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Cartas del Director

Mientras el caos irrefrenable no llegue, proseguirá la farsa

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Una de cada cuatro adolescentes de 14 años manifiesta síntomas de depresión, mientras que en el caso de los chicos la proporción es del 10 %. Son las conclusiones de un informe de la Universidad de Liverpool y el ULC Institute of Educations del Reino Unido, en la que se ha hecho un seguimiento a diez mil menores nacidos entre el 2000 y el 2001. Otra investigación del UCL, publicada en The Lancet Psychiatry, concluye que los antecedentes psicológicos de los dos progenitores ?padre y madre? son un factor de riesgo y apunta a que hay que trabajar de forma precoz con el cuadro familiar: «Conocer los factores de riesgo al inicio de la adolescencia es clave a la hora de prevenir la depresión a lo largo de la vida». De nuevo un diagnóstico equivocado y otra vez la necesidad de obviar la raíz existencial del problema. Los hijos de Europa crecen vacíos, sin espiritualidad, sin cultura, sin compromiso patriótico, sin valores trascendentes. Por eso son presas fáciles para un sistema depredador y consumista, que ha sustituido la búsqueda del bien común por el utilitarismo en lo económico y la identidad religiosa por una visión hedonista de la existencia humana. .

Hubo un tiempo en que la fe gobernaba y los pueblos se regían según la ley natural. La libertad política es una idea y no un hecho. Se necesita saber aplicar esta idea cuando es necesario atraer las masas a un partido con el cebo de una idea de libertad. Esa idea de libertad al final se convierte en más cadenas y telarañas mentales. El problema se agrava en el sector femenino de la población. Las jóvenes españolas ya no sueñan con ser madres de familia: quieren ser youtubers, actrices, modelos, cantantes, tronistas y viven prisioneras de las modas y tendencias que deciden un puñado de modistos. El éxito hoy no se mide en términos de excelencia académica, sino en el número de amigos en Instagram. España es un país laboratorio de la ingeniería social en Occidente.

En vez de diagnósticos erróneos y falsos, que no harán sino agravar el problema, se echa en falta voces autorizadas que vinculen los síntomas de la juventud española a una sociedad enferma y sin futuro. Mientras los jóvenes del pasado asumían el reto de un futuro preñado de obstáculos y dificultades, hoy constituyen la franja de la población más alicaída y manipulable. La depresión de los adolescentes viene casi siempre de las presiones del entorno. Sus únicos valores vitales son la apariencia. La mayoría de jóvenes, además, crecen en el seno de familias desestructudas y padres promiscuos, sin arraigo moral, ni emocional. El sistema de represión del pensamiento ya está en vigor a través de las televisiones, que debe transformarlos en ciudadanos dóciles, que no piensen, que necesiten la representación por las imágenes para interpretar el mundo real.

La democracia liberal ha corrompido, embrutecido y prostituido la juventud cristiana por una educación cimentada en principios y teorías falsas y que ha sido inspirada por las élites.

El resultado: un sinfin de jóvenes vencidos, indefensos, con un horizonte mental cada vez más menguado y que serían incapaces de sobrevivir en condiciones adversas.

Muchas de estas patologías sociales eran predecibles a poco que se observase el comportamiento delictivo de nuestros representantes públicos, el escaso nivel formativo de nuestra enseñanza pública y el grado de desestimiento de algunas instituciones estatales. Nadie quiso enterarse y dejamos que los legisladores, con sus normas y sus clanes mafiosos, lo corrompiesen todo a su paso. Los demagogos hablan del servicio al pueblo, de la grandeza de la política al servicio de los desfavorecidos. Mentira, puñado de mentiras. No hay otra alternativa a este desastre que el humanismo capaz de redefinir el valor de un ciudadano más allá de la hora de votar. Este sistema ha producido un número mayor de parias de lo que cualquier sociedad decente sería capaz de tolerar. Dicen que esta democracia es el sistema de los hombres libres. enfermedad que pudiera ser causa del debilitamiento de la voluntad,

El Estado tiene muy limitada la autoridad para hacerles frente. No es una cuestión de autoridad policial y sí de autoridad moral, de no haber atendido a la responsabilidad personal y moral que la libertad implica. Y ya es demasiado tarde.

