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Los árabes apenas nos dejaron su ADN

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(R) Los árabes nos dejaron la Alhambra, el escabeche, los naipes, las albóndigas y palabras tan bellas como azar, naranja, gacela, fulano y baladí, pero apenas nos dejaron su ADN. Investigadores de la Universidad de Granada han concluido que el legado genético de la actual población de Andalucía oriental, donde la dominación musulmana duró ocho siglos, es casi idéntica a la de cualquier otro lugar de la Península Ibérica: apenas un 5% de los habitantes de la antigua Al Andalus tiene características genéticas heredadas de los conquistadores norteafricanos. El tópico de que los españoles del Sur descienden directamente de los invasores musulmanes de la Edad Media es falso. Los historiadores ya lo sabían. «Es difícil aventurar cifras, pero la conquista la hicieron no más de 100.000 individuos en diversas oleadas, en un territorio de entre 3 y 4 millones de habitantes. La inmensa mayoría de la población se islamizó, pero una cosa es la herencia cultural y otra, la genética», recuerda el escritor José Calvo Poyato.

En 711 un ejército de unos 7.000 bereberes liderados por Tariq cruzó el Estrecho de Gibraltar y, aprovechándose de la crisis demográfica causada por la peste y la sequía y las disputas entre los reyes visigodos, en ocho años ya había entregado el dominio de casi toda la Península Ibérica a Damasco, capital del Califato Omeya. Casi inmediatamente, en 722, comenzó la reconquista cristiana. En los ocho siglos siguientes el centro de poder hispanomusulmán cambió varias veces, hubo diversas dinastías reinantes, sucesivas invasiones militares y oleadas migratorias, hasta que en 1492 los Reyes Católicos tomaron el último bastión del sultanato nazarí.

Cinco investigadores del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada se propusieron averiguar qué huella biológica -la cultural está fuera de toda duda- transmitieron aquellos conquistadores procedentes primero del Norte de Marruecos y más tarde de otros puntos del Magreb, Oriente Medio y el África subsahariana. Es decir, hasta qué punto tuvieron descendencia que con el paso de las generaciones llegara hasta nuestros días. Nunca se había hecho antes.

Conquistas masculinas

Para ello, seleccionaron una muestra representativa de 146 varones de Granada, Almería y Málaga con al menos un abuelo nacido en la zona y analizaron en las células de la cara interna de la mejilla el ADN del cromosoma Y. Este solo se transmite por línea paterna y es especialmente útil para rastrear el alcance de la mezcla de poblaciones en las conquistas militares, en las que los hombres son los primeros protagonistas.

La investigadora principal, María Saiz, era consciente de que, según la mayor parte de los historiadores, la conquista no fue una operación masiva: distintas fuentes hablan de unas cuantas decenas de miles en distintas oleadas, para una población autóctona de unos tres millones de habitantes a comienzos del siglo VIII. Por otro lado, los colonos eran la élite política y militar y no siempre se mezclaban con el pueblo llano, en parte porque las normas sociales y religiosas lo impedían: mientras los hombres musulmanes podían tomar esposas o concubinas cristianas y tener hijos con ellas, las seguidoras del islam tenían estrictamente prohibido intercambiar fluidos con los indígenas. También los judíos -genéticamente casi iguales a los árabes del mismo origen geográfico- eran una comunidad endogámica.

La expulsión de los moriscos decretada por Felipe III en 1609 propició la dispersión de los últimos pobladores que aún profesaban la fe de Mahoma por Castilla, pero muchos se marcharon al Norte de África y algunos a Portugal, Francia o América. Y la repoblación se realizó con gentes llegadas de territorios limítrofes al Reino de Granada, primero, y después con habitantes del norte. Así lo atestiguan algunos de los apellidos de los sujetos estudiados.

Saiz, que dedicó su tesis doctoral a este tema, preveía que de su análisis se desprendería una mayor influencia genética africana en la población actual de Granada, Málaga y Almería que en otros territorios del país donde su presencia duró muchísimo menos. Galicia, la cornisa cantábrica y el norte de Cataluña ya eran tierra reconquistada en el siglo X y toda la mitad norte de la Península había sido ganada para la cruz en el XII.

El equipo tenía el precedente de la investigación de antropología molecular llevada a cabo por otro de sus integrantes, Luis Javier Martínez, que estudió una serie de marcadores genéticos para determinar el alcance del mestizaje entre la población maya y la europea en Guatemala.

