Ocurrencias de Ciudadanos - ALERTA NACIONAL
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Cartas del Director

Ocurrencias de Ciudadanos

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La propuesta de Cs al PP para turnarse en la Alcaldía de Madrid es una ocurrencia que desacredita al partido naranja. La fórmula le ha funcionado con los socialistas en Albacete y Ciudad Real, pero no por eso deja de ser una iniciativa irrespetuosa con las instituciones. Cs está utilizando sus concejales en la capital como el argumento del chantaje al PP para maquillar su enésimo fracaso en el asalto al liderazgo del centro derecha. Villacís se está equivocando con el obstruccionismo a Almeida y cargando de razones a quienes diagnostican en Cs un grave problema de desorientación táctica y estratégica. Las urnas dijeron con claridad que el liderazgo del cambio en el Ayuntamiento de Madrid corresponde al PP. Es legítimo que Cs quiera alcanzar poder pero ahora le toca esperar hasta las próximas elecciones municipales. Entre tanto, deben asumir que están transmitiendo una imagen negativa de ambición por el poder que empieza a corresponderse con la realidad de un partido que siente que pierde una y otra vez las oportunidades de superar al PP.

La lectura del tiempo que le toca vivir a Cs y a su candidata en Madrid, es la de formar una mayoría no de izquierdas que compense en los ámbitos municipal y autonómico el radicalismo de un previsible gobierno del PSOE con Podemos, apoyado por los nacionalistas y separatistas. Cs debe ahorrarse sus continuos amagos con romper la baraja con los populares y centrarse en asumir un espacio concreto en la vida pública española. El Ayuntamiento de Madrid no es un botín electoral, sino uno de los mejores escaparates de las políticas liberales, moderadas y reformistas que puede encontrar el centro derecha en España para convencer a más electores e impulsar una victoria a nivel nacional. La adolescencia puede ser hasta simpática, pero en un partido con aspiraciones de gobierno resulta decepcionant


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¿Un gobierno o una agencia de colocación?

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Deben quedar aún unos días para que se conozca en su totalidad la composición del nuevo Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos y ya vamos por cuatro vicepresidencias. El espectáculo que están dando uno y otro partido, anunciando por su cuenta (y sin informar al socio) de cuáles serán sus piezas en el Consejo de Ministros y las presuntas competencias que asumirá cada formación, refleja la artificialidad que ha guiado esta alianza «progresista». Sobre su eficacia solo caben malos pronósticos una vez exaltadas por los firmantes del pacto las líneas generales de su acción de Gobierno, dirigidas hacia un propósito sectario en el manejo de las prioridades políticas y dinamitador de las reformas puestas en marcha durante legislatura y media por el Ejecutivo del PP. Lo que sí está claro, habida cuenta del gigantismo de la nueva estructura gubernamental, es que a los españoles les saldrá mucho más caro dar acomodo a las aspiraciones de Sánchez e Iglesias, pues conllevará un incremento de altos cargos, asesores y personal de apoyo a tanta vicepresidencia y tanto ministerio.

Estas primeras horas tras la investidura de Sánchez reflejan también que la desconfianza entre ambas facciones no tendrá fácil arreglo, pues La Moncloa se ha visto obligada a «contrarrestar» los anuncios unilaterales de los ministros de Podemos comunicando, sin avisar a Iglesias, que habrá una vicepresidencia socialista más de las pactadas. Es la respuesta de Sánchez para restar valor a la asumida por Podemos. Se trata de dar acomodo a cuantos más altos cargos posibles, desdoblando departamentos, direcciones generales y lo que haga falta en una desquiciada maniobra de «yo pinto mucho más que tú» en la que el interés general es secundario, como ya apuntaba la elección de los socios que sostienen esta aventura política personalista, tóxicos para la unidad de España.


