España
Pedro Sánchez es un riesgo para la estabilidad de España
ABC.- Las señales que sigue emitiendo el Gobierno sobre su voluntad de cesión a los independentistas catalanes son cada vez más preocupantes. La reciente reivindicación de Quebec como un ejemplo útil para dar soluciones a Cataluña, la asunción por el Estado del 60 por ciento de la deuda a corto plazo de la Generalitat o la sistemática campaña en favor de la excarcelación y los futuros indultos para los políticos presos son indicios de que la Generalitat está doblando el pulso al Ejecutivo central. Esos mensajes de debilidad se complementan además con el silencio de La Moncloa ante el permanente chantaje y las amenazas de desobediencia en el Parlament manteniendo el derecho a voto de Carles Puigdemont. Pedro Sánchez es consciente de que su supervivencia en el poder está condicionada en gran medida a la aprobación de los Presupuestos, y que ello depende, entre otros partidos, de ERC y del PDECat. Y estar a merced de los separatistas con la manifiesta endeblez que le conceden sus 84 diputados socialistas ha convertido a Sánchez en un riesgo para la estabilidad de España.
Nada, absolutamente nada, ha mejorado desde su llegada al poder. Ni cumple con su promesa de «normalizar» España ni con su compromiso de convocar elecciones. Sánchez no solo está desacreditado después de que se haya demostrado que plagió su tesis doctoral, o de que haya tenido que destituir a dos ministros en tres meses, o de que mantenga con respiración asistida a la titular de Justicia pese a mentir públicamente. Sánchez está desacreditado porque ni su Gobierno es de «expertos», como presumió, ni está coordinado ni piensa en fortalecer al bloque constitucional para la defensa de la unidad de España, muy mayoritario en nuestro arco parlamentario. Las gestiones subrepticias del socialismo para mantener viva entre los separatistas la esperanza de que los golpistas serán indultados si son condenados por rebelión son dañinas para España. Si permanecen encarcelados a la espera de juicio es porque hasta siete procesados huyeron de España, y el riesgo de fuga no es una elucubración judicial, sino una evidencia. «Hacer política» no consiste en arrodillarse ante el independentismo o en reducir, como hizo ayer, el desafío golpista a «una crisis de convivencia», sino en respetar las normas del Estado de Derecho, la separación de poderes y las decisiones independientes de los jueces sin presiones indecentes. Ayer Sánchez se empecinó en no sacrificar a la titular de Justicia para no verse forzado a dar por concluida la legislatura, algo que por cierto no se entiende si el CIS le atribuye hoy más del 30 por ciento de los votos.
Sin embargo Sánchez sabe que es un dato sobredimensionado, y hasta sus socios de Podemos y ERC han exigido la salida de Delgado. Sánchez prefiere huir hacia adelante con un Gobierno noqueado y en el que los ministros que le sugieren elecciones son ignorados.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
