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Opinión

“Perdón, soy hombre y no lo puedo evitar”, la muerte anunciada de la virilidad

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El hombre se hace feminista cuando no sabe ya cómo agradar a las mujeres. La mujer se hace feminista cuando ya no sabe cómo agradar a los hombres (Enrique Jardiel Poncela).

Hace ya una década que se puso a la venta en Francia el libro de Eric Zemmour “Le premier sexe”. En España fue editado en 2007 con que fue editado en español con el título “Perdón, soy hombre y no lo puedo evitar” por Ediciones Áltera.

Desgraciadamente salvo para etiquetar al autor de “facha”, “misógino”, y cosas por el estilo, de poco más se hicieron eco los medios de información hace diez años.

Éric Zemmour es una persona archiconocida en Francia por su actitud de llamar a las cosas por su nombre, sin rodeos y sin circunloquios, y por pertenecer a lo que algunos denominan “derecha alternativa”.

Nacido en una modesta familia «pied-noir» (ciudadanos de origen europeo, en su mayoría de origen francés, que residían en Argelia y que se vieron obligados a salir de ese país tras la independencia en 1962) de origen judío-sefardí, formado en el Instituto de Estudios Políticos de París, Zemmour es editor del periódico liberal-conservador Le Figaro (Paris). Personalidad mediática, colaborador asiduo de varios programas televisivos, autor exitoso de ensayos políticos, articulista apreciado, es hombre independiente, incluso iconoclasta y por lo tanto controvertido. Quien lea su libro, que lleva por titulo “El primer sexo”, una réplica al “Segundo sexo” de la papisa del feminismo, la amante de Sartre, Simone de ea, descubrirá a un escritor inteligente, culto, brillante, con enorme sentido del humor.

Éric Zemmour se define como “soberanista” y contra “el derecho de injerencia”, la intervención en un Estado soberano por parte de uno o varios Estados u organizaciones internacionales, mediante la fuerza armada y sin su consentimiento; tampoco les sorprenderá si les digo que propone abiertamente un mayor control de la inmigración y que abomina del llamado “multiculturalismo”, y por supuesto, es abiertamente antifeminista y contrario a las bodas entre homosexuales… Tampoco les extrañará si les digo que viene advirtiendo sin cesar del suicidio al que casi de forma irremediable caminan su propio país y la civilización occidental, si prosigue la creciente islamización, a la vez que los europeos cada vez traen menos hijos al mundo.

Pienso que es sumamente interesante retomar el libro al que aludía al principio:

La tesis de Eric Zemmour es sencilla. El llamado «segundo sexo» ha venido a ser el primero e incluso el único. El feminismo ha descalificado al «macho». La ideología sesentayochesca ha permitido un nuevo avance de los valores femeninos. La sociedad europea y occidental se afemina a pasos agigantados. El homosexual -“gay”- viene a ser el nuevo modelo cuyas imágenes positivas, proyectadas sin tregua en los medios de comunicación, acaban moldeando la mente de la gente corriente, del ciudadano medio. El hombre moderno se depila, se perfuma, se adorna con afectación, lleva joyas y bisutería, y todo ello fomenta el consumo. Hombres o mujeres, todos iguales, nos convertimos de esa manera en excelentes y entusiastas consumidores.

El «macho» tradicional, el hombre que respeta a su madre, protege a su mujer y se siente responsable de sus hijos, es una especie en extinción. Se muere el hombre tradicional activo, emprendedor, resolutivo, aficionado al riesgo, a la acción y a la aventura. En adelante, el hombre moderno deberá cooperar, comunicar y conservar en vez de competir, obrar y transgredir. Elegirá la efímera pareja antes que la familia duradera, el indispensable hogar de los niños.

“¿A qué se parece el hombre ideal?”, se pregunta Éric Zemmour en su libro.

El texto de Zemmour es una reflexión sobre la feminización de la sociedad occidental. “El hombre ideal se depila, compra productos de belleza, lleva joyas, sueña con el amor eterno, cree a pie juntillas en los valores femeninos, prefiere el compromiso a la autoridad y, más que de la lucha, es partidario del diálogo y la tolerancia. El hombre ideal es una verdadera mujer”.

Sí, Zemmour nos habla de aquello que en España ya se ha acabado convirtiendo en costumbre: el que algunos varones cuando abren la boca empiezan por pedir perdón por haber nacido con pene, y añaden que están en búsqueda de “su lado femenino”.

