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Europa

Los sueños europeos vs la inmigración masiva

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El precio del relativismo cultural ha quedado dolorosamente patente en Europa La desintegración de las naciones-Estado occidentales es ahora una posibilidad real. El multiculturalismo —construido en un contexto de descenso demográfico, descristianización masiva y autorrechazo cultural— no es más que una fase de transición que comporta el riesgo de la fragmentación de Occidente.
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Por Giulio Meotti.- Europa se presenta a sí misma como la vanguardia de la unificación de la humanidad. La consecuencia es que se han puesto en peligro las raíces culturales de Europa. Según Pierre Manent, un reconocido politólogo francés y profesor en la Escuela de Estudios Avanzados de las Ciencias Sociales de París:

“¡El orgullo o la autoconciencia europeos dependen del rechazo hacia la historia y la civilización europeas! No queremos tener nada que ver con las raíces cristianas, pero sí acoger plenamente el islam”.
Manent escribió estas palabras en la publicación mensual francesa Causeur. Puso como ejemplo Turquía:

“Estaba muy claro que su fuerte carácter islámico (incluso antes de Erdogan) no sólo era un obstáculo, sino una especie de motivo, una razón para incorporar a Turquía a la UE. Habría sido por fin la prueba definitiva de que Europa se ha separado y liberado de su dependencia cristiana”.

La frontera sur de Europa es ahora el primer frente para la inmigración masiva; Italia corre el riesgo de convertirse en ese campo de refugiados. En los últimos meses, Italia se ha enfrentado a una serie de barcos que llegaban de África, contraviniendo su política: primero el Sea Watch 3, después el Open Arms y, por último, el Ocean Viking. Hasta justo antes de las elecciones italianas de marzo de 2018, los inmigrantes estaban cruzando el Mediterráneo a un ritmo de 200.000 al año.

Puesto que los ministros de seguridad europeos fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre la crisis de los refugiados mediterránea, el ministro del Interior de Italia, Matteo Salvini, dispuesto a quedarse prácticamente solo, decidió cerrar los puertos italianos. Aunque el tribunal italiano intentó acusarlo de “secuestrar” a los inmigrantes, la medida política de Salvini funcionó y las llegadas de barcos cayeron en picado. En los primeros dos meses de 2019, 262 inmigrantes llegaron a Italia por vía marítima, frente a los 5.200 en el mismo periodo del año pasado, y los más de 13.000 en el mismo periodo de 2017.

El Gobierno italiano se vino abajo el 20 de agosto; existe ahora la gran posibilidad de que una nueva coalición de izquierdas ocupe su lugar. Un barco que intenta llevar a Italia a 356 inmigrantes de África —más de los que llegaron en los dos primeros meses— se ha quedado varado en el mar desde que recogió a los inmigrantes entre el 9 y el 12 de agosto, esperando permiso para atracar. En un enfrentamiento tras otro, las ONG han intentado derribar la barricada de Salvini contra la inmigración ilegal.

Un barco ya lo ha hecho. Una de las capitanas del Sea Watch 3, la ciudadana alemana Pia Klemp, incluso recibió los honores de la ciudad de París por vencer el bloqueo italiano. Según la otra capitana alemana, Carola Rackete: “Mi vida era sencilla… Soy blanca, alemana, nací en un país rico con el pasaporte correcto”, como si su decisión de ayudar a los inmigrantes estuviese, según sus propias palabras, relacionada con la vida, en comparación privilegiada, que ha tenido en Occidente.

Es un falso concepto marxista muy extendido entre los jóvenes de Europa: si tienes éxito o comodidades, sólo puede haber sido a costa de la humanidad: “Si gano algo, es que otro lo pierde”. No parece existir el concepto del win-win —”Si yo gano, vosotros también podéis: ¡todos pueden!”— que es la base de la economía de mercado y que tanto ha contribuido a sacar al mundo de la pobreza. Muchos de los jóvenes sólo ven barreras que hay que derribar. Pascal Bruckner lo llamó “la tiranía de la culpa”.

Por desgracia, el precio del relativismo cultural ha quedado dolorosamente patente en Europa. La desintegración de las naciones-Estado occidentales es ahora una posibilidad real. El multiculturalismo —construido en un contexto de descenso demográfico, descristianización masiva y autorrechazo cultural— no es más que una fase de transición que comporta el riesgo de la fragmentación de Occidente. En la lista de razones que lo explican, el historiador David Engels citó “la inmigración masiva, el envejecimiento de la población, la islamización y la disolución de las naciones-Estado”.

