Sociedad
¿Destruirán la Cruz del Valle de los Caídos? Porque desde luego, no serán los «españoles democráticos» quienes la defiendan
La izquierda radical pretende desalojar a la actual comunidad benedictina del Valle de los Caídos y derruir la Cruz, la más alta del mundo
Fue allá por 2007 cuando el mundo entero se horrorizó al tener conocimiento de una barbarie nunca antes vista: Milicianos talibanes destruyeron las colosales estatuas de Buda que habían sido esculpidas en roca entre los siglos III y IV en la provincia de Bamiyán (Afganistán).
Un crimen de lesa cultura que –guardando las debidas proporciones- pudiera compararse con la posible destrucción del Partenón, de las pirámides de Egipto, del Coliseo de Roma, de las pirámides de Teotihuacán, de las ruinas de Machu Pichu o de la catedral de Notre Dame.
En este 2023 se cumplen dieciséis años de aquella salvajada cometida por los talibanes y ahora vemos con gran preocupación como algo mucho peor pudiera repetirse en el Valle de los Caídos (Madrid, España)
El caso es que, debido a la Ley de Memoria Democrática recientemente aprobada por el Congreso, no solamente se acabaría con la Abadía benedictina del Valle de los Caídos sino que se destruiría también la Cruz más alta de la Cristiandad.
La Abadía benedictina del Valle de los Caídos no es solamente un refugio espiritual para monjes cuya vocación los ha llamado a dedicarse a la vida contemplativa.
Nada de eso. La Abadía benedictina es un importante centro de estudios de la Doctrina Social de la Iglesia a la vez que da vida a una Escolanía donde los jóvenes que ala integran no solamente adoran a Dios cantando sino que aprenden al mismo tiempo un oficio con el cual pueden ganarse honestamente el pan nuestro de cada día.
Asimismo, el Valle de los Caídos –donde se encuentran la Abadía y la Cruz monumental- es un inmenso cementerio donde están sepultados más de 30 mil fallecidos durante la Guerra Civil Española (1936-1939).
Los restos de los allí sepultados pertenecen a quienes militaron en ambos bandos puesto que cuando fue construido tan impresionante conjunto monumental lo que primordialmente se buscó fue la reconciliación de todos los españoles.
La basílica es la más larga del mundo puesto que mide 260 metros de longitud. Se comenzó a excavar en 1940 bajo el risco de la Nava y se concluyó en 1958.
En lo que a la Cruz se refiere –la más alta del mundo- cuenta con 152 metros de altura y es visible a más de 40 kilómetros de distancia. La longitud de sus brazos es de 46 metros.
Pues bien, debido a que una coalición social comunista es la que en estos momentos desgobierna España, la Abadía está a punto de desaparecer.
Y por si eso no bastase, la Cruz que la identifica corre el riesgo de ser dinamitada.
Si eso ocurriera se retrocedería en el tiempo, concretamente a las épocas amargas de las persecuciones contra el Cristianismo que tuvieron su máximo rigor en tiempos de Diocleciano y que arreciaron con el fanatismo musulmán y con el totalitarismo comunista.
Repetimos: La Ley de Memoria Democrática –aprobada por los seguidores de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Yolanda Díaz y demás militantes de PODEMOS- tiene como objetivo no solamente acabar con el Valle de los Caídos como basílica benedictina y lugar de oración.
Dicha Ley de Memoria Democrática persigue también destruir una Cruz monumental que está formada por 45 mil toneladas de hormigón, 8 mil toneladas de hierro y que puede soportar vientos de hasta 340 kilómetros por hora.
El simple hecho de que no exista otra Cruz similar en el mundo es más que suficiente para demostrar su valor; por algo son más de un millón de personas quienes anualmente la visitan.
Y volvemos a repetir la idea medular: Pedir el cierre del Valle de los Caídos así como que se destruya la Cruz es un acto de salvajismo superior al que cometieron los talibanes contra las estatuas de Buda en Afganistán.
Un crimen de lesa cultura comparable a la demolición de la pirámide Chichén-Itzá, el Golden Gate de San Francisco o la Torre Eiffel de París.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

