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Opinión

Liquidación final

Redacción

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Jesús Laínz (Reproducido).- Los canallas, sinvergüenzas, desalmados que se asientan en la Moncloa, aterrados ante las consecuencias mortales de sus gravísimos errores, llevan varios días desviando la atención del incauto pueblo español señalando con el dedo a la Monarquía como si fuese la culpable de todos nuestros males. Menos mal que por esta vez el culpable no es Franco. Bueno, al menos directamente, porque indirectamente también.

La primera medida que tendría que tomar el líder supremo del partido que acaba de jalear la cacerolada contra la Monarquía ¿no tendría que ser dimitir del cargo de vicepresidente de un Gobierno de la Monarquía? Cuando Niceto Alcalá-Zamora, ministro de la Monarquía, fue llamado por Primo de Rivera en 1928 a ocupar un puesto de consejero de Estado, renunció a ello públicamente y aprovechó para recomendarle su dimisión. Aquella renuncia, aparte de dotarle del prestigio que tanto le serviría para acabar siendo designado jefe del nuevo régimen republicano, le permitió afear al PSOE su oportunismo por no haber tenido inconveniente en gozar durante la dictadura del doble privilegio de haber sido el único partido tolerado y de que Largo Caballero hubiese ocupado un puesto en el Consejo de Estado.

¿Por qué no sigue Iglesias el ejemplo de Alcalá-Zamora? Porque éste fue un hombre honrado, coherente y con vergüenza. Y porque concibió la actividad política como un servicio a la patria, no como un medio de medro personal y de materialización de su resentimiento.

Evidentemente, ya que Iglesias jamás tomará esa decisión, corresponde a Sánchez tomarla en su lugar destituyéndole. No tomarla implica complicidad en el ataque a la Monarquía.

La izquierda es experta en explotar el dolor y las desgracias, cuando no en provocarlas, para sus fines partidistas. «Debemos politizar el dolor, que el dolor se convierta en propuestas para cambiar la realidad»: son palabras de Pablo Iglesias. Y así, en este momento de dolor, la izquierda intoxica la opinión pública deduciendo de los chanchullos fiscales privados de Juan Carlos I la necesidad de liquidar la Monarquía. ¡Magnífica manera de razonar, vive Dios! Habrá que deducir, pues, que los chanchullos diamantíferos de Giscard d’Estaing y malversadores de Jacques Chirac exigen, con mayor razón aún por tratarse de caudales públicos, la liquidación de la República francesa. Aunque también podrían haber adelantado nuestros vecinos franceses liquidándola ya en 1887, cuando su presidente Jules Grévy tuvo que dimitir al descubrirse que su yerno, con cómplices en el Alto Estado Mayor y en burdeles finos, usaba el palacio del Elíseo para vender la Legión de Honor y otras condecoraciones. Por no hablar de una República italiana manchada hasta en sus más altas instancias, desde hace décadas, por numerosos delitos dinerarios y mafiosos. Liquidémosla también.

Pero, regresando a España y a Pablo Iglesias, habrá que empezar liquidando Podemos, ese partido oscuramente financiado por iraníes y venezolanos. Y habrá que continuar liquidando el partido de los cien años de honradez, el partido de Filesa, Flick, Juan Guerra, Roldán, AVE, cursos de formación, ERE y mil latrocionios más, cuyo botín multiplica en muchos ceros los chanchullos fiscales privados de Juan Carlos I. Efectivamente, lo mismo puede achacarse al PP de las mil corrupciones, pero en esta ocasión los protagonistas son los partidos gobernantes por haber puesto en su diana a la Monarquía.

Y no olvidemos, por supuesto, a sus socios separatistas, empezando por el Molt Honorable ladrón supremo, Jordi Pujol, y por la Generalidad del 3%. ¿Para cuándo la cacerolada promovida desde el Gobierno para exigir la liquidación de la comunidad autónoma catalana?

Y de paso, para exigir la liquidación del conjunto del Estado de las Autonomías, esa gran cloaca de despilfarros identitarios, traiciones y corrupciones por la que se ha ido una cantidad desesperantemente grande de riqueza nacional que tanto necesitaríamos ahora en forma de hospitales y otros medios para el bien de todos los ciudadanos.

Con su asedio a la Monarquía, la izquierda, que ya rompió la baraja en los tiempos de la memoria histórica zapateril, está abriendo con inmensa irresponsabilidad la caja de Pandora. Luego vendrán los llantos.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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