La inmigración masiva ya ha socavado la unidad y la solidaridad de las sociedades occidentales —junto a la demonización de Israel con la esperanza de obtener un petróleo barato y evitar el terrorismo— ha desestabilizado el consenso político posterior a 1945.

La política de puertas abiertas de la canciller alemana, Angela Merkel —”Wirschaffendas” (“Podemos hacerlo”) tuvo como resultado la entrada de un partido de derechas en su Parlamento. Alternativa para Alemania (AfD). (AfD) lidera ahora las encuestas para las elecciones regionales en la antigua Alemania del Este. El Partido Socialista francés, que gobernó el país con el presidente François Hollande, está ahora desapareciendo. Los dictados de Bruselas en lo relativo a la inmigración y las cuotas han roto la unidad de Europa y propiciado la práctica “secesión” del grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia). La utopía migratoria de Suecia metió a un partido de derechas populista en el Parlamento, y la llegada de medio millón de inmigrantes ilegales aupó a la otrora marginal Liga de Matteo Salvini a lo alto del establishment político de Italia.

Esta lista ni siquiera incluye el Brexit, la votación de los británicos para salir de la UE. Según el periodista alemán Jochen Bittner, en un artículo en The New York Times del año pasado:

A finales de 2015, la campaña por el Leave empezó a colocar pancartas que mostraban el éxodo de los refugiados de Siria y otros países a través de los Balcanes, adornados con eslóganes como “El punto de ruptura” y “Recuperar el control”. Cuando Merkel anunció su política de puertas abiertas, el mensaje fue un jarro de agua fría para millones de británicos y europeos preocupados. No por casualidad, fue entonces cuando el apoyo al Brexit empezó a crecer.

En lugar de gritar “populismo” y “nacionalismo” todo el tiempo, ¿no podría Europa reconsiderar su decisión?

En este momento, la Europa que prometió abstenerse de construir más muros tras 1989, cuando se derribó el Muro de Berlín, está levantando uno tras otro para defenderse de una situación sin precedentes. Hay una barrera española de 15 m en Ceuta y Melilla; un muro húngaro del primer ministro Viktor Orbán; uno en Calais, en Francia; una valla austriaca prevista en su frontera con Italia; una valla que Eslovenia quiere construir en su frontera con Croacia; y una valla en Macedonia del Norte para su frontera con Grecia.

Nos guste o no, Europa parece sentir una amenaza existencial y cultural de estos grandes flujos migratorios. No sólo existe la presión de la inmigración ilegal: también está la de la inmigración legal.

Más de 100.000 personas solicitaron asilo en Francia en 2017, una cifra “histórica”, y el país recibió más de 123.000 solicitudes en 2018. En Alemania se presentaron 200.000 solicitudes de asilo en 2018.

La inmigración masiva está cambiando la composición interna de Europa. En Amberes, la segunda mayor ciudad de Bélgica y capital de Flandes, la mitad de los niños matriculados en las escuelas de primaria son musulmanes. En la región de Bruselas, se puede atisbar el cambio si se estudia la asistencia a las clases de religión en las escuelas de primaria y secundaria: el 15,6% asisten a clases católicas, el 4,3% a protestantes y el 0,2% de judaísmo; el 51,4% asiste a clases de religión islámica y el 12,8% asiste a clases de “ética” laica. ¿Se ve más claro ahora qué pasará en la capital de la Unión Europea? No debería extrañarnos que la inmigración encabece la lista de preocupaciones de la población belga.

