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Historia

Memoria de Cristo y Franco… Pero, ¡ay, sus enemigos!: en el Armageddón os esperan

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- La manipulación de la historia es una de las herramientas preferidas por la Sinagoga de Satanás para adoctrinar a las masas, mediante tremendas campañas de ingeniería social que tienen la perniciosa pretensión de borrar de la historia lo que no encaja con sus premisas ideológicas, interpretando de acuerdo con sus consignas los hechos históricos de tal manera, que acaban siendo prácticamente inventados, ficciones alevosas, embustes escandalosos, con los que erigen sus «Himalayas de mentiras». Como decía Milan Kundera, «El primer paso para liquidar un pueblo es borrar su memoria: destruir sus libros, su cultura, su historia. Entonces, alguien debe escribir nuevos libros, fabricar una nueva cultura, inventar una nueva historia. En poco tiempo la nación empezará a olvidar lo que es y lo que era».

Lo más sorprendente de estas mentiras es que, a pesar de su monstruosidad y alevosía, acaban por pasar como verdaderas, cumpliéndose la fórmula que dice que una mentira repetida mil veces acaba siendo verdad. Y para eso tienen en su poder toda la parafernalia mediática, y la borregomanía de las masas idiotizadas, que se creen a pie juntillas lo que se les dicen aunque ante sus ojos tengan una realidad que contradice flagrantemente las consignas con las que se le adoctrina. Y es que, como decía Groucho Marx, «¿A quién va a creer usted: a mí, o a sus ojos?».

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Es así como surgen misterios inexplicables, enigmas insolubles, «expedientes X» de calibre sideral, arcanos insondables, que podrían ser destruidos con un solo pensamiento crítico, con una simple mirada limpia, en un solo segundo de reflexión.

Como ejemplo de este fenómeno de manipulación que, retorciendo la realidad, crea quimeras imposibles, entelequias grotescas que desafían a la razón, misterios inescrutables, memorias históricas regurgitadas de los «Ministerios de la Verdad», tenemos los casos de Jesucristo y de Franco. Nada extraño, pues son manjares exquisitos para una Sinagoga luciferina cuya pretensión es acabar con el cristianismo.

En el caso de Cristo, manipulando textos, tergiversando contenidos, interpretando sin ningún rigor histórico, elaborando hipótesis delirantes sin ningún respeto a la verdad, o simplemente fantaseando sin ningún pudor, inoculando sus embusteras ideas para engañar y crear escándalo, los exégetas y biblistas marcados por el laicismo más atroz, acompañados por una caterva de pseudoinvestigadores amarillistas, no tienen ningún reparo en presentar imágenes de Jesús lo más sensacionalistas posibles, en una loca carrera por ver quién es más original a la hora de contar la «verdadera historia de Jesús», la «doctrina secreta de Jesús», «la otra historia de Jesús», «la biografía revolucionaria de Jesús», «el gran secreto de Jesús», con la cantinela tópica de «atrévase a conocer lo que la Iglesia ha ocultado de Jesús»… y frases parecidas, siempre con la musiquilla de fondo de que hemos sido engañados por la manipulación de los Evangelios perpetrada por la Iglesia, creando una atmósfera de misterios, de secretos, de doctrinas ocultas, de revelaciones portentosas que nadie ha conocido hasta hoy sino ellos, que son los que más saben, los más expertos, los únicos detentadores de la verdad, los únicos que no han sido engañados por siglos de intransigencia dogmática.

