que una cierta parte de una población ha oído hablar de una nueva idea o aprendido una nueva habilidad, la difusión de dicha idea o habilidad entre el resto de la población se produce en forma instantánea. Es decir, que, según esta hipótesis, el punto de inflexión necesario para que se forme la masa crítica sería alcanzar los «cien monos».

¿Cómo se produce la difusión a toda la masa de una nueva idea o conducta, una vez alcanzado el punto crítico, el clímax? En el mundo animal, es un fenómeno comprobado que las mutaciones se operan mediante un mecanismo desconocido que hace que poblaciones animales de la misma especie, pero distantes geográficamente, adquieran las mismas habilidades prácticamente al mismo tiempo, siguiendo patrones que hay que remitir al psiquismo colectivo de esa especie. Es un hecho admitido que los animales se comunican entre sí a través de un código de signos cifrados que constituyen un pseudolenguaje.

En el reino humano también se han dado fenómenos parecidos, especialmente en los tiempos prehistóricos, pero, desde que se avanzó en la globalización a partir de las conquistas tecnológicas ―la invención de la imprenta fue posiblemente su primer hito―, el fenómeno a través del cual las masas se hacen críticas ha experimentado una espectacular variación, ya que los potentes medios de comunicación actuales son los que pueden hacer que se alcance o no el punto de ebullición necesario para la catarsis colectiva, tanto a nivel de una sociedad en su conjunto, como a nivel de determinados ámbitos culturales, morales, económicos, sociales…

Echando un vistazo a los cambios revolucionarios que se han producido en la historia, es un hecho evidente que la inmensa mayoría de ellos alcanzaron su masa crítica por medio de una crisis económica, que hizo de catalizador para que un descontento social eclosionara en forma de revuelta, de subversión, o de revolución. Generalmente, la carestía o escasez del pan es la pólvora que dinamita las Bastillas, que asalta los palacios de invierno, que levanta barricadas en las calles para luchar contra la opresión…

Puede haber circunstancias catastróficas en una población, puede ésta estar sometida a mil humillaciones y tiranías, a mil abusos, pero muy pocos son capaces de enarbolar el estandarte de la protesta para luchar por un ideal, por un paradigma, por una causa no material, aunque ésta sea la libertad… En el fondo de toda rebelión de las masas hay siempre una lucha por la mejora de las condiciones materiales.

Por ello, el pueblo es tremendamente pasivo a comprometerse por causas que tengan que ver con ideales, mientras las circunstancias no les afecten a su bolsillo, a su bienestar. Al españolito que dormita ante Netflix, que parlotea en terrazas cerveceras, que grita su gol con toda la fuerza de sus pulmones, que tiene su paguita a fin de mes, ¿en qué le afecta que Junqueras quede libre? ¿Qué le importa que los catalanes se independicen? ¿Qué demontres tiene que ver con él, con su bolsillo, que profanen cadáveres, que los ministros del Gobierno hagan trampas con su fiscalidad, que adoctrinen a sus hijos en la LGTBI, que el Profanador plagie su tesis doctoral, que se pacte con golpistas, que España vaya al desguace? ¿Qué importa todo eso a un pueblo absolutamente descerebrado, que ―pucherazos aparte― vota a quienes han dicho que subirán los impuestos, que pactarán con terroristas y golpistas, que pondrán a España en almoneda, que desenterrarán cadáveres de hace 80 años, que adoctrinarán a los escolares en la pestilente basura globalista? ¿Qué demonios le importa al españolito que tengamos una deuda de 1 billón y medio de euros, que jamás podremos pagar, que hipotecará a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos? Al españolito medio esas cosas ni le van ni le vienen, le importan una higa, porque, total, con llegar a fin de mes ya tiene suficiente preocupación.

Ante esta realidad, es sumamente improbable que el tremendo descontento que hay ante el pudridero que hoy es España cristalice en una masa crítica que acabe con tanto despropósito, a menos que medien otro tipo de factores que quiten la espoleta y disparen la crisis que pueda llegar a movilizar a la población.

Y aquí tenemos ya a esos factores, porque, aunque se hable de ello con sordina, ya tenemos aquí otra crisis, que, según los pronósticos, será aún más devastadora que la que se inició en el 2008. Porque, si aún no lo saben, España está en quiebra, la cual se llevará por delante, con total seguridad, al frentepopulismo: en la crisis que viene, España será embargada por su impagable deuda, y vendrá la suspensión de pagos, el corralito, la quiebra bancaria, el apocalipsis monetario, la apropiación de la economía en manos públicas por parte de lobbys y multinacionales de la plutocracia globalista…

Bajo esos chuzos de punta, cuando se recorten las pensiones, cuando aumente el paro, cuando la presión fiscal se haga insoportable, cuando aumente la carestía, cuando se volatilicen los ahorros en un infierno de corrales y tragedias… entonces, y solo entonces, surgirá en todo su esplendor el centésimo mono. Al tiempo.

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Pánico total en los sindicatos. Por Jesús Salamanca Alonso

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«Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, …»

Dos insignes sindicalistas vallisoletanos me confiesan que los sindicatos mal llamados «obreros» han entrado en pánico ante futuros gobiernos de VOX y de la «derechita cobarde», que se ha tenido que amoldar al acuerdo para formar gobierno regional. Ya sucedió en Castilla y León la legislatura pasada hasta que la insigne derecha de VOX se rasgó las vestiduras, pero se dio un paso importante de legislatura como fue eliminar las subvenciones multimillonarias que recibían los sindicatos «comegambas» o «rebaña-ostras».

