España
Nuestra reprobable casta política. Por el Coronel Efrén Díaz Casal
Se define la política como un arte, doctrina o práctica referente al gobierno de los Estados, promoviendo la participación ciudadana al poseer la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para garantizar el bien común en la sociedad.
Es obvio que nuestros políticos desconocen la segunda parte de la definición porque se deshacen en promesas al electorado para atraer su atención y conseguir su voto sobre todo en la inestable situación política del momento en que no pueden descartarse elecciones generales de la noche a la mañana, y después si te he visto no me acuerdo.
Nosotros, el pueblo que les soporta, tenemos que impedir que esta patulea nos coja desprevenidos y continúe flexionando el tronco mirando al suelo y, dirigiéndose a nosotros, nos diga “ya sois todos iguales”.
Sucintamente, expongo a continuación las tropelías que, personalmente a unos y a otros, les he soportado y que, a buen seguro, no soy el único español al que esta camada ha agraviado.
Destaca en primer lugar la ausencia de cerebros entre esta camarilla que, con el fin de cubrirse las espaldas por si vienen mal dadas, mantiene una encarnizada contienda para dominar el Poder Judicial, en contra de la doctrina de Montesquieu, universalmente aceptada, de que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial no deben concentrarse en las mismas manos pues se trata de una teoría de contrapesos donde cada poder equilibra y contrarresta a los otros.
Es del dominio público que esta panda, para conservar su poder adquisitivo, utiliza la política de puertas giratorias empleada por los políticos que han ocupado algún cargo público que, al salir de la cartera consiguen un puesto de alto directivo en alguna empresa pública o privada como consecuencia, o beneficiándose, de su anterior responsabilidad pública.
Esta camarilla trata de ocultar sus datos de contacto, entre ellos su dirección de correo electrónico para impedir que el ciudadano, al que deben cargo y sueldo, acuda a ellos solicitando su ayuda para solventar algún problema individual o colectivo.
Resulta igualmente digno de mención que, cuando el ciudadano recurre a ellos por vía telemática, o no contestan o contesta alguno de sus colaboradores con el primer despropósito que se le ocurre.
Si el ciudadano recurre a ellos por vía telefónica, o no se ponen al teléfono porque están reunidos, o no se les espera, o no devuelven la llamada.
En una palabra, no resuelven nada más que lo que les interesa, que raras veces coincide con las necesidades generales o particulares de su electorado.
El mayor error que esta bandería viene cometiendo es la soberbia que practican vulnerando la Constitución y las leyes, pasándose por el arco de triunfo las críticas populares al respecto, y es que como decía José de San Martín, “la soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”.
Un ejemplo evidente de soberbia son los casos de corrupción, que no buscan el interés del depredador de las arcas públicas, sino que se apoyan en su convencimiento de ejercer los derechos de la persona y del cargo pues creen que el cortijo es suyo.
Les importa un bledo pasarse por la entrepierna la Constitución que han jurado o prometido, algunos tantas cuantas veces han sido elegidos, y cualquier ley, por cuanto es preciso hacerles entrar en razón enseñándoles a comportarse como demócratas en lugar de dictadores, lo que nos induce a no confiar en sus promesas sino a ponderar sus acciones.
Otra de las “virtudes” que atesora esta caterva es la incompetencia pues tienen menos luces que un barco de contrabando, llegando a comprender las cosas cuando se las dan “sopadas y migadas”.
El vil metal es algo por lo que esta gente está dispuesta a sacrificarlo todo – algunos perciben más de 1 sueldo – ignorando que pierden la dignidad y los principios por un beneficio temporal, perdiendo también los electores al final.
Merece especial mención la capacidad para la mentira de esta manada de inciviles que no saben más que subir impuestos para gastos estériles o vivir opíparamente a costa de los españoles, algunos son doctores honoris causa en el arte del embuste, aunque tarde o temprano se descubre su patraña en tanto que otros, de limitada sesera, descubren su falacia a la primera de cambio.
Resulta tristemente paradójico que la mayoría de estos especímenes adopte una actitud servil hacia quienes atentan contra la unidad de España con la protesta tan pacífica para el colega como belicosa para el adversario político, y el silencio de una minoría, en tanto desprecian a quien trata de defender el ordenamiento jurídico de nuestro Estado de derecho: el mundo al revés.
En conclusión, esta pandilla de – adjetivo a gusto del lector – ha alcanzado el dudoso honor de ser una amenaza para la democracia.
No es posible soslayar el ridículo que estamos haciendo en el concierto internacional motivado por los esperpénticos errores de unos, con su banal aplauso, y el patológico afán de notoriedad de otros con la consiguiente incidencia económica negativa para nuestra economía.
Indudablemente, a esta plaga de parásitos los españoles les importamos menos que una clase de Física Cuántica a un mosquito.
Efrén Díaz Casal
Coronel de Infantería (R)
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