Controversia

Pero las conclusiones fueron muy diferentes: mientras en el país centroamericano la mezcla entre indígenas e invasores se inició ya en el siglo XVI y ha sido intensa durante 500 años, en el antiguo Reino de Granada el 58% de la muestra pertenece al haplogrupo (combinación de mutaciones genéticas que revelan el origen geográfico) mayoritario en las poblaciones europeas. Y lo más llamativo: solo un 4,76% de los sujetos analizados pertenecía al haplogrupo típico en el norte de África. Es prácticamente el mismo porcentaje que en el resto de la Península (5%) y otros países de la cuenca mediterránea. Y, paradójicamente, inferior al que presentan los habitantes de Valencia, Murcia o Galicia. Solo en el País Vasco la huella es, como en el resto de Europa, casi nula.

«Al contrario de lo que se esperaba, por la dirección que siguió la reconquista, el gradiente de influencia genética africana no va de menor a mayor de Norte a Sur, sino de Oeste a Este», señala la bióloga.

La investigación, que se ha publicado en ‘Scientific Reports’, del grupo de la revista ‘Nature’, ha levantado cierto revuelo, quizá porque hay quien la ha leído en clave política, y no científica. «Que no haya herencia genética no significa que no haya herencia cultural: estamos rodeados de ella, en la arquitectura, la comida o la lengua», subraya Luis Javier Martínez.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el significado de la investigación. «Esos resultados contradicen a la historia», asegura Francisco Sánchez-Montes, catedrático de Historia Moderna de la UGR, quien matiza que, aunque no conoce el trabajo en profundidad, quizá la muestra analizada es pequeña para representar a una población que en 1492 rondaba las 400.000 personas. «A mí me preocupa que se construya la historia desde el componente genético. Por encima está el modelo cultural, la capacidad de adaptación al medio», afirma.

El profesor recuerda que a partir de la primera oleada en el siglo VIII se produjo «una intensa dinámica de flujos poblacionales de sur a norte y un entremezclado social muy fuerte». El Reino de Granada y la nueva sociedad que se construyó a partir de 1492 era muy heterogénea y en ella convivían religiones y etnias diversas.

A su juicio, es extraño que apenas haya quedado rastro genético, por ejemplo, de los descendientes de los esclavos, parte de ellos de raza negra, que no estaban sometidos a las mismas reglas sociales que imperaban para el resto y presentaban una alta tasa de hijos ilegítimos. Sánchez-Montes recuerda que, pese a las conversiones forzosas y las expulsiones de judíos y moriscos, miles de ellos se las arreglaron para quedarse, en sus ciudades de origen o en otras, y mimetizarse con el entorno.

Mucho ardor y poca gente

Manuel Barrios Aguilera, catedrático de Historia Moderna de la UGR jubilado, lo ve de otro modo. Aun reconociendo que «la cultura no se transmite a través de la sangre», considera que la investigación genética «demuestra que en la historia hay muchas mitologías; una es la de la conquista y otra, la de la reconquista». «Hace muchos años se advirtió que la invasión musulmana se hizo con mucho ardor bélico y muy pocos medios humanos: los que desembarcan en el año 711 son pocos, pero con fuerza suficiente para apoderarse de un país en franca decadencia», subraya el miembro de la Academia Andaluza de la Historia.

El escritor José Calvo Poyato reconoce que es muy difícil determinar cuántos individuos participaron en la conquista, pero aventura que no debieron de ser más de unos cuantos miles en cada una de las oleadas: las más importantes, las dirigidas por Tariq y Musa a comienzos del siglo VIII; la invasión almorávide, con pobladores originarios del Sahara, en el siglo XI; y la almohade, de bereberes marroquíes, en el XII. En total, apunta el doctor en Historia Moderna, no más de 100.000. Sus genes quedaron disueltos en una población de entre 3 millones de habitantes en el siglo VIII y 5 en el XVI, según los poco precisos cálculos de la época precensal.

