España
Partidos y partidas
Federico Ysart.- Cuando los contendientes a punto de entrar en campaña dedican sus mejores esfuerzos a fichar candidatos, mala cosa. Apenas se salvan los populares, ajenos al mercado de primavera en que ciudadanos y voxingleros fichan lo que se ponga por delante. Ni los sanchistas -¿hasta dónde ha caído el PSOE?- se han sustraído al fenómeno.Y así aparecen en escena desde entrenadores de baloncesto a empresarios, jueces y abogados del Estado en retirada y militares; en fin, de todo lo que se supone atractivo para la masa votante sometida al acoso de los medios. Y de lo que en casa no hay.
Es de agradecer la entrada de nuevos agentes en la política, sobre todo en un campo de juego como el español, atosigado por unas organizaciones partidarias encerradas en sí mismas, donde llegan a librarse hostilidades sin cuento en la trepa por la cucaña del poder. Y alcanzado éste se premia a la militancia con la ciega obediencia y el estrago de los resistentes dentro de las propias filas; que se lo cuenten a Susana Díaz y compañeros socialistas andaluces, víctimas de la vendetta que Sánchez se ha cobrado al cabo de dos años.
Los partidos, más que cauces para la representación del pluralismo, han llegado a ser maquinarias de poder, con todo lo que ello conlleva. Y también organizaciones dotadas de amplios fondos de armario que permiten la recomposición de equipos e imagen, como es el caso de los populares, insertos en un proceso de cambio generacional.
La entrada de nuevos jugadores suele responder a aquel principio aristotélico de que la naturaleza aborrece el vacío. En política, como en el arte, el horror vacui se resuelve enseguida; así apareció hace algunos años Podemos en la escena nacional ocupando la izquierda abandonada por el partido socialista; Ciudadanos entró por Cataluña para dar la réplica al independentismo; y recientemente Vox pretende cubrir el flanco ideológico postergado por el pragmatismo del gobierno Rajoy.
Además, la aparición en escena de este tipo de fenómenos suele estar alimentada por el cabreo social generado por diversos factores, como los efectos de una grave crisis económica, el agobio de parte de una sociedad sojuzgada por otra, o la sensación de pérdida de valores. Por ello se sienten ajenos al mundo establecido, luchan en contra del aburguesamiento de la clase política, denostan el bipartidismo, hecho histórico al que atribuyen todos los males, e incluso llegan a rechazar su clasificación como partidos.
Mareas, movimientos ciudadanos, plataformas, asociaciones, “gentes como tú”, en fin, partidas que ¡ay! en un santiamén adoptan las pautas de los denostados partidos, como las primarias con freno y marcha atrás.
Larga historia la de las partidas en nuestro país, todas volcadas a la lucha, bandoleros, guerrilleros, maquis, etc., y casi siempre abocadas al fracaso, víctimas de su aislamiento, cuando no de su integración en el mundo contra el que nacieron.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
