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Historia

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (2): Marx en los infiernos

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Si el primer rebelde de la historia fue Lucifer, que se sublevó contra Dios en su pretensión de «asaltar los cielos», su más fiel lacayo, su chambelán predilecto fue Kissel Moses Mordecai Levi Marx, «el gurú rojo», jugador, bebedor —asiduo del Club de la Taberna, de Tréveris—, amante de orgías, casado con una aristócrata prusiana —él, tan amigo de los proletarios—
Marx era descendiente de una familia de rancio abolengo talmúdico. El autor Wolfgang Waldner sugiere que Marx trabajó inicialmente como espía de la policía para el régimen prusiano. Algo sucedió en el transcurso de su actividad que le obligó a mudarse a Londres en 1848, huyendo de la policía prusiana. ¿Dónde recaló?: pues en casa de los Rothschild, ¡oh, casualidad!

La familia Rothschild descendía del judío Amschel Moses Bauer (1710-1755), quien fundó en el nº 69 de la Judengasse de Frankfurt un negocio de orfebrería y cambio de monedas. El nombre «Rothschild» significaba «escudo rojo», pues ése era el distintivo que colgaba a la entrada de la tienda, ya que el rojo era el pabellón de los judíos protestantes en el este de Europa.

Al parecer, fue su hijo Mayer Amschel Bauer quien adoptó ese nombre como apellido y distintivo de la dinastía, cuando heredó el negocio de su padre.

Los Rothschild pertenecían a la logia masónica Judenlodge, ubicada en el mismo Frankfurt. Michael Hess, director de la escuela judía reformada Philantropin, también fue una figura destacada de esta logia.
Lo que son las cosas, fue uno de los gurús de Marx. ¡Oh, casuaidad!

Como ya en el último tercio del XVIII los judíos cabalistas ejercían el control de las finanzas mundiales a través de la familia Rothschild, se planeó capturar el poder político a través del trabajo de Adán Weishaupt, con la creación de la orden Illuminati, obra de una troika formada Mayer Amschel Rothschild, Weishaupt, y Jakob Frank, un judío polaco que era el líder de la Cábala en 1783.

Mayer fue el financiador de Weishaupt, y a él se le atribuye una tremenda frase con la que explicaba el horizonte último de la democracia y los poderes mundiales: «No importa a quién vote el pueblo: siempre nos votará a nosotros».

En 1872, el cuartel general Illuminati se trasladó a Frankfurt —por cierto, la sede de los illuminati en Ingoldstadt se convirtió en sinagoga—, hecho bastante revelador, a lo cual hay que añadir otra curiosa «coincidencia»: en Frankfurt se fundó también la escuela de sociología que elaboró el marxismo cultural. Otra casualidad.

El verdadero ideólogo de los Illuminati fue Jakob Frank, cuyo horizonte era subvertir las religiones del mundo, estrechamente emparentado con el objetivo sionista de la Cábala de instituir un gobierno global para que sea gobernado por el Mesías esperado.

La ideología de Jakob Frank fue decisiva para la elaboración del «Manifiesto Comunista» por Karl Marx, ya que el cabalista rechazaba todas las leyes morales, y declaraba que la única forma de llegar a una nueva sociedad era a través de la destrucción total de la civilización actual, para lo cual el asesinato, la violación, el incesto y el beber sangre eran acciones perfectamente aceptables y rituales necesarios. De esta metodología subversiva cabe colegir que el tal Frank era satanista: y lo era.

El cabeza de la dinastía en 1848, a la llegada de Marx a Londres, era Lionel Nathan Rothschild, quien era el verdadero líder en la sombra del Comunismo marxista, porque los Rothschild y otros banqueros estaban acometiendo desde hace tiempo la tarea de la promoción del sionismo a través de las ideas liberales, masónicas y protestantes que bullían en el ambiente de la época desde principios del siglo XIX —incluso se llegó a atribuir a Lionel la redacción de «Los Protocolos de Sion»—.