Marsella, la segunda ciudad mayor de Francia, ya es un 25% musulmana. Rotterdam, la segunda ciudad mayor de los Países Bajos, es un 20% musulmana. Birmingham, la segunda ciudad mayor de Gran Bretaña, es un 27% musulmana. Se calcula que, en una generación, un tercio de los ciudadanos de Viena serán musulmanes. “Suecia está en una situación en la que ningún país de Occidente se ha visto jamás”, observó Christopher Caldwell. Según el Pew Research Center, Suecia podría ser perfectamente un 30% musulmana en 2050; y un 21% en el improbable caso de que el flujo de inmigrantes se detenga por completo. Hoy, el 30% de los bebés suecos nacen de madres extranjeras. La ciudad de Leicester, en Reino Unido, es actualmente un 20% musulmana. En Luton, 50.000 de cada 200.000 habitantes son musulmanes. La mayoría del crecimiento de la población de Francia entre 2011 y 2016 fue impulsado por las grandes áreas urbanas del país. En lo alto de la lista están Lyon, Toulouse, Burdeos y el área de París, según un estudio publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos de Francia. En Lyon, hay unos 150.000 musulmanes en una población de 400.000 habitantes. Según un artículo, el 18% de los recién nacidos en Francia reciben un nombre musulmán. En los años sesenta, la cifra era del 1%.

En el escenario más extremo, los porcentajes de musulmanes en Europa que se calculan para 2050 son: Francia (18%), Reino Unido (17,2%), Países Bajos (15,2%), Bélgica (18,2%), Italia (14,1%), Alemania (19,7%), Austria (19,9%) y Noruega (17%). El año 2050 está ahí mismo. ¿Qué cabe esperar, entonces, dentro de dos o tres generaciones, cuando señaló el difunto historiador que Europa sería “como mínimo” islámica?

Por desgracia, la mentalidad europea se niega a afrontar la realidad, como si el desafío fuese demasiado difícil para abordarlo. “La progresión imparable de este sistema me hace pensar en una taza de té a bordo del Titanic”, como escribe el destacado filósofo francés Alain Finkielkraut.

No será apartando la mirada de la tragedia como evitaremos que esto pase. ¿Cómo será el rostro de Francia dentro de cincuenta años? ¿Cómo serán las ciudades de Mulhouse, Roubaix, Nantes, Angers, Toulouse, Tarascon, Marsella y todo Seine Saint-Denis?

Si la población cambia, después le sigue la cultura. Como el señala el escritor Éric Zemmour, “después de un cierto tiempo, lo cuantitativo se vuelve cualitativo”.

Mientras que el poder del cristianismo europeo parece estar cayéndose por un precipicio demográfico y cultural, el islam está avanzando a pasos agigantados. No es sólo una cuestión de tasas de inmigración y nacimientos: también de influencia. “En septiembre de 2002, participé en una reunión de los centros culturales de los principales estados miembros de la Unión Europea en Bruselas”, escribió el intelectual germano-sirio Bassam Tibi, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la Universidad de Gotinga.

“El congreso se desarrolló sobre el tema “Penser l’Europe” [“Pensar Europa”], pero se titulaba “El islam en Europa”. Allí, me molestó oír a Tariq Ramadan referirse a Europa como “dar al Shahada” es decir, como la casa de la fe islámica. El público se alarmó, pero no captó el mensaje de la mentalidad islamista que ve Europa como parte de la casa del islam. Si Europa ya no se percibe como “dar al Harb”, la casa de la guerra, sino como parte de una pacífica casa del islam, eso no es una señal de moderación, como se supone equivocadamente: es la mentalidad de una islamización de Europa”.

La buena noticia es que nada está escrito en piedra. Los europeos aún pueden decidir por sí mismos cuántos inmigrantes necesitan sus sociedades. Podrían aplicar una solución que fuese coherente, en vez de caótica. Podrían querer seguir redescubriendo su herencia humanista. Podrían volver a tener hijos y lanzar un verdadero programa de integración para los inmigrantes que ya hay en Europa. Pero no se está dando ninguno de esos pasos, necesarios para evitar la transformación de grandes áreas del continente y su quiebra.

Es importante escuchar el pronóstico de Pierre Manent y rechazar la actual tendencia a la autohumillación. Europa parece afligida por el escepticismo sobre el futuro, como si el declive de Occidente fuese en realidad un castigo justificado y una liberación de las culpas del pasado. Sí, puede haber tenido defectos terribles, pero ¿de verdad son mucho peores que los de otros países, como Irán, China, Corea del Norte, Rusia, Mauritania, Cuba, Nigeria, Venezuela o Sudán, por citar sólo algunos? Más importante es que al menos Occidente, a diferencia de muchos otros lugares, ha intentado corregir sus fallas. Lo más importante es evitar excederse en las correcciones y acabar en una situación peor que la anterior.