Al socaire de estas historias espurias y alucinantes tenemos a un Jesús esenio, extraterrestre, pateador de senderos budistas por perdidos monasterios inaccesibles, padre de familia centenario que muere en Cachemira o cultivando arroz en Japón… a un Jesús que no era sino un «galileo armado», un revolucionario político zelote, un guerrillero… o un iniciado egipcio, un gnóstico, un hierofante, un impostor que fingió su muerte en la cruz, un fracasado cuyo cadáver fue devorado por los perros… un Jesús que no era más que un predicador cínico, que no fundó ninguna Iglesia, que no murió en la cruz, que no instituyó ninguna eucaristía… un Jesús casado con María Magdalena, que es un simple mito, que nunca existió…

Lo expondremos con palabras de Raniero Cantalamessa, que escribe una acertada crítica a los autores que cuestionan la figura tradicional de Jesús con libros de pseudoinvestigación histórica: «Al final de la lectura, uno se pregunta: ¿cómo lo hizo Jesús, que no trajo absolutamente nada nuevo respecto al judaísmo, que no quiso fundar ninguna religión, que no realizó ningún milagro ni resucitó más que en la mente alterada de sus seguidores?… ¿Cómo lo hizo, repito, para convertirse en “el hombre que ha cambiado el mundo”? Una cierta crítica parte con la intención de disolver estos ropajes puestos a Jesús de Nazaret por la tradición eclesiástica, pero al final el tratamiento se revela tan corrosivo que disuelve hasta a la persona que está bajo ellos. A fuerza de disipar los “misterios” sobre Jesús para reducirle a un hombre ordinario, se acaba por crear un misterio aún más inexplicable».

Sí, es un enigma inexplicable que ese Jesús bajo sospecha, del que se discute incluso si existió realmente; atacado implacablemente por racionalistas, escépticos y ateos; entregado en manos de «expertos» exégetas, biblistas y teólogos; perseguido y martirizado en las innumerables cruces que se levantan contra sus seguidores en todas partes del mundo… es un misterio insondable que ese Jesús discutido y puesto en entredicho haya protagonizado un cambio revolucionario en la historia de la humanidad. Y no sólo eso: es un enigma formidable que no sea una mera figura histórica que protagonizó un pasado lejano, sino que hoy en día siga siendo protagonista indiscutible del devenir de la humanidad, que siga vivo, que su mensaje siga de actualidad para tantos millones de creyentes en su vida y su mensaje.

Como dice Hans Küng, «Hay un hecho patente sobre cuyas posibles causas vale la pena meditar detenidamente: tras la caída de tantos dioses en nuestro siglo, este Jesús, fracasado ante sus adversarios y traicionado sin cesar por sus fieles a lo largo de los tiempos, sigue siendo para incontables personas la figura más impresionante de la larga historia de la humanidad, cosa desacostumbrada e incomprensible desde muchos puntos de vista».

Este asombroso misterio creado en torno a Jesús mediante una espúrea «memoria histórica» tiene un exacto paralelismo en la figura de Francisco Franco Bahamonde, otra excelsa víctima de las engañifas luciferinas urdidas en logias y aquelarres, en hemiciciclos y bibliotecas, en laboratorios con retortas atiborradas de alas de murciélago y ojos de salamandra, en Academias colmatadas de kobardes tiralevitas…

Para empezar, es un misterio tremendo que Franco, mediocre militar, fuera condecorado con la Legión de Honor francesa, la máxima distinción que otorga el país vecino, por su méritos se guerra en el desembarco de Alhucemas. General anticuado, lerdo en estrategia y táctica militar, que fue nombrado director de la Academia Militar de Zaragoza, Jefe del Alto estado Mayor…

Franco, un militar tan vulgar, que la República le llamó a la desesperada para que acabara con la revolución comunista de octubre de 1934; un militar de genética golpista, que desoyó a cuantos le azuzaban para que se uniera a las asonadas militares que querían acabar con la anarquía republicana. Y tan estúpido que, siendo como era un golpista irreductible, cuando se le entregó el mando militar para terminar con la insurrección comunista, una vez liquidada, pudiendo haber tomado el poder, se retiró a sus cuarteles como si tal cosa. Misterio puro, enigma cósmico.