Dicho de otra forma, unas pocas decenas de miles de individuos, por muy armados que fueran, no pudieron dejar un gran rastro biológico en una población mucho más extensa. Lo que sí lograron con la ocupación del poder político y militar fue que una gran parte de los lugareños se convirtieran al islam y adoptaran los nombres, la lengua y las costumbres árabes. Los llamados muladíes no lo hicieron obligados por la fuerza, recuerda Barrios, sino atraídos por las ventajas económicas y fiscales que les acarreaba asimilarse a la clase dominante. «Lo que se produjo fue un dominio de la Península, no un barrido de la población hacia arriba», matiza.

En ese sentido, recuerda, la reconquista es otro mito, que se inventó ya entrado el siglo XIX y que algunos vuelven a empuñar ahora con objetivos propagandísticos. Porque, de hecho, lo que Don Pelayo inició en Asturias en el año 722 no fue una ‘re-ocupación’ de un territorio con la población previamente desalojada, sino una serie de campañas militares que fueron ganando plazas de norte a sur en los siguientes ocho siglos para la corona cristiana.

Tras la rebelión de los moriscos, en la Guerra de las Alpujarras de comienzos del siglo XVI, el Reino de Granada perdió un tercio de su población, unos 100.000 habitantes; una parte murieron en el conflicto bélico, otros se dispersaron por la Península y algunos regresaron al norte de África. ¿Regresaron? Es imposible saber si aquellos desterrados de nombres y ropajes moros, que hablaban árabe y adoraban a Mahoma, volvían a la tierra de sus ancestros o, por el contrario, abandonaban para siempre la tierra de sus tatarabuelos.

Fuente: Inés Gallastegui (Grupo Correo)


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El plan secreto de Nixon para anunciar la muerte de los astronautas del Apolo 11

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Ni el gobierno de los Estados Unidos, ni la NASA, ni por supuesto los propios astronautas de la misión Apolo 11 estaban del todo seguros de poder volver a casa sanos y salvos. Despegar de la Luna y acoplarse con éxito al módulo de mando, que permaneció a la espera en órbita lunar con Michael Collins a los mandos implicaba, en efecto, toda una serie de maniobras que eran mucho más complejas y delicadas que las del propio aterrizaje.

Por eso, y en caso de que todo saliera mal, el entonces presidente norteamericano, Richard Nixon, tenía preprado un «plan secreto» que no vería la luz hasta tres décadas más tarde.

Según explica la revista Live Science, cuando Neil Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieron, aquél histórico 20 de julio de 1969, en los primeros humanos en pisar la Luna, Nixon pasó a ser, también, en el primer humano en hacer una llamada telefónica a un mundo ajeno a la Tierra. Una llamada que hizo, por cierto, desde el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca.

En aquella conversación, Nixon les dijo a los astronautas que todo el mundo estaba orgulloso de ellos y que «debido a lo que habéis hecho, los cielos se han convertido en parte del mundo de los hombres».

Al mismo tiempo, sin embargo, el presidente tenía preparada otra llamada muy diferente, esta vez a las esposas de Armstrong y Aldrin, para comunicarles que estaban a punto de convertirse en viudas.
La situación, desde luego, era de lo más delicada. E incluso después del exitoso aterrizaje del módulo lunar, nada garantizaba que Armstrong y Aldrin consiguieran después regresar al módulo de mando, que les esperaba en órbita, lo que les habría condenado irremisiblemente a morir en la Luna. Con esa idea en la mente, Nixon le pidió a su «escritor de discursos» William Safire un plan alternativo para poner en marcha en el caso de que se produjera un «desastre lunar».

Tal y como explicó el propio Safire en 1999, año en que el documento vio la luz por primera vez, poner el módulo de descenso de nuevo órbita para que se encontrara con el módulo de mando fue una de las partes más arriesgadas y peligrosas de toda la misión. Se trataba de un desafío sin precedentes para los astronautas del Apolo 11. «Si no hubieran podido conseguirlo -dijo entonces Safire- habría que haberlos abandonado en la Luna, dejarlos morir allí. Los astronautas habrían tenido que morir de hambre, o suicidarse».

En el caso de que eso hubiera sucedido, la NASA habría cortado de inmediato las comunicaciones con los astronautas condenados, y al presidente se le habría encomendado la delicada tarea de contarle al mundo lo sucedido. El 18 de julio de 1969, apenas dos días antes del histórico alunizaje, Safire envió su plan secreto a HR Haldeman, jefe de personal de Nixon. En él había instrucciones precisas sobre cómo el presidente habría tenido que llamar, primero, a las viudas de los astronautas, y pronunciar, después, un discurso a la nación explicando cómo «el destino ha dispuesto que los hombres que fueron a la Luna a explorar en paz, se quedarán en la Luna para descansar en paz. Estos valientes, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanza alguna de recuperarlos. Pero también saben que en su sacrificio sí hay una esperanza para la Humanidad».

