Opinión
«Propietario de España» por José Luis Rodríguez
Una conversación con un patriota suele ser interesante, más cuando tu interlocutor es prácticamente un desconocido, y siendo militar, aborda el nacionalismo de manera natural.
La atenta escucha a su argumentario puede abrir ventanas que hasta el momento te habían pasado desapercibidas. Con total decisión se definió como propietario de España, afirmación que captó de inmediato mi atención y dio pie a su exposición.
Afirmó ser poseedor de un Documento Nacional de Identidad del Estado Español, lo que le convierte en ciudadano de pleno derecho y por tanto, en soberano, según dicta la Constitución en su artículo primero. Y por tal motivo, las decisiones que requieran cambios en la propia Constitución le han de ser consultadas mediante referéndum.
Razón no le falta, y si el conjunto de los españoles tuviesen tan claro éste concepto, otro gallo cantaría, y bien, porque de no ser así, la decisión de desplumarlo estaría en nuestra mano.
Ante circunstancias poco habituales, me esfuerzo en utilizar el pensamiento lateral, observando desde diferentes puntos de vista para realizar un análisis más preciso y obtener un resultado objetivo.
Encuentro en esa afirmación una nota preocupante. Si ser poseedor del DNI te otorga la calidad de ciudadano de pleno derecho y el respectivo título de propietario de España, de una parte de un todo indivisible, a partir de aquí, los nacionalistas catalanes también son propietarios del territorio nacional, lo que no les autoriza en ningún modo a reclamar para sí parte de una tierra que nos pertenece a todos lo españoles por igual. La teoría de la independencia, si ésta se encontrara dentro del marco legal, que no es el caso, debería ser sometida mediante referéndum a todo el pueblo español, catalanes incluidos.
Repito, no es el caso. Me preocupa el número de NIEs expedidos a diario, entiendo el efecto llamada y la ausencia de control en la inmigración ilegal, no como un acto solidario, ni como mano de obra necesaria, sino como la entrega de nuestra propiedad a extraños con intenciones destructivas para la Nación, siendo destacables los privilegios que se les otorgan por encima de los nativos y el trasfondo malintencionado disfrazado de solidaridad y socialismo.
Eso es el papeles para todos, otra forma de dinamitar los cimientos de la Madre Patria, señora «Ninistra». Y es que eso de la matria es para otorgarle un Premio Darwin.
Supongo, que usted que es Ministra ya sabe de qué va, pues muchos de sus camaradas han recibido una o varias nominaciones, pero usted, se lo llevó al vuelo. Así pues, considere su estatus de propietario de España como equivalente a un título de Lord inglés, y defienda sus tierras como tal, y no deje de nominar al Darwin a cuanto mentecato reluciente encuentre, para corregir actitudes cretinas y carentes de talento, eso hará bien a su espíritu.
José Luis Rodríguez
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
