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Militantes descontentos de Vox preparan una plataforma de «afectados»

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Hasta el momento los hay de León, La Coruña, Salamanca, Huelva, Almería, Melilla, Granada, Toledo, Badajoz, Valladolid, Valencia, Cantabria, Las Palmas y Madrid. Militantes de base de Vox disgustados con la formación «a dedo» de las listas electorales se están encontrando y compartiendo su enfado en una plataforma que ya tiene nombre provisional: «Afectados por Vox».

Tienen en común la veteranía en un censo de afiliados que ha pasado en dos años de 3.600 a 36.000, el ser «gente que se ha currado el partido» -dice una directiva local madrileña- y verse desplazados no solo en las listas, también en los órganos decisión, por fichajes que ni siquiera llegan con el carné de afiliado en la cartera.

Whatsapp, la herramienta preferida por la formación de Santiago Abascal para difundir sus eslóganes, es también la vía que canaliza el enfado de sus bases. En tres chats que llevan encendidos -o incendiados- apenas tres semanas, se comentan críticamente propuestas del partido «como la de la tenencia libre de armas, que no gusta a nadie», comenta un coordinador local castellano. «Es una sandez. No conozco a nadie en el partido que lo vea necesario», ataja una compañera suya en labores de dirección en Cantabria.

«Están despreciando a la base»

Uno de esos grupos de discusión tiene el nombre de «Patria». En otro, el de los que se consideran «Afectados», el revuelo de mensajes se ha hecho tan numeroso que han decidido, para organizarse, montar uno con solo dos personas de cada provincia, que a su vez reciban los inputs de decenas de afiliados.

«La plataforma es aún un embrión -aclara una excoordinadora municipal de Vox en Cantabria-, porque aún no ha decidido mucha gente si, simplemente, se va a votar a otros partidos. Pero los que hemos trabajado con ilusión por este proyecto ahora nos preguntamos ‘¿y dónde vamos a ir?'». Cantabria, donde el amigo personal de Abascal Ricardo Garrudo, empresario quebrado, ha tomado las listas, es uno de los focos más calientes de descontento, en rivalidad con Valencia, donde la dirección nacional ha impuesto en listas al exdirigente del PP y enemigo de Rajoy Ignacio Gil Lázaro.

«Están despreciando a la base», comenta un veterano de la periferia de Madrid, curtido en las mesas petitorias con banderas de España los fines de semana. «Entre todos los que hemos aupado a Abascal y su gente para que llegaran donde están, ¿no hay nadie que les valga?», se lamenta desde Cantabria su compañera.

En defensa de la dirección nacional, Javier Pérez, secretario general de Vox en Madrid, recuerda que «ser coordinador local no implica necesariamente ir en las listas», y añade que entre los descontentos «hay gente que se quería presentar para montarse el chiringuito personal».

Sin primarias

Ha sido decisiva para esta ola de descontento la eliminación de las primarias que los estatutos de Vox preveían para la elección de candidatos. Coordinadores locales de diversas ciudades habían incluso reservado hotel en Madrid, de cara a la celebración de un congreso del partido el 23 de febrero en el Teatro Bellas Artes.

En el orden del día había, en el punto tres de un total de cuatro, una alusión a que se trataría una «actualización de los estatutos y demás normativa interna a la nueva situación de Vox», o sea, la expansión que vive el partido. Un «Equipo de Secretaría General» firmó el correo electrónico con el que, el 24 de enero, se informó a los militantes.

Pero el 18 de febrero les llega un email repentino con la misma firma sin nombres en el que se les informa a los afiliados de base que no podrán acudir a la cita, que solo podrán ir los equipos directivos por «las condiciones limitadas de espacio y la evidente imposibilidad de tener una reunión con todos los afiliados que tengan derecho a participar».

Al día siguiente, el secretario general, Javier Ortega Smith, animó por email a los afiliados a votar, no a candidatos, sino el cambio de los estatutos, porque «el rápido crecimiento del partido (…) está atrayendo a personas que quieren servirse de las instituciones a través del partido». El abogado y número dos de Vox animaba a votar por un sistema de sufragio telemático los cambios en «una organización al servicio de España y no para servirse de España».

«Nos animaban a votar contra nuestros derechos como militantes -comenta la fuente cántabra-. La gente se quedó tan estupefacta que aún ahora está empezando a reaccionar contra este atropello». «Se trata de proteger al partido en un crecimiento tan rápido», explica el dirigente Pérez.

