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Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas
Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- La Historia de la Humanidad ha sido la crónica de una apocalíptica batalla entre el Bien y el Mal, entre la Luz y las Tinieblas, entre ángeles y demonios, entre Cristo y Lucifer, contienda que, aunque disfrazada de luchas de clases, de imperios, de élites plutocráticas, de religiones y razas, se inició con el big bang y en la actualidad ya se muestra a cara descubierta, sin máscaras ni cortinas de humo, en toda su crudeza armagedónica.
El movimiento gnóstico incubado en las esfinges, en los cenáculos de Sumeria, Babilonia y Egipto, de claro componente luciferino que les inyectaba la rebelión del hombre contra Dios como su más pura esencia, reptó sibilinamente enroscado en el tronco del cristianismo, como una mandrágora venenosa, que floreció en el humanismo renacentista, en el protestantismo, en la masonería, y que sistematizó su propuesta subversiva en los protocolos de los illuminati, los cuales fueron recogidos y ampliados por el satanismo marxista. Esta corriente destructora de la civilización cristiana desembocó en los Protocolos de los Sabios de Sion, y el conjunto de estas doctrinas luciferinas fue el dogma revolucionario que nutrió la revolución bolchevique.
Los luciferinos leninistas pensaron que la revolución recién implantada en Rusia, que había liquidado el imperio cristiano más grande del mundo, se extendería rápidamente a otros países, pero sus cálculos fallaron, ya que en la totalidad de Europa no se produjo la esperada movilización proletaria que dinamitara las democracias burguesas.
¿Por qué este fracaso revolucionario? La respuesta a este misterio de la acedía obrera la proporcionó el teórico marxista Antonio Gramsci (1891-1937), fundador del Partido Comunista italiano, quien estaba convencido de que la subversión comunista no se había producido en los países occidentales debido a que en ellos tenía un dominio absoluto la cultura tradicional fundamentada en el cristianismo, por lo cual era preciso exterminarla si se querían conseguir los objetivos revolucionarios.
El cristianismo era, según Gramsci, el freno mayor, el impedimento y barrera que no dejaba avanzar la revolución en Occidente. Para contrarrestar esto, Gramsci decía que había que extirpar por todos los medios la cultura cristiana occidental en un “combate cultural”, al que él llamaba “camino largo” o “marcha larga”.
Esta “marcha larga” debía dirigirse hacia todas las instituciones: universidades, escuelas, museos, iglesias, seminarios, periódicos, revistas, hoy día también televisión, cine, etc., desde donde se propague una anti-cultura que acabe con los cimientos y las convicciones de la cultura cristiana occidental para que la gente, una vez debilitada en sus convicciones, se adhiera a los ideales marxistas que antes habían rechazado de forma natural.
Como afirma el ex-analista de la CIA Roniel Aledo (https://www.actuall.com/ criterio/democracia/como-el-marxismo-cultural-de-la-escuela-de-frankfurt-invento-la-persecucion-al-disidente/): «Los hombres eran hombres y se comportaban como tales, las mujeres eran mujeres y se comportaban como tales, la gente creía en Dios, los europeos estaban orgullosos de su historia, los franceses seguían orgullosos de su imperio, los británicos seguían orgullosos de su imperio, los españoles seguían orgullosos de haber colonizado un nuevo mundo, todos daban por seguro que la cristiandad era la verdadera religión y las otras religiones falsas. Y todos seguían defendiendo que el “todo” Occidental […] era superior a las otras culturas.
Destruir la civilización cristiana tenía que ser, por consiguiente, el objetivo de un nuevo marxismo, el «marxismo cultural», corpus ideológico creado por Gramsci, encaminado no a asaltar palacios, ni a combatir en barricadas callejeras, sino a destrozar las sociedades cristianas infiltrándolas con ideologías corruptas, subversivas y pervertidoras. Este marxismo cultural constituye en la actualidad la ideología dominante del sistema mundo, la base del pensamiento «políticamente correcto» que ha provocado la degeneración del sistema mundo, orientado hacia el despotismo luciferino del NOM.
Estamos, pues, ante una metamorfosis de la cosmovisión marxista, ante un monstruoso alien incubado en el vientre del bolchevismo, sólo que su ámbito de actuación ahora, en vez de ser la agitación política, es la cultura y la sociedad.