El discurso, que reproducimos junto a estas líneas, decía también que más hombres seguirían los pasos de la tripulación del Apolo 11, y que ellos «seguramente encontrarán el camino a casa». Pero Armstrong y Aldrin «fueron los primeros, y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones. Cada ser humano que mire a la Luna en las noches venideras sabrá que hay un rincón de otro mundo que será para siempre de la Humanidad».

En los días siguientes al discurso, los astronautas recibirían una sepultura simbólica en el mar, en un ritual público durante el que se encomendarían sus almas, según las instrucciones de Safire, «a las profundidades más profundas».

(ABC)


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Armstrong y el señor Gorsky

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Se conmemora el 50 aniversario de la llegada del hombre a la luna. Capítulo aparte merece Neil Armstron, alma del Apolo XI, al que mi abuela negó siempre, que mantuvo a su país alejado lo más posible de la tierra que se recuerda, en medio de una épica gloriosa de lucha espacial contra la Unión Soviética y de regimentación bipolar. Una vez escuché una célebre anécdota del astronauta fallecido el sábado que merece el pláceme de ser contada. Se trata de la historia de Mr Gorsky.

“Durante años, las últimas palabras que pronunció Armstrong en la Luna resultaron un misterio para todos los que pudieron escucharlas, tanto entre el público en general como dentro de la propia NASA. Mientras se preparaba para subir por última vez la escalerilla del módulo lunar, poco antes de despegar para volver a la Tierra, Neil Armstrong pronunció cuatro enigmáticas palabras: ‘Good luck, Mr. Gorsky’. ‘Buena suerte, señor Gorsky’.

Esa frase desconcertó durante años a todos los que habían seguido en detalle la misión del Apollo XI. En principio, casi todos creyeron que se trataba de algún cosmonauta ruso rival, a quien Armstrong deseaba suerte tras haberlo vencido en la carrera por llegar a la Luna. Pero nadie pudo encontrar nunca un nombre parecido entre los participantes en el programa espacial ruso. Por todos los Estados Unidos surgieron investigadores que buscaron también si alguien entre los técnicos de la NASA se apellidaba Gorsky, o si esta frase podría haber sido parte de algún código secreto acordado entre el Control de la Misión y los astronautas del Apollo para transmitir alguna información codificada.

Durante años, multitud de técnicos de la NASA fueron consultados sin éxito: según sus declaraciones, las últimas palabras de Armstrong en la Luna les habían desconcertado tanto como al público en general. El propio astronauta sería preguntado sobre ello en multitud de entrevistas a lo largo de los años, a las que solía responder con una simple sonrisa y el silencio, o, en el mejor de los casos, con evasivas. Pasaban los años y el misterio permanecía sin aclarar.

Finalmente, en 1995, 26 años después de que ocurriera todo, la verdad salió a la luz. El 5 de julio de ese año, Armstrong era entrevistado en la CBS por el famoso presentador Walter Cronkite, quien, íntimo amigo del astronauta, le preguntaría una vez más por la misteriosa frase. Sólo que esta vez la reacción de Armstrong sorprendió a todos:

‘Bien, es cierto que durante años me habéis estado preguntando qué significaban esas enigmáticas palabras, y durante todos estos años me he sentido obligado a no dar la respuesta, al sentir que era algo extremadamente confidencial. Pero hoy la situación ha cambiado. Desde hace unos meses, Mr. Gorsky ha muerto, y creo que ahora ya no importará que revele lo que significó aquella frase’.

Con Cronkite y todos los espectadores pendientes de cada una de sus palabras, Neil Armstrong contó entonces la historia que había detrás de la última frase que se pronunció sobre la Luna al final de la misión del Apollo 11: ‘Siendo un niño, Neil Armstrong estaba jugando al béisbol con su hermano en el jardín de su casa en Wapakoneta, Ohio. En una ocasión, tuvo que ir a recoger una pelota que había ido a caer junto a la casa de sus vecinos, bajo la ventana del dormitorio; entonces escuchó los gritos de una discusión dentro de la casa. Era la señora Gorsky, que gritaba a su marido: “¿Que quieres que te chupe qué? ¿Me estás pidiendo que te haga sexo oral? ¡Tendrás sexo oral el día que el chico de los Armstrong ande sobre la Luna!’.

