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Europa

Los sueños europeos vs la inmigración masiva

Redacción

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El precio del relativismo cultural ha quedado dolorosamente patente en Europa La desintegración de las naciones-Estado occidentales es ahora una posibilidad real. El multiculturalismo —construido en un contexto de descenso demográfico, descristianización masiva y autorrechazo cultural— no es más que una fase de transición que comporta el riesgo de la fragmentación de Occidente.

Por Giulio Meotti.- Europa se presenta a sí misma como la vanguardia de la unificación de la humanidad. La consecuencia es que se han puesto en peligro las raíces culturales de Europa. Según Pierre Manent, un reconocido politólogo francés y profesor en la Escuela de Estudios Avanzados de las Ciencias Sociales de París:

«¡El orgullo o la autoconciencia europeos dependen del rechazo hacia la historia y la civilización europeas! No queremos tener nada que ver con las raíces cristianas, pero sí acoger plenamente el islam».
Manent escribió estas palabras en la publicación mensual francesa Causeur. Puso como ejemplo Turquía:

«Estaba muy claro que su fuerte carácter islámico (incluso antes de Erdogan) no sólo era un obstáculo, sino una especie de motivo, una razón para incorporar a Turquía a la UE. Habría sido por fin la prueba definitiva de que Europa se ha separado y liberado de su dependencia cristiana».

La frontera sur de Europa es ahora el primer frente para la inmigración masiva; Italia corre el riesgo de convertirse en ese campo de refugiados. En los últimos meses, Italia se ha enfrentado a una serie de barcos que llegaban de África, contraviniendo su política: primero el Sea Watch 3, después el Open Arms y, por último, el Ocean Viking. Hasta justo antes de las elecciones italianas de marzo de 2018, los inmigrantes estaban cruzando el Mediterráneo a un ritmo de 200.000 al año.

Puesto que los ministros de seguridad europeos fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre la crisis de los refugiados mediterránea, el ministro del Interior de Italia, Matteo Salvini, dispuesto a quedarse prácticamente solo, decidió cerrar los puertos italianos. Aunque el tribunal italiano intentó acusarlo de «secuestrar» a los inmigrantes, la medida política de Salvini funcionó y las llegadas de barcos cayeron en picado. En los primeros dos meses de 2019, 262 inmigrantes llegaron a Italia por vía marítima, frente a los 5.200 en el mismo periodo del año pasado, y los más de 13.000 en el mismo periodo de 2017.

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El Gobierno italiano se vino abajo el 20 de agosto; existe ahora la gran posibilidad de que una nueva coalición de izquierdas ocupe su lugar. Un barco que intenta llevar a Italia a 356 inmigrantes de África —más de los que llegaron en los dos primeros meses— se ha quedado varado en el mar desde que recogió a los inmigrantes entre el 9 y el 12 de agosto, esperando permiso para atracar. En un enfrentamiento tras otro, las ONG han intentado derribar la barricada de Salvini contra la inmigración ilegal.

Un barco ya lo ha hecho. Una de las capitanas del Sea Watch 3, la ciudadana alemana Pia Klemp, incluso recibió los honores de la ciudad de París por vencer el bloqueo italiano. Según la otra capitana alemana, Carola Rackete: «Mi vida era sencilla… Soy blanca, alemana, nací en un país rico con el pasaporte correcto», como si su decisión de ayudar a los inmigrantes estuviese, según sus propias palabras, relacionada con la vida, en comparación privilegiada, que ha tenido en Occidente.

Es un falso concepto marxista muy extendido entre los jóvenes de Europa: si tienes éxito o comodidades, sólo puede haber sido a costa de la humanidad: «Si gano algo, es que otro lo pierde». No parece existir el concepto del win-win —»Si yo gano, vosotros también podéis: ¡todos pueden!»— que es la base de la economía de mercado y que tanto ha contribuido a sacar al mundo de la pobreza. Muchos de los jóvenes sólo ven barreras que hay que derribar. Pascal Bruckner lo llamó «la tiranía de la culpa».

Por desgracia, el precio del relativismo cultural ha quedado dolorosamente patente en Europa. La desintegración de las naciones-Estado occidentales es ahora una posibilidad real. El multiculturalismo —construido en un contexto de descenso demográfico, descristianización masiva y autorrechazo cultural— no es más que una fase de transición que comporta el riesgo de la fragmentación de Occidente. En la lista de razones que lo explican, el historiador David Engels citó «la inmigración masiva, el envejecimiento de la población, la islamización y la disolución de las naciones-Estado».