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Los separatistas pasan al cobro

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Si a ERC le importaba «un comino» la gobernabilidad de España, a Pedro Sánchez le han desaparecido las prisas por lograrla. Ya no urge combatir la pobreza extrema que acecha a once millones de españoles, ni rescatar de la precariedad a millones de trabajadores explotados, ni expulsar el heteropatriarcado de la sociedad. El ya presidente del Gobierno con plenas funciones ha aplazado la formación de su nuevo Ejecutivo hasta la semana que viene, dejando en ridículo a su futuro vicepresidente, Pablo Iglesias, quien ya había dado a conocer, con ansiedad apremiante, los nombres de su jefe de Gabinete y de una secretaria de Estado, entre otros cargos de la «pedrea» gubernamental. La Moncloa se le resiste unos días más al líder podemita, quien así recibe el mensaje de que, a pesar de los abrazos en el Congreso, Sánchez quiere unos días de liderazgo a solas, sin compartir fotografía con su vicepresidente comunista.

En realidad, la meca de La Moncloa para Sánchez lleva aparejada para España la formación de casi cuatro estructuras de Gobierno, la del PSOE, la de Podemos, la propia de La Moncloa y, como novedad, una dedicada exclusivamente a hacer de árbitro en esa tricefalia, que aparece en el último acuerdo de funcionamiento de la coalición. Y con tantas estructuras en lo que se vaticina un berenjenal administrativo, el acuerdo limita a los ministros hasta la libertad de expresión de los asuntos ajenos a su departamento mientras no sean aprobados por el Consejo de Ministros. No se fían los unos de los otros, piedra angular de un Gobierno nacido para satisfacer promociones personales pero pensando muy microscópicamente en España. Poco han tardado además en pasar al cobro los socios separatistas a los que Sánchez debe su nueva estancia en La Moncloa. ERC le reclamó ayer que el Gobierno se retire de todas las causas judiciales que se siguen contra el separatismo cuando este vulnera la ley y que en la infame «mesa bilateral» se trate la autodeterminación. De paso vino a discrepar la formación republicana con Carmen Calvo sobre si el pacto alcanza la negociación de presupuestos. Nueva amenaza. Tiene razón Don Felipe cuando ayer, en la promesa del cargo como presidente del Gobierno de Sánchez, afirmó que el acto fue «rápido, simple y sin dolor… El dolor viene después».

Sánchez parece que ya no tiene prisa, pero los separatistas sí, porque el líder socialista, además de embridar el unilateralismo de su socio comunista que ya se ha puesto a alardear de sus ministros, no representa para los secesionistas más que un comodín de su estrategia de impunidad y de secesionismo, de la que quieren obtener beneficios rápidamente, antes de que la legislatura implosione por su falta de viabilidad. A los separatistas también Sánchez les importa «un comino»; sólo les interesa lo que les valga y lo van a demostrar diariamente.


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Un Gobierno contra la mitad de España