“Para mí, hoy, lo más esencial es la civilización europea”, señala Finkielkraut.

(Fuente: Gatestone Intitute)


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Europa

Italia: la legalización masiva de los inmigrantes es suicida

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En la imagen: inmigrantes que cruzan desde Libia a Europa esperan a ser rescatados por un barco de tripulantes del Migrant Offshore Aid Station Phoenix el 18 de mayo de 2017 frente a Lampedusa, Italia.
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Por Giulio Meotti.- Al describir Italia, Gerald Baker, exeditor jefe del Wall Street Journal, escribió hace poco:

“En gran parte del país (…) la despoblación está avanzando. Se han movido a los espacios vacíos olas de inmigrantes, muchos del norte de África y Oriente Medio. Los inmigrantes han llenado vacíos fundamentales en la fuerza laboral, pero la transformación de las ciudades italianas ha dejado cada vez más ciudadanos resentidos, temerosos por su identidad.”

Después llamó a esta transformación “una especie de declive occidental pionero”. Los efectos de la inmigración masiva ya son radicalmente visibles en muchas escuelas de primaria de Italia. Sólo en los últimos días, han salido a la luz ejemplos de dos grandes ciudades.

El primero fue en Turín, la cuarta ciudad mayor de Italia, donde ahora hay escuelas de primaria sin siquiera un solo niño italiano: “En todas las clases —explicó la directora de colegio Aurelia Provenza—, el porcentaje de extranjeros es muy alto, equivalente al 60% del número total de alumnos”.

El segundo ejemplo procede de Bolonia. “En el jardín de infantes de mi hijo hay un grave problema de integración. Tengo que llevármelo”, dice Mohamed, un marroquí de 34 años que llegó a Italia cuando tenía 4 años.

“No quiero considerarme racista, yo mismo que soy marroquí, pero el Ayuntamiento debe saber que la integración no se consigue poniendo más de 20 niños extranjeros en las clases.”

En el momento de la matrícula, explicó Mohamed, había visto dibujos con banderas de todas las nacionalidades en la escuela, pero “cuando llegó al colegio el primer día, nos encontramos en una clase donde todos los niños eran extranjeros. Los profesores incluso tienen dificultades para pronunciar el nombre de los niños”.

Ahora hemos llegado a una paradoja: los inmigrantes están sacando a sus hijos de las clases donde está aumentando la segregación bajo el multiculturalismo. “El rendimiento escolar cae cuando las clases superan el 30% de extranjeros; es un umbral crucial que se debe evitar o vigilar”, dijo Costanzo Ranci, profesor de Sociología Económica y autor de un reciente informe.

Los dos casos anteriores han sido objeto de mucho debate público. En Italia, en el último mes, el número de inmigrantes llegados desde África aumentó tras haber descendido durante la mayor parte de los dos últimos años. El centro de recepción de inmigrantes de la isla de Lampedusa, la primera línea en la crisis migratoria de Italia, está ahora en estado de “colapso” a causa del rápido aumento de las llegadas. Todo el sur de Italia está ahora intentando lidiar con los inmigrantes.

Según las proyecciones de la División de Población de la ONU, la población del África subsaharianas será del doble en treinta años, sumando mil millones de personas más y representando más de la mitad del crecimiento de la población mundial entre hoy y 2050. Italia, que ya tiene la tercera mayor población de inmigrantes de Europa, está experimentando una crisis “insoportable” y se enfrenta a un verdadero riesgo de “africanización”, como lo llamó Stephen Smith en su libro, The Scramble for Europe (La desbandada de Europa).

Hay muchas voces de preocupación. El cardenal Robert Sarah, autor de un nuevo libro, The Day Is Now Far Spent (Ya se ha agotado el tiempo), sobre la crisis de Occidente, compara el actual influjo de inmigrantes a las invasiones bárbaras que acabaron con el Imperio romano. Si las políticas migratorias de Europa no cambian, advierte Sarah, Europa será “invadida por extranjeros, como Roma fue invadida por bárbaros”.

Si Europa desaparece, y con él los incalculables valores del Viejo Continente, el islam invadirá el mundo y cambiaremos completamente nuestra cultura, nuestra antropología y nuestra visión moral.

