España
No nos indigna tanto el degenerado Enrique Tenreiro como la cobardía de los católicos que no lo sacaron a patadas del templo
AR (Reproducido).- La historia se repite. El escultor gallego Enrique Tenreiro protagonizó ayer un acto blasfemo en la Basílica del Valle de los Caídos al pintar la tumba de Francisco Franco, en el Valle de los Caídos, en plena eucaristía. Me pregunto si la jueza que ordenó mi detención por “ofender” a los señores yihadistas habrá notado un posible delito de odio por parte del susodicho.
En la grabación se observa cómo Tenreiro se sitúa frente a la lápida y tras apartar las flores arrojó pintura roja sobre la tumba de Franco. A muchos les ha indignado el suceso. A mí me ha indignado mucho más la cobardía de las decenas de católicos testigos de los hechos. Ni uno sólo tuvo el valor de encararse con el escultor gallego y mucho menos de echarlo a patadas del recinto sagrado, que es lo que hacen los hombres de verdad cuando la dignidad es sobrepasada por la ignominia.
La Iglesia, entre tanto, nos impele a poner la otra mejilla . Y lo hace en nombre de Aquel que echó del templo a los mercaderes que profanaban la casa del Padre. Imagine que el mamarracho entrara en una mezquita, en mitad de la oración, con actitud profanadora. No sería nada difícil aventurar cuáles serían para él las consecuencias. No estaría de más que los católicos nos preguntáramos si el declive que sufre nuestra fe no tendrá que ver con la pérdida de la auténtica moral guerrera, heroica, noble y fiel del cristianismo y no la de ahora que es débil, amanerada, hipócrita y cobarde, a imagen y semejanza del pueblo español.
La clave no está en modernizar el cristianismo, sino todo lo contrario, en volver a buscar otra vez las raíces de lo que nos hizo grandes. En lo antiguo está lo genuino, lo puro. Actualmente la palabra modernidad está asociada a los degenerados; y la élite lo sabe. Por eso los católicos han sucumbido al pozo negro de mentiras, egoísmo, materialismo, falta de fe y aberraciones contra la naturaleza, que es lo más sabio y bello que hizo Dios en este mundo.
Los medios informativos, por su parte, han pasado a la fase de intoxicación con un descaro que incluso a nosotros nos sorprende. Muchos de ellos hasta han calificado el acto blasfemo de ayer como un gesto reivindicativo contra “los muertos de la dictadura” y también como una exaltación del arte como forma de protesta. ¿Encajaría la citada calificación estética en una buena patada en los huevos al gañán blasfemo, que es lo que algunos habríamos querido hacer de hallarnos allí presentes?
Imagine también el lector la cantidad de apóstrofes que habrían empleado estos mismos canallas en el caso del católico de ideología conservadora que fuese pillado in fraganti pintando la fachada de una mezquita. Los medios han sido una pieza esencial en la creación de una sociedad acabada, histérica, irracional, hortera, inculta e intrascendente como la nuestra. Nos inundan de imágenes sobre los supuestos casos de islamofobia y en cambio tienen la desvergüenza de tratar con la mayor de las consideraciones a quien llevó a cabo un acto repulsivo en el interior de una basílica católica que, en el fondo, la mayoría de ellos comparte y apoya.
España se ha mantenido hasta hace pocos años como bastión solitario del Catolicismo en Europa, y ha caído en una situación alarmante. Es difícil que los fieles puedan sostenerse en la batalla cuando sus propios pastores arrojan dudas sobre la doctrina perenne de la Iglesia. Cuando durante tantos años, dentro de la propia Iglesia, se ha estado alimentando el relativismo ante el Mal y el rendicionismo frente a otras creencias, termina siendo lógico que decenas de católicos reaccionasen ayer con la cobardía que ya es habitual ante incidentes similares. En la iglesia Stella Maris de Málaga, en mitad de una homilía, un energúmeno apalizó salvajemente a un cura septuagenario que se hallaba dentro del confesionario. Con la parroquia repleta de fieles, entre ellos muchos militarotes en la reserva, nadie tuvo el coraje de evitar la brutal agresión. Se limitaron a llamar a la policía y a permitir que el cura agredido tuviese que ser hospitalizado.
Lo que con todo resulta más inquietante es que el acto blasfemo de ayer haya acaparado la indignación de muchos españoles y no por ejemplo la incomprensible ausencia de compromiso de los que lo permitieron. Es esta cobardía la que me aleja más cada día del rebaño católico lanar y del amilanamiento ante los lobos de la mayoría de los pastores.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