Y, más que de misterio, hay que calificar de verdadero milagro que, con muchos menos medios que los republicanos ―que tenían más territorio, las zonas industriales, más población, la Armada y la Aviación, y el oro del Banco de España―, les derrotara sin paliativos, no perdiendo ni una sola batalla ―Teruel fue la única capital de provincia que tomaron los rojos, y les duró un mes escaso―.

Enigma colosal que la República, siendo tan democrática, no fuera apoyada por ninguna democracia occidental, que la dejaron al albur sabiendo que en España había una revolución bolchevique, la cual buscó apoyo en las garras del democrático oso ruso.

Secreto insoluble que Franco, siendo como era un fascista de tomo y lomo, no entrara en la Guerra Mundial a favor de las potencias del Eje. Y portentoso fue que, acaba la contienda, las potencias vencedoras no invadieran España para acabar con una dictadura fascista tan amiga de Hitler, a pesar de la apocalíptica violación de derechos humanos que el genocida Franco estaba perpetrando contra su pueblo.

Sorprendente fue también que el maquis ―protegido por Francia― fuera liquidado sin contemplaciones, cuando en otros países dio muchos problemas. Pero, vamos a ver, ¿no habíamos quedado en que el pueblo español estaba tan masacrado que debería haberse unido a esa insurrección del maquis?

Luego vino el aislamiento, y Franco, un mediocre político, sobrevivió a él, y España, sin conseguir ni un solo dólar del «Plan Marshall», protagonizó el llamado «milagro español», durante el cual, desde 1959 hasta 1975, crecimos a una media del 7,5%, solo superada por Japón. Asombroso, y más en un país que había sido genocidado por un sanguinario dictador que fusiló a mansalva: no se entiende muy bien que un país torturado por el fascismo trabajara con tanto ahínco en un pos de un desarrollo que fue una gigantesca tarea colectiva de esfuerzo, disciplina, orden, y sacrificio.

Pasmoso el fenómeno de que un país en el que una represión apocalíptica había liquidado a centenares de miles de víctimas inocentes, con las cunetas borboteando sangre de ciudadanos ejemplares, no se echara a las barricadas para acabar con aquella pesadilla, no provocara algaradas, insurrecciones y subversiones para echar al tirano de El Pardo, por supuesto con la ayuda del exterior.

Extraordinario fue también el hecho de que no hubo ninguna oposición democrática al franquismo, pues los terroristas y los comunistas no buscaban defender las libertades. ¿Cómo explicar a las generaciones futuras que aquel holocausto contra los derechos humanos solo tuvo como respuesta interna las conspiraciones del impresentable Juan de Borbón, y el espantoso ridículo del «contubennio» de Munich.

¿Cómo explicar que el exterminador Franco murió en la cama, y que durante todo su mandato recibió entusiásticas manifestaciones de cariño, de admiración, incluso de veneración? ¿Qué portento hizo que, a su muerte, el 82% de los españoles ―entre los que había muchos rojos― sintieran su muerte? ¿El síndrome de Estocolmo, acaso?

Pasmoso es también que un mandatario que no hizo pantanos ―dicen que la República ya los tenía proyectados―, que no universalizó la Seguridad Social, que no dio ningún beneficio a los trabajadores, que no construyó ni escuelas, ni hospitales, ni Universidades… que no hizo nada sino fusilar y torturar… tuviera ese abrumador apoyo popular.

Milagroso es que la inmensa mayoría de la gente de mi edad, la gente que vivió aquella época oscura, tenebrosa, horrenda y siniestra, tengamos una profunda admiración al genocida de El Pardo.

En resumen, es del todo punto un misterio espectacular, un arcano incognoscible que Franco, el genocida, el destripador, el asesino, el déspota, el mediocre militar, el político inepto, cogiera una España subdesarrollada y desgarrada por el cainismo y la llevara, tras cuarenta años de paz, orden y progreso, a unas elevadas cotas de desarrollo, de bienestar, de armonía…

Y la prueba es que el verdadero objetivo de la memoria histórica que persiguen los detractores de Franco es, más que ganar una guerra que perdieron, aplicar a Franco la «damnatio memoriae», con el fin de borrar los asombrosos logros que consiguió para nuestra Patria, sus hazañas guerreras, políticas y económicas, porque, de no hacerlo así, de poder comparar la España de Franco con la mierdocracia actual que está llevando a nuestra Patria a la más completa ruina autodestructiva, el horror de la España actual quedaría al descubierto.