Miles de jóvenes han perdido el aliento vital de una vida mínimamente aprovechada y en las familias se levanta una inexpugnable barrera de hielo. No hay consuelo político para ellos.

El panorama social de España se está haciendo más y más denigrante. Los parias que ha generado el sistema nos restriegan los errores a la cara. Ningún político, ningún sindicalista, ningún banquero… hacen nada por evitarles tanta penuria física y mental. Nunca en nombre del pueblo se había causado tanto daño. La sensualidad obra de manera demasiado nociva sobre las facultades intelectuales y la clarividencia de las cosas, inclinándose hacia el lado peor y más bestial de la actividad humana.

La idea primordial que debe prevalecer es que no hay solución dentro de este sistema. Tal vez nos estemos dando cuenta ahora de que el libertinaje es incompatible con la plena responsabilidad. Trabajar para reforzar los lazos familiares y acentuar el papel de los padres se ha considerado contrario a la corrección política dictada por unos pocos. La efectividad de este sistema tan putrefacto proviene del engaño, la manipulación y la negación del papel supremo de la dignidad humana.

Escucho alguna vez que sólo una voz potente, sugestiva e integra que clame contra la indignidad y la mentira, que saque al sol toda la mugre que el sistema esconde y que abra ventanas a la luz de tentadoras empresas de futuro, que sólo una voz así podrá agitar las aguas estancadas del conformismo agónico y despertar la voluntad colectiva de regeneración. Atractiva hipótesis para soñar. Pero hoy, cuando los líderes se diseñan para responder a un consumo previamente configurado, cuando sus fabricantes son los dueños del dinero, cuando éstos controlan casi el entero aparato mediático, cuando redes subterráneas a su servicio no conocen límites a la hora de abatir obstáculos incómodos para el triunfo de la marioneta elegida, esa posible voz de redención será ahogada sin conmiseración en sus primeros balbuceos. Líderes de ese calibre sólo insurgen cuando el caos ha fracturado la osamenta del sistema, las instituciones son como trastos desvencijados tirados a la calle, la miseria se hace insoportable y la anarquía se adueña del paisaje. Sólo entonces, rotos los grilletes de la alucinación, el pueblo buscará un hombre guía al que seguir, en vez de al flautista de Hamelin.

Mientras el caos irrefrenable no llegue, proseguirá la farsa. Se apuntalará al alucinado llamando a la unidad para salvar la democracia si todavía es útil para consumar el destripamiento del Estado y de la Patria. España está probablemente en la peor situación desde el final de la guerra civil. No aludo a las tremendas carencias económicas de entonces, sino al espíritu de lucha nos movía para superar los efectos devastadores de la contienda y de sus antecedentes. Para asumir sacrificios y trabajar sin desmayo con la firme voluntad de labrar un futuro mejor para todos y para las generaciones venideras. Un esfuerzo sobrehumano cuyo secreto estaba en la asunción generalizada del heroísmo de lo cotidiano al que, ya pasado el tiempo del heroísmo combatiente, reclamaba Laín Entralgo a una juventud ardorosa y esperanzada desde su magisterio joseantoniano.

Los supervivientes de aquellas generaciones saben que España está ahora peor que entonces en lo esencial. También conocemos lo que se requiere para la remontada. Pero no tenemos voz. Y alucinados y alucinadores nos descalificarán con el sambenito de fachas si escandalizamos con la verdad y con un insobornable amor a España”.

Esta sociedad tan dizque “demócrata y pacífica” además no tiene en cuenta una cosa que dice el sabio profesor de Stanford, Ian Morris, por más que le suene a inaceptable a sus tantísimos oídos delicados:

“Aunque resulte incómodo, es un hecho que a largo plazo la guerra ha convertido el mundo en un lugar más seguro y próspero. Es decir, la guerra es un elemento clave en la Historia. La guerra ha creado (a largo plazo) las condiciones para la paz, y la destrucción que provoca ha traído consigo (en último término) riqueza material y moral”.


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