Aquel paso, que llevaba tiempo reclamando la ciudadanía, tuvo una vergonzosa retrocesión por parte del PP al verse desamparado, acobardado y sin apoyos, pero quedó patente que los ciudadanos exigen que ese paso se dé de forma permanente. Y ahora se debe hacer; los sindicatos clasistas de la izquierda ventajosa y fomentadora de odio y desigualdad no han hecho nada importante para ser mantenidos por papá Estado a toda costa y a lo grande. Hasta la ministra, Yolanda “Varufakis” Díaz o Yoli «cohete», alias «Tucán», ha hecho el más burdo ridículo con las subvenciones sindicales. Lo raro es que no los haya traicionado, que es su especialidad, aunque nunca es tarde. Está apartada del Consejo de ministros desde que se marchó a la entrega de los Óscar. Cada día despierta más desprecio y menos simpatías. Doy fe.

En los últimos siete años de izquierda presuntamente (y sin presunta) corrompida con apoyos golpistas, comunistas, independentistas y terroristas ha habido infinidad de motivos para convocar huelgas sectoriales y hasta generales, pero el dúo «comegambas» practica el famoso «do ut des». En pocas palabras: dame pan, llámame perro y lléname la faltriquera. ¡Manda huevos! Bien es verdad que han perdido la calle, se han hecho casta, incluso se creen con derecho de pernada con los trabajadores y hoy corren el riesgo de que se les echen encima esos trabajadores responsables, honrados y que no viven de un mundo subvencionado ni duermen hasta las doce de la mañana por estar liberados. Las movilizaciones contra esos sindicatos no se harán esperar y conocerán la horma de su zapato. Al tiempo.

Hay sindicatos sectoriales que no reciben ni un euro, ¿por qué estos vividores sí las reciben? Nunca serán respetados mientras no se hagan cargo de las nóminas de sus propios liberados, ¿qué es eso de que sean las empresas quienes sigan pagándolos si no producen? ¿Qué es eso de que Yolanda y los dos sindicatos más denostados socialmente decidan las subidas salariales sin contar con la patronal? No estaría de más que alguna vez pagaran ellos con el dinero público que reciben. Ellos invitan y el Estado paga con dinero público. ¡Cuánta indignidad y descontrol tienen y cuánta acumulan cada día! ¡Joder, qué tropa!, repetiría incesante don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.

Este modelo sindical ya no sirve, nadie cree en ellos, son la mofa y el hazmerreír permanente y, cuando salen en TV los líderes de esas formaciones izquierdosas y ultra-izquierdosas, lo primero que se escucha en los bares, restaurantes y mesones es «¡ladrones!» y, además, se enfatiza, repite y contagia a los asistentes. Incluso calificativos, o descalificativos, muchos más gruesos. Y es que han hecho méritos para ello, llevan siete años holgando y presenciando la corrupción de varios miembros del Gobierno y aledaños, incluso viendo y comprobando como huye el galgo de Paiporta o se esconde, a la vez que miente o entorpece la acción judicial, el avestruz de Adamuz o cómo la UCO saca los colores a la «fontanera», «la Paqui», Ábalos, Koldo, Cerdán y demás parroquia, a veces amparados por las hojas parroquiales de izquierdas: las misma que acusan al juez Peinado de tener dos DNI o a Julio Iglesias en falso.

Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, el Ministerio de Transportes o la presidencia de las Cortes, por no añadir a Felisín Bolaños, Yolanda «Tucán» o Isabelita Rodríguez, más parada que un baile agarrado de los años setenta.

El gran logro sindical español se alcanzará cuando los sindicatos paguen la nómica de sus propios liberados y los gastos de mantenimiento del propio sindicato. Ese día llegará, doy fe de que llegará y tendrá el apoyo de los organismos europeos y de los propios trabajadores. Precisamente será el momento del nacimiento de la modernidad sindical en España y sospecho que Juanma Moreno será quien dé el primer paso junto con Castilla y León, que ya tiene práctica de ello.

Tras las elecciones andaluzas, y el futuro nuevo gobierno de Moreno, ha anunciado que revisará y recortará drásticamente las subvenciones públicas que reciben CC.OO. u UGT cada año. Hablamos de decenas de millones de euros que reciben esas formaciones y cuyo control deja mucho que desear. Ni siquiera sabemos si actúa el Tribunal de Cuentas al respecto ni cómo actúa. Lo del patrimonio sindical lo dedicaremos artículo aparte y en exclusiva.

Los líderes sindicales ya han salido en tromba y planean movilizaciones para seguir mangoneando y chupando del bote, aunque saben que no tienen apoyo de los trabajadores y menos de la ciudadanía en general, pero tranquilos, que llega el día grande de las gambas, el 1º de mayo.

Está claro que lo que proyectan esos sindicatos es «¡un ataque a los trabajadores!» y una amenaza a la Administración para seguir mangoneando y desprestigiándose, aunque ya no pueden desprestigiarse más.

Yo, como trabajador, sigo luchando para acabar con esos privilegios de señoritos y abusadores. Ni creo en ellos ni he creído nunca y jamás me han reportado nada. De ello, doy fe.

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