En efecto, finiquitado el comunismo como movimiento político, debido al enorme descrédito con que le han desprestigiado sus fatídicas encarnaciones en algunos países ―apoteosis de gulags, checas, campos de concentración, purgas, carestías y genocidios―, el bolchevismo luciferino se ha travestido de pensamiento «políticamente correcto» ―es decir, sometido a las despóticas imposiciones de la ideología NOM―, que infecta la civilización occidental con el objetivo de destruir sus valores tradicionales.
Aunque muchos de sus principios ya estaban anunciados en el marxismo como movimiento económico y sociopolítico, el marxismo cultural es una ideología que tiene como objetivo subvertir los valores tradicionales y los principios fundamentales en los que se asienta una sociedad: familia, religión, sexualidad, raza, nación, arte, moralidad, tradiciones… Enraizado en lo que sus ideólogos llaman «progresismo», este movimiento acusa a los valores tradicionales de anticuados, represivos y opresivos, por lo cual aspira a su destrucción, creando las llamadas ―para decirlo con el lenguaje de George Soros, uno de los principales conspiradores del NOM― «sociedades abiertas», término acuñado por Karl Popper, el gurú ideológico del multimillonario judeohúngaro.
Así pues nace la teoría —después puesta en práctica con increíble éxito como vemos hoy día— de que hay que destruir todo (y a todos) lo que defienda o promueva el cristianismo, la familia tradicional, el rol natural del hombre y la mujer, las etnias autóctonas europeas, la superioridad de la literatura, arte, y música europea, la creencia en Dios, el orgullo en la historia europea —especialmente la conquista y colonización de otros continentes, culturas y religiones—, el heterosexualismo, y, en fin, todo lo que componía la cultura y realidad occidental cristiana.
Había que debilitar cual quintacolumna, desde dentro, la cultura de Occidente, debilitar la creencia en Dios, en la Ley Natural, en el orden natural de la sociedad y había que defender todo lo que fuera anti cristiano, anti Europa, anti Occidente».
Para llevar a la práctica la estrategia diseñada por Gramsci, surgió en Frankfurt en 1923 el «Instituto para la Investigación Social» o, simplemente, la «Escuela de Frankfurt» dirigida por el húngaro George Lukacs y financiada por Félix Weil, cuyos miembros eran casi todos neomarxistas judíos ―entre los que destacaban Max Horkheimer, Erich Fromm, Adorno, Habermas y Herbert Marcuse, y la proximidad a ella de Bertrand Russell y Albert Einstein―, y cuya base ideológica es una síntesis entre Marx y Freud. Identificado con el progresismo en todas sus vertientes, su principal instrumento de manipulación, control y censura es la llamada «corrección política».
Los principios «fundacionales» de esta escuela luciferinas eran los siguientes, y, aparte de su maldad intrínseca, causa verdadero pasmo al ver cómo casi 100 años después de su formulación hoy están tan de plena actualidad, que constituyen la ideología «políticamente correcta», es decir, la ideología globalista del NOM:
- La creación de ofensas de racismo.
- El continuo cambio para crear confusión.
- La enseñanza del sexo y de la homosexualidad a los niños.
- El debilitamiento de la autoridad de las escuelas y de los profesores.
- Una inmigración enorme para destruir la identidad.
- La promoción de la bebida excesiva de alcohol.
- El vaciamiento de las iglesias.
- Un sistema legal no fiable con prejuicios contra las víctimas de delitos.
- La dependencia del Estado o de los beneficios estatales.
- El control y la estupidización de los medios de comunicación.
- El estímulo del quiebre de la familia.
En un estudio sobre la Escuela de Frankfurt publicado el 11 de diciembre de 2008 en el semanario católico The Wanderer, Timothy Matthews afirma que «Básicamente, la Escuela de Frankfurt creía que mientras un individuo tuviera la creencia, o incluso la esperanza de creer, de que su don divino de la razón podría resolver los problemas que enfrenta la sociedad, entonces la sociedad nunca alcanzaría el estado de desesperanza y alienación que se consideraba necesario para provocar una revolución socialista. Para socavar la civilización occidental, los judíos de la Escuela de Frankfurt pidieron la crítica más negativa y destructiva posible de todas las esferas de la vida.
Desestabilizar a la sociedad y ponerla de rodillas, diseñar el colapso, producir crisis y catástrofes, esto se convirtió en el objetivo de estos revolucionarios judíos mal adaptados y mentalmente disfrazados de intelectuales de alto poder».
