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Opinión

Eros y Tánatos

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En la revolución de mayo del 68, la metafísica del Eros y el Tánatos, el amor y la muerte, fue un clásico. Al celebrarse el medio siglo de esa gran movida en la que iba incluida la pederastia con su buena aura de santidad, puesto que era la “singularidad” celebrada de algunos líderes (nos lo recuerda Benedicto XVI), nadie se ha acordado del tánatos, del tributo de muerte que se cobraría la entrega desenfrenada al eros, es decir al hedonismo a cualquier precio. Efectivamente, precio de muerte.

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Porque en la medida en que se aceptaba la represión del eros, en esa misma medida se eludía el elevadísimo precio de muerte que finalmente se ha tenido que pagar por haber soltado al eros dejándolo sin ninguna atadura. En la naturaleza las cosas son así. El Eros va totalmente suelto y libre, sin represiones. Pero ahí todos saben que cuanto más recio sea el festival fornicativo, más solemne y abundoso será el tributo a la muerte: ya sea alimentando a los dioses predadores, ya sea sufriendo la incapacidad de disponer de recursos alimentarios para la totalidad de la vida que ha producido en tanta abundancia un eros desenfrenado. No hace falta ser muy sabio para llegar a esta conclusión.

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El gran gurú de esa movida del 68, Herbert Marcuse, en su obra Eros y Civilización, ya advierte que la educación para el consentimiento de la muerte introduce un elemento de rendición dentro de la vida desde el principio; un elemento de rendición y sumisión. Y añade una interesante reflexión: La muerte es un signo de la falta de libertad, es un signo de derrota.

Obviamente Marcuse no pensaba en la muerte “administrada” por los poderes que rigen la sociedad, sino en la muerte que avanza por sí misma, sea cual sea la administración de la vida. Pero se acerca a ello cuando dice de forma desgarradora que: “El silencioso “acuerdo profesional” sobre el hecho de la muerte y la enfermedad (ojo con el “acuerdo profesional” sobre estas dos cuestiones) es quizá una de las más amplias expresiones del instinto de muerte (instinto colectivo obviamente) -o mejor de su utilidad social.

Muy serio es eso de la utilidad social de la enfermedad y la muerte. Serio y profético, hay que añadir. Utilidad social. Y prosigue Marcuse, más descarnado aún: En una civilización represiva, la muerte misma llega a ser un instrumento de represión. En eso andamos. Y vale la pena que nos detengamos en este grandioso festival-aquelarre de muerte que nos están ofreciendo hoy los que intentan gobernarnos en adelante. Muerte es lo que ofrecen en mayor abundancia: muerte prenatal, con extrema violencia, para que la conciencia de esa violencia gestionada desde el poder, haga a la gente totalmente dócil a ese poder que tan sabiamente administra la justificación psicológica y penal de la muerte. Y a la administración de la muerte a los no nacidos, al servicio del desenfreno del eros (a menudo, un desenfreno impuesto), hay que añadir el gran festival de muerte que nos prometen los políticos más progresistas (en el progreso, entran también los vientres de alquiler) a cuenta de los ancianos para los que la ancianidad se ha convertido en una enfermedad terminal, y a cuenta de otros enfermos terminales (la terminalidad, ya ves, es tremendamente elástica). La experiencia está avanzando en Europa a pasos agigantados. Cada vez son más los eutanasiables (viejos y enfermos incurables que se pueden considerar y en efecto se consideran en muchos casos como terminales), igual que cada vez ha sido mayor el número de abortables (hasta se prepara en esta Europa tan avanzada ¡y tan decrépita!, legislación para la eutanasia post parto).

Es que una vez que se deja ir uno por el plano inclinado, lo más natural es seguir cayendo.

