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Opinión

La histeria climática como mecanismo de manipulación. Por José Manuel Bou

Redacción

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No voy a hablar en este artículo, contra lo que su título pueda dar a entender, del cambio climático, entre otras cosas porque confieso carecer de los conocimientos científicos necesarios para ello. Decía Azaña (por lo demás un tipo nefasto en la historia de España) que “Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar.” Considero la frase injusta y negrolegendaria en su alusión a los españoles, que no somos más parlanchines ni más ignorantes que los del resto del mundo, pero sí es cierto que si todos, nacionales y extranjeros, hablásemos solo de lo que sabemos se haría, sino un gran silencio, sí un nivel de ruido mucho menor, que nos permitiría pensar, estudiar o, simplemente, escuchar a los que sí saben lo que se dicen.

            Y es que el cambio climático es un tema técnico y no político, cuyos detalles dependen de cuestiones que se nos escapan a la mayoría de los mortales, que no somos expertos en tales lides. De lo que voy a hablar, y de esto sí que tengo elementos de juicio suficientes, es del alarmismo climático, incluso de la histeria al respecto, utilizado como instrumento o mecanismo de manipulación y guerra psicológica.

            Si el lector se pregunta cómo me atrevo a hablar del alarmismo o de la histeria climática sin dilucidar antes cuan hay de cierto en las teorías sobre el cambio climático, le responderé de una manera muy sencilla. No sé lo que el cambio climático es, pero sí sé lo que no es: No es algo que vaya a provocar el fin del mundo en la próxima semana.

Y es que, sin perjuicio de la posible existencia de un problema real y grave en el medio y largo plazo, incluso, tal vez, en el corto, que precise la adopción de medidas más o menos radicales y que merezca ser tomado en serio, que, como digo, lo desconozco y, por ello, no lo discuto, no es difícil, siguiendo las declaraciones de nuestros políticos o las informaciones de nuestros medios de comunicación, deducir que nuestras clases dirigentes han generado en torno a las mentiras o verdades sobre el cambio climático una pseudoreligión apocalíptica, como el milenarismo (aquí, el lector suficientemente maduro recordará a Arrabal borracho en un programa de Sánchez Dragó) y que nos promete el fin del mundo cada poco tiempo. Desengañémonos a este respecto. Las cuestiones medioambientales y, quizás entre ellas, las climáticas, son importantes, pero no van a provocar el fin del mundo en un plazo breve que, si acaece, será porque Biden se ha dormido encima del botón nuclear, o por algo parecido, no por el aumento medio de la temperatura.

Esto, insisto, no quiere decir que no pueda existir un problema climático o que este no pueda revestir gravedad, ni el presente artículo representa una llamada a desoír las alarmas creíbles o a no dar importancia al tema. Las oligarquías pueden tanto inventarse fenómenos inexistentes como aprovechar los que sí existen, “cabalgando acontecimientos”, en sus estrategias de ingeniería y control social. Por tanto, el que lo relativo al cambio climático se esté utilizando como forma de manipulación, no demuestra, por sí mismo, que sea falso ni que sea cierto. Simplemente nos dice que, de una manera o de otra, se le está dando un uso como mecanismo de control social. Y dicho control social sí que puede ser analizado con objetividad.

No hay más que escuchar, insisto, a nuestros políticos o a nuestros medios, curiosamente coincidentes. Los incendios forestales son, por supuesto, culpa del cambio climático, incluidos los provocados. Hay buenos ciudadanos que padecen eco-ansiedad, lo que no es señal de que estén mal de la chaveta ni de que vean demasiado la tele, sino de que son responsables, no como quienes se ríen de ellos, que no son buenos ecologistas ni buenas personas. Los planes de ahorro de energía que oscurecen nuestras calles y nuestros escaparates y nos obligan a pasar calor en establecimientos abiertos al público son, ¿no lo adivinan?, necesarios por culpa del cambio climático y, en este caso, también de Putin. Si algo tenemos claro a estas alturas es que lo que no es culpa de Franco lo es de Putin y si no, del cambio climático.

Si pasamos del bombardeo mediático a las conclusiones del Foro de Davos o a los puntos de la Agenda 2030 (bastante semejantes) observaremos alusiones al cambio climático en los puntos más diversos y sorprendentes. Los inmigrantes económicos ahora serán considerados “refugiados climáticos”, deberemos dejar de comer carne y reducir la población mundial “por el bien del planeta” y, por la misma causa, desprendernos de nuestras posesiones, ya que en el futuro eco-sostenible “no tendrás nada y serás feliz”.

No hace falta ser el tipo más perspicaz del mundo para entender lo que nuestras clases dirigentes están haciendo. La excusa del cambio climático sirve para hacernos tragar con su agenda política, especialmente sus puntos más polémicos y que podrían suscitar más resistencias, para que no los percibamos como imposiciones arbitrarias que destruyen nuestra identidad, nuestra libertad y nuestro bienestar, sino como sacrificios heroicos y necesarios para luchar contra el cambio climático, salvar el planeta, etc.

De este modo, se justifica la inmigración masiva para forzar a la baja los salarios (ya sabemos, refugiados climáticos), el neomaltusianismo antinatalista y hasta la ideología de género porque, pásmense, resulta que el cambio climático tiene “perspectiva de género”, lo que representó la gran aportación española de la Cumbre de Madrid, mientras los micrófonos apuntaban a la mediática Greta. Pero el uso más relevante del alarmismo climático devenido en auténtica histeria no es sino acostumbrarnos a la miseria.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo occidental vivió una era de progreso, donde cada generación vivía un poco mejor que la anterior. Tras la caída del Muro de Berlín, parecía que todos los países se incorporaban a esa tendencia y que, en el pronosticado “fin de la historia”, así iba a ser para siempre. Sin embargo, hace ya algún tiempo, desde luego desde la crisis de 2007-2008, que constatamos que esto está empezando a cambiar, que en gran medida nosotros ya estamos viviendo peor que nuestros padres y que, sin duda, nuestros hijos vivirán peor que nosotros.

En ese sentido, si la miseria a la que las políticas globalistas nos abocan se disfraza de ecologismo, resulta más fácil de vender a la población que la padece. Si comemos gusanos y carne sintética, si pasamos frio en invierno y calor en verano sin que ni la calefacción ni el aire acondicionado lo remedien, si no tenemos hijos, si compramos objetos de segunda o tercera mano, si, en definitiva, no tenemos nada, pero somos felices, no es porque las clases dirigentes nos hayan llevado a un abismo de injusticia y nos hayan reducido a la pobreza, es para combatir el “cambio climático”. Que, de todas formas, tampoco tengamos dinero para poder hacer todas esas cosas de un modo diferente es algo secundario. Lo importante es que estamos salvando el planeta. Y siempre que creamos este embuste, podremos cumplir con eso de “ser felices”, mientras nos abandonamos a la miseria.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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