Un think tank italiano, Fondazione Fare Futuro, también predijo que, debido a la inmigración masiva y a las distintas tasas de natalidad de los cristianos y los musulmanes, al final del siglo la mitad de la población italiana podría ser musulmana. En sólo diez años, el número de inmigrantes en Italia aumentó el 419%.

La población nativa italiana ya se está reduciendo rápidamente. Sin los extranjeros, los nativos italianos morirían cada año a un ritmo del doble (615.000) de los nacimientos (380.000). Eurostat, la oficina de estadística oficial europea, calcula que para 2080, una quinta parte de los italianos será de origen inmigrante (11 millones de los 53 millones de Italia).

Un reciente informe de la oficina de estadística nacional italiana señaló que el país está en una “recesión demográfica” que no se veía desde la Primera Guerra Mundial, y 250.000 jóvenes italianos han huido del país. “Italia exporta jóvenes licenciados e importa inmigrantes”, escribió Il Giornale. Se espera que Italia pierda el 17% de su población para 2050 y —sin la inmigración, incluso—, la mitad para finales de siglo.

Un informe de Cáritas-Migrantes documentó hace poco que, desde 2014, el descenso del número de italianos es equivalente a la población de una gran ciudad italiana, por ejemplo, Palermo (677.000). Sin embargo, este radical descenso no ha sido ni mucho menos compensado por los inmigrantes.

La inmigración vuelve a ser una cuestión política. Sólo unas semanas después de formar gobierno con el Movimiento Cinco Estrellas, el Partido Demócrata está promoviendo la llamada “ciudadanía por derecho de nacimiento”, una promesa de revertir la estricta política migratoria del exministro del Interior, Matteo Salvini. En latín, a este derecho a la ciudadanía se le llama ius culturae. La nueva ley permitiría a los menores de 12 años extranjeros convertirse en ciudadanos tras sólo cinco años en un colegio de Italia. El proyecto de ley lo está defendiendo Laura Boldrini, expresidenta del Parlamento italiano, autora de estas famosas declaraciones: “El estilo de vida de los inmigrantes será el nuestro”. ¿Se integrarán los italianos, en estas escuelas de primaria, en la nueva cultura de los inmigrantes?

El actual Gobierno sabe perfectamente lo que está en juego. “Desde ahora a 2050 y 2060, tendremos que enfrentarnos a la cuestión histórica de los 50 o 60 millones de personas que llegarán al mundo Mediterráneo”, dijo hace poco la diputada Nicola Morra, miembro de la mayoría gubernamental.

El gobierno se está jugando literalmente el futuro de Italia.

Italia es el país europeo más expuesto a la presión migratoria de África. Con una población nativa que ya se está reduciendo, si Italia se abre a la legalización general de los inmigrantes, deberíamos al menos ser conscientes de que será un suicidio cultural.

(Gatestone Institute)


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Europa

Francia: más muerte a la libertad de expresión

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Por Guy Millière. El 28 de septiembre, en un “Congreso de la Derecha” que tuvo lugar en París, organizado por Marion Marechal, exdiputada del Parlamento francés y ahora directora del Instituto de Ciencias Sociales, Económicas y Políticas de Francia. El objetivo del congreso era unir a las facciones políticas francesas de derechas. En su discurso de apertura, el periodista Éric Zemmour criticó duramente el islam y la islamización de Francia. Describió las “zonas de exclusión” del país (“Zones Urbaines Sensibles”) como “enclaves extranjeros” en territorio francés y retrató como un proceso de “colonización” la creciente presencia de los musulmanes franceses que no se integran.

Zemmour citó al escritor argelino Boualem Sansal, que dijo que las zonas de exclusión son “pequeñas repúblicas islámicas en formación”. Zemmour dijo que hace unas décadas, los franceses podían hablar con libertad sobre el islam, pero que eso es hoy imposible, y condenó el uso del “difuso concepto de islamofobia, que imposibilita criticar al islam, al restablecer la idea de blasfemia para beneficio exclusivo de la religión musulmana”.

El islam agrava todos nuestros problemas. Es un doble peligro (…) ¿Estarán los jóvenes franceses dispuestos a vivir como minoría en la tierra de sus antepasados? Si es así, merecen ser colonizados. Si no, tendrán que luchar (…) Las viejas palabras de la República: laicismo, integración, orden republicano… ya no significan nada (…) Todo ha sido puesto patas arriba, pervertido, vaciado de significado.