Una de las claves de este sionismo era el odio visceral a Rusia, que Marx compartía plenamente, porque el Imperio zarista era el bastión más inexpugnable del cristianismo, y porque consideraban a las razas eslavas de orden inferior.

Marx estaba emparentado curiosa y sospechosamente con Lionel, hasta el punto de que eran primos terceros de sangre: Nathan Mayer Rothschild se casó con Hannah Barent-Cohen, hija de Levi Barent-Cohen; y Lydia Diamantschleifer —nieta por vía paterna de Barent Cohen, cuyo otro hijo Salomon David Barent-Cohen— se casó con Sara Brandes, bisabuela de Karl Marx.

Marx fue el agente utilizado por los Rothschild una subvertir la democracia, y controlar el naciente socialismo, que ya existía en Alemania, Gran Bretaña, Francia y otros lugares. Fue así como Lionel Nathan suministró cuantiosos fondos a Marx, por valor de miles de libras esterlinas. Dos de los cheques que demuestran estas donaciones se puede ver en el Museo Británico —posteriormente, la familia Rothschild también donó ingentes cantidades de dinero a Leon Bronstein, más conocido como el camarada «Trotski», para financiar la revolución bolchevique—.

A estos fondos hay que sumar los cerca de 6 millones de francos franceses que le dio su amigo Friedrich Engels, según el Instituto de Estudios Marxistas-leninistas de Moscú.

Marx también recibía donaciones de dinero por parte de sociedades secretas, como la «Liga de los Justos», muy relacionada con la «Societé des Saisons» —la Sociedad de las Estaciones—. Todas estas sociedades ocultistas trabajaban inspirando las revueltas de las masas y los movimientos revolucionarios, obreros y sindicales. Él mismo pertenecía —al igual que Engels—, a la sociedad «Hermandad Obrera». Su pertenencia masónica es muy clara, como se puede ver en las fotografías done Marx posa haciendo «la señal del maestro del segundo velo», consistente en introducir la mano derecha bajo la chaqueta, al estilo de Napoleón, otro masón. Lenin y Stalin también posaron de esa guisa, por cierto.

Aunque en apariencia pocos intereses comunes puede haber entre los «banksters» y un movimiento proletario que busca la eliminación de las castas burguesas dirigentes y explotadoras, es preciso tener en cuenta que tanto la extrema derecha como la extrema izquierda son colectivistas, y se basan en un estatalismo totalitario favorecedor de monopolios y centralismos, objetivo muy apetecible para la plutocracia financiera, siempre ávida de acaparar todos los recursos posibles y eliminar la competencia, «un pecado», en palabras de John Rockefeller.

¿Qué puede haber en común entre el socialismo y un banco líder?: el punto es que el socialismo autoritario, el comunismo marxista, exige una fuerte centralización del Estado. Y donde hay una centralización del Estado, necesariamente debe haber un banco central, y donde tal banco existe, se especula con el trabajo de los pueblos.

Como señala Anthony Sutton en su obra «Wall Street y la Revolución bolchevique», «El control monopolista de las industrias fue una vez el objetivo de J. P. Morgan y J. D. Rockefeller, pero, hacia el final del siglo XIX, Wall Street comprendió que el modo más eficiente para conseguir un monopolio sin rival era meterse en la política, y conseguir que la sociedad trabajara para los monopolistas, bajo el disfraz del “bien público”».

Bakunin —primero colaborador y después agrio opositor de Marx—, en su «Carta a los internacionales de Bolonia» destapa la colaboración entre Lionel Nathan y Marx, afirmando del banquero que «teniendo un pie en el banco, acaban de colocar en estos últimos años otro pie en el socialismo», y haciendo del sionismo el elemento aglutinador de esa aparente amistad contra natura: «La solidaridad judía, esta solidaridad tan fuerte que se mantuvo a lo largo de la historia, los une […] Este mundo está ahora, al menos en su mayor parte, a disposición de Marx por un lado, y de Rothschild por el otro».

