España
La terrible verdad de los Brigadistas Internacionales que homenajea la Ley de Memoria Democrática
[E]n España todavía se defiende una imagen idealizada de las Brigadas Internacionales. Se inició cuando en 1996, el presidente del Gobierno, José María Aznar, ofreció la nacionalidad española a los brigadistas. Del mismo modo el actual Gobierno de Pedro Sánchez aprobó en Consejo de Ministros la concesión de la nacionalidad española a los brigadistas internacionales supervivientes. Sin embargo, estos homenajes hacen palidecer a los historiadores de los países que sufrieron la represión comunista durante décadas. Los miembros de las Brigadas Internacionales que ocuparon cargos de responsabilidad política, militar y policial fueron varios centenares, pero el recuerdo que trasmiten a sus compatriotas es de verdadero terror.
Las Brigadas Internacionales fueron una organización militar que fue gestionada desde la Internacional comunista, directamente desde Moscú, aunque fueron los partidos comunistas, esencialmente el francés, el que procedió a la recluta de sus 40.000 miembros, en su mayor parte vinculados con el comunismo, aunque también participaron combatientes procedentes de otras formaciones revolucionarias. Su lucha era contra el fascismo, aunque los nacionales no lo fuesen, pero tampoco ellos querían implantar la democracia, sino un régimen comunista. El armamento y sus cuadros dirigentes fueron estalinistas. El diputado francés Andre Marty, organizador de las brigadas, sería apodado el carnicero de Albacete por sus numerosos asesinatos. En su informe al Comité Central del Partido Comunista Francés, afirmaba su responsabilidad en el asesinato de quinientas personas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, aquellos combatientes fueron el elemento humano del cual se nutrieron los nuevos cuerpos de seguridad fundados por los soviéticos, tomando como modelo al NKVD (policía política soviética). El final del conflicto mundial trajo la partición de Europa, y su parte oriental fue organizada como repúblicas comunistas bajo la dirección de sus nuevos amos. El alumno más aventajado en la represión será la RDA, (República Democrática Alemana) donde los «españoles», aquellos comunistas estalinianos coparon los puestos de represión. Wilhelm Zaisser, quien ya trabajaba para los servicios de inteligencia de la Unión Soviética antes de la Guerra Civil, sirvió en las BBII como «General Gómez», estando al mando de la XIII Brigada Internacional. En 1950 formó parte del Politburó y el Comité Central del Partido, siendo elegido el primer ministro para la Seguridad del Estado (la Ministerium für Staatssicherheit), conocida como Stasi. Su adjunto fue el general Erich Mielke, quien había asesinado en 1931 a dos policías durante la época de la república de Weimar, participando en España como agente del NKVD. En 1957 tomará el mando de la Stasi hasta 1989, siendo el verdadero responsable de la creación del sistema más opresivo del bloque soviético. La Stasi llegará a tener a 85.000 agentes bajo su mando y el doble como colaboradores ocasionales, que espiaban a sus familiares y vecinos.
Los nuevos cuerpos de seguridad fundados por los soviéticos, tomando como modelo al NKVD (policía política soviética)
Otro brigadista germano fue Friedrich Dickel, quien será el ministro del Interior desde de 1963 hasta la caída del muro de Berlín, siendo corresponsable del asesinato de 192 personas que intentaron cruzarlo al oeste, y de la represión en el país. Otro importante mando será el general Karl-Heinz Hoffmann, quien sirvió como comisario político en la XI Brigada Internacional. En 1949 fue inspector general de la «Volkspolizei» (VP) y el fundador de las fuerzas armadas de la Alemania comunista, en 1960 se convertirá en ministro de Defensa de la RDA. Los tres ministerios responsables de la seguridad (Interior, Seguridad del Estado y Defensa) estuvieron a cargo de antiguos brigadistas, que celebraron el 18 de julio como día festivo dedicado a las Brigadas Internacionales.
En el país vecino, Polonia, también los veteranos de la XIII Brigada Dąbrowski se harán tristemente famosos. El más famoso fue Karol Świerczewski, conocido como general Walter en España, aunque siempre luchó como oficial soviético durante la Guerra Civil Rusa, la Guerra Polaco-Soviética, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. En febrero de 1946 Świerczewski alcanzó el cargo de Ministro de Defensa de Polonia por orden de Josef Stalin. Durante su mandato como ministro fue responsable de la persecución contra la oposición anticomunista polaca y la nacionalista ucraniana. Perecerá en una emboscada de estos últimos en 1947.