Armstrong nunca olvidó aquella frase, de modo que, mientras se hallaba sobre nuestro satélite, no pudo evitar acordarse del señor Gorsky y de si él también se acordaría de recordar a su mujer aquellas proféticas palabras. Por eso, no pudo evitar pronunciar, con una sonrisa de lado a lado, poco antes de subir al LEM, las sorprendentes cuatro palabras que durante años se convirtieron en un indescifrable misterio y en un inquietante enigma: ‘Buena suerte, señor Gorsky'”.


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Decenas de científicos se rebelan contra el catastrofismo climático auspiciado por la ONU

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Los abajo firmantes, ciudadanos y científicos, envían una cálida invitación a los líderes políticos para que adopten políticas de protección del medio ambiente compatibles con el conocimiento científico. En particular, es urgente combatir la contaminación donde ocurra, de acuerdo con las indicaciones de la mejor ciencia. En este sentido, es lamentable el retraso con el cual la riqueza de conocimiento disponible en el mundo de la investigación se utiliza para reducir las emisiones de contaminantes antropogénicos ampliamente presentes en los sistemas ambientales tanto continentales como marinos.

Pero debemos ser conscientes de que el dióxido de carbono en sí no es un contaminante. Por el contrario, es indispensable para la vida en nuestro planeta.

En las últimas décadas, se ha difundido la tesis de que el calentamiento de la superficie de la Tierra de alrededor de 0,9°C observado a partir de 1850 sería anómalo y causado exclusivamente por actividades humanas, en particular por la emisión de CO2 resultado del uso de combustibles fósiles en la atmósfera.
Esta es la tesis del calentamiento global antrópico promovido por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, cuyas consecuencias serían modificaciones ambientales tan serias que temen enormes daños en un futuro inminente, a menos que sean adoptadas inmediatamente medidas de mitigación drásticas y costosas.

En este sentido, muchas naciones del mundo se han unido a programas para reducir las emisiones de dióxido de carbono y se ven presionadas, incluso por una propaganda insistente, a adoptar programas cada vez más exigentes de cuya implementación, que implica grandes cargas para las economías de los estados miembros, dependería del control del clima y, por lo tanto, de la «salvación» del planeta.
Sin embargo, el origen antrópico del calentamiento global es una hipótesis no probada, deducida solo de algunos modelos climáticos, que son programas informáticos complejos, llamados Modelos de Circulación General.

Por el contrario, la literatura científica ha destacado cada vez más la existencia de una variabilidad climática natural que los modelos no pueden reproducir. Esta variabilidad natural explica una parte sustancial del calentamiento global observado desde 1850. La responsabilidad antrópica del cambio climático observada en el siglo pasado es, por lo tanto, exagerada injustificadamente y las predicciones catastróficas no son realistas.

El clima es el sistema más complejo de nuestro planeta, por lo que debe abordarse con métodos adecuados y coherentes con su nivel de complejidad. Los modelos de simulación climática no reproducen la variabilidad natural observada del clima y, en particular, no reconstruyen los períodos cálidos de los últimos 10.000 años. Se repitieron aproximadamente cada mil años e incluyen el bien conocido Período Cálido Medieval, el Período Cálido Romano y, en general, los períodos cálidos durante el Holoceno Óptimo.

Estos períodos del pasado también han sido más cálidos que el período actual, a pesar de que la concentración de CO2 era más baja que la actual, mientras que están relacionados con los ciclos milenarios de la actividad solar. Estos efectos no son reproducidos por los modelos.

Debe recordarse que el calentamiento observado desde 1900 en realidad comenzó en el siglo XVIII, es decir, en el mínimo de la Pequeña Edad de Hielo, el período más frío de los últimos 10,000 años, correspondiente al milenio de actividad solar que los astrofísicos llaman Maunder Minimal Solar (actividad solar mínima).

Desde entonces, la actividad solar, siguiendo su ciclo milenario, ha aumentado y ha calentado la superficie de la tierra. Además, los modelos no reproducen las oscilaciones climáticas conocidas de unos 60 años. Estos fueron responsables, por ejemplo, de un período de calentamiento (1850-1880) seguido de un período de enfriamiento (1880-1910), un calentamiento (1910-40), un enfriamiento (1940-70) y un nuevo período de calentamiento (1970-2000) similar al observado 60 años antes.