La inmigración masiva ya ha socavado la unidad y la solidaridad de las sociedades occidentales —junto a la demonización de Israel con la esperanza de obtener un petróleo barato y evitar el terrorismo— ha desestabilizado el consenso político posterior a 1945.

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La política de puertas abiertas de la canciller alemana, Angela Merkel —»Wirschaffendas» («Podemos hacerlo») tuvo como resultado la entrada de un partido de derechas en su Parlamento. Alternativa para Alemania (AfD). (AfD) lidera ahora las encuestas para las elecciones regionales en la antigua Alemania del Este. El Partido Socialista francés, que gobernó el país con el presidente François Hollande, está ahora desapareciendo. Los dictados de Bruselas en lo relativo a la inmigración y las cuotas han roto la unidad de Europa y propiciado la práctica «secesión» del grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia). La utopía migratoria de Suecia metió a un partido de derechas populista en el Parlamento, y la llegada de medio millón de inmigrantes ilegales aupó a la otrora marginal Liga de Matteo Salvini a lo alto del establishment político de Italia.

Esta lista ni siquiera incluye el Brexit, la votación de los británicos para salir de la UE. Según el periodista alemán Jochen Bittner, en un artículo en The New York Times del año pasado:

A finales de 2015, la campaña por el Leave empezó a colocar pancartas que mostraban el éxodo de los refugiados de Siria y otros países a través de los Balcanes, adornados con eslóganes como «El punto de ruptura» y «Recuperar el control». Cuando Merkel anunció su política de puertas abiertas, el mensaje fue un jarro de agua fría para millones de británicos y europeos preocupados. No por casualidad, fue entonces cuando el apoyo al Brexit empezó a crecer.

En lugar de gritar «populismo» y «nacionalismo» todo el tiempo, ¿no podría Europa reconsiderar su decisión?

En este momento, la Europa que prometió abstenerse de construir más muros tras 1989, cuando se derribó el Muro de Berlín, está levantando uno tras otro para defenderse de una situación sin precedentes. Hay una barrera española de 15 m en Ceuta y Melilla; un muro húngaro del primer ministro Viktor Orbán; uno en Calais, en Francia; una valla austriaca prevista en su frontera con Italia; una valla que Eslovenia quiere construir en su frontera con Croacia; y una valla en Macedonia del Norte para su frontera con Grecia.

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Nos guste o no, Europa parece sentir una amenaza existencial y cultural de estos grandes flujos migratorios. No sólo existe la presión de la inmigración ilegal: también está la de la inmigración legal.

Más de 100.000 personas solicitaron asilo en Francia en 2017, una cifra «histórica», y el país recibió más de 123.000 solicitudes en 2018. En Alemania se presentaron 200.000 solicitudes de asilo en 2018.

La inmigración masiva está cambiando la composición interna de Europa. En Amberes, la segunda mayor ciudad de Bélgica y capital de Flandes, la mitad de los niños matriculados en las escuelas de primaria son musulmanes. En la región de Bruselas, se puede atisbar el cambio si se estudia la asistencia a las clases de religión en las escuelas de primaria y secundaria: el 15,6% asisten a clases católicas, el 4,3% a protestantes y el 0,2% de judaísmo; el 51,4% asiste a clases de religión islámica y el 12,8% asiste a clases de «ética» laica. ¿Se ve más claro ahora qué pasará en la capital de la Unión Europea? No debería extrañarnos que la inmigración encabece la lista de preocupaciones de la población belga.