Todo ello es resultado de un proceso contradictorio de aceptación a medias, a la vez que de rechazo -también a medias- del feminismo por parte de una gran mayoría de mujeres. Habiendo descartado, tras varios decenios de tanteo, la poco seductora perspectiva de comportarse como hombres, la mayoría de las mujeres “han sacado de esa paradoja una conclusión radical pero, sin embargo, lógica: ya que las mujeres no han conseguido transformarse en hombres, es necesario transformar a los hombres en mujeres”.

Al mismo tiempo que trata de explicarnos el asunto del doble pensar acerca del feminismo por pare de las mujeres, Zemmour establece un paralelismo muy oportuno con los regímenes comunistas de los que el feminismo es deudor ideológico a través de Engels y Beauvoir. Nos cuenta Zemmour que igualmente que algunos comunistas y no comunistas disculparon a Lenin de los desmanes, tropelías, y crímenes cometidos por los estalinistas, así hacen muchas personas cuando hablan del feminismo como algo “bueno”, incluso necesario y consideran que hay “feminismos” y feminismos y que el denominado “de género” en nada tiene que ver con el feminismo genuino, el de las sufragistas, el de los primeros tiempos… Pero, al igual que acabó ocurriendo con el comunismo marxista, la distinción ha acabado por derrumbarse. El estalinismo se hallaba ya dentro, formaba parte del leninismo. Del mismo modo, el feminismo es un bloque. Es una visión del mundo, una voluntad de cambiar a la mujer y al hombre. Borrar 5.000 años de distinción de roles y universos, como ha escrito muy bien Élisabeth Badinter (paradójicamente antigua discípula de Simone de Beauvoir). En suma, destruir la herencia judeocristiana.

Por eso, precisamente, el feminismo es un ‘-ismo’ del siglo XX que no puede escapar a sus demonios totalitarios.

Zemmour nos pone múltiples ejemplos de tales afanes totalitarios y liberticidas en su libro: “He visto en la televisión un debate entre un joven agricultor, que confesaba algo avergonzado que, sin la prostitución, nunca habría conocido mujer, y Anne Hidalgo, adjunta socialista al alcalde de París, (cuando Zemmour escribió su libro) que, con mirada asesina, le recriminaba: “¡Usted necesita tratamiento médico!”.

Retrocediendo unos cuantos siglos en la Historia de Francia, Éric Zemmour nos recuerda que en el siglo XVIII, Montesquieu y Rousseau ya advertían sobre las terribles consecuencias que podría tener como resultado el cada vez mayor poder de las mujeres y de los peligrosos alcances que podría acarrear el afeminamiento de la sociedad. Las mujeres de la alta sociedad adquirieron entonces un poder considerable. Por ejemplo, quien realmente ostentaba el poder durante el reinado de Luis XV era Madame de Pompadour, hasta el punto de conseguir que los hasta entonces tradicionales aliados de Francia dejaran de serlo, de forma que Austria, el enemigo tradicional de Francia, pasara a no serlo, en contra de Rusia, que había sido amiga de Francia desde los tiempos del Cardenal Richelieu. También fue ella la causante de la caída en desgracia de los jesuitas, para regocijo y aplauso de la izquierda filosófica de la época.

“En los salones de entonces –nos cuenta Zemmour- son las mujeres quienes organizan el encuentro profético de las dos élites: la aristocrática o del nacimiento, y la burguesa o de la inteligencia. Mezcla verdaderamente revolucionaria. Son ellas quienes seleccionan a los afortunados elegidos, según sus propios criterios, en detrimento de un Rousseau que nunca complace”.

Sin embargo, las feministas actuales no consideran suficiente esa participación femenina en el poder político del siglo XVIII, y “repiten maquinalmente que sólo las mujeres de la alta sociedad tenían algo que ver con esa evolución -¡Al parecer de estas lumbreras, el rey pedía opinión a los campesinos varones cuando tenía que tomar alguna decisión trascendente!- y que las mujeres tenían que pasar por el lecho del rey para tener influencia”, nos dice Zemmour con sentido del humor. Y añade, en una aseveración sin duda sorprendente para los españolitos de a pie y no tan pedestres, acostumbrados a la castidad oficial de nuestra clase política, que “podrían contarse con los dedos de una mano las mujeres políticas de estatura nacional que no hayan pasado por los brazos de uno de los tres monarcas franceses de los últimos 30 años: Giscard, Miterrand, Chirac”.

Tampoco tiene desperdicio la mención que hace de “la paridad”: para conseguir tal cosa y no habiendo suficiente competencia femenina, las listas electorales se han recargado de esposas, amantes, hermanas, primas, secretarias, antiguas novias y adjuntas de prensa.

