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La mejor gimnasta de la actualidad sale corriendo de unos JJOO: Simone Biles: ¿Síndrome de abstinencia que intentan ocultar?
El comportamiento extraño de la gimnasta estadounidense Simone Biles en Japón puede tener que ver con el síndrome de abstinencia del fármaco psicoestimulante metilfenidato.
La propia Simone Biles reconoce que ha tomado metilfenidato desde la infancia a causa de un trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).
El hecho de que la deportista tomaba metilfenidato (también conocido como Adderall) fue revelado en 2016 cuando los hackers de Fancy Bear publicaron la base de datos de la Agencia Mundial Antidopaje. Biles dio positivo en metilfenidato en agosto de 2016, pero no fue descalificada y ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Río. Solicitó una «exención de uso terapéutico» a través de la Agencia Mundial Antidopaje, lo que le permitió continuar tomando el medicamento durante la competencia.
Sin embargo, en Japón este esquema falló, ha descubierto la reportera de Business Insider, Meredith Cash.
Según el Programa Asociado de Kioto, una organización sin fines de lucro que facilita los viajes entre EEUU y Japón, «todos los medicamentos que contienen estimulantes están prohibidos» en Japón.
«Esto incluye Adderall, un medicamento estándar que se usa para tratar los síntomas del TDAH en Estados Unidos. Si trae Adderall a Japón por cualquier motivo, corre el riesgo de ser arrestado y encarcelado», advierte el sitio web del Programa.
Si bien, el metilfenidato está disponible en Japón para tratar los trastornos del sueño, no se prescribe a los pacientes con TDAH.
«Las leyes en Japón probablemente no le dejaron a Biles otra opción que renunciar a sus medicamentos prescritos mientras estaba en el extranjero para los Juegos. Y aunque es imposible determinar qué ha causado el caso del bloqueo mental (twisties) de Biles, es difícil imaginar que dejar de repente el fármaco que ha tomado durante años no funcionó en su contra», escribe Cash.
También hay que contar con el coronavirus. Si antes de la pandemia el período para tramitar pedidos a Japón de tales sustancias como metilfenidato era de 7 a 10 días, desde julio de 2020 ha aumentado a seis meses.
«Los estadounidenses esperaban que los documentos de autorización de la Agencia Mundial Antidopaje serían suficientes. Y perdieron a su atleta única, que bien podría haber ganado no cuatro medallas de oro en Tokio, como sucedió en Río, sino las seis medallas de oro», escribe la campeona olímpica de 1976, Yelena Vaitsenjóvskaya.
¿Pero, qué es el metilfenidato y qué ha podido hacer con el cuerpo y la mente de Biles?
En los deportes, está estrictamente prohibido porque es el pariente más cercano de las metanfetaminas.
La lista de efectos secundarios del metilfenidato menciona el ‘síndrome de abstinencia’, que se produce si una persona por algún motivo deja de tomar pastillas. Se expresa en el hecho de que la concentración de esta persona cae bruscamente, desaparece el deseo de hacer algo, por ejemplo, competir, y surgen otros efectos secundarios desagradables, como depresión e ideas suicidas.
Sin este fármaco Simone Biles se convierte en un cliente potencial de un hospital psiquiátrico, advierte Vaitsenjóvskaya.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
