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Cartas del Director

La mentira compulsiva de Sánchez

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El presidente del Gobierno y candidato del PSOE, Pedro Sánchez, volvió a hacer ayer una pirueta digna del mejor trapecista circense para presentarse ante su electorado como garante de la unidad de España.

Durante el acto de presentación de su programa electoral, Sánchez se hizo acompañar de múltiples banderas españolas y europeas en un escenario en el que no sobresalían las siglas del PSOE, y en el que no dedicó prácticamente una sola palabra ni a Cataluña ni a la amenaza de una nueva crisis económica.

Todo en Sánchez supura un triunfalismo exagerado. Por un lado, todos sus compromisos se basan en el dispendio de dinero público para genéricas «políticas sociales» que lastrarán el déficit, y en volver a engañar a la ciudadanía porque el plan de Sánchez pasa por una nueva subida masiva de impuestos a la clase media. Por otro, Sánchez incurrió en un «españolismo» fingido, sobreactuado y escarmentado tras los resultados del PSOE en las elecciones andaluzas de diciembre. Lo que hizo ayer Sánchez fue un ejercicio de patriotismo impostado, ya recurrente en él anteriormente. Sánchez no tiene complejos en esgrimir una defensa de la soberanía nacional, incluso ahora que es notorio que pactó una moción de censura con el separatismo, que inició una estrategia de cesiones humillantes, que se citó con Torra medio ocultando la bandera española de la que ahora presume, y que forzó a la Abogacía del Estado a no acusar de rebelión a los golpistas.

Ayer mismo, Miquel Iceta, figura clave del entramado sanchista, abogó por un cambio de mentalidad que permita la independencia de Cataluña en el plazo de diez o quince años. Todo se andará. El líder del PSC llegó a cifrar los apoyos necesarios para fracturar España: un 65 por ciento de votos separatistas sería suficiente para ejecutar la desintegración del Estado. Sánchez iza la bandera de España mientras Iceta le pone fecha de caducidad a su escudo. La mercadotecnia puesta en marcha por el PSOE tiene su mérito porque hace gala de un profundo cinismo. Sánchez ha demostrado que España le importa poco y que, en sus cambalaches con el separatismo catalán, esa unidad de España que ahora invoca no formaba parte de sus prioridades. Como tampoco creía en la vigencia de la Constitución, cuya reforma quiso provocar. El candidato socialista representa lo peor de la política líquida y el oportunismo. Se desmarcó del bloque de partidos constitucionales que exigían la aplicación del artículo 155, y pactó con Podemos, que exige la desaparición de la Monarquía. Se ha negado a aprobar reformas penales que impidan la celebración de consultas y referendos como los que quiere el independentismo, y se ha puesto de perfil cuando sus socios de moción de censura insultaban gravemente al Rey. Por muchas banderas que enarbole, su trayectoria no engaña. Su programa electoral es fruto de una mentira compulsiva.


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