Otro brigadista será el general Grzegorz Korczyński, quien fue viceministro de seguridad pública (1946-1948), para aquel momento había sido responsable de un progromo en el pueblo de Ludmiłówka, durante la Segunda Guerra Mundial, donde eliminó a un centenar de judíos fugitivos de los nazis, después fue el responsable de la represión contra la oposición anticomunista en la zona de Lublin, participando dos años después en la «operación Vístula» que dispersó a la minoría ucraniana y eliminó a sus grupos armados. Fue también jefe de la Segunda Dirección del Estado Mayor del Ejército Polaco (1956-1965), encargado de la Inteligencia Militar y de la Seguridad nacional, mandando en diciembre de 1970 las unidades del ejército polaco que dispararon contra los obreros que se manifestaban contra el régimen, provocando la muerte de unos cuarenta de ellos, lo que provocaría su traslado a la embajada de Argelia. Uno de sus subordinados será Wacław Komar, en realidad Mendel Kossoj, veterano brigadista y jefe del Servicio de Inteligencia Militar y comandante del Cuerpo de Seguridad Interna de Polonia (KBW) hasta 1967, cuando los judíos fueron relegados de sus cargos de responsabilidad por una campaña oficial contra el sionismo.
Hungría será otro país satélite donde los antiguos brigadistas pondrán el rostro más terrible de la represión. El más importante será Erno Gerö, la segunda figura del comunismo estaliniano magiar, después del temido lacayo de Stalin, Mátyás Rákosi. Erno Gerö, en realidad su nombre era Ernst Singer, fue conocido en España como Pedro Rodríguez Sanz, y fue asesor del Partido Socialista Unificado de Cataluña y responsable de la NKVD en Cataluña, donde se dedicó a la eliminación de Andreu Nin y los militantes del POUM, por su desviacionismo trotskista. Durante la Revolución Húngara de 1956 Gerö será el hombre de Moscú contra sus compatriotas. Su servilismo será tan claro, que tendrá que refugiarse en la URSS, siendo reemplazado por János Kádár como nuevo líder colaboracionista de los soviéticos en el país magiar.
Otro veterano será László Rajk, encargándose de la represión y asesinato de los opositores anticomunistas y religiosos, estimándose en unos 1.500 los asesinados bajo su responsabilidad
Otro brigadista húngaro será András Tömpe, quien fue el fundador del departamento de la policía política Húngara de la nueva República Popular. Sin embargo, entrará en conflicto con uno de los poderosos comunistas estalinianos Gábor Péter, quien le sustituirá como director de la recién fundada Államvédelmi Hatóság (ÁVH), la NKVD húngara. Tömpe ocupará cargos diplomáticos en Suramérica donde hizo una gran fortuna. Otro veterano será László Rajk, antiguo comisario político del Batallón Rakosi de la XIII Brigada Internacional, fue organizador a las órdenes de Péter de la Államvédelmi Hatóság (ÁVH), convirtiéndose en 1946 en ministro del Interior, encargándose de la represión y asesinato de los opositores anticomunistas y religiosos, estimándose en unos 1.500 los asesinados bajo su responsabilidad. Sin embargo, László Rajk será acusado de titismo por Mátyás Rákosi, quien temía que lo sustituyese en el poder. El temido ministro fue detenido y juzgado, siendo ejecutado el 15 de octubre de 1949. Entre los casos de represión más sonoros había procedido al arresto y tortura del cardenal József Mindszenty, primado de la Iglesia católica.
Entre los veteranos brigadistas con mayor trayectoria política en el país danubiano estará Ferenc Münnich, otro comisario político del Batallón Rakosi de la XIII Brigada Internacional y después comandante de la XI Brigada Internacional en 1938. Fue jefe de la policía de Budapest, de 1945 a 1949, llegando a ministro con el comunista disidente Imre Nagy, pero huyó al lado soviético, con el estallido de la revolución de 1956. Después de la invasión soviética, formó parte del equipo colaboracionista de János Kádár como ministro de la Seguridad Pública y de las Fuerzas Armadas, siendo el responsable de la represión de los rebeldes de 1956. Bajo su mandato organizó las Munkásőrség, la fuerza paramilitar del Partido Comunista. Su labor será premiada con el cargo de primer ministro de Hungría de 1958 hasta 1961.
En otros países los veteranos brigadistas también ocuparán cargos de relevancia como el albanés Mehmet Shehu que fue presidente del Consejo de Ministros de la República Popular de 1954 a 1981. Antes de su máxima responsabilidad ejecutiva, fue ministro del Interior (1948-1954), y fundador de la Sigurimi (policía política). Se suicidó en 1981. Al otro lado de los Balcanes, destacará Karlo Lukanov como viceprimer ministro de Bulgaria, quien fue oficial de la XI Brigada internacional, estableciéndose en la URSS, de donde regresaría a su país como colaboracionista de los soviéticos, donde será ministro de Asuntos Exteriores de 1956 a 1962, después de ocupar la vicepresidencia del gobierno.
Con esta descripción del fuerte protagonismo que tuvieron los brigadistas en los aparatos represivos de los países socialistas, podemos entender por qué en esas naciones, recobrada la democracia, las calles que estaban denominadas con letreros acerca de las Brigadas Internacionales o sobre sus más destacados militantes, hayan sido eliminadas, al ser juzgadas como un ejército político que propiciaba el establecimiento de un Estado totalitario incompatible con la democracia.
José Luis Orella
Profesor titular de Hª Contemporánea de la Universidad San Pablo CEU.
Fundación Francisco Franco.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.