Voto sin control externo

El siguiente email llegó el mismo 23 de febrero poco antes de las 19:00, y para informar de los resultados de la votación: el cambio de los estatutos quedaba aprobado por el 93,35 por ciento de sufragios. Otros cambios obtenían parecidas búlgaras mayorías: 95,99 para los nuevos procedimientos electorales, 97,05 para un código ético y 96 para el funcionamiento del Comité de Garantías. «¿Y quién nos garantiza que fue ese el resultado? ¿Y esos, porcentajes, sobre cuántos votos emitidos? -pregunta críticamente el coordinador local castellano-. Nadie audita esas elecciones, ni hay compromisarios durante la votación ni se conoce el censo».

Como ha ocurrido recientemente en Ciudadanos, llueven las críticas sobre el sistema de votación electrónica. El militante se inscribe en una página web con su DNI, y el partido le proporciona una contraseña… que el partido conoce, y no solo el votante.

Defiende la decisión de acabar con las primarias el secretario general madrileño, teólogo de formación, Javier Pérez: «La democracia interna del partido se mantiene, porque son los afiliados quienes eligen a los comités ejecutivos provinciales».

«Yo nunca he sido partidario de las primarias, porque son manipulables -dice el militante y excoordinador leonés Gregorio García Aller- y pueden dar resultados injustos con quienes curran en el partido. Pero es que, si se quitan las primarias para que nadie pueda reprochar a la dirección que nombran a dedo a quien les dé la gana, estamos entrando en otro terreno». Medidas como esta están provocando «una dictadura total de Madrid sobre los comités ejecutivos de las provincias», opina.

«Vox no es el foro para defender a Franco»

La voz de Gregorio García Aller es la que se manifiesta de forma más clara en este mar de fondo. Fue candidato de Vox a la alcaldía de León en las municipales de 2015, coordinador de la formación en la ciudad y militante «desde que Vox tenía un mes», recuerda. Ahora ha tomado la decisión de darse de baja.

«Es por la deriva que está tomando el partido -explica-. Me considero engañado. He estado defendiendo unas ideas que ahora resulta que no son. Es como el dicho: llevo toda la vida haciendo preguntas y, cuando encuentro las respuestas, van y me cambian las preguntas».

En una ciudad importante pero pequeña, García Aller se ha paseado durante años por cuantos foros han querido escucharle el mensaje de que Vox no era de extrema derecha, sino «liberal y conservador». Y el partido, hoy, «ya no está en esas coordenadas; y, si lo está, lo disimula muy bien», dice este empresario de la comunicación, antes de asegurar que Vox «se está escorando hacia posiciones que no me gustan, y no solo a mí, sino a mucha gente. Esta sensación no está solo en León. Hay dimisiones en cadena de ejecutivas enteras».

El leonés lamenta la confección de unas listas «en las que está entrando gente procedente de Fuerza Nueva, Democracia Nacional, el Opus Dei… gente con un perfil muy determinado. Vamos, que no entra gente que venga de Podemos precisamente».

La acumulación de fichajes de militares retirados también aviva el fuego entre las bases. «No está mal que haya militares, por supuesto, pero ¿y la gente de la cultura? ¿y la gente de la ciencia?», se pregunta la excoordinadora local cántabra. García Aller lo explica desde otra perspectiva: «No me parece mal que se incorporen militares retirados. Otra cosa muy diferente es quiénes sean cada uno. Entre esos militares hay personas que hace cuatro días han firmado un manifiesto a favor de Franco. Y Vox no es el foro para defender a Franco».

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España

Se les acaba la alfalfa en el pesebre. Por Jesús Salamanca Alonso

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.«Es un hecho que la afiliación sindical ha descendido del año 2000 para acá; son los sectores de servicios los que acaparan mayor afiliación: educación, biblioteca, etc. Hoy no supera el 12-13% y bajando, según la OCDE»

El pesebre sindical se va quedando sin alfalfa. Al sindicalismo en desuso, consagrado casta y de buen vivir se le acaban los haces de alfalfa como a los aviones de ciertos países, que se van quedando sin queroseno de reserva. Sea por improvisación de los Gobiernos, mala gestión de las políticas o simplemente la conflagración de una guerra inesperada, el caso es que quienes comían ya no comen, al igual que los que vivían del lujo, malgastando fondos de la Junta de Andalucía o del Fondo europeo ya no vive igual y comprueba como Anticorrupción, la UCO o Hacienda le tienden trampas. Algunas iguales a las que tienden a los contribuyentes, que ponerlas las ponen.