Poco se imaginaban Marcuse y compañía que en pocos decenios, la alianza entre Eros y Tánatos iba a ser tan íntima. Fueron en primer lugar el aborto y el infanticidio prenatal, puestos sin el menor escrúpulo al servicio de la más absoluta libertad sexual del hombre (convenientemente agazapada tras la impuesta libertad sexual de la mujer: un género singular, la “libertad impuesta”), los que abrieron de par en par las puertas de la muerte. Y puesto que el ensayo funcionó a pedir de boca, lo que procedía era continuar por la pendiente. Después de haber ensayado con éxito el asesinato de los más pequeños (con el respectivo blanqueo del nombre, para así blanquear las conciencias), proceder sin miramientos al asesinato de los demasiado viejos y demasiado enfermos. De nuevo con el respectivo blanqueo del nombre: “eutanasia”.

Ya no hace falta que recurramos a san José como patrón de la buena muerte, ni que en cada Avemaría imploremos el ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Ya no hace falta, porque la superioridad moral de la izquierda nos hace de patrón de la buena muerte. Son ellos los que se cuidan de hacernos morir bajo sus excelsas normas; ellos los que administran nuestra vida, nuestra enfermedad y nuestra muerte, de manera que, como dice Marcuse, en una civilización represiva, la muerte misma llega a ser un instrumento de represión. Y claro, es el recuerdo de la culpa acumulada de la humanidad contra sus víctimas, el que oscurece la posibilidad de una civilización sin represión. Terrible diagnóstico, estremecedora profecía del gurú de la revolución de Mayo del 68. El recuerdo martilleante de la horrible acumulación de infanticidios y la espeluznante expectativa de tantos asesinatos de ancianos eutanasiados, oscurece con negrísimas sombras la posibilidad de una civilización sin represión. ¡Adónde vas, vieja Europa con tanto atropello!

Vamos hacia el totalitarismo: y lo que con más fuerza nos está empujando a él son los crímenes de los que los políticos aprendices de totalitarios, han hecho cómplice a toda la sociedad. Es dificilísimo que la sociedad se sacuda de encima esa losa que la oprime. Es que la conciencia (la mala conciencia: mala conciencia por más que se la blanquee) va haciendo su trabajo de zapa y minando la resistencia al totalitarismo. Y el clero (alto y bajo) -salvo honrosas excepciones- guarda silencio, ¡qué triste pena!, como el Ebro al pasar por el Pilar.

Puesto que sobran ejemplos respecto a la inmoralización y desmoralización de la sociedad mediante la práctica del aborto, traigo a colación un par de ejemplos respecto a la fuerza inmoralizante y desmoralizante de la eutanasia. Supe de una señora que andaba bastante holgada de recursos, pero no tanto como para poder afrontar los gastos de una persona que cuidase a sus padres, ya de provecta edad, que al no valerse ya por sí mismos a causa de una caída, se trasladaron a vivir a casa de la hija. Anduvo ésta dando voces por ver si daba con alguien que por un sueldo moderado pudiera vivir con sus padres y atender a sus necesidades de cuidado. Y entretanto los tenía en su casa. Al alargarse en exceso la búsqueda, parece que la mujer no pudo resistir más esa situación; y resultó que con una distancia de cuatro días, murieron ambos de accidente natural en casa de la hija. Nadie le preguntó nada; pero se creó en torno a ella un incomodísimo clima de sospecha. No la conciencia de la mujer, sino la de su entorno enrareció las relaciones, de manera que se fue quedando cada vez más sola. La sospecha de la aplicación de la eutanasia a sus padres, hizo que la gente no se atreviera a mirarla a la cara. Y casos, sobre todo de mujeres que después de haber “facilitado” en el hospital la eutanasia de su padre o su madre terminal han quedado con un gran agujero negro en la conciencia, se dan cada vez más. Es que tan duro es para un hijo pronunciar la sentencia de muerte de su padre o de su madre sólo porque ya les queda poca vida, como para una madre pronunciar la sentencia de muerte de su hijo porque aún no ha nacido. Esas cosas mellan terriblemente la conciencia y desarbolan a la persona. Con esas prácticas somos más vulnerables y es más fácil tenernos sometidos.

En esta felicísima alianza entre Eros y Tánatos de nuestra modernidad que avanza como una división de panzers, matar niños y viejos es una trivialidad. Para el mundo que nos está construyendo el progreso, hay cosas mucho más importantes. Y sí, claro, el silencio y la inacción de los buenos, son indispensables para que prosperen estos regalos envenenados que le hacen a la sociedad sus dirigentes.