El discurso de Zemmour fue retransmitido en directo en el canal de televisión LCI. Los periodistas de otros canales acusaron de inmediato a LCI de contribuir a la “propaganda del odio”. Algunos dijeron que se debía retirar la licencia de transmisión a LCI. Una periodista, Memona Hinterman-Affegee, exmiembro del Consejo Superior de Medios Audiovisuales (Conseil supérieur de l’audiovisuel) de Francia, el organismo que regula los medios electrónicos franceses, escribió en el periódico Le Monde:

LCI usa una frecuencia que es parte del dominio público, y por lo tanto pertenece a toda la nación (…) LCI ha fallado en su misión y ha perdido el control de su programa, y debe ser sancionada de manera ejemplar.

Los periodistas de Le Figaro, el periódico para el que escribe Zemmour, escribieron un comunicado de prensa exigiendo su despido inmediato. En la mayoría de canales de radio y televisión se oyeron llamadas al boicot total de Zemmour, insistiendo en que había sido varias veces condenado por “racismo islamófobo”.

Alexis Brézet, director general de Le Figaro, dijo que había expresado su “desaprobación” a Zemmour y que le había recordado la necesidad de “acatar estrictamente la ley”, pero no lo despidió. SOS Racisme, un movimiento de izquierdas creado en 1984 para combatir el racismo, lanzó una campaña para boicotear a las empresas que se anunciaran en Le Figaro y dijo que su objetivo era coaccionar a los directores del periódico para que despidieran a Zemmour. La importante emisora de radio RTL, que daba trabajo a Zemmour, decidió despedirlo inmediatamente, diciendo que su presencia en antena era “incompatible” con el espíritu de convivencia “que caracteriza a la emisora”.

Un periodista que trabaja para RTL y LCI, Jean-Michel Aphatie, dijo que Zemmour era un “delincuente reincidente” que no debería poder hablar en ninguna parte, y lo comparó con el negacionista antisemita del Holocausto Dieudonné Mbala Mbala:

“A Dieudonné no se le permitió hablar en Francia. Tiene que esconderse. Eso está bien, puesto que quiere difundir el odio. A Éric Zemmour habría que tratarlo de la misma manera”.

Se publicaron caricaturas donde se mostraba a Zemmour con un uniforme de las Waffen SS. Otro periodista, Dominique Jamet, que al parecer no vio ningún problema en comparar a un judío con un nazi, dijo que Zemmour le recordaba al ministro de la Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels. En internet, las amenazas de muerte contra Zemmour se multiplicaron. Algunos publicaron las veces que Zemmour cogía el metro, en qué estaciones, y sugirieron que alguien debería empujarlo a la vía.

El Gobierno francés presentó una queja oficial contra Zemmour por “insultos públicos” y “provocación pública a la discriminación, el odio y la violencia”. La investigación pasó a manos de la policía. Alguien que sea acusado en Francia de “provocación pública a la discriminación, el odio y la violencia” se enfrenta a una pena de cárcel de un año y a una multa de 45.000 euros.

Cualquier que lea el texto del discurso de Zemmour del 28 de septiembre puede ver que no incita a la discriminación, el odio o la violencia, y que no hace una sola declaración racista: el islam no es una raza, es una religión.

El discurso de Zemmour describe una situación de la que ya han hablado varios escritores. Zemmour no es el primero que dice que las zonas de exclusión son áreas peligrosas a las que la policía ya no puede entrar, o que están bajo el control de imames radicales y bandas musulmanas que atacan y expulsan a los no musulmanes. Zemmour no es el único escritor que describe las consecuencias de la inmigración masiva de musulmanes que no se integran en la sociedad francesa. El encuestador Jerome Fourquet, en su reciente libro L’Archipel français (El archipiélago francés) señala que Francia es hoy un país donde los musulmanes y no musulmanes viven en sociedades separadas “hostiles entre sí”. Fourquet también hace hincapié en un creciente número de musulmanes que viven en Francia y dicen que quieren vivir de acuerdo con la ley de la sharia y situarla por encima de la ley francesa. Fourquet señala que el 26% de los musulmanes franceses nacidos en Francia sólo quieren obedecer a la sharia; para los musulmanes franceses nacidos en el extranjero, la cifra aumenta al 46%. Zemmour sólo añadió que lo que estaba pasando es una “colonización”.