En los años siguientes (2000-2019) no se observó el aumento predicho por los modelos de aproximadamente 0,2°C por década, sino una estabilidad climática sustancial que se interrumpió esporádicamente por las rápidas oscilaciones naturales del océano Pacífico ecuatorial, conocido como El Niño Southern Oscillations (oscilaciones sureñas), como la que provocó el calentamiento temporal entre 2015 y 2016.

Los medios de comunicación también afirman que los eventos extremos, como huracanes y ciclones, han aumentado de manera alarmante. A la inversa, estos eventos, como muchos sistemas climáticos, han sido modulados desde el ciclo de 60 años antes mencionado.

Por ejemplo, si consideramos los datos oficiales de 1880 sobre los ciclones tropicales del Atlántico que azotaron América del Norte, parecen tener una fuerte oscilación de 60 años, correlacionada con la oscilación térmica del Océano Atlántico llamada Oscilación Multidecadal del Atlántico.

Los picos observados por década son compatibles entre sí en los años 1880-90, 1940-50 y 1995-2005. De 2005 a 2015, el número de ciclones disminuyó precisamente después del ciclo mencionado. Así, en el período 1880-2015, entre el número de ciclones (que oscila) y el CO2 (que aumenta monótonamente) no hay correlación.

El sistema climático aún no está suficientemente comprendido. Si bien es cierto que el CO2 es un gas de efecto invernadero, de acuerdo con el mismo IPCC, la sensibilidad del clima a su aumento en la atmósfera sigue siendo extremadamente incierta. Se estima que una duplicación de la concentración de CO2 atmosférico, de alrededor de 300 ppm preindustriales a 600 ppm, puede elevar la temperatura promedio del planeta de un mínimo de 1°C a un máximo de 5°C. Esta incertidumbre es enorme. En cualquier caso, muchos estudios recientes basados en datos experimentales estiman que la sensibilidad del clima al CO2 es considerablemente más baja que la estimada por los modelos del IPCC.

Entonces, es científicamente irrealista atribuir a los humanos la responsabilidad del calentamiento observado desde el siglo pasado hasta nuestros días. Los pronósticos alarmistas avanzados, por lo tanto, no son creíbles, ya que se basan en modelos cuyos resultados contradicen los datos experimentales. Toda la evidencia sugiere que estos modelos sobrestiman la contribución antrópica y subestiman la variabilidad climática natural, especialmente la inducida por las oscilaciones del sol, la luna y el océano.

Finalmente, los medios de comunicación difundieron el mensaje de que, con respecto a la causa antrópica del cambio climático actual, habría un acuerdo casi unánime entre los científicos y que, por lo tanto, se cerraría el debate científico. Sin embargo, en primer lugar debemos ser conscientes de que el método científico dicta que los hechos, y no el número de adeptos, hacen de una conjetura una teoría científica consolidada.

En cualquier caso, no existe el presunto consentimiento. De hecho, existe una notable variedad de opiniones entre los especialistas: climatólogos, meteorólogos, geólogos, geofísicos, astrofísicos, muchos de los cuales reconocen una importante contribución natural al calentamiento global observada desde el período preindustrial e incluso desde la posguerra hasta hoy.

También ha habido peticiones firmadas por miles de científicos que han expresado su disconformidad con la conjetura del calentamiento global antrópico. Estos incluyen el promovido en 2007 por el físico F. Seitz, ex presidente de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, y el promovido por el Panel Internacional No Gubernamental sobre el Cambio Climático (NIPCC) cuyo informe de 2009 concluye que «La naturaleza y no a actividad del hombre rige el clima».

En conclusión, dada la importancia crucial de los combustibles fósiles para el suministro de energía de la humanidad, sugerimos no adherirnos a políticas de reducción acrítica de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera con el pretexto ilusorio de gobernar el clima.