Con estas premisas ideológicas, el propósito del marxismo cultural era destruir todo lo que hasta entonces había sido la Civilización Occidental: la cultura, la Ley Natural, los roles masculino y femenino, la creencia en Dios, todo lo pro-europeo, todo lo pro-cristiano. Real como la vida misma, hasta el punto de que causa verdadero pasmo comprobar el enorme éxito que ha tenido en Occidente esta ideología tan perversa.
A la vista de estos postulados, se puede comprender con meridiana claridad por qué una de las armas para inocularlos en las sociedades occidentales es el alevoso fomento de la inmigración masiva hacia ella de gentes del Tercer Mundo con culturas y religiones ajenas a las europeas, y la imposición totalitaria de leyes que discriminan positivamente a todas las minorías que practiquen valores no-cristianos.
George Lukacs ―un aristócrata judeohúngaro hijo de un banquero― explicaba así su objetivo: «Vi la destrucción revolucionaria de la sociedad como la única solución para las contradicciones culturales de la época… Tal volteamiento mundial de valores no puede ocurrir sin la aniquilación de los antiguos valores y la creación de otros nuevos por los revolucionarios». Lukacs desarrolló la idea de «Revolución y Eros», que consistía en usar el instinto sexual como un arma de destrucción, y llegó a formular un deseo que expresa a la perfección el diabólico objetivo del marxismo cultural: «Quiero una cultura de pesimismo… un mundo abandonado pro Dios»… para dárselo al Diablo, claro está.
Y Horkheimer, otro de sus miembros distinguidos, precisaba más ese objetivo revolucionario en su «Teoría Crítica»: «La manera de destruir la civilización occidental era el ataque sistemático a todos sus valores asociados a ésta».
Desde este punto de vista defendía, por ejemplo, la destrucción del matrimonio y la familia con hijos, afirmando que el matrimonio puede ser cualquier tipo de unión donde intervenga la atracción sexual sin ningún fin concreto —¿nos suena esto de algo?—. Según Horkheimer, la revolución no sucederá con armas, sino más bien de manera progresiva, año tras año, generación a generación.
En esa misma línea, Fromm decía que la masculinidad y la feminidad no eran reflejo de diferencias biológicas, sino que era imposición debida a la “opresión” que los heterosexuales ejercían en la sociedad. Cualquier parecido de esta afirmación con la sociedad actual no es mera coincidencia, como vemos, porque no es ninguna casualidad que el mundo actual asista a la demolición de la familia a través del feminismo misándrico y la LGTBI, sin duda la estrategia más importante para el NOM a la hora de conseguir el Gobierno Mundial para el Anticristo.
Según el mismo Roniel Aledo, otra de las ideas clave de esta corriente ideológica era considerar a las personas de cultura occidental como una clase opresora por naturaleza, a la vez que se establecía que «la nueva clase oprimida y buena por naturaleza está constituida por todos los individuos de cultura, religión y etnias no occidentales o por las minorías que contradicen en sus acciones y pensamiento lo tradicional cristiano: todas las razas no blancas, homosexuales, inmigrantes del tercer mundo, feministas, ateos “científicos”, musulmanes, etc.
Otro judeomarxista afín a la Escuela fue Willi Münzenberg (1889-1940), que fue el primer presidente de la Internacional Comunista de la Juventud en 1919-1920, quien propuso como protocolo revolucionario «organizar a los intelectuales y usarlos para hacer que la civilización occidental apestara. Solo entonces, después de que hayan corrompido todos sus valores y hayan hecho la vida imposible, podemos imponer la dictadura del proletariado».
Acusado de revisionista por Stalin, los esbirros del NKVD lo capturaron y los colgaron de un árbol. Lo de siempre.
Herbert Marcuse fue probablemente el teórico más importante del grupo de Frankfurt —junto con Erich Fromm—, y ya en su ensayo «Tolerancia Represiva» patenta la ideología de lo «políticamente correcto», que condena y persigue totalitariamente cualquier disidencia a los dogmas del marxismo cultural impuestos a través del lavado de cerebro a las masas esclavizadas.
Adormecida por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial, el marxismo cultural explotó en la década de los 60, con la floración del movimiento hippie, su primera manifestación clara en la sociedad occidental, movimiento en el que estaban ya incubados muchos de los principios de la ideología globalista que hoy infectan el mundo: banalización del sexo, drogas, ecologismo, destrucción de la familia tradicional, filosofía «Nueva Era», pensamiento antisistema, etc.