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Pedro Sánchez ya es presidente. Ha sido un candidato agónico que hasta el último minuto, y por dos votos, no ha conseguido la confianza del Congreso. Es el presidente que accede a la jefatura del Gobierno con menos diputados a favor, apoyos que, además, tienen un valor simbólico que abre incógnitas preocupantes sobre el futuro y la estabilidad del país. Esta es una debilidad política que le ha obligado a buscar unos aliados que, por primera vez, se sitúan fuera de los partidos constitucionalistas. Las tres jornadas de investidura, los días 4, 5 y la de ayer, han sido la escenificación de que entramos en una nueva etapa política desde la Transición: una alianza del PSOE y la izquierda populista con independentistas catalanes y vascos. Hay que decir que el espectáculo ha sido deplorable y triste a partes iguales, porque a falta de exponer un programa sobre los asuntos clave que afectan al país –desaceleración económica, reformas para paliarla, educación, sanidad, bienestar y la crisis territorial en Cataluña–, fue una sucesión de consignas con adornos de cursilería realmente difíciles de digerir. Rotos los límites del consenso fundamental de la Constitución y de la racionalidad política, se abrió un espectáculo de pura sentimentalidad populista a la que no faltaron las inconsolables lágrimas del Pablo Iglesias. A los largo de estos tres días, Sánchez puso en el centro de la Cámara un «monstruo» llamado La Derecha al que todos sus socios, sin excepción –Unidas Podemos, ERC, PNV, Bildu–, con más o menos infantilismo, pero todos compartiendo ese odio atávico que el populismo ha inoculado hasta en partidos tan de orden y devotos como el nacionalista vasco, golpearon en un aquelarre antipolítico que dejará huella. Todos han tenido su momento y recibieron el aplauso del mismísimo Sánchez, que incluso agachó la cabeza sumisamente ante ataques tan indecentes como los de ERC –le llamó «verdugo» a la cara del candidato por su papel en Cataluña– y los proetarras de EH Bildu, que insultaron gravemente a las instituciones del Estado, al Rey y a nuestra democracia. Fue un espectáculo triste porque va a costar coser lo que este pacto ha destrozado y, lo más sangrante: el PSOE actuando como maestro de ceremonias.
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Ahora toca digerir lo que ha sucedido y reparar, por el bien del país, esa fractura abierta y que representa a la perfección un frentismo propio de los años treinta. Sánchez ha alcanzado su soñado objetivo y jurará hoy como presidente del Gobierno ante el Rey, pero ahora, dejando atrás en lo posible lo que hemos visto estos tres días, debe asumir la responsabilidad de ser el presidente de todos los españoles. Es decir, de los que están a favor del pacto con los independentistas y de los que son contrarios, que electoralmente supone la mitad de la población. La animadversión que el propio Sánchez ha demostrado hacia el PP –ni siquiera estuvo a la altura cuando Pablo Casado le estrechó la mano al ganar la votación– es un mal ejemplo y, sobre todo, estéril. El nuevo presidente ha dado un giro de ciento ochenta grados a su alianzas, pero poco podrá hacer si quiere abordar reformas en profundidad, ni tocar la Constitución, sobre todo en Cataluña, sin el concurso del PP. El líder de los populares le preguntó a Sánchez en la primera sesión del debate cómo pensaba afrontar el recorte de 7.800 millones de euros para 2020 que le exigía la Unión Europea. No supo qué contestar. Utilizó la consabida subida de impuestos, pero sin especificar nada concreto, sólo el mantra de la marca podemita del «impuesto de los ricos». Ese será un tema que el nuevo Gobierno deberá afrontar y de nada servirá la agitación demagógica empleada estos días. Ni un minuto empleó el candidato socialista en la reforma de las pensiones que, por cierto, ambos partidos habían dejando muy adelantada en la pasada legislatura para cerrar la brecha entre ingresos por cotizaciones y gastos en un plan de cinco años. ¿El nuevo giro de PSOE –que Adriana Lastra interpretó con un izquierdismo bochornosamente iletrado– supone que se aparca este reforma? Sin embargo, Sánchez puede crear un peligroso agravio entre comunidades, si hace una quita de la deuda en Valencia para pagar el voto de Compromís, en contra de otros gobiernos que han sabido ajustar con rigor sus cuentas, aunque estén gobernadas por el PP. Por lo tanto, la fiesta del frentismo de estos días debería terminar y empezar a gobernar en serio.

En próximo día 22, ERC le reclamará la formación de la «mesa bilateral de diálogo, negociación y acuerdo para resolución del conflicto político», al cumplirse los 15 días exigidos, órgano desde el que saldrá la propuesta que, posteriormente, lo catalanes deberá votar en un referéndum. Este será el primer compromiso que el presidente deberá cumplir. Ayer, una diputada de ERC dijo desde la tribuna que le «importa un comino la gobernabilidad». Es lógico y coincide con el sentimiento interno de un partido cuyo objetivo es la desestabilización del Estado para tener mejor posición de fuerza en sus objetivos secesionistas. Con lo que no han contado es con que Sánchez ha roto amarras con la verdad, de lo que ha hecho toda una filosofía política. Si ha llegado a La Moncloa después de pactar con aquellos de los que había renegado y calificado de «peligro» y «antidemocráticos», nadie descarta que vuelva a mentir.

Es lógico, por lo tanto, que esta legislatura esté condicionada por dos hechos: unos socios abiertos enemigos de la Constitución y un presidente para el que la palabra no tiene valor alguno.


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