Sociedad
La socialdemocracia ha muerto y lo que queda es mafia al servicio de las élites. Por Francisco Rubiales
El socialismo democrático o socialdemocracia fue un intento fallido que murió tras el derribo por los ciudadanos del Muro de Berlín. A partir de entonces, tras su práctica desaparición en Francia, Alemania e Italia, los restos de la socialdemocracia se transformaron en una mafia organizada para ordeñar al Estado, vivir de los privilegios del poder y ayudar al comunismo en su lucha por conquistar el mundo.
En España, esa transformación del socialismo es hoy una mafia de poder y en una muleta del comunismo gobernada por un Pedro Sánchez desenfrenado, capaz de cruzar todas las líneas rojas y de patear la democracia a diario.
La degeneración se percibe con una claridad asombrosa en el «sanchismo», un socialismo degradado que incumple sus promesas, miente, ha arrojado por la borda sus principios y gobierna con los comunistas, luchando por construir un mundo dictatorial sin democracia, muy próximo al derrotado comunismo de la URSS.
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Basta con analizar el sanchismo para descubrir que no tiene parecido alguno con aquella socialdemocracia que defendieron Billy Brand, Mitterrand, Bettino Craxi y Felipe González, entre otros, un sistema que creía algo en la democracia, en algunos valores y en el amor a la propia nación.
La caída del Muro de Berlín causó no el hundimiento del comunismo, sino el de la socialdemocracia. El comunismo se escondió y se camufló para destruir la democracia y cambiar el mundo. Se agazapó en otros partidos, las universidades, la sociedad civil y las ONGs, entre otros puestos de combate disimulados, mientras que la socialdemocracia se hacía pedazos y se extinguía ante la evidencia de que el comunismo era una monstruosidad intolerable para la civilización humana, quedando en el olvido el esplendor socialista de Francia y Alemania, donde esa doctrina política fue influyente y hegemónica durante largos años.
Los analistas son casi unánimes a la hora de señalar la causa principal del desastre: el socialismo siempre muere de corrupción, una enfermedad mortal para toda la izquierda marxista. El comunismo supera la corrupción gracias a la tiranía, pero la socialdemocracia, obligada a vivir en ambientes de libertad y libre información, no puede nunca superar.
Por eso, Pedro Sánchez, consciente de que la verdad es su gran enemigo, dedica grandes sumas de dinero público a comprar medios de comunicación y periodistas, a los que convierte en promotores de la mentira y tapaderas de la verdad.
Los partidos socialdemócratas de Francia, Italia y hasta el español de Felipe González se hundieron a causa de las grietas que produjo en su carcasa la corrupción. En Alemania el socialismo, corrompido, ha tenido que atravesar un desierto durísimo hasta hoy, donde intenta renacer muy debilitado.
En España, el socialismo de Zapatero, ganador del poder gracias a un atentado terrorista que conmocionó al electorado, ya no era socialdemócrata sino un remedo corrupto y camuflado del comunismo, que se mantenía con aparente vigor sólo porque había mucho dinero y privilegios para repartir en el gobierno, desde donde realizó una labor de constante contaminación de la sociedad y de acoso a la democracia que ha culminado con la toma del poder por el monstruo Pedro Sánchez, un tipo que encarna toda la bajeza y suciedad del nuevo socialismo comunistoide y totalitario, ajeno por completo a la democracia.
A pesar de su poder, el nuevo socialismo de Pedro Sánchez es nada mas que un espejismo que sólo sobrevive porque la sociedad española se ha vuelto cobarde y tolera abusos, arbitrariedades, injusticias y suciedades hasta más allá de lo razonable.
Detrás del artificial optimismo de Sánchez, alimentado con dinero público y privilegios tiránicos, está la enfermedad infecciosa, contraída en tiempos de Felipe González, cuando el gobierno no sólo alcanzó niveles de corrupción desconocidos en Europa, sino que, además, sobrepasó la línea roja de la decencia política cuando el GAL asesinó a terroristas en nombre del poder político.
El «sanchismo» ha cruzado todas las líneas rojas de la democracia, desde la rotura de la separación de los poderes básicos del Estado hasta el desprecio a los controles al poder y el respeto a la voluntad popular, y solo se mantiene con aparente pujanza gracias a tres factores claves: la incapacidad de los españoles para defender la democracia, la abundancia de dinero corrupto, que el sanchismo emplea para comprar votos y voluntades de manera obscena y masiva y el apoyo directo de las élites mundiales que controlan el poder desde la oscuridad, que han descubierto que el sanchismo es la mejor vía para alcanzar sus objetivos de una tiranía mundial inamovible gobernada por los multimillonarios desde las sombras.
Francisco Rubiales
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