Roma, 17 de junio de 2019

COMITÉ DE PROMOCIÓN

– UBERTO CRESCENTI, Profesor Emérito de Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara, ex Rector y Presidente de la Sociedad Geológica Italiana.
– GIULIANO PANZA, profesor de sismología de la Universidad de Trieste, académico de Lincei y de la Academia Nacional de Ciencias, conocido como el XL, Premio Internacional 2018 de la Unión Americana de Geofísica.
– ALBERTO PRESTININZI, profesor de geología aplicada, Universidad de La Sapienza, Roma, ex editor científico en jefe de la revista internacional IJEGE y director del Centro de investigación de control y pronóstico de riesgos geológicos.
– FRANCO PRODI, profesor de Física Atmosférica, Universidad de Ferrara.
– FRANCO BATTAGLIA, profesor de química física, Universidad de Módena; Movimiento Galileo 2001.
– MARIO GIACCIO, profesor de tecnología y economía de las fuentes de energía, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara, ex decano de la Facultad de Economía.
– ENRICO MICCADEI, profesor de Geografía Física y Geomorfología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara
– NICOLA SCAFETTA, profesora de Física Atmosférica y Oceanografía, Universidad Federico II, Nápoles.

Más firmantes:

  • Antonino Zichichi, profesor emérito de física, Universidad de Bolonia, fundador y presidente del Centro Ettore Majorana para la Cultura Científica en Erice.
  • Renato Angelo Ricci, profesor emérito de Física, Universidad de Padua, ex Presidente de la Sociedad Física Italiana y de la Sociedad Europea de Física; Movimiento Galileo 2001.
  • Aurelio Misiti, profesor de Ingeniería Sanitario-Ambiental, Universidad de La Sapienza de Roma, ex decano de la Facultad de Ingeniería, ex presidente del Consejo Superior de Obras Públicas.
  • Antonio Brambati, profesor de sedimentología, Universidad de Trieste, director del proyecto Paleoclima-mare de PNRA, ex presidente de la Comisión Nacional de Oceanografía.

  • Cesare Barbieri, Profesor Emérito de Astronomía, Universidad de Padua.