Marsella, la segunda ciudad mayor de Francia, ya es un 25% musulmana. Rotterdam, la segunda ciudad mayor de los Países Bajos, es un 20% musulmana. Birmingham, la segunda ciudad mayor de Gran Bretaña, es un 27% musulmana. Se calcula que, en una generación, un tercio de los ciudadanos de Viena serán musulmanes. «Suecia está en una situación en la que ningún país de Occidente se ha visto jamás», observó Christopher Caldwell. Según el Pew Research Center, Suecia podría ser perfectamente un 30% musulmana en 2050; y un 21% en el improbable caso de que el flujo de inmigrantes se detenga por completo. Hoy, el 30% de los bebés suecos nacen de madres extranjeras. La ciudad de Leicester, en Reino Unido, es actualmente un 20% musulmana. En Luton, 50.000 de cada 200.000 habitantes son musulmanes. La mayoría del crecimiento de la población de Francia entre 2011 y 2016 fue impulsado por las grandes áreas urbanas del país. En lo alto de la lista están Lyon, Toulouse, Burdeos y el área de París, según un estudio publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos de Francia. En Lyon, hay unos 150.000 musulmanes en una población de 400.000 habitantes. Según un artículo, el 18% de los recién nacidos en Francia reciben un nombre musulmán. En los años sesenta, la cifra era del 1%.

En el escenario más extremo, los porcentajes de musulmanes en Europa que se calculan para 2050 son: Francia (18%), Reino Unido (17,2%), Países Bajos (15,2%), Bélgica (18,2%), Italia (14,1%), Alemania (19,7%), Austria (19,9%) y Noruega (17%). El año 2050 está ahí mismo. ¿Qué cabe esperar, entonces, dentro de dos o tres generaciones, cuando señaló el difunto historiador que Europa sería «como mínimo» islámica?

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Por desgracia, la mentalidad europea se niega a afrontar la realidad, como si el desafío fuese demasiado difícil para abordarlo. «La progresión imparable de este sistema me hace pensar en una taza de té a bordo del Titanic», como escribe el destacado filósofo francés Alain Finkielkraut.

No será apartando la mirada de la tragedia como evitaremos que esto pase. ¿Cómo será el rostro de Francia dentro de cincuenta años? ¿Cómo serán las ciudades de Mulhouse, Roubaix, Nantes, Angers, Toulouse, Tarascon, Marsella y todo Seine Saint-Denis?

Si la población cambia, después le sigue la cultura. Como el señala el escritor Éric Zemmour, «después de un cierto tiempo, lo cuantitativo se vuelve cualitativo».

Mientras que el poder del cristianismo europeo parece estar cayéndose por un precipicio demográfico y cultural, el islam está avanzando a pasos agigantados. No es sólo una cuestión de tasas de inmigración y nacimientos: también de influencia. «En septiembre de 2002, participé en una reunión de los centros culturales de los principales estados miembros de la Unión Europea en Bruselas», escribió el intelectual germano-sirio Bassam Tibi, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la Universidad de Gotinga.

«El congreso se desarrolló sobre el tema «Penser l’Europe» [«Pensar Europa»], pero se titulaba «El islam en Europa». Allí, me molestó oír a Tariq Ramadan referirse a Europa como «dar al Shahada» es decir, como la casa de la fe islámica. El público se alarmó, pero no captó el mensaje de la mentalidad islamista que ve Europa como parte de la casa del islam. Si Europa ya no se percibe como «dar al Harb», la casa de la guerra, sino como parte de una pacífica casa del islam, eso no es una señal de moderación, como se supone equivocadamente: es la mentalidad de una islamización de Europa».

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La buena noticia es que nada está escrito en piedra. Los europeos aún pueden decidir por sí mismos cuántos inmigrantes necesitan sus sociedades. Podrían aplicar una solución que fuese coherente, en vez de caótica. Podrían querer seguir redescubriendo su herencia humanista. Podrían volver a tener hijos y lanzar un verdadero programa de integración para los inmigrantes que ya hay en Europa. Pero no se está dando ninguno de esos pasos, necesarios para evitar la transformación de grandes áreas del continente y su quiebra.

Es importante escuchar el pronóstico de Pierre Manent y rechazar la actual tendencia a la autohumillación. Europa parece afligida por el escepticismo sobre el futuro, como si el declive de Occidente fuese en realidad un castigo justificado y una liberación de las culpas del pasado. Sí, puede haber tenido defectos terribles, pero ¿de verdad son mucho peores que los de otros países, como Irán, China, Corea del Norte, Rusia, Mauritania, Cuba, Nigeria, Venezuela o Sudán, por citar sólo algunos? Más importante es que al menos Occidente, a diferencia de muchos otros lugares, ha intentado corregir sus fallas. Lo más importante es evitar excederse en las correcciones y acabar en una situación peor que la anterior.

«Para mí, hoy, lo más esencial es la civilización europea», señala Finkielkraut.

