Opinión
La igualdad desde la derecha
Como toda noción política, la igualdad democrática se refiere a la posibilidad de una distinción.
Ratifica una pertenencia común a una entidad política concreta. Los ciudadanos de un País democrático disfrutan de los mismos derechos políticos, no porque sus competencias sean las mismas, sino porque también son ciudadanos del mismo País. De igual manera, el sufragio universal no es la ratificación de una igualdad intrínseca de los electores , un hombre, un voto. Su objetivo tampoco es el de decidir sobre la verdad. Es la consecuencia lógica de que los electores sean igualmente ciudadanos y su función sea la de expresar sus preferencias y permitir la constatación de su consentimiento o desacuerdo.
La igualdad política, condición de todas las demás, en una democracia el pueblo representa el poder constituyente, no tiene nada de abstracta: es sustancial en grado sumo. Ya para los griegos, la isonomía no significaba que los ciudadanos sean iguales en relación con su naturaleza o sus competencias, ni tan siquiera que la ley deba ser igual para todos, sino que todos tienen los mismos derechos de participar en la vida pública. La igualdad democrática implica, pues, una pertenencia común y contribuye por ello a definir una identidad. El termino “identidad” remite al mismo tiempo a lo que diferencia, la singularidad, y a lo que permite identificarse a los que comparten dicha singularidad. “La palabra identidad, dice Schmitt, caracteriza, el lado existencial de la unidad política, a diferencia de toda igualdad normativa, esquemática o ficticia”.
La primera consecuencia que resulta de ello es que la “noción esencial de la democracia es el pueblo, y no la humanidad. Si la democracia tiene que seguir siendo una forma política, sólo hay democracias del pueblo y no democracia de la humanidad”.
La segunda consecuencia es que el corolario de la igualdad de los ciudadanos reside en su no-igualdad con los que no son ciudadanos.
“La democracia política, añade Schmitt, no puede apoyarse en la ausencia de distinción entre todos los hombres y mujeres, sino, únicamente, en la pertenencia a un pueblo concreto, pudiendo dicha pertenencia ser determinada por factores muy diversos, idea de una raza común, de una fe común, destino y tradición comunes, La igualdad que forma parte de la misma esencia de la democracia sólo se aplica en el interior de un Estado y no en el exterior: en el seno de un Estado democrático todos los nacionales son iguales. Consecuencia para la cuestión pública y el derecho público: el que no es ciudadano no tiene nada que ver con esta igualdad democrática”.
Es en eso en lo que: “(…) la democracia como principio de forma política se opone a las ideas liberales de libertad e igualdad del individuo con cualquier otro individuo. Si un Estado democrático admitiese hasta sus últimas consecuencias la igualdad humana universal en el ámbito de la vida pública y del derecho público, como está pasando en España, se despojaría de su propia sustancia”.
Oponer a la igualdad un simple principio de desigualdad sería, pues, un gran error. La desigualdad no es lo contrario a la igualdad sino su corolario: una no tiene sentido sin la otra. Además, como sólo se puede ser igual o desigual bajo una relación determinada, no hay iguales ni desiguales de por sí. Una sociedad donde sólo reinase la desigualdad es también impensable, sería igual de invivible que una sociedad en la que únicamente hubiese igualdad. Toda sociedad conlleva y sólo puede conllevar a la vez unas relaciones jerárquicas y otras igualitarias, ambas igualmente necesarias para su buen funcionamiento. Julien Freund escribe:
«La igualdad es una de las configuraciones normales de las relaciones sociales, al igual que la jerarquía. El igualitarismo, en cambio, considera el conjunto de estas relaciones bajo el aspecto exclusivo o predominante de la igualdad».
Y añade:
«El igualitarismo es la doctrina ideológica que intenta hacer creer que existe una relación única y universal capaz de subsumir las diversas relaciones de igualdad que engendran una pluralidad de igualdades (…). Una relación única, exclusiva y universal implicaría que hubiese un punto de vista que fuese la razón de todos los puntos de vista. Pero la idea de un punto de vista único, exclusivo y universal es contradictoria con la misma noción de punto de vista”.
Lo mejor de la igualdad es, de hecho, la reciprocidad: ayuda mutua, solidaridad concreta, sistema de donaciones y contra-donaciones. Igualdad y desigualdad se funden, de algún modo, en la reciprocidad.
Comparto este punto de vista, por lo que pienso que detrás de la retórica igualitaria, en realidad, hay que leer otra cosa: el ascenso de la aspiración homogénea, a la reabsorción de las diferencias, el ascenso de lo que podríamos llamar la ideología de lo Mismo.
La ideología de lo Mismo se desarrolla a partir de lo que es común a todos los hombres y mujeres. Se desarrolla teniendo en cuenta únicamente lo que les es común e interpretándolo como lo Mismo. Sin ningún criterio preciso que permita apreciarlo concretamente, la igualdad es sólo otro nombre de lo Mismo. La ideología de lo Mismo plantea la igualdad humana universal como una igualdad en sí, desconectada de todo elemento concreto que permita precisamente constatar o invalidar esa igualdad. Es una ideología alérgica a todo lo específico, que interpreta cualquier distinción como potencialmente degradante, que considera las diferencias como contingentes, transitorias, no esenciales o secundarias. Su motor es la idea de lo Único. Lo Único es lo que no soporta el Otro y pretende reducir todo a la unidad: Dios único, civilización única, pensamiento único.
Esta ideología pretende ser descriptiva y normativa, puesto que plantea la identidad fundamental de todos los hombres y mujeres como un hecho adquirido, al igual que como un objetivo deseable y realizable sin preguntarse nunca o escasas veces sobre el origen de la divergencia entre lo que ya está aquí y la realidad venidera. Así pues, parece que procede del ser al deber-ser.
No por ser distintos en apariencia, los hombres y mujeres dejan de ser los mismos. Esencia y existencia están de este modo desunidas como lo están el alma y cuerpo, espíritu y materia , e incluso los derechos y deberes.
Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