  • Sergio Bartalucci, Físico, Presidente de la Asociación de Científicos y Tecnolgi para la Investigación Italiana.
  • Antonio Bianchini, profesor de astronomía, Universidad de Padua.
  • Paolo Bonifazi, ex director del Instituto Interplanetario de Física Espacial, Instituto Nacional de Astrofísica.
  • Francesca Bozzano, profesora de geología aplicada, Universidad Sapienza de Roma, directora del Centro de Investigación CERI.
  • Marcello Buccolini, profesor de geomorfología, Universidad Universitaria G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Paolo Budetta, profesor de geología aplicada, Universidad de Nápoles.
  • Monia Calista, Investigadora en Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Carboni, profesor de física, Universidad Tor Vergata, Roma; Movimiento Galileo 2001.
  • Franco Casali, profesor de física, Universidad de Bolonia y Academia de Ciencias de Bolonia.
  • Giuliano Ceradelli, ingeniero y climatólogo, ALDAI.
  • Domenico Corradini, profesor de geología histórica, Universidad de Módena.
  • Fulvio Crisciani, profesor de dinámica de fluidos geofísicos, Universidad de Trieste e Instituto de Ciencias Marinas, CNR, Trieste.
  • Carlo Esposito, profesor de teledetección, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Mario Floris, profesor de Teledetección, Universidad de Padua.
  • Gianni Fochi, químico, Scuola Normale Superiore de Pisa; periodista científico.
  • Mario Gaeta, profesor de volcanología, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Giuseppe Gambolati, miembro de la American Geophysica Union, profesor de métodos numéricos, Universidad de Padua.
  • Rinaldo Genevois, profesor de geología aplicada, Universidad de Padua.
  • Carlo Lombardi, Profesor de Plantas Nucleares, Politécnica de Milán.
  • Luigi Marino, geólogo, Centro de Investigación de Control y Predicción de Riesgos Geológicos, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Salvatore Martino, profesor de Microzonación Sísmica, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Paolo Mazzanti, profesor de interferometría satelital, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Adriano Mazzarella, profesor de meteorología y climatología, Universidad de Nápoles.
  • Carlo Merli, profesor de Tecnologías Ambientales, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Alberto Mirandola, profesor de Energética Aplicada y presidente del Doctorado de Investigación en Energía, Universidad de Padua.
  • Renzo Mosetti, profesor de oceanografía, Universidad de Trieste, ex director del Departamento de Oceanografía, Istituto OGS, Trieste.
  • Daniela Novembre, Investigadora en Geo-recursos Mineros y Aplicaciones Mineralógicas-petrográficas, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Sergio Ortolani, Profesor de Astronomía y Astrofísica, Universidad de Padua.
  • Antonio Pasculli, Investigador de Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Ernesto Pedrocchi, Profesor Emérito de Energía, Politécnico de Milán.
  • Tommaso Piacentini, profesor de Geografía Física y Geomorfología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Guido Possa, ingeniero nuclear, ex viceministro Miur.
  • Mario Luigi Rainone, profesor de geología aplicada, Universidad de Chieti-Pescara.
  • Francesca Quercia, geóloga, directora de investigación, Ispra.
    Giancarlo Ruocco, profesor de Estructura de la Materia, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Sergio Rusi, profesor de hidrogeología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Massimo Salleolini, profesor de hidrogeología aplicada e hidrología ambiental, Universidad de Siena.
  • Emanuele Scalcione, Jefe del Servicio Regional de Agrometeorología de Alsia, Basilicata.
  • Nicola Sciarra, profesora de geología aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Leonello Serva, geólogo, director de servicios geológicos de Italia; Movimiento Galileo 2001.
  • Luigi Stedile, geólogo, Centro de Investigación de Control y Control de Riesgos Geológicos, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Giorgio Trenta, físico y médico, presidente emérito de la Asociación Italiana de Protección de Radiación Médica; Movimiento Galileo 2001.
  • Gianluca Valenzise, Director de Investigación, Instituto Nacional de Geofísica y Volcanología, Roma.
    Corrado Venturini, profesor de geología estructural, Universidad de Bolonia.
  • Franco Zavatti, Investigador de Astronomía, Universidad de Bolonia.
  • Achille Balduzzi, Geólogo, Agip-Eni.
  • Claudio Borri, profesor de ciencias de la construcción, Universidad de Florencia, coordinador del Doctorado Internacional en Ingeniería Civil.
  • Pino Cippitelli, geólogo Agip-Eni.
    -Franco Di Cesare, Ejecutivo, Agip-Eni.
  • Serena Doria, Investigadora de Probabilidad y Estadística Matemática, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Enzo Siviero, profesor de Ponti, Universidad de Venecia, Rector de la Universidad e-Campus.
  • Pietro Agostini, Ingeniero, Asociación de Científicos y Tecnolgi para la Investigación Italiana.
    Donato Barone, Ingeniero.
  • Roberto Bonucchi, maestro.
  • Gianfranco Brignoli, geólogo.
  • Alessandro Chiaudani, doctor agrónomo, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Antonio Clemente, Investigador en Planificación Urbana, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
    Luigi Fressoia, arquitecto urbano, Perugia.
  • Sabino Gallo, ingeniero nuclear.
  • Daniela Giannessi, primera investigadora, Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Roberto Grassi, ingeniero, director de G&G, Roma.
  • Alberto Lagi, Ingeniero, Presidente de Restauración de Plantas Dañadas Complejas.
  • Luciano Lepori, investigador del Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Roberto Madrigali, Metereologo.
  • Ludovica Manusardi, físico nuclear y periodista científico, Ugis.
  • María Massullo, Tecnóloga, Enea-Casaccia, Roma.
  • Enrico Matteoli, Primer Investigador, Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Gabriella Mincione, profesora de ciencias y técnicas de medicina de laboratorio, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Massimo Pallotta, primer tecnólogo, Instituto Nacional de Física Nuclear.
  • Enzo Pennetta, profesor de ciencias naturales y escritor de ciencia.
  • Franco Puglia, ingeniero, presidente de la CCC, Milán.
  • Nunzia Radatti, química, Sogin.
  • Vincenzo Romanello, Ingeniero Nuclear, Centro de Investigación, Rez, República Checa.
  • Alberto Rota, ingeniero, investigador en Cise y Enel.
  • Massimo Sepielli, Director de Investigación, Enea, Roma.
  • Ugo Spezia, Ingeniero, Gerente de Seguridad Industrial, Sogin; Movimiento Galileo 2001.
  • Emilio Stefani, profesor de fitopatología, Universidad de Módena.
  • Umberto Tirelli, científico principal visitante, Istituto Tumori d’Aviano; Movimiento Galileo 2001.- Roberto Vacca, ingeniero y escritor científico.

(La Tribuna del País Vasco)


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