Si en la dialéctica eros-tánatos y en la lucha entre el hedonismo y el respeto a la vida, es la muerte la que acaba llevándose el gato al agua, es que nos hemos sumergido ya en un sistema totalitario del que no nos dejará huir una conciencia tan decididamente aliada con la muerte más vil.


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Opinión

Pasa el ángel exterminador (3): sobre langostas de Abbadón y Pachamamas

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- En la mentalidad antigua, las calamidades que se abatían sobre un pueblo se consideraban como un castigo divino por los pecados colectivos, a través del cual se mostraba el Dies Irae, la ira de Dios ante una colectividad pecaminosa que se había apartado del sendero recto. Desde este enfoque escatológico, las guerras devastadoras acabadas en derrota, las sequías, las hambrunas, los desastres naturales, las plagas y las epidemias eran consideradas como una manifestación de la justicia divina ante un pueblo sumido en el delito.

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El Diluvio, la devastación de Sodoma y Gomorra, la Peste Negra… desastres incontables fueron juzgados por sus coetáneos como demostración de la ira divina.

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Y no solamente se veían de esta manera las catástrofes colectivas, sino que incluso había un conjunto de enfermedades que por su especial carácter también se consideraban como reflejo de un castigo divino por la impiedad del que la sufría, o incluso de algún ascendiente. El caso más significativo es el de la lepra.

Como expresión de esta mentalidad, surgió el mito del llamado «ángel exterminador», una entidad preter o sobrenatural que hacía de verdugo, de ejecutor implacable de las sentencias divinas condenatorias, entidad de naturaleza ambigua, ya que no se tenía demasiado claro si era celestial o infernal, un ángel o un demonio. Como es lógico, si lo que exterminaba esa entidad era los enemigos del pueblo o los enemigos de Dios, se la consideraba como celestial, mientras que cuando sucedía lo contrario pasaba a ser un ente infernal.

Realmente, en los dos casos estamos ante un ser angélico, ya que los demonios son precisamente ángeles, pero caídos, pertenecientes a la legión que, al mando de Lucifer, se rebeló contra el mismo Dios.

¿De qué manera ejecutan estos ángeles exterminadores los decretos divinos o los planes luciferinos para dañar a la humanidad? Considerando el asunto fríamente, incluso los más denodados ataques diabólicos contra la humanidad sirven al plan de Dios, que se vale de esta estrategia para purificar al ser humano y separar el trigo de la cizaña, acrisolando a través del fuego del sufrimiento, de la tentación, del espanto, de la muerte… Es así como sobre los páramos de la historia han cabalgado desde tiempo inmemorial los cuatros jinetes del apocalipsis: la Conquista, el Hambre, la Guerra, la Muerte (o la Peste).

La Peste… cabalgando un caballo bayo, con una guadaña en la mano, seguido por el Hades: «Y el hades le seguía, y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra». (Ap. 6,7-8)

Junto a estos jinetes apocalípticos, destaca la figura del ángel exterminador más famoso, conocido en la Biblia con el nombre de Abbadón: «Y tenían sobre sí al ángel rey del abismo, cuyo nombre hebreo es “Abaddon”, en griego “Apollyon”» (Ap. 9, 11).

El nombre de Abbadón proviene de una raíz hebrea que quiere decir «ruina, destrucción o perdición», por lo cual el apodo de Abbadón se puede traducir como «el exterminador», y como «el ángel exterminador».

Según la creencia, Abbadón fue uno de los principales ángeles que acompañaron a Lucifer en su rebelión, responsable de incitar a la orgía y la ilegalidad en los líderes, causando el desconcierto, la muerte y la destrucción a nivel universal, motivado por su maldad y su crueldad, que utiliza para destruir la raza humana, deseando asesinar hasta el último ser humano que quede sobre el planeta, en especial aquellos que no tengan impreso en la frente el sello de Dios.

Desde su origen angélico encargado de la justicia divina, con poder para exterminar las culpas y pecados cometidos por los demonios, Abbadón, al ver que los humanos cometían muchas culpas y pecados constantemente, solicitó permiso para descender a la Tierra y escarmentar a los pecadores, solicitud que le fue denegada.