Me han llegado noticias de un juego satánico de bricolaje que consiste en un «kit» donde se ve a Jesús con los brazos extendidos, pero sin Cruz, y un juego de sayones, esbirros, maderos, soldados, etc., con el lema de «Crucifícalo tú mismo». Satanás puro, ¿verdad?

Por el otro lado tenemos a un Gobierno bafomético, jugando a desenterrar a Franco: se ve un Valle, una tumba, perroflautas, excavadoras, demonios, rojos, luciferinos con su cornamenta… y el lema dice: «¡Desentiérralo tú mismo!». Satánico, ¿no es así?

Cristo y Franco… Pero, ¡ay, sus enemigos!: en el Armageddón os esperan.


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1933, la última vez que se suspendió la Semana Santa de Sevilla

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Sevilla, que no celebrará su Semana Santa por la pandemia del coronavirus, no veía totalmente suspendida su Semana Mayor desde el año 1933, cuando ninguna cofradía salió en procesión por el enrarecido ambiente que provocó el enfrentamiento político y social en los años de la Segunda República.

En los primeros años treinta, las cofradías soportaban un ambiente hostil en la calle -ya en 1932 sólo salió en procesión la hermandad trianera de La Estrella-, pero la decisión última de no salir en 1933 fue adoptada por las propias hermandades, a manera de plante por el anticlericalismo del Gobierno y el que también se respiraba en la calle.

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Según ha explicado a Efe el escritor y periodista Francisco Robles -autor de “Tontos de capirote” y “Frikis de capirote”-, el Ayuntamiento republicano no actuó en ningún momento contra la Semana Santa, sino que la suspensión corrió a cargo exclusivamente de las hermandades, al igual que sucedió en 1932, si bien posteriormente, durante el franquismo, se tergiversó esa realidad para aprovecharla políticamente.

Ese año de 1932, una cofradía de pronunciado carácter popular como es La Estrella salió en procesión, pero no su día correspondiente, el Domingo de Ramos, sino el Jueves Santo, con lo cual no perdió la subvención que otorgaba el Ayuntamiento, como le pasó al resto de cofradías que no salieron. Una vez en la calle, al paso de La Estrella se produjeron altercados, insultos, gritos e incluso el lanzamiento de algunas piedras.

El ambiente enrarecido duró hasta 1934, cuando sólo salieron en procesión aproximadamente la mitad de las cofradías, las de carácter más popular, mientras que las consideradas más conservadoras o, de algún modo, más ligadas a la derecha política decidieron no salir. Ya en 1935 salieron todas las cofradías y en 1936, ya con el Gobierno del Frente Popular, volvieron a salir todas las cofradías, cuyas procesiones, hasta ahora sólo se habían interrumpido por la lluvia o la amenaza de lluvia.

El profesor de la Universidad de Sevilla Manuel Moreno Alonso recordaba recientemente otro caso en un artículo publicado por ABC de Sevilla hace justo dos siglos, en 1820, también por razones políticas derivadas de la presencia en Sevilla del general Rafael del Riego, entonces aclamado como el libertador de la nación.

Tras más de dos meses de la proclamación de la Constitución de 1812 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla), Riego entró en Sevilla el 20 de marzo de aquel año, lo que conllevó alborotos y suscitó temores que dieron con la suspensión de las procesiones el Jueves y el Viernes Santo y la “Madrugá”. Francisco Robles también ha recordado un curioso hecho histórico del periodo napoleónico, durante el reinado español de José Bonaparte tres cofradías de Semana Santa se acercaron al Alcázar, en el que se alojaba el hermano de Napoleón, para rendirle pleitesia pero el rey ni siquiera se dignó salir a recibirlas.


