España
«Oltra, la celestina de un pederasta». Por Eduardo García Serrano
Mónica Oltra es la celestina de un pederasta, de un cerdo sórdido de pulsiones y afinidades telúricas con Jean-Paul Sartre, del que Albert Camus decía: “Lo único que a Sartre le interesa de sus alumnas es la ropa interior”. Al marido de Mónica Oltra lo único que le interesaba de las niñas tuteladas por la Generalidad valenciana, de las que era profesor, es lo que hay debajo de la ropa interior donde él metía sus manos como sapos, frías, fláccidas y viscosas, y derramaba sus puercas babas mientras gemía como un gorrino satisfecho ante el cuerpo inerte, paralizado por el terror, de una niña de catorce años con las bragas en los tobillos y la inocencia muriendo en la bragueta de Luis Ramírez Icardi, el marido de Mónica Oltra.
Perpetrada la profanación del cuerpo de una niña de catorce años, el pederasta volvía a casa y se metía en la cama con Mónica Oltra a soñar, sin duda, con el internacionalismo socialista y con la incorporación del Reino de Valencia a los Països Catalans, que para eso son una parejita de hispanicidas de Compromís. Luis Ramírez Icardi dormía tranquilo porque la ausencia de conciencia es el mejor somnífero y porque se sabía cubierto, amparado y tutelado por su celestina política, de lorzas abundantes y de estrabismo inquietante. Cuando sonaba el despertador, el pederasta salía del marsupio de su celestina marital y política y regresaba al Centro de Menores con el Kama-sutra en su cartera docente y con Jean-Paul Sartre palpitándole en el pene, aquel sucio gabacho al que su mujer, Simone de Beauvoir, le hacía de celestina y de proxeneta metiéndole en la cama a las alumnas deslumbradas por el genio del maestro.
El pederasta se creía blindado por la importancia de su mujer en la cucaña política socialseparatista que saquea la Historia, el presente y el futuro de los valencianos y de todos los españoles. Se creía cobijado por el estrabismo de Mónica Oltra que, teniendo un ojo en Barcelona y el otro en los tacones de Yolanda Díaz, no tenía ojos para una niña de catorce años a la que ella tutelaba y que estaba siendo permanentemente utilizada como felpudo sexual por su marido. Cinco años después los jueces (¡qué perspicaces!) sospechan que Mónica Oltra no sólo lo sabía todo sino que, además, utilizó su poder político y mediático para borrar las sucias huellas de su marido, ocultar su delito, proteger su propia carrera y presentar a la víctima como culpable llevándola esposada a declarar como testigo (miserables policías los que se prestaron a tamaña vileza). Un lustro después la han imputado. De nada servirá porque, ni en el peor de los casos, se les aplicará, ni a ella ni al pederasta de su marido, la única sentencia redentora para esa niña de catorce años. La sentencia evangélica dictada por Jesucristo: “¡Ay del que escandalizare a una sola de estas criaturas, más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al lago!”.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