En definitiva, el comunismo delineado por Marx bajo las órdenes y la guía de los «banksters» y las sociedades secretas era promover una «revolución mundial» de diseño, científicamente planificada y dirigida, para llegar al Nuevo Orden Mundial —como afirmaba H. G. Wells en una obra publicada en 1939 sobre el NOM—. Ahondando más en el tema, Aldous Huxley vaticinaba que esta utopía totalitaria llegaría a través del caos social, según la alquimia ocultista condensada en la frase «Solve et coagula», que impondría un nuevo feudalismo con señores y esclavos.

Esta idea aparece claramente formulada en Los Protocolos de los Sabios de Sion: «Nuestra misión es aparecer como los libertadores del trabajador. Debemos hacerles creer que van a salir de la opresión si ingresan en nuestros ejércitos socialistas, anarquistas y comunistas. Debemos hacerles ver que les ayudamos con espíritu de fraternidad, que estamos animados por esa solidaridad humana que pregona nuestra masonería socialista».

Bajo el slogan de «Proletarios de todo el mundo, uníos», y «El Manifiesto Comunista», el movimiento revolucionario y socialista inspirado por Marx y Engels comenzó a utilizar la estrella roja de 5 puntas como símbolo de su ideal socialista, curiosamente igual que el pentagrama, el emblema ocultista y de las órdenes satánicas.

Y, todavía más curioso, esa estrella roja de 5 puntas que pasó a ser el emblema del comunismo era prácticamente idéntica al «escudo rojo» de los Rothschild.

El objetivo del «Manifiesto Comunista» —financiado también por Lionel— era plasmar en un programa teórico-práctico los principios illuminati pergeñados por Weishaupt y su logia de «perfectibilistas», a través de lo que podríamos llamar «protocolos comunistas», donde se recogen a la perfección los principios illuminati para la subversión del mundo, condensados en la frase: «Echemos a los capitalistas de la tierra, y a Dios del cielo». Aquí vemos en toda su magnitud el eslogan revolucionario satánico de «asaltar los cielos».

Los protocolos comunistas del «Manifiesto» se integraron íntegramente en los «Protocolos de los Sabios de Sion», los cuales sirvieron de base ideológica y de praxis subversiva a la revolución de octubre de 1917 —protagonizada por una troika judeomasónica, y financiada generosamente por la gran banca judía de Wall Street: Rothschild, Jakob Schiff, Warburg, Kuhn&Loeb, Rockefeller…—, que encarnó en Rusia la dictadura comunista, es decir, la dictadura illuminati: el anticipo del NOM, en una palabra.

En resumidas cuentas, el comunismo no fue sino el ensayo, el anticipo del futuro Gobierno Mundial, que se caracterizará por el totalitarismo, el despotismo, la tiranía de una nomenklatura de plutócratas ―que sustituirá a la nomenklatura de funcionarios bolcheviques ―, el sometimiento total de masas esclavizadas, la exacción de todos los recursos de la Tierra, la destrucción del cristianismo, y la entronización de Belcebú, quien inspiró todos los protocolos y manifiestos en los que se fundamentó el bolchevismo.

Belcebú, porque Marx fue satanista, como él mismo confiesa en sus tremendos poemarios, donde proclama con rotundidad que para él el socialismo no era más que un pretexto, puesto que su objetivo final era el diabólico plan de arruinar a la humanidad por toda la eternidad, asaltando los cielos con su proletariado para llevarnos a los infiernos:

«Por tanto, el cielo he perdido,/ esto yo bien lo sé./ Mi alma, otrora fiel a Dios,/ seleccionada está para el infierno».

«Ese arte, Dios ni quiere ni rechaza, salta al cerebro desde la negra niebla del Infierno. Hasta el corazón embrujado, hasta que los sentidos titubean: con Satán he hecho mi trato».

«Los vapores infernales suben y llenan la mente,/ hasta que enloquezco y mi corazón es totalmente cambiado./ ¿Ves esta espada?:/ el Príncipe de las Tinieblas me la vendió./ Para mí marca el compás, y da las señales./Cada vez con más osadía, toco el baile de la muerte».


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