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Las catastróficas consecuencias económicas que dejó la Gripe española de 1918

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C.C.- La neutralidad en la Primera Guerra Mundial supuso un gran negocio para España, que alcanzó una cantidad de exportaciones nunca vista gracias a la falta de competidores y a la buena relación del Rey Alfonso XIII con ambos bandos. No obstante, los salarios en España se estancaron mientras los precios se disparaban y el país sufría los estragos de la llamada Gripe española, una pandemia mundial surgida en 1918 que, según algunos autores, causó a casi cincuenta millones de fallecidos.

España, un país que no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, dio nombre a la epidemia ante la creencia de que era el único país afectado o desde luego el origen. Sí fue, en todo caso, de los más infectados. El Monarca sufrió justo escarlatina durante la epidemia y se mantuvo inactivo en la última fase de la guerra.

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Las víctimas de la gripe no solo fueron los más vulnerables como los niños o los ancianos de los estratos socioeconómicos más desfavorecidos, sino que incluyó a los adultos jóvenes y sanos e incluso a algunos animales (fundamentalmente perros y gatos). La predilección por los individuos jóvenes adultos, que constituían la mayor parte 87 de la población activa, provocó que la actividad económica se redujera, e incluso en algunas localidades quedara prácticamente paralizada.

Como señala el monográfico «La pandemia de Gripe de 1918: Mitos y realidades desde la literatura científica» (investigación firmada por Manuel José Mejías Estévez, Rocío Domínguez Álvarez y Esperanza Blanco Reina), « el miedo se apoderó de la población, provocando situaciones dramáticas como el aislamiento social y la estigmatización de la enfermedad».

La gente se ausentaba de sus trabajos ante el miedo a salir de casa, produciendo un efecto directo y desastroso sobre la economía. En algunos lugares las autoridades declararon la cuarentena, prohibieron el derecho de reunión para evitar aglomeraciones, se cerraron escuelas, teatros, centros del culto… hasta el punto de que numerosos fallecimientos de niños fueron debidos al hambre (se les aislaba hasta el punto de prohibir llevarles alimentos).

La mejora económica con Primo de Rivera

En el verano de 1920, cuando la guerra llevaba dos años noqueada, el virus desapareció tal y como había llegado. La economía española debió enfrentarse a las consecuencias del virus y, a la vez, a la drástica disminución de exportaciones. Los empresarios habían olvidado emplear los beneficios de las exportaciones de la guerra para modernizarse y mejorar las condiciones de sus empleados. Los ánimos en las calles solo estaban peor que antes al término del conflicto. La cifra de huelgas anuales alcanzó el millar y solo en Cataluña se produjeron ochocientos crímenes entre 1917 y 1922 relacionados con la política.

Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 %
La situación no llegó a remontar hasta el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, quien además de estabilizar la política logró una mejora en la economía en los primeros años de su dictadura coronada. El efecto de la política económica llevada a cabo por Primo de Rivera sobre la producción industrial fue bueno a corto plazo. Las regiones ya industrializadas, como Cataluña o el País Vasco, vieron un incremento notable de la prosperidad económica y un crecimiento de los puestos de trabajo. Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 % de industrial, y el parque automovilístico se duplicó en seis años.

También en estos años se produjo la conversión de la banca española (sobre todo la madrileña, el Hispano y el Español de Crédito) en una banca nacional, a la vez que se consolida la banca oficial como el Banco de Crédito Local y el de Crédito Industrial así como las cajas de ahorro. La Dictadura centró su propaganda en los logros económicos, que se beneficiaron en esos años de la favorable coyuntura internacional (los «Felices Años Veinte»), por lo que cuando la situación empeoró en torno al Crac del 29 y con la caída del valor de la peseta también lo hizo igual de rápido el prestigio de Primo de Rivera.