Ante esa negativa, Abbadón tomó la decisión de destruir sin piedad a los pecadores con la muerte de miles de personas, inclusive inocentes, sin importarle cuál había sido la falta cometida.

Derrotado por arcángel San Miguel, Abbadón vive en el infierno como gran gobernador de los demonios.

Además de como un personaje ambiguo entre lo celestial y lo infernal, con el nombre de Abbadón se nombra en los textos sagrados un abismo donde salen los demonios.

Especialistas del mundo de la demonología de afirman que Abbadón es el promotor de las guerras, hostilidades y catástrofes, incluidas las pandemias, estando bajo su gobierno las legiones de plagas que tendrán un gran protagonismo en el Armageddón, en especial las plagas de las langostas, la legión con más fuerza y poder entre todas las tinieblas, langostas que no hay que et identificar con los insectos depredadores, sino más bien con un ejército de engendros monstruosos, guerreros infernales que se enfrentarán a las legiones celestiales en el Apocalipsis, y que previamente torturarán a los seres humanos durante cinco meses.

Aplicando la cosmovisión antigua al tiempo actual, ¿puede considerarse la pandemia del coronavirus como un castigo divino a una humanidad apóstata, enfangada en el infecto muladar de la depravación moral, de la perversión de costumbres, de la degeneración monstruosa del materialismo? ¿Son acaso los maléficos virus la viva encarnación de las langostas de Abbadón?

Según Bergoglio, no, pues hace días, en el transcurso de una entrevista que le hizo el presentador impresentable Jordi Évole, preguntado sobre si esta pandemia es una «venganza» de la naturaleza, Bergoglio respondió: «Hay un dicho, que vos lo conocés. Dios perdona siempre. Nosotros perdonamos de vez en cuando. La naturaleza no perdona nunca. Los incendios, los terremotos… la naturaleza está pataleando para que nos hagamos cargo del cuidado de la naturaleza».

Lo que se trasluce de estas sorprendentes palabras ―por no emplear otro calificativo― es que Dios no castiga ―como mantienen ya muchos teólogos, encabezados por el ínclito Leonardo Boff―, sino que quien castiga es Gaia, la Madre Tierra, un ente inserto en un lugar de honor en la «New Age», que maltrata a los humanos depredadores que la explotan, la mancillan, la ensucian, la contaminan…

Es el llamado «síndrome Greta Thunberg», virus letal que devasta mentes y conciencias, y que tuvo su explosión más majestuosa en la ceremonia de homenaje a la «Pachamama» realizada en el Vaticano. Esa Pacha es la diosa incaica que encarna la Madre Tierra, un bocado exquisito para quien adoptó el nombre de Francisco porque es el santo del ecologismo, el del hermano lobo, el más «pachamamo» del santoral.

Y es que hay «pachamamas» y «pachapapas», con lo cual la Madre Tierra se ha convertido en «Ángela exterminadora», en una «Abbadona» de tomo y lomo, que nos golpea con sus zarpas, que con sus pataletas nos arroja al abismo de los coronavirus, dándonos puntapiés en salva sea la parte.

Pachamama transmutada en una diosa pagana, con estatua representada por Venus al estilo Willendorf, solo que con mil pies en vez de mil pechos, pataleando sin cesar para sacudirse a los molestos humanos que la deshonran.

Pues venid y vamos todos, ofreciendo frutos, incienso y cantos a esa diosa de las langostas, haciendo franciscanadas, con guirnalditas en el cuello entre vaharadas de incienso dulzón.

Venid, pachamameros, y tendréis un refugio, ahora que han cerrado las iglesias, que no se pueden oficiar misas, que no hay sacramentos… En dos mil años de historia nunca se había prohibido el sacrificio perpetuo, dos mil años en los que la humanidad ha sido devastada por plagas mucho peores que el coronavirus, en las cuales las iglesias abrían día y noche para dar refugio, para consolar a los sufrientes, para salvar las almas de la gente atemorizada ante su posible muerte. Sin embargo, ante un virus con mortalidad del 2% e incluso menos, se cierran las iglesias, porque las beatas y los pocos fieles que acuden a las misas de diario, separados por bastantes metros, son una posible fuente de contagio.