Igualmente, son de especial interés las observaciones históricas que hace Zemmour en relación con el Código Civil redactado por Napoleón e inspirador de una legislación civil europea que se ha mantenido vigente hasta bien entrado el siglo pasado y en la que el feminismo ha encontrado uno de sus blancos preferidos. Tras el breve paréntesis de austeridad encarnado por la Revolución Francesa comienza, con el Directorio, un nuevo período en el que las mujeres vuelven a ocupar un lugar preponderante. En la sociedad de los increíbles y las maravillosas, la libertad de las mujeres asombra a toda Europa: “las mujeres cambian fácilmente de amante; se casan y se divorcian con la misma rapidez; las tasas de divorcio (que, en París, pone fin a uno de cada tres matrimonios) son casi similares a las actuales; las familias se destruyen y la educación de los hijos es deficiente. […] Es esta sociedad ‘decadente’, como aún se atrevían a decir entonces, la que Napoleón tiene ante sus ojos cuando comienza los trabajos del Código Civil. Ante sus ojos, exactamente, ya que su propia mujer, Josefina, más ligera que sensual, es la encarnación de esa sociedad”.

En ese contexto, el Código Civil impone un marco más estricto a la libertad social de la mujer y, con ello, y sin renunciar al principio del divorcio, logra frenar el vertiginoso ritmo de disolución de las familias. La crítica retrospectiva siempre es fácil. Pero, sin el Código napoleónico, ¿cómo habría evolucionado la sociedad francesa del siglo XIX con una tasa de divorcios similar a la actual?

La sociedad moderna finge creer en los principios de igualdad y respeto en las relaciones entre hombre y mujer. Pero, por poner un ejemplo, jamás se ha visto a una actriz colgada del brazo de un dependiente de carnicería –nos recuerda Zemmour-, y sin embargo es frecuente ver a hombres muy feos, al volante de fabulosos coches deportivos y acompañados de seductoras personas del sexo femenino (¿No les suena esto a cuando en las últimas elecciones en los EEUU, pusieron de todos los colores a Donal Trump por afirmar algo semejante?).

Las estadísticas oficiales demuestran que las mujeres suelen repudiar a su marido y solicitar el divorcio, de manera más frecuente cuando los hombres están desempleados, sin que ello se deba necesariamente a un problema material, ya que son muchas las mujeres capaces de ganarse la vida trabajando fuera del hogar. Esto nos recuerda el juego de palabras de Warren Farrell, según el cual la mujer es sex object [objeto sexual] para el hombre en la misma medida en que el hombre es success object [objeto de éxito] para la mujer.

El acoso y derribo, el linchamiento de todo lo que huela a masculino comienza casi desde el parvulario, territorio casi exclusivamente femenino ¿Conocen ustedes a muchos profesores de enseñanza infantil? El Ministerio de Instrucción Pública, de Enseñanza ha pasado a ser, en casi todas partes, Ministerio de Educación. “En lugar del proyecto paternal de instruir [instruere significa ‘armar para la batalla, equipar, dotar’] se adopta el proyecto maternal de educar [educare significa, en su primera acepción, ¡alimentar!]. La instrucción, que recurre a la inteligencia, a la capacidad racional, es sustituida por la educación, con su dimensión afectiva y su orientación a la expansión de la personalidad del niño.

Otra conquista “histórica” ha sido el aborto. En los años 70 el eslogan de moda era “mi cuerpo es mío”. Los hombres, obsesionados por el sexo, pensaban que, con esa frase, las mujeres estaban reivindicando su derecho a acostarse con quien les plazca, sin ser molestadas por sus padres o maridos, nos dice Zemmour. Pero a los varones de entonces no se les pasaba por la cabeza su verdadera trascendencia. Lo que las mujeres querían decir realmente era que sus hijos les pertenecían, que tenían derecho de vida y de muerte sobre ellos. Y, en efecto, los hijos, que antes tenían un derecho inalienable a nacer y, como mucho, pertenecían a Dios o al Estado, a partir de los años 70 del siglo XX, en las sociedades occidentales, pertenecen a las mujeres.

Presten atención al análisis de Zemmour:

“El número anual de abortos en Francia se ha estabilizado en torno a los 200.000, respecto de 764.500 nacimientos, según los últimos datos (¡Ojo, son cifras de hace una década, no se olviden!) En un artículo reciente de Le Figaro, Emmanuel Le Roy Ladurie señala que esa proporción (uno de cada cinco) corresponde a las tasas de mortalidad infantil, en el sentido clásico, existentes en el reinado de Luis XV.