Zemmour había sido llevado a juicio muchas veces en el pasado reciente, y ha tenido que pagar fuertes multas. El 19 de septiembre, recibió una multa de 3.000 euros por “incitación al odio racial” e “incitación a la discriminación” por haber dicho en 2015 que “en innumerables suburbios franceses, donde muchas jóvenes llevan velo, está teniendo lugar una lucha para islamizar los territorios”.

En una sociedad donde existe la libertad de expresión, sería posible debatir el uso de esas afirmaciones, pero hoy, en Francia, la libertad de expresión ha sido casi completamente destruida.

Otros escritores aparte de Zemmour han sido llevados a juicio y excluidos totalmente de todos los medios, simplemente por describir la realidad. En 2017, el gran historiador Georges Bensoussan publicó un libro, Une France soumise (Una Francia sumisa), tan alarmante como lo que dijo Zemmour hace unos días. Bensoussan, en una entrevista, citó al sociólogo argelino Smaïn Laacher, que había dicho que “en las familias árabes, los niños maman el antisemitismo de la madre”. Laacher nunca fue acusado. Bensoussan, sin embargo, tuvo que ir a la corte penal. Aunque fue absuelto, fue despedido del Memorial del Holocausto de París, donde trabajaba hasta entonces.

En 2011, otro escritor, Renaud Camus, publicó un libro, El gran reemplazo. En él, hablaba del declive de la cultura occidental en Francia y su sustitución gradual por la cultura islámica. También señaló la creciente presencia en Francia de una población musulmana que se niega a integrarse, y añadió que los estudios demográficos muestran una tasa de natalidad más alta en las familias musulmanas que en las no musulmanas.

Inmediatamente, los tertulianos en los medios acusaron a Camus de “racismo antimusulmán” y lo llamaron “teórico de la conspiración”. Sus estudios demográficos se omitieron. Nunca había mencionado ni la raza ni la etnia, y sin embargo fue descrito como defensor del “supremacismo blanco” y fue al instante excluido de la radio y la televisión. Ya no puede publicar nada en ningún periódico o revista de Francia. De hecho, ya no tiene editor: tiene que autopublicarse. En los debates en Francia, se refieren a él como un “extremista racista” y se le atribuyen cosas que nunca ha dicho. Después se le niega la posibilidad de responder.

La diferencia entre Éric Zemmour y Georges Bensoussan o Renaud Camus es que Zemmour ha publicado libros que se han convertido en éxitos de ventas antes de que hablara explícitamente de la islamización de Francia.

Aquellos que han destruido las carreras de otros escritores por constatar hechos desagradables han hecho todo lo posible por condenar a Zemmour al mismo destino. Hasta la fecha no lo han logrado, así que ahora han decidido lanzar una fuerte ofensiva contra él. Lo que quieren es claramente su destrucción personal.

Zemmour no sólo se arriesga al veto profesional; como muchos otros escritores está siendo silenciado por una “masa linchante”, y está arriesgándose la vida.

Casi nadie muestra ningún interés en defenderlo, como nadie defendió a Georges Bensoussan o Renaud Camus. Defender a alguien acusado de ser un “racista” conlleva el riesgo de que te acusen también de “racista”. El terror intelectual reina ahora en Francia.

Hace unos días, el escritor y filósofo Alain Finkielkraut dijo que insinuar que “la islamofobia es el equivalente del antisemitismo de ayer” es escandaloso. Dijo que los “musulmanes no se arriesgan al exterminio”, y que nadie debería “negar que el antisemitismo de hoy es el antisemitismo árabe musulmán”. Añadió que Francia va de “una prensa amordazada a otra que destruye la libertad de expresión”.

Francia, escribió Ghislain Benhessa, profesor de la Universidad de Estrasburgo, ya no es un país democrático y se está convirtiendo poco a poco en otra cosa muy diferente:

“Nuestro modelo democrático que se basaba en la libre expresión de las opiniones y la confrontación de ideas está cediendo paso a otra cosa (…) Las incesantes condenas morales infectan los debates y las opiniones discrepantes se consideran constantemente “nauseabundas”, “peligrosas”, “aberrantes” o “retrógradas”, y por lo tanto, los elementos del lenguaje repetidos ad nauseam por los comunicadores oficiales serán pronto las últimas palabras consideradas aceptables. Las demandas judiciales, las acusaciones de indignidad y las proclamaciones de apertura van a dar a luz a un hermano gemelo malvado de la apertura: una sociedad cerrada”.