En aquellos tiempos, cuando había epidemias, se sacaban en procesión las Vírgenes y los Cristos, a San Roque y San Sebastián, a toda una pléyade de santos con acreditado poder milagroso, y hay constancia de muchos portentos en este sentido. Hoy, ¿sacaremos a una pachamama de ésas? ¿Es que ni los obispos ni los sacerdotes saben que el Santísmo sana también los cuerpos, que las iglesias son hospitales del alma, que en esos sagrados recintos no puede entrar ninguna pestilencia?

Pero las langostas abbadónicas no son pachamameras, no, pues provienen de otro sitio, pues a los abbadones ya los conocemos, ya sabemos quiénes son, con nombre y apellidos.

En el fragmento final del Protocolo X de los Sabios de Sión, donde explica cómo el sufragio universal es en realidad un arma para destruir estados y valores familiares y cristianos, podemos leer esto: «Sabéis muy bien vosotros que para que estos deseos se realicen es necesario perturbar constantemente en todos los pueblos las relaciones entre ellos y sus gobiernos, con el propósito de cansar a todo el mundo con la desunión, la enemistad, el odio, y aun con el martirio, el hambre, la propagación de enfermedades y la miseria para que los Gentiles no encuentren otra salvación que la de recurrir a nuestra plena y absoluta soberanía. Si damos a los pueblos una tregua para respirar, tal vez el momento favorable no llegará jamás».

Y el Linga Purana (siglo V a.C.), sobre los signos del final de los tiempos:

«Los ladrones robarán a los ladrones. Las personas se volverán inactivas, letárgicas y sin objetivo. Las enfermedades, las ratas y las substancias nocivas les atormentarán. Personas afligidas por el hambre y el miedo se refugiarán en los refugios subterráneos (kaushikä)».

«En refugios subterráneos»… Sí, porque, cerradas las iglesias, es tiempo de catacumbas. Otra vez.

Pero quizá el nombre de Ángel Exterminador de hoy día no sea Abbadón, sino un nombre más cercano, más de nuestro milenio.

En 1988, la revista Deutsche Press Agentur entrevistó a Felipe de Edimburgo ―consorte de Isabel II―, y, refiriéndose a la superpoblación global, se aventuró a hacer una declaración que hoy, en estos terribles tiempos pandémicos, resuenan con eco profético: «En caso de que me pudiera reencarnar, me gustaría hacerlo como un virus mortal, para ayudar a resolver el problema del hacinamiento». Brutal, este santo de la Pachamama… : un virus con corona…


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Opinión

Coronavirus, canallas, estúpidos y mediocres inoperantes

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Nunca hay que olvidar que quienes pretenden enfrentarse, encarar un problema, buscan soluciones, no buscan pretextos, y menos se dedican a crear observatorios o gabinetes inoperantes.

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Si de verdad el gobierno frente-populista que dirige Pedro Sánchez, con el apoyo de comunistas, separatistas y filoetarras, tuviera la intención de evitar la propagación del coronavirus, de “ganar esta guerra”, de evitar que siga aumentando el número de infectados y de muertos; entregaría las riendas a los que verdaderamente saben: los médicos.

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Si de verdad el gobierno frente-populista, pretendiera que se mantuviera de forma eficaz el orden público, crearía un mando único y lo pondría al frente de esta crisis -que no solamente es sanitaria- para dirigir a las diversas policías y fuerzas armadas, y no se sometería al dictado de los separatistas, tal como viene haciendo en las últimas semanas.

Si de verdad el gobierno frente-populista pretendiera frenar la propagación del coronavirus y reducir el riesgo de muerte de los españoles que ya están contagiados, habría puestos a disposición de todos los españoles algún procedimiento para la Detección del Coronavirus en todos los Centros Médicos Públicos o Privados, y habría hecho todo lo posible para garantizar la seguridad de todo el personal de emergencias y quienes cuidan del funcionamiento de los servicios esenciales.

