España
La princesita está hablando… ¿qué dirá la princesita? (o la orquesta del Titanic)
Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- En el teatro Campoamor de Oviedo, la princesita está hablando… ¿Qué dirá la princesita? Las palabras se escapan de su boquita de fresa, mientras habla en su silla de oro, y, en una Cataluña, olvidada, se desmaya España.
¿Tendrá pavos reales en su jardín zarzuelesco? Parlanchina, la princesita dice cosas banales, persiguiendo por el cielo de Oriente la libélula vaga de una ilusión: reinar en España.
Carrozas se detendrán a su paso, ciertamente, pero esas empapadas del sudor de los milicianos que puño-en-alto no se parecen en absoluto a príncipes de Golconda o de China, sino a guayaberos chavistas y activistas Sorianos que llevarán a nuestra dulce princesita a las playas de Estoril.
¿Quién te ofrendará rosas fragantes, mi princesita? ¿Quién te regalará claros diamantes o perlas de Ormuz? ¡Ay!, la bella princesita de la boca de fresa quiere ser reina, y contemplar desde sus ventanas a los cisnes unánimes en el lago de azur.
¡Pobre princesita de los ojos azules! Princesita dulce, que sueñas con tules y mármoles, con alabarderos y lebreles, con oros y marfiles, con coronas y «estospaises». Servir a España y los españoles, dices, enfundada en tu vestido de Felipe Varela y oro… Pero princesita, ¿sabes lo que es España? ¿Te ha contado tu papito que la corona que él lleva y la que tú aspiras a llevar se la regaló un abuelete llamado Francisco Franco Bahamonde? ¿Te ha contado alguna noche al pie de tu cama que ese señor al que tú le debes todo fue el que instauró la monarquía que tú quieres encarnar? ¿Te ha dicho que no serías princesita-boca-de-fresa si no fuera por Franco, y que, a pesar de esto, firmó un decreto para que profanen su tumba?
Y no voy a entrar en las consignas feministas del Premio Princesita, ni en los inevitables adoctrinamiento ecologistas, porque la flor de la canela se la doy por unanimidad y cum laude al arzobispo de Oviedo, que reclamó a los Reyes un gesto con los trabajadores de Vesuvius, encerrados en la Catedral para luchar por sus reivindicaciones laborales, esa que asaltaron los milicianos insurrectos durante la revolución comunista del 34. ¿Qué habría hecho el obispo si los encerrados catedralicios fueran patriotas protestando por la profanación de Franco? ¿Por qué este prelado tan solidario no pidió al Jarretero y a la Leti un gesto con los monjes del valle de los Caídos, asediados en su abadía por un apocalíptico despliegue policial, abandonados a su suerte, encerrados como están contra su voluntad no en una catedral, sino en uno de los monumentos más maravillosos de la Cristiandad?
Por supuesto, el Jarretero tampoco dijo nada sobre Cataluña ―conflicto distinto y distante―pero,eso sí, papito y princesita se deshicieron en elogios hacia Asturias Patria querida, Asturias de sus amoreeeees.
Y es que aquí no passsa nada, damas y caballeros: ¿no ven a las libélulas volanderas, a la fuente de mármol murmurar su estrofa de agua? ¿No observan acaso el suave rumor de los tules, el frufrú de los lacayos con levita trajinando manjares? ¿No aciertan caso a observar a Marlaska devorando sus hamburguesas-válgame-Dios, pues con él tampoco va la cosa? ¿No han visto acaso a la Leti, posando como una esfinge sin boquita de fresa, disfrutando del boato y los oropeles que le debe a Franco?
Princesita, la vida es bella, sonríe plenamente con tu boca de fresa, pues tu sonrisa está a salvo por el momento: que arda Cataluña, que profanen a quien te hizo princesita, que se pare el mundo, porque Asturias es muy bonita, las niñas no pueden callarse más, y hay que ser verdes para salvar nuestro planeta…
¿Te contó tu papito la historia trágica del Titanic, ese barco enoooorme que se hundió al chocar contra un iceberg mientras princesitas parecidas a ti bailaban en lujosísimos salones, al son de las bellas melodías que tocaba una orquesta? Pues mira, mientras tú decías palabras de azúcar con tu boca de fresa, ¿alcanzaste a oír la bella melodía que tocaba para ti una orquesta parecida a la del Titanic, la cual, mientras se hunde España, toca para ti, mi princesita, aquello de «Asturias, patria queridaaaaaa…».
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

Anonimia
20/10/2019 at 16:17
Nauseabundo artículo: no son modales de caballero, sino de pederasta reprimido, el hablar en esos términos de una niña.
Lx7qK23CMx
20/10/2019 at 11:38
Nauseabundo artículo: no son modales de caballero, sino de pederasta reprimido, el hablar en esos términos de una niña.