Sociedad
Los extranjeros más endogámicos, los más mestizos y los más prolíficos para tener hijos en España
En la población extranjera recae gran parte del peso de la natalidad de España.
Mientras que los extranjeros suponen el 13% de la población , el porcentaje de recién nacidos cuyo padre, madre o ambos progenitores es extranjero supone el 22%. Especial peso tiene la comunidad marroquí, las más numerosa del país , la que deja un mayor número de recién nacidos y la más prolífica de las principales comunidades; pero también una de las más endogámicas a la hora de elegir pareja para procrear.
En 2015, en España hubo 420.290 recién nacidos. De ellos, en 92.101 casos, el padre, la madre o ambos eran extranjeros. Con padre y madre extranjeros fueron 52.739; con padre español y madre extranjera, 22.577; y con madre española y padre extranjero, 16.785.
No todas las nacionalidades tienen el mismo peso en la natalidad, según datos del INE de 2015, los últimos disponibles por países de origen. Marruecos, Rumanía y Ecuador son las nacionalidades que mayor número de hijos tuvieron en España, aunque no con la misma intensidad. La población marroquí es también la más numerosa en España , seguida de rumanos y los ecuatorianos.
En 2015, 24.441 recién nacidos tuvieron al menos un progenitor marroquí, de los que 17.439 fueron con padre y madre de Marruecos. Ese año, nacieron 12.187 bebés con al menos un progenitor rumano, 8.137 de ellos con de padre y madre rumanos. A gran distancia están los ecuatorianos, los terceros en el ranking: 3.940 recién nacidos con al menos un progenitor de ese país, 878 de ellos con padre y madre ecuatoriano.
Más hijos por cada mil habitantes
Por cada mil hombres marroquíes, 45 tuvieron un hijo en 2015; por cada mil mujeres marroquíes, 66 tuvieron un hijo ese año. Es la tasa más alta entre las principales comunidades extranjeras en España. Solo les superan los nigerianos: 48 hijos por cada mil hombres empadronados, y 77 hijos por cada mil mujeres. En el caso de las mujeres, ambos son superados por Senegal: hubo 86 recién nacidos por cada mil senegalesas registradas legalmente en España.
Los ecuatorianos, como el resto de las comunidades latinoamericanas más numerosas en España, tienen un número bajo de hijos en comparación con la dimensión de su conjunto. De cada mil hombres, 13 tuvieron un hijo; de cada mil mujeres, diez fueron madres. Algo parecido ocurre con los colombianos (con tasas de 12 y 10 recién nacidos por cada mil habitantes), los peruanos (11-10) y los venezolanos (7-9). Bolivia es la excepción (26-23), pero no deja de estar en la zona media.
Las nacionalidades con menos natalidad en España son Cuba, Reino Unido, Argentina y Alemania. El número de hijos recién nacidos por cada mil habitantes de esos países de origen oscila entre siete y nueve, tanto en hombres como mujeres.
No todas las comunidades de países de la UE tienen baja natalidad en España. Los italianos, que ocupan el puesto 18 entre las comunidades más numerosas, son, sin embargo, los cuartos que mayor número de hijos aportan en términos absolutos, solo superados por Marruecos, Rumanía y Ecuador. En 2015, 3.561 recién nacidos tuvieron al menos un progenitor italiano, aunque solo 406 fueron de padre y madre italianos.
Los italianos son una comunidad muy mezclada con la española. El 61% de los italianos que tuvieron un hijo en España fue con una española, mientras que solo el 17% fue con otra italiana. El 54% de las italianas lo tuvieron con un español, mientras que solo el 25% fue con un italiano.
Hay casos más extremos de mestizaje con españoles. Los cubanos, por ejemplo. En el 69% de los casos de los hombres cubanos que tuvieron un hijo en España fue con una española; en el 67% de los casos de las madres cubanas fue con un español.