El 3 de octubre, cinco días después del discurso de Zemmour, cuatro empleados de la policía fueron asesinados en la jefatura de la policía de París por un hombre que se había convertido al islam. El asesino, Mickaël Harpon, iba todas las semanas a una mezquita donde un imam, que ahora vive en una zona de exclusión a 16 km al norte de París, hacía comentarios radicales. Harpon llevaba trabajando en la jefatura de la policía 16 años. Hacía poco había compartido en las redes sociales un vídeo donde se veía a un imam llamando a la yihad, diciendo que “lo más importante que puede hacer un musulmán es morir como musulmán”.

Los compañeros de Harpon dijeron que estaba encantado por los atentados yihadistas de 2015 en Francia, y dijeron que habían informado de las “señales de radicalización”, en vano. La primera reacción del Gobierno fue decir que el asesino era un “trastornado mental” y que el atentado no tenía ninguna relación con el islam. El ministro del Interior francés, Christophe Castaner, declaró simplemente que había habido “disfunciones administrativas” y reconoció que el asesino había tenido acceso a expedientes clasificados como “secretos”.

Un mes antes de eso, el 2 de septiembre, un hombre afgano que tenía el estatus de refugiado político en Francia, degolló a un joven e hirió a otras varias personas en una calle de Villeurbanne, un barrio a las afueras de Lyon. Anunció que la culpa de los que había matado o herido era que no “leían el Corán”. La policía declaró inmediatamente que sufría trastornos mentales y que el ataque no tenía nada que ver con el islam.

En Francia, pronto nadie se atreverá a decir que ningún ataque abiertamente inspirado por el islam tiene alguna conexión con él.

Hoy, hay más de 600 zonas de exclusión en Francia. Cada año, cientos de miles de inmigrantes que llegan principalmente de países musulmanes se establecen en Francia y engrosan la población musulmana del país. La mayoría de los que les precedieron no se han integrado.

Desde enero de 2012, más de 260 personas en Francia han sido asesinadas en ataques terroristas, y más de un millar, heridas. Las cifras podrían aumentar en los próximos meses. Las autoridades seguirán diciendo que los atacantes eran “trastornados mentales”.

(Gatestone Institute)


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Europa

El Senado de Francia quiere prohibir que las mujeres lleven velo en salidas escolares

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El Senado francés, con mayoría del partido conservador Los Republicanos (LR), quiere incluir en el código escolar -en contra la opinión del Gobierno y de la mayoría presidencial- una prohibición de vestir velo y cualquier tipo de símbolo religioso en las salidas escolares.

Este debate político llega en un momento de tensión por el ataque protagonizado este lunes por un excandidato del Frente Nacional a una mezquita en Bayona, donde dejó dos heridos graves de bala, pero también por el rechazo de un consejero regional de la derecha identitaria a dejar hablar en una sesión de la Asamblea Parlamentaria de Borgoña a una mujer con velo.

La proposición de ley de LR busca ampliar la prohibición en vigor desde 2004 de los símbolos religiosos ostentosos en la escuela, que se aplica a los alumnos, al personal docente y al resto de empleados, a “las personas que participan, incluido en la salida escolar, en actividades vinculadas a la enseñanza dentro o fuera de los establecimientos”.

Aunque la propuesta habla en general de los símbolos religiosos, se entiende que las principales afectadas serían las madres musulmanas de los niños que lleven velo.

El Senado debatió este martes el texto presentado por los conservadores Max Brisson y Jacqueline Eustache-Brinio (LR), que fue cuestionado en primer lugar por el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, quien se opuso al considerar la idea “contraproducente”.

“Yendo más allá de lo necesario, la ley sería contraproducente porque enviaría un mensaje de desavenencia a las familias. Lo que queremos es acercar las familias a las escuelas y es la mejor oportunidad para que tenga éxito el proyecto republicano”, declaró el ministro este martes.

Brisson, por su parte, consideró que el debate es importante “siempre que se ciña al entorno escolar”, mientras que el senador independiente Jean-Louis Masson instó directamente a zanjar en su conjunto “la problemática del comunitarismo musulmán”.


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