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Opinión

Pucherazo: acepciones y traición. Por Jesús Salamanca Alonso

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El puchero ha sido una pieza característica de la cacharrería castellana. Todavía quedan importantes reductos del oficio alfarero en las provincias de Valladolid, León, Zamora y Salamanca, aunque el puchero ya no se encuentra en el elenco de piezas de la alfarería moderna.

Uno se imagina una vasija de barro vidriado (o sin vidriar), con base más o menos amplia, panza redondeada y apenas cuello, boca ancha, una o dos asas, utilizado para guisar o