Si de verdad el gobierno frente-populista tuviera intención de vencer al coronavirus, habría dotado al personal sanitario de todo lo necesario para evitar contagiarse, así como a las diversas policías y miembros de las fuerzas armadas.

El gobierno ha hecho todo lo contrario. Es por ello que, transcurridos los días, aún seguimos sin saber cuántos son los españoles infectados, cuáles son los infectados asintomáticos, cuántos son los españoles que están corriendo un riesgo grave de morir, o de contagiar a otros ciudadanos.

¿Por qué no está el gobierno utilizando procedimientos que, ya se han demostrado que funcionan, como es la experiencia de Corea del Sur?

Si de verdad el gobierno frente-populista tuviera, como afirma, la voluntad de vencer al coronavirus, habría hace ya tiempo creado una web oficial, habría puesto en marcha una Base de Datos con el nombre de «Pandemia Coronavirus», o algo similar, para facilitar toda la información disponible en tiempo real a todos los ciudadanos (número de personas infectadas, número de camas disponibles, etc…).

Si de verdad, tal como afirman los miembros del gobierno, existiera intención de ganar esta guerra, se habrían creado mecanismos, resortes para controlar el gasto público asociado a la gestión de esta emergencia sanitaria, para evitar la malversación y el despilfarro, y de paso gestionar de forma eficaz los recursos disponibles: equipamientos, instalaciones, recursos humanos; y garantizar la protección de los ciudadanos afectados por esta pandemia.

Nada de ello se ha hecho, ni parece que se tenga intención, muy al contrario: el gobierno realiza promesas incumplibles, estúpidas, dirigidas a gente que considera estúpida. Nos habla de hacer una inversión de 200.000 millones de euros, pero no nos cuenta de qué manera va a conseguirlos y, lo más importante: cómo se van a pagar.

De la terrible situación en la que va a quedar la economía española, tras la crisis del coronavirus, mejor hablamos otro día.

Sigamos con los despropósitos, canalladas y estupideces:

Se ha sabido a través de los medios de información y de los de manipulación de masas que, Pablo Iglesias llegó a plantear en una reunión del Consejo de Ministros que se debía intervenir y controlar los periódicos de papel, digitales, radios y televisión para impedir cualquier crítica a la gestión gubernamental respecto de la crisis del coronavirus, así como cerrar las cuentas de los disidentes en las diversas redes sociales.

A la vez que ocurre todo esto, el gobierno sigue mal-informando, ocultando información, dándonos mítines a través de los medios de su cuerda. Ayer-noche, sin ir más lejos, sacaron al Rey de España por televisión, para apoyar la propaganda gubernamental, y largarnos un discurso plagado de eslóganes, tópicos y más tópicos y soltar aquello tan socorrido de “esta guerra la vamos a ganar, y de ella vamos a salir fortalecidos, todo depende de que todos los españoles empujemos en la misma dirección…” De veras que para tal perorata mejor es que hubiera permanecido con la boca cerrada; claro que, era de esperar pues, los integrantes del gobierno lo tienen bien cogido por “salva sea la parte” y Felipe VI actúa y habla siguiendo sus directrices y sin rechistar.

Mientras todo esto ocurre, el gobierno frente-populista sigue rindiéndose a los separatistas y filoetarras, hasta el extremo de amagar con enviar al ejército a las provincias vascongadas y a la región catalana; adentrarse en territorio vasco y tras recorrer varios kilómetros, dar marcha atrás inexplicablemente. Pese a que las policías regionales están rogando al gobierno central la intervención del ejército español, al verse desbordadas e incapaces de poner orden y proceder a la limpieza de calles y plazas, y un largo etc.

Son muchos ya los que anticipan, aparte del hundimiento de la economía española, el posible contagio y muerte de miles, de hasta cientos de miles de personas si seguimos al ritmo actual. También son muchos los que claman por que alguien, alguna autoridad coja las riendas, intervenga y actúe como “cirujano de hierro” y emprenda un plan de choque para parar la catástrofe que se avecina.