Una gran caída y un repunte igual de repentino

A nivel mundial también los efectos de la pandemia fueron desoladores: pérdida de familiares y seres queridos, economía deteriorada, miedo colectivo y las compañías de seguro arruinadas ante la muerte masiva de adultos jóvenes. Las distintas localidades y países tuvieron que conceder créditos especiales para poder sufragar todos los gastos derivados no solo de la asistencia médica y social de los afectados, sino de la implantación y cumplimiento de las distintas medidas de profilaxis pública.

Estos gastos extraordinarios consistieron básicamente en el establecimiento de la cuarentena; el aislamiento de los contagiados; el cierre de los lugares públicos; la desinfección de los individuos, las calles y los locales, el uso de las mascarillas, vacunas, etc. No obstante, la coincidencia de la enfermedad con la propia guerra dificultan mucho saber dónde empezaron las consecuencias de una y donde terminaron las de otra. Las falta de datos macroeconómicos impiden hacer un análisis global del impacto de la epidemia en la economía.

Los indicadores disponibles sobre el caso de Estados Unidos apuntan a que los índices de la producción industrial y la actividad comercial cayeron en octubre de 1918, en el momento más agudo de la epidemia, aunque repuntaron rápidamente. Las cifras sobre la nómina de las fábricas disponibles (se carece de datos sobre toda la fuerza laboral) también señalan una drástica caída seguido de un rápido repunte.

Un estudio reciente del Ministerio de Hacienda de Canadá estima que el impacto global sobre el PIB anual fue de solo un 0,4 %. Algunas zonas deprimidas concentraron la peor parte. En un estudio económico sobre la India, donde la mortalidad fue muy elevada, Schultz estimó en 1964 que la producción agrícola se contrajo un 3,3% durante la pandemia, en comparación con una reducción del 8% en la fuerza laboral agrícola.

¿Terminó con la guerra?

Las repercusiones políticas de la pandemia fueron notables, como explica María Isabel Porras Gallo en su investigación «Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid»: «Quizás lo fundamental, dada la trascendencia internacional que tuvo, fue la influencia que ejerció en el desarrollo de la guerra y en la Conferencia de paz y el desastroso contenido del Tratado de Versalles». Las últimas operaciones militares se vieron dificultades e incluso paralizadas por el gran número de soldados afectados por la gripe en uno y otro bando.

Algunos autores han postulado incluso que actuó de modo decisivo sobre el curso de la guerra y que incluso precipitó su final. El historiador estadounidense Alfred Crosby ha vinculado el tercer brote de la enfermedad, tras la navidad de 1918, a las razones por las que se aceleraron las conferencias de paz de 1919 y se redactó de forma algo chapucera el Tratado de Versalles.

Desde su punto de vista, la mala actuación de la Delegación americana en la Conferencia de Paz habría sido provocada por el ataque gripal que algunos de sus miembros sufrieron y que les habría llevado a precipitar la redacción final del documento. Para él, esta fue la razón de que dicho tratado acabara siendo un acuerdo para los vencedores y no un pacto para evitar otro conflicto.

 


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A Fondo

El coronavirus se suma a la maldición de las pandemias de los años 20

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El coronavirus es hoy el tema del que nadie en el mundo puede escapar. Está en cada conversación y en todos los noticieros. Los muertos y los infectados crecen día a día y se extiende por diferentes países, paralelamente al crecimiento del temor a nivel global.

Es a raíz de ello que en las redes sociales se multiplican los mensajes en torno a que en cada década de años 20 el mundo enfrenta una crisis, epidemia o pandemia que generan caos, muerte y conflictos. Y es una realidad ya que los registros no mienten.

