Sociedad
¿Por qué se oculta la nacionalidad de los agresores y que 7 de cada 10 niños son asesinados por sus madres?
Laureano Benítez Grande-Caballero.- Como es natural, las izquierdas amamantadoras del feminismo radikal intentarán aprovechar el espantoso crimen de Laura Luelmo para volver a una de las matracas preferidas por el NOM: la criminalización del hombre. Y es que esta chusma es así, que lo mismo utilizan cadáveres que asesinatos para lobotomizar a los borregos que les babean sus consignas, siendo una de sus especialidades más obsesivas la constante denuncia de la tremenda lacra social de la violencia de género.
Por supuesto, poco o nada se dirá en los medios apesebrados sobre la urgente necesidad de instaurar la cadena perpetua para personas como Bernardo Montoya –como exige Santiago Abascal– o, al menos, la prisión permanente revisable, derogada por el frentepopulismo, que afirma que el delincuente es la víctima de un sociedad injusta que le obliga a delinquir. Si Laura fue asesinada, fue porque nuestro sistema judicial puso en la calle al asesino de una anciana de 82 años a los 17 años de condena, que además volvió a delinquir nada más salir de la trena.
Los pijoprogres no dirán nada de esto, claro, y apuntarán sus baterías sobre el ominoso heteropatriarcado, como siempre. Y es que, dentro de las distintas facciones de los pijorradicales, tenemos bolchevikes, mencheviques, Echenikes, y feminikes, poderoso «lobby», franquicia de «Femen» –movimiento feminista radical fundado por el mismísimo George Soros en Ucrania–, que es la marea que dirige realmente todo el cotarro podemita, en íntima hibridación con el movimiento LGTBI, promocionado hasta la saciedad por la plutocracia globalista del Nuevo Orden Mundial.
Ya tuve ocasión –en un artículo que publiqué hace algún tiempo—de demostrar taxativamente que el movimiento feminista de tercera ola –fuertemente misándrico– fue planificado, organizado y financiado por el clan Rockefeller, hecho que prueba a las claras qué se pretende con este movimiento que opera a escala mundial.
En la esencia de estos dos movimientos –el feminista y el LGTBI– late con mucha frecuencia, más que una defensa justa de los derechos humanos, un afán subliminal por cavar trincheras en las sociedades, enfrentando a hombres con mujeres, a heterosexuales con homosexuales, con el horizonte final de romper las familias. Un síntoma evidente de esta guerra de sexos a que nos quiere llevar el movimiento radical feminista es su espíritu reivindicativo, frecuentemente revestido de actitudes agresivas e intolerantes. En este sentido, recuerdo la frasecita que nos dejó la lideresa feminista Gloria Steinen: «Una mujer necesita de un hombre lo mismo que un pez a una bicicleta». Frase espeluznante que expresa a la perfección la «castración» que el feminismo radical tiene como principio simbólico.
Por supuesto, aplaudo las campañas en contra de la violencia machista, pero eso no es óbice para que me plantee algunos interrogantes y acometa algunas reflexiones sobre cómo se podría erradicar este horrible estigma que persigue a la humanidad desde el comienzo del mundo, y que parece imposible de eliminar.
De todos es conocido que no es un mal que se pueda combatir exclusivamente a través de la vía policial y judicial, pues su causa se asienta en zonas oscuras de la personalidad humana, en deformaciones caracteriológicas, en patologías difíciles de extirpar. Sin embargo, por debajo de esta corriente de machismo corrompido no es difícil percibir una causa mucho más profunda, que ha convertido este mal en una lacerante llaga de nuestra civilización: la falta de valores.
En este fenómeno han tenido un papel decisivo los movimientos ideológicos de la izquierda, cuya finalidad es subvertir el orden establecido corroyendo los principios y valores que le dan cohesión y estabilidad, intentando llevar al Kaos a las sociedades para después imponer en ellas su despotismo ideológico, el control absoluto de sus conciencias, con el NOM en el horizonte.
Como su objetivo es hacer de zapadores del orden establecido, los radicales antisistema dirigen sus baterías preferentemente contra aquellas instituciones que proporcionan los valores sobre los que se asienta la convivencia. Y, claro, desde este punto de vista su enemigo número uno es la Iglesia Católica. Ya lo dijo Rita «la blasfemaora», que patentó el grito de guerra de «Menos rosarios y más bolas chinas». Rita, ¡contigo em…pezó todo!
Reconozco que hasta ese momento no estaba yo muy enterado de ese juguetito sexual de las bolas chinas, instrumento erótico de las mujeres, que recibe en chino el nombre de «ben wa».
Y yo me pregunto si las vestales feminikes pretenden acabar con la violencia machista usando esas bolitas. Que yo sepa, el Vaticano nunca las ha prohibido, y me resulta epatante que mujeres ateas y anticatólicas se preocupen por la opinión que tenga Roma sobre el tema.
Mas, mira por dónde, estoy firmemente convencido de que si la gente rezara más rosarios habría muchísima menos violencia sexista, pues considero totalmente imposible que un cristiano convencido, que un católico practicante maltrate a su mujer.
O sea, que el rezo del Rosario es el arma perfecta para acabar con la lacra del machismo agresivo.
Por esta razón, me resulta incomprensible que la izquierda radical clame contra la violencia machista, a la vez que mantiene visceralmente su tradicional ideología anticatólica, que igual quema iglesias y viola monjas, que pretende eliminar totalmente la enseñanza católica de la religión, denunciando concordatos y pretendiendo cobrar el IBI a una institución que ahorra al Estado 32.000 millones de euros al año.
Cuando estudiaba con los Escolapios, llevaron a mi colegio una campaña que promocionó a nivel mundial el sacerdote Patrick Peyton, cuyo objetivo era hacer una llamada al rezo del Rosario en familia, bajo el lema: «La familia que reza unida, permanece unida» que, adaptada a los tiempos modernos, vendría decir algo así como: «Si queréis acabar con la violencia machista, más rosarios, y menos bolas chinas».
PD: ¿Por qué el 016 solo atiende a mujeres víctimas de violencia, y no a hombres? ¿Por qué el Observatorio para la violencia de género solo recoge, entre 2013 y 2017, una media de 6 hombres víctimas de la violencia de género, cuando –según las crónicas de sucesos de la prensa– la media viene a ser de unas trece víctimas? ¿Por qué se oculta la nacionalidad de los agresores? ¿Por qué no se dice que entre 2013 y 2017 fueron asesinados 102 menores en el ámbito familiar, de los cuales 48 fueron perpetrados por las madres, hasta el punto de que 7 de cada 10 niños son asesinados por mujeres?
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