A raíz de esta «explosión», Occidente lleva más de 50 años siendo lobotomizado en esos malévolos principios, a través de la enseñanza y los medios de comunicación, lobotomización que ha provocado una pavorosa decadencia de la civilización occidental.
Ésta se describe magníficamente en la obra de Peirs Compton «The Broken Cross» (La cruz torcida, 1981), donde se afirma que «Hay un sentir en el exterior de que nuestra civilización está en peligro de muerte. Es un despertar reciente… Porque la civilización declina cuando la razón se pone de cabeza, cuando lo malvado y abyecto, lo feo y corrupto, son convertidos aparentemente en las normas de las expresiones sociales y culturales… cuando la maldad, bajo una variedad de máscaras, toma el lugar del bien […] Nosotros, los de esta generación… nos hemos convertido en las víctimas dispuestas, inconscientes, o resentidas de tal convulsión. De ahí, el aire de inutilidad que nos ha impregnado, un sentimiento de que el hombre ha perdido la fe en sí mismo y en la existencia como un todo… Nunca antes el hombre ha sido abandonado sin una guía o compás…. divorciado de la realidad… sin religión» (p. 1-3) […] Vemos… la obra de un plan de siglos y deliberado para destruir a la Iglesia desde adentro. Aun así hay más pruebas de todo tipo sobre la existencia de esa conspiración de las que hay sobre algunos de los hechos comúnmente aceptados de la historia… La orquestación secreta, que se ha ocultado a los académicos, así como a la mente del público, ha sido el trasfondo o la fuerza impulsora de gran parte de la historia mundial» (p. 4).
El programa Illuminati, el Manifiesto Comunista, los Protocolos de los Sabios se Sion, los postulados de la Escuela de Framfurt… todo este corpus luciferino tiene su icono, su logotipo, su símbolo…
Ya lo decía el masón Conde de Maistre (1753-1821), quien durante quince años había sido masón: «Hasta ahora, las naciones fueron asesinadas por conquista, es decir, por invasión. Pero aquí surge una pregunta importante: ¿puede una nación no morir en su propio suelo, sin reasentamiento o invasión, al permitir que las moscas de la descomposición corrompan en el mismo núcleo aquellos principios originales y constituyentes que lo hacen lo que es?».
Las moscas, sí…Corrompida la civilización cristiana, infectada, degenerada, degradada y podrida por la ideología del marxismo cultural, su putrefacción atrae a las moscas, que revolotean implacables alrededor de una cabeza de cerdo descompuesta que simboliza Occidente en la actualidad: cuadro dantesco para el inminente Armageddón.
Moscas comandadas por Belcebú, su Señor, el Señor de Weishaupt, de Marx, de Lenin, de Frankfurt, del NOM…
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Pánico total en los sindicatos. Por Jesús Salamanca Alonso
«Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, …»
Dos insignes sindicalistas vallisoletanos me confiesan que los sindicatos mal llamados «obreros» han entrado en pánico ante futuros gobiernos de VOX y de la «derechita cobarde», que se ha tenido que amoldar al acuerdo para formar gobierno regional. Ya sucedió en Castilla y León la legislatura pasada hasta que la insigne derecha de VOX se rasgó las vestiduras, pero se dio un paso importante de legislatura como fue eliminar las subvenciones multimillonarias que recibían los sindicatos «comegambas» o «rebaña-ostras».
Aquel paso, que llevaba tiempo reclamando la ciudadanía, tuvo una vergonzosa retrocesión por parte del PP al verse desamparado, acobardado y sin apoyos, pero quedó patente que los ciudadanos exigen que ese paso se dé de forma permanente. Y ahora se debe hacer; los sindicatos clasistas de la izquierda ventajosa y fomentadora de odio y desigualdad no han hecho nada importante para ser mantenidos por papá Estado a toda costa y a lo grande. Hasta la ministra, Yolanda “Varufakis” Díaz o Yoli «cohete», alias «Tucán», ha hecho el más burdo ridículo con las subvenciones sindicales. Lo raro es que no los haya traicionado, que es su especialidad, aunque nunca es tarde. Está apartada del Consejo de ministros desde que se marchó a la entrega de los Óscar. Cada día despierta más desprecio y menos simpatías. Doy fe.