Todo lo que vengo narrando, me recuerda inevitablemente las palabras de Joaquín Costa en su libro “Oligarquía y caciquismo como forma de gobierno en España, urgencia y modo de cambiarlo”, escrito hace ya más de un siglo, pero de plena actualidad y en el que afirmaba que “España es una meritocracia a la inversa. El actual régimen político selecciona a los peores y prescinde de los mejores individuos, de las personas componentes de la sociedad española. En el régimen caciquil oligárquico sólo triunfan los peores…”

Asistimos a un caos intelectual de tal magnitud (derivado de la estupidez de la que vengo hablando a lo largo del texto) que a menudo olvidamos lo más elemental: que, el gobierno correcto es aquel que protege la libertad de los individuos. Y la única forma es protegiendo sus derechos a la vida (para lo cual, obviamente han de gozar de buena salud), la libertad, la propiedad, y a la búsqueda de la felicidad (que no es lo mismo que “hacerlos felices”). Y como es lógico, debe identificar y castigar a aquellos que violan los derechos de sus ciudadanos, sean criminales nacionales o agresores extranjeros.

Tal como nos enseña Carlo Cipolla en “Alegro ma non troppo” el poder tiende a situar a “malvados inteligentes” en la cima de cualquier organización (que en ocasiones acaban comportándose como “malvados estúpidos”); y ellos, a su vez, tienden a favorecer y proteger la estupidez y mantener fuera de su camino lo más que puedan a la genuina inteligencia.

Esto es lo que los psicólogos denominan Mediocridad Inoperante Activa, y Joaquín Costa “meritocracia por lo bajo”.

Añade Carlo Cipolla que si todos los miembros de una sociedad fueran malas personas, la sociedad apenas avanzaría, pero no se producirían grandes desastres ya que los beneficios de unos serían los males de otros. Se produciría una cierta “redistribución de bienes y servicios” movida por vileza; aunque no se produciría apenas “riqueza”. Pero cuando los necios actúan las cosas cambian por completo: ocasionan trastornos, destrucción, daños a otras personas sin obtener ningún beneficio para ellas mismas e inevitablemente la sociedad entera se empobrece.

Decía, también, Carlo Cipolla que en determinados momentos históricos, cuando una nación está en situación de ascenso, de progreso, posee un alto porcentaje de personas inteligentes fuera de lo común que, intentan mantener al grupo de los estúpidos bajo control, y que, en el mismo tiempo, produciendo bienes y servicios, ganancias para si mismos y para los demás miembros de la comunidad, suficientes para convertir el progreso en perdurable. Así mismo, afirmaba que en cualquier comunidad en declive, el porcentaje de individuos estúpidos es incesante; haciéndose notar, acabando por influir en el resto de la población, especialmente entre quienes ocupan el poder, un alarmante crecimiento de malvados con un alto grado de estupidez – y, entre aquellos que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento de la cantidad de individuos desprovistos de inteligencia. Cuando en la población predominan los estúpidos, inevitablemente la sociedad está abocada a la destrucción, a llevar hacía su propia ruina.

No cabe duda de que la actual España, gobernada por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias participa de lo que acabo de describir, es por ello que, la única forma de revertir al situación requiere una combinación de factores hasta ahora poco comunes, como la convergencia de personas inteligentes capaces de asumir el poder, con un empuje colectivo, que introduzca un cambio trascendente; o lo que es lo mismo: el “cirujano de hierro” que propone Joaquín Costa.

No existe otra opción, si lo que se desea es que España siga existiendo como nación, para lo cual es imprescindible vencer al coronavirus e impedir que miles, cientos de miles, o incluso millones de españoles acaben infectados y muchos de ellos, miles, acaben muriendo…


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Opinión

Resumen del discurso de Pedro Sánchez

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  • El virus mata.

  • El queroseno se usa en los aviones y ahora se gasta poco.

  • El tráfico ha bajado.

  • Tenemos una red de fibra óptica cojonuda.

  • Se han hecho 30.000 denuncias por infringir el confinamiento.

  • Ojo con las “fake news”, son malas.

  • En las próximas horas de los próximos días de las próximas semanas llegará material médico y de protección.

  • Nuestro enemigo es el virus.

  • Hemos pasado una semana, queda otra.

Cada vez lo tengo más claro: Pedro Sánchez es más letal para los españoles que el dichoso virus.

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