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Por ejemplo, hay publicaciones que sostienen que la Peste Negra golpeó duramente a Europa hace 700 años, precisamente en 1320. Aunque según la Enciclopedia Britannica, sucedió entre 1347 y 1351. Lo cierto es que se sabe históricamente que la enfermedad apareció hacia 1320 en el desierto de Gobi​, entre el norte de China y el sur de Mongolia; y que llegó a este último país por primera vez diez años después.

Si bien no existen números oficiales, estimaciones indican que la Peste Negra cobró la vida de cerca de 25 millones de personas en todo el viejo continente, la que era transmitida por pulgas a humanos luego de picar a roedores infectados.

Otra epidemia fue la Viruela, que causó estragos en la civilización Azteca en la década de 1520 luego que Hernán Cortés zarpara desde Cuba en febrero de 1519 con sus tropas a lo que hoy conocemos como México. Arqueología Mexicana recordó que a esa altura la viruela del ganado mayor, el sarampión de los perros, la varicela de las gallinas y la peste de la rata ya habían pasado del mundo animal al humano en Europa, por lo tanto fueron los invasores los que trajeron tales padecimientos a un área donde aquello no ocurría.

Según historiadores, la muerte de la población originaria ayudó a España en su conquista y pese a que las armas y las tácticas que los europeos traían jugaron un rol en la sumisión de los locales, la mayor parte del trabajo la hizo la enfermedad.

En tanto, la plaga de Marsella fue el último gran contagio de Francia. La enfermedad mató a cerca de 40 mil personas entre 1720 y 1723, de acuerdo a Britannica, y llegó a esta ciudad puerto en el ancla del barco San Antonio, según recopila el investigador Christian Devaux. En su cargamento, la nave traía sedas y algodón, los que llevaron el bacilo de Yersin a la urbe y, debido al contrabando, a ciudades próximas.

El cólera, por su parte, causó estragos en una serie de ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, en diversos sectores del planeta. Pese a que se cree que esta infección diarreica aguda, que en los casos más graves lleva rápidamente a la deshidratación, se dio en la década de 1820 hubo un brote devastador de cólera, lo cierto es que no esa no sería la primera vez que aquello ocurría. Según la Organización Mundial de la Salud “poblaciones de todo el mundo se han visto afectadas esporádicamente por brotes devastadores de cólera. Hipócrates (460-377 AC) y Galeno (129-216 DC) ya describieron en su día una enfermedad que probablemente era cólera, y hay muchos indicios de que los habitantes de las llanuras del Río Ganges conocían ya en la antigüedad una enfermedad similar al cólera”.

Los conocimientos más acabados y refinados al respecto partieron a partir de la gran pandemia de 1817 del Asia sudoriental, la que se propagó a todo el mundo y que, por su duración, también se desarrolló en parte de la década de 1820.

Por otro lado, una vez que culminó la Primera Guerra Mundial el mundo ya enfrentaba otra crisis, pero de salud. En 1918 comenzó la gripe española, la que -de acuerdo a diferentes estimaciones- mató a al menos 50 millones de personas en todo el mundo hasta 1921, año en el cual fue controlada. Según un informe publicado por Marcelo López y Miriam Beltrán, del Programa de Estudios Médicos Humanísticos de la Universidad Católica, América Latina también sufrió los embates de esta enfermedad, a la que catalogaron como “la pandemia más importante del Siglo XX”.

La plaga de Atenas es otro de los casos registrados. Previo a la era común, esa ciudad estaba bajo sitio durante la Guerra del Peloponeso (431 AC – 404 AC). De acuerdo a la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, la enfermedad mató entre 75 mil y 100 mil personas en tres años (430 AC – 427 AC). Los afectados sufrían fiebre y sed intensa, problemas de sueño y diarrea severa, y ya Tucídides observaba que la mayoría moría entre siete a nueve días tras el comienzo de los síntomas.

La enfermedad que causó esta plaga se habría originado en África Subsahariana, al sur de Etopía, y llegó a Grecia luego de azotar el norte y oeste de Egipto, Libia y cruzar el Mediterráneo.


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