En los últimos siete años de izquierda presuntamente (y sin presunta) corrompida con apoyos golpistas, comunistas, independentistas y terroristas ha habido infinidad de motivos para convocar huelgas sectoriales y hasta generales, pero el dúo «comegambas» practica el famoso «do ut des». En pocas palabras: dame pan, llámame perro y lléname la faltriquera. ¡Manda huevos! Bien es verdad que han perdido la calle, se han hecho casta, incluso se creen con derecho de pernada con los trabajadores y hoy corren el riesgo de que se les echen encima esos trabajadores responsables, honrados y que no viven de un mundo subvencionado ni duermen hasta las doce de la mañana por estar liberados. Las movilizaciones contra esos sindicatos no se harán esperar y conocerán la horma de su zapato. Al tiempo.
Hay sindicatos sectoriales que no reciben ni un euro, ¿por qué estos vividores sí las reciben? Nunca serán respetados mientras no se hagan cargo de las nóminas de sus propios liberados, ¿qué es eso de que sean las empresas quienes sigan pagándolos si no producen? ¿Qué es eso de que Yolanda y los dos sindicatos más denostados socialmente decidan las subidas salariales sin contar con la patronal? No estaría de más que alguna vez pagaran ellos con el dinero público que reciben. Ellos invitan y el Estado paga con dinero público. ¡Cuánta indignidad y descontrol tienen y cuánta acumulan cada día! ¡Joder, qué tropa!, repetiría incesante don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.
Este modelo sindical ya no sirve, nadie cree en ellos, son la mofa y el hazmerreír permanente y, cuando salen en TV los líderes de esas formaciones izquierdosas y ultra-izquierdosas, lo primero que se escucha en los bares, restaurantes y mesones es «¡ladrones!» y, además, se enfatiza, repite y contagia a los asistentes. Incluso calificativos, o descalificativos, muchos más gruesos. Y es que han hecho méritos para ello, llevan siete años holgando y presenciando la corrupción de varios miembros del Gobierno y aledaños, incluso viendo y comprobando como huye el galgo de Paiporta o se esconde, a la vez que miente o entorpece la acción judicial, el avestruz de Adamuz o cómo la UCO saca los colores a la «fontanera», «la Paqui», Ábalos, Koldo, Cerdán y demás parroquia, a veces amparados por las hojas parroquiales de izquierdas: las misma que acusan al juez Peinado de tener dos DNI o a Julio Iglesias en falso.
Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, el Ministerio de Transportes o la presidencia de las Cortes, por no añadir a Felisín Bolaños, Yolanda «Tucán» o Isabelita Rodríguez, más parada que un baile agarrado de los años setenta.
El gran logro sindical español se alcanzará cuando los sindicatos paguen la nómica de sus propios liberados y los gastos de mantenimiento del propio sindicato. Ese día llegará, doy fe de que llegará y tendrá el apoyo de los organismos europeos y de los propios trabajadores. Precisamente será el momento del nacimiento de la modernidad sindical en España y sospecho que Juanma Moreno será quien dé el primer paso junto con Castilla y León, que ya tiene práctica de ello.
Tras las elecciones andaluzas, y el futuro nuevo gobierno de Moreno, ha anunciado que revisará y recortará drásticamente las subvenciones públicas que reciben CC.OO. u UGT cada año. Hablamos de decenas de millones de euros que reciben esas formaciones y cuyo control deja mucho que desear. Ni siquiera sabemos si actúa el Tribunal de Cuentas al respecto ni cómo actúa. Lo del patrimonio sindical lo dedicaremos artículo aparte y en exclusiva.
Los líderes sindicales ya han salido en tromba y planean movilizaciones para seguir mangoneando y chupando del bote, aunque saben que no tienen apoyo de los trabajadores y menos de la ciudadanía en general, pero tranquilos, que llega el día grande de las gambas, el 1º de mayo.
Está claro que lo que proyectan esos sindicatos es «¡un ataque a los trabajadores!» y una amenaza a la Administración para seguir mangoneando y desprestigiándose, aunque ya no pueden desprestigiarse más.
Yo, como trabajador, sigo luchando para acabar con esos privilegios de señoritos y abusadores. Ni creo en ellos ni he creído nunca y jamás me han reportado nada. De ello, doy fe.