Hacienda, la UCO y la Fiscalía Anticorrupción lleven a cabo una investigación en profundidad sobre la opacidad del patrimonio sindical y, en algunos casos, el de los líderes que llevan años enclaustrados con tumbona, porrón, cacahuetes y naipes de ocio alargado. Algunas sanciones a esos sindicatos machistas, privilegiados y casta se han pagado con patrimonio sindical, cuando las sanciones han sido aplicadas por la mala gestión efectuada. No echen en saco roto cómo uno de esos sindicatos amamantado por el Erario Público pagaba a su gente viajes al Caribe con cargo de los fondos que recibía de la Junta de Andalucía. Investiguen, investiguen, verán como no es necesario que me retracte.

Durante muchos años han vivido de los presupuestos y del dinero público. Ahora parece que el grifo se queda sin agua o tiene fugas por otros sitios. Grifo sin agua y vaca sin leche ya se sabe. Han tirado tanto de la ubre que no da más de sí. Están obligados a pedir perdón a los trabajadores por usos y representación fraudulenta. En España, entre los trabajadores de 25 a 44 años, está afiliado a un sindicato el 18% de los empleados a tiempo completo. Parece que ese porcentaje desciende al 10% entre los trabajadores que trabajan parcial. Es un hecho que la afiliación sindical ha descendido del año 2000 para acá; son los sectores de servicios los que acaparan mayor afiliación: educación, biblioteca, etc. Hoy no supera el 12-13% y bajando, según la OCDE.

«Más allá de su función institucional (…), el grado en que los trabajadores deciden afiliarse a un sindicato refleja su nivel de identificación con estas organizaciones y la capacidad de éstas para atraer y retener nuevos miembros. En los últimos años, diversos estudios han señalado un proceso de debilitamiento de la afiliación sindical en muchas economías avanzadas, especialmente entre los trabajadores más jóvenes y aquellos con trayectorias laborales más inestables». Eso se debe a una transformación estructural del mercado de trabajo, el aumento de la temporalidad y una mayor rotación en el empleo, así como por los cambios habidos en las relaciones laborales.

El nivel de identificación en España con este tipo de organizaciones no supera el cuatro por ciento. Están obligados a cambiar su estructuración, su dedicación al afiliado o usuario y a un aumento de las exigencias para la mejora de sus servicios. El gran logro del siglo XXI se habrá alcanzado cuando aprendan a mantenerse con sus propios presupuestos para ganar independencia respecto al Estado. Ahora es ese momento: vivir de sus afiliados y mantener sedes y servicios de ellos, ajenos al Estado y a las empresas. «Han vivido del robo y la venta de los trabajadores y se han dado lujos de los que se privaban los trabajadores: mariscadas, vicios mayores, orgías a destiempo, etc.», dice E. San Román, afiliado hasta su desengaño.

Ahora empezarán las huelgas que llevan años sin hacer porque, estando lleno el buche, no dan ganas de algaradas ni de quema de contenedores. Les interesan más sus intereses y llenar sus bolsillos que las necesidades de los trabajadores. Movilizaciones las llaman, pero solo recurren a ellas si les tocan el bolsillo. ¡Vividores a trabajar! Castilla y León se han comprometido a quitar las subvenciones a los sindicatos y a enseñarlos a vivir de lo que generen. Ya lo hizo en la legislatura anterior, pero solo mientras VOX permaneció en el Gobierno. Si se ha hecho en casi todos los países, ¿por qué en España seguimos sin evolucionar, pringados en naftalina y con estructuras sindicales anquilosadas? A Alfonso Fernández Mañueco le hemos dado un plazo prudencial para cerrar el grifo de las subvenciones inútiles, que las hay, y muchas. Si no lo lleva a cabo tendrá que soportar movilizaciones de la ciudadanía que produce y si no, al tiempo.

Mientras este tipo de sindicatos no cambie y se modernice, solo merecen patatas cocidas (marraneras) y no tantas gambas. ¡Ya está bien de fiestas! Para el 1º de mayo ya está organizado el comité de seguimiento para comprobar cómo desciende el «montante gambeto» de España. Contabilicemos gambas y liberados.

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