La nacionalidad con menor endogamia en España fue Argentina. Solo el 13% de los hombres y el 14% de las mujeres tuvieron un hijo en España con un compatriota.
Todo lo contrario que los chinos: el 97% de los hombres chinos que tuvo un hijo en España en 2015 fue con una mujer nacida en China. En el caso de las mujeres, el 91% de las madres fue con un padre chino.
India y Pakistán son las siguientes comunidades más cerradas para procrear. La cuarta es Marruecos. El 86% de los hombres que fue padre en 2015 fue con una mujer marroquí; el 80% de las mujeres marroquíes fue con un compatriota.
No en todos los países los porcentajes de mestizaje son tan similares entre hombres y mujeres. En Rusia y Polonia, por ejemplo, las diferencias entre sexos es enorme. El porcentaje de mujeres rusas que tuvieron un hijo con un español fue del 51%, mientras que solo el 8% de los hombres ruso tuvieron un hijo con una madre española. En el caso de Polonia, el 56% de las mujeres polacas que tuvieron un hijo en España fue con un padre español, frente el 25% de padres polacos y madre española.
Las mujeres españolas tienen en términos globales menos hijos con hombres extranjeros que los hombre españoles con mujeres extranjeras. En total, 22.575 españoles tuvieron un recién nacido en España con una mujer de otro país, por los 16.785 de españolas con un extranjero.
España
Mientras la frontera ardía, brindaban por la amistad
Hay gestos que definen épocas. Pequeños actos simbólicos que concentran en su aparente insignificancia toda la sustancia de una crisis mayor. La imagen de ministros del Gobierno español celebrando con copas de champán en la embajada de Marruecos, mientras a pocos kilómetros de distancia decenas de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad extranjeras— asaltaban sistemáticamente nuestras fronteras, no es una anécdota diplomática. Es una fotografía de la España que hemos construido: una nación que ha aprendido a brindar con su verdugo mientras el verdugo afila el cuchillo. Una sociedad cuyos gobernantes han elevado la traición a la categoría de política de Estado, disfrazada con el lenguaje edulcorado de la «cooperación» y la «vecindad estratégica».
La escena resulta casi literaria en su crueldad. Allá afuera, en el perímetro de Ceuta y Melilla, se desarrollaba lo que cualquier manual de derecho internacional calificaría sin ambigüedades: una agresión territorial. No una crisis humanitaria espontánea, no un flujo desbordado de personas en situación de vulnerabilidad, sino una operación coordinada de presión demográfica, ejecutada con la precisión que solo permite la planificación estatal. Mientras tanto, en el interior, en la sala de recepciones de una embajada que representa a un régimen que nos hostiga abiertamente, nuestros responsables políticos sonreían, estrechaban manos, brindaban por la amistad. La pregunta que emerge de esta disonancia no es retórica: ¿hasta qué punto debe deteriorarse la dignidad nacional para que quienes deberían defenderla al menos dejen de festejar con el agresor?
La respuesta, desgraciadamente, la conocemos. La conocemos porque hemos visto este guion repetirse tantas veces que ya resulta predecible. Cada asalto a nuestra frontera es seguido, no de una nota de protesta firme, ni de una llamada al orden, ni de la suspensión de acuerdos, sino de una nueva ronda de concesiones diplomáticas, de fondos de cooperación renovados, de silencios cómplices ante lo que en cualquier otra latitud del mundo se denominaría por su nombre. Y ahora, para completar el cuadro, llega la noticia de que Israel —aliado tradicional, socio en múltiples áreas— ha decidido alinearse públicamente con el Reino alauita en su estrategia de presión contra España. El aislamiento es casi total. Y nuestra respuesta, invariablemente, es seguir abriendo la puerta de par en par, seguir pidiendo por favor, seguir fingiendo que esto es normalidad.
Intercambio de favores y debilidad institucional
Existe algo profundamente sospechoso, casi obsceno en su cinismo, en la insistencia del Gobierno español por felicitar a Marruecos mientras las pruebas de su colaboración en la invasión híbrida son incontrovertibles. No se trata de ignorancia. No se trata de falta de información. Los servicios de inteligencia españoles, las propias fuerzas de seguridad desplegadas en la frontera, los vídeos que circulan por redes sociales, todo apunta en la misma dirección: las autoridades marroquíes no solo toleran estos asaltos masivos; los organizan, los facilitan, los utilizan como herramienta de presión política. Y sin embargo, desde el Ejecutivo de Pedro Sánchez, el discurso oficial sigue siendo de diálogo, de entendimiento, de reconocimiento mutuo.
¿Qué explica esta persistencia en el error? ¿Qué fuerza es capaz de mantener a un gobierno en la senda de la autodestrucción diplomática a pesar de la evidencia aplastante? La respuesta no puede encontrarse en el ámbito de la razón de Estado, al menos no en su definición clásica. Ningún interés nacional genuino justifica celebrar acuerdos con quien te agrede abiertamente. Ninguna estrategia de largo plazo recomienda mostrar tanta debilidad ante un vecino que interpreta cada concesión como una invitación a exigir más. La única explicación plausible es que estamos ante algo distinto de la política exterior tradicional. Estamos ante un intercambio de favores que trasciende la esfera pública y entra en terrenos más oscuros: la supervivencia política a corto plazo, los acuerdos de partido, las necesidades de gabinete que se priorizan sobre las necesidades de país.
Es significativo que cada crisis fronteriza coincida con momentos de especial vulnerabilidad del Ejecutivo. Es llamativo que las presiones migratorias se intensifiquen cuando Marruecos necesita algún gesto específico de Madrid. Es demasiado sistemático para ser casualidad. El mensaje que recibe Rabat es claro: España puede ser presionada, España cederá, España pagará. Y el mensaje que recibimos los españoles es igual de claro, aunque mucho más doloroso: nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo que puede liquidarse en el mercado de la política doméstica.
Soberanía territorial y política de alianzas
La complicidad del PSOE con esta dinámica no es un accidente histórico. Es el resultado de una evolución ideológica que ha convertido a España en un problema a gestionar, no en una nación a defender. Para la izquierda contemporánea, la idea misma de soberanía resulta incómoda, sospechosa de nacionalismo excluyente, manchada por un pasado que prefieren denigrar antes que comprender. En este contexto mental, defender la frontera se convierte en un gesto reaccionario, mientras que ceder ante el chantaje se presenta como modernidad, como apertura, como cosmopolitismo. Es la inversión moral completa: el que agrede es víctima de sus circunstancias, el que se defiende es agresor por negar la hospitalidad, el que traiciona su deber de protección es visionario.
Pero hay algo más profundo en esta complicidad. Es la constatación de que el PSOE ha encontrado en Marruecos un socio útil para su proyecto de descomposición nacional. Un socio que le recuerda periódicamente cuán frágil es su posición, cuán dependiente de buena voluntad externa, cuán necesitado de gestos de clemencia. En esta relación asimétrica, el socialismo español juega el papel del deudor que nunca puede pagar, del culpable que nunca puede expiar, del débil que debe agradecer cada respiro. Y nosotros, los españoles que no compartimos esta visión autodenigratoria, somos los rehenes de una psicología política que nos vende como moneda de cambio.
La pregunta que inevitablemente surge de esta situación es hasta dónde puede llegar esta lógica de rendición. Si Marruecos puede asaltar nuestras fronteras con impunidad, si puede organizar invasiones demográficas coordinadas sin que ello suponga la ruptura de relaciones, si puede contar con la complicidad pasiva o activa de nuestros propios gobernantes, ¿qué queda de la España que conocimos? ¿Qué queda del Estado que se suponía garante de nuestros derechos, de nuestra seguridad, de nuestra integridad territorial?
Y aquí llegamos al tercer punto, quizás el más inquietante de todos. Porque la situación actual no es un incidente aislado ni una crisis pasajera. Es el preludio de algo más grave, de una escalada que podría llevarnos a escenarios que hoy parecen impensables pero que mañana podrían ser inevitables. La Unión Europea, esa estructura que se supone garante de nuestra seguridad colectiva, ha demostrado una vez más su inutilidad cuando los intereses nacionales de los Estados miembros entran en colisión. Italia cierra sus fronteras, expulsa a España del espacio Schengen, actúa con la decisión que nosotros nos negamos a tener. Y nosotros seguimos esperando que Bruselas nos defienda, que París nos respalde, que alguien desde fuera venga a salvar lo que nosotros mismos nos empeñamos en destruir.
Pero ¿y si esa ayuda no llega? ¿Y si la UE, como es previsible, sigue su lógica de abandono progresivo de las fronteras exteriores? ¿Tendremos que llegar al extremo de una confrontación armada para que nuestros gobernantes reconozcan que estamos ante una agresión y no ante una crisis humanitaria? ¿Es necesario que las tropas españoles entren en combate para que se entienda que Marruecos ha declarado una guerra híbrida que solo espera su momento de apertura formal?
La pregunta no es descabellada. La historia está llena de ejemplos de conflictos que comenzaron como presiones migratorias, como operaciones de desestabilización demográfica, como invasiones de baja intensidad que nadie quiso nombrar hasta que fue demasiado tarde. Marruecos sabe que España es vulnerable. Sabe que nuestra voluntad política está fragmentada, que nuestra sociedad está dividida, que nuestros líderes están más preocupados por su supervivencia electoral que por la defensa del territorio. Y en esa vulnerabilidad ha encontrado una oportunidad histórica que no tiene intención de desaprovechar.
Conclusión: La vigencia de la comunidad política
La España que emerge de esta crisis no es la misma que entró en ella. Cada asalto a la frontera, cada brindis en la embajada del agresor, cada silencio cómplice de quien debería alzar la voz, nos acerca un poco más a la pérdida definitiva de algo que no sabíamos que podía perderse: la certeza de que vivimos en un país capaz de defenderse. Porque no se trata solo de territorio, aunque el territorio sea el primer bien que se pierde. Se trata de la idea misma de comunidad política, de nación, de proyecto compartido que merece ser protegido.
Cuando un gobierno elige festejar con quien le agrede, cuando prefiere la sonrisa diplomática a la firmeza necesaria, cuando sacrifica la dignidad nacional en el altar de la conveniencia coyuntural, está enviando un mensaje que trasciende la política exterior. Está diciéndonos que ya no cree en España como entidad merecedora de defensa. Que la considera un accidente histórico que debe gestionarse hasta su disolución final. Que los españoles que vivimos aquí, que pagamos impuestos, que servimos a nuestras instituciones, no somos su prioridad.
La resistencia a esta lógica no puede venir de quienes se han beneficiado de ella. No puede venir de quienes han convertido la traición en virtud y la rendición en prudencia. Debe venir de quienes todavía creen que una nación sin fronteras defendibles deja de ser nación, que un Estado que no protege a sus ciudadanos deja de ser Estado, que una sociedad que acepta ser invadida sin rechistar ha perdido ya la voluntad de existir.
Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado fuera de su espacio de protección. Y nosotros seguimos brindando, seguimos cediendo, seguimos fingiendo que esto es normalidad. Pero no lo es. Y el día que despertemos de este letargo, quizás descubramos que la España que queríamos defender ya no existe. Que la dejamos escapar entre brindis y sonrisas, entre acuerdos de cooperación y fondos de desarrollo, entre la cobardía de quienes debieron protegerla y la indiferencia de quienes debimos exigir que lo hicieran.
La batalla no ha terminado. Pero tampoco ha comenzado realmente. Y eso es, quizás, lo más preocupante de todo.