(Fuente: Gatestone Intitute)

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España

Lo único bueno que nos trae Europa: retuercen el brazo a Sánchez para aumentar el gasto en Defensa

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El portaaeronaves Juan Carlos I se renueva con 50 equipos para su nueva propulsión y 35.000 metros de cableado

La gran revisión del buque insignia ha movilizado a más de 300 profesionales y cerca de 40 empresas especializadas

Tras casi cuatro meses de trabajos, el buque insignia a L-61 Juan Carlos I estará puesto a flote este lunes 10 de noviembre, antes de iniciar las pruebas de mar previstas para la primera quincena de diciembre, según ha informado la Armada española.

El proyecto, uno de los más relevantes desde la entrega del buque a la Armada en 2010, ha movilizado a más de 300 profesionales y cerca de 40 empresas especializadas , reflejando la magnitud técnica y humana de la actuación. Los trabajos comenzaron el 17 de julio, con la entrada del buque en dique seco , y han incluido actuaciones críticas para garantizar su operatividad durante la próxima década.

El punto central de la modernización ha sido el reemplazo completo del sistema de propulsión, un proceso de alta complejidad que permitirá optimizar el rendimiento energético del buque. Se han desmontado los Pods existentes, desinstalado 48 equipos del sistema anterior e instalado 50 nuevos equipos para sustituir su propulsión de última generación.

El proyecto ha implicado el tendido y conectado de más de 35.000 metros de cableado —tanto de fuerza como de control— y la reutilización y reconexión de otros 31.000 metros ya existentes. Estas tareas aseguran la integración total del nuevo sistema y su compatibilidad con los sistemas eléctricos y de control del buque.

La inmovilización ha incluido un programa de trabajos de varada de gran envergadura: tratamiento de superficies del casco y la superestructura, revisión de hélices transversales, estabilizadores, anclas y cadenas, y la renovación de ánodos y sistemas de protección catódica (ICCP) . También se ha intervenido en el sistema antiincrustante MGPS, se han sustituido o revisado más de 200 válvulas de fondo y se han limpiado y pintado casi 80 tanques y sentinas.

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Entre las labores más complejas destacan también las de mantenimiento de los grupos generadores diésel, que han sido sometidas a un «overhaul» completo para garantizar la confiabilidad y disponibilidad necesarias para alimentar los nuevos sistemas de propulsión.

Modernización total

El capitán de corbeta Héctor Arias Macías, jefe de Máquinas del buque, ha subrayado la importancia técnica y humana del proyecto: «La modernización efectuada en el buque se traduce en una mayor confiabilidad de los sistemas y en una mejora sustancial de las condiciones de vida a bordo».

Según explica, las mejoras en habitabilidad se reflejarán en «las zonas de esparcimiento, aseos y cocinas, que se han renovado por completo junto con las cámaras frigoríficas». Arias ha destacado además «la empatía y profesionalidad con la que todo el personal y las empresas implicadas han afrontado el proyecto», y ha reconocido que «ver al buque de nuevo a flote, tras cuatro meses en dique seco, listo para la siguiente misión, nos llena de orgullo e ilusión».

Imagen del L-61 al frente de un grupo naval

Imagen del L-61 al frente de un grupo naval. Armada Española

 

Por su parte, Joaquín Pery Bohórquez, jefe de programa de Navantia, ha subrayado «la magnitud de esta inmovilización, tanto en términos de empleo en la Bahía de Cádiz, como en el trabajo conjunto con la Armada para garantizar la plena operatividad del buque y la mejora de la habitabilidad para la tripulación».

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Pery ha destacado que «han sido meses de intenso trabajo en los que Navantia se ha involucrado para entregar a tiempo y con la calidad que la Armada requiere», en una actuación que consolida la experiencia del astillero gaditano en el mantenimiento de grandes unidades navales.

El Juan Carlos I, puesto en servicio en 2010, es el buque de mayor tamaño y capacidad de la Armada Española, con una eslora de 231 metros, una cubierta de vuelo apta para aviones AV-8B Harrier II Plus y helicópteros, y capacidad para transportar un batallón completo de Infantería de Marina con sus vehículos y equipos.

Con esta modernización, el buque insignia de la Armada refuerza su papel como plataforma estratégica de proyección anfibia y aérea, preparada para afrontar las nuevas misiones nacionales e internacionales que le sean encomendadas.

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