Para ese viaje no son menester alforjas … ¿Dos siglos para eso? Estas cifras tendrán acabarán teniendo terribles consecuencias más pronto que tarde en el futuro de los países europeos. Los principales demógrafos nos advierten sobre el futuro de Alemania o de Italia; en el caso de este segundo país, la población habrá descendido a 20 millones de personas dentro de algunos decenios. Desde hace 30 años, todo el mundo se extasía ante el control perfecto de la fecundidad por parte de las mujeres gracias a la contracepción y al aborto. Pero, “casualmente” se suelen olvidar de que el fin de esa historia será tremendamente desgraciado y conducirá inevitablemente a la desaparición programada de los pueblos europeos, al no haber recambio generacional, el envejecimiento progresivo, acelerado de la población, el invierno demográfico conducirá al suicidio colectivo.

Aunque Zemmour no nombre a España, los que siempre hemos estado en el vagón de cola de Europa, de la “modernidad”, ya estamos situados en las primeras posiciones y hemos alcanzado el dudoso honor de estar en la locomotora que camina hacia el abismo. También España ha incorporado la costumbre de esperar casi al penúltimo óvulo del ciclo reproductivo para iniciar las tareas de fecundación, cada día es mayor el número de mujeres, madres “cuarentonas” e incluso “cincuentonas”. Y por otro lado, las denominadas leyes “de igualdad y género” fomentan el divorcio por desahucio y por repudio –del varón, claro- garantizando que España conduzca definitivamente la locomotora europea que camina hacia el suicidio.

Frente a este panorama, sin duda aterrador, los progresistas consecuentes y los tecnócratas competentes tienen una solución: la inmigración. Pero ahí las feministas se han encontrado una piedra inesperada en el zapato; ¡Han planificado con tanta ilusión una arcadia feminista, purificada de sus segregaciones masculinas, para acabar recluidas en una Eurabia o una Euráfrica rebosantes de testosterona!

Es la gran paradoja de la historia de una feminización que, en realidad, no ha sido más que una “desvirilización”, según Zemmour: la “pulsión de vida” femenina frente a la “pulsión de muerte” masculina. Esquema que afirma que las mujeres no destruyen, sino que protegen; no crean, sino que mantienen; no inventan, sino que conservan; no fuerzan, sino que preservan; no infringen, sino que civilizan. Por ello, la feminización de los hombres ha traído consigo una descompensación del tradicional equilibrio entre ambas pulsiones. “Al feminizarse –dice Zemmour-, los hombres se castran a si mismos, se esterilizan, no se permiten ninguna audacia, no emprenden ninguna innovación, no osan transgredir nada de nada; se contentan con conservar. Entre otras cosas, la feminización de la sociedad y el consiguiente debilitamiento de las pulsiones masculinas explican el estancamiento y el declive intelectual y económico de Europa.

Éric Zemmour, que aparentemente no se ha percatado del parentesco y los antepasados comunes del feminismo y el comunismo (tal vez no haya leído aún el Manifiesto Scum de Valèrie Solanas y “La familia, la propiedad y el estado” de Federico Engels) llega, sin embargo, a emparejarlos en su desenlace previsible. Según él la feminización de los hombres obedece a una voluntad de escapar a la tiranía de una Razón que ilumina, para lo mejor y lo peor, la historia de Occidente. La feminización de los hombres y de la sociedad se vive como una alternativa feliz, la búsqueda de una nueva edad de oro, la parusía universal. El sueño feminista ha sustituido al sueño comunista. Y ya se sabe cómo acaban esos sueños.
Decía un tal Francisco de Goya y Lucientes aquello de “los sueños de la razón producen monstruos”.
Pues, “eso”.

Una vez terminado de leer, cundo un acaba cerrando el valiente libro de Eric Zemmour no puede evitar seguir interrogándose sobre la profunda crisis demográfica de Europa, la feminización-afeminamiento y pérdida de energía de sus pueblos, su sustitución por minorías étnicas inmigradas, indudablemente más viriles… Pero lo más trágico de la historia es que la mujer contemporánea acaba siendo su propia víctima. Se afana en domesticar y afeminar a su compañero, conforme a los nuevos cánones de la sociedad moderna, pero cuando lo consigue y se despierta, rechaza, desprecia, pisotea a su hombre tachándolo de pelele o maricón sin el menor problema. Por fin sola, puede soñar de nuevo en encontrar a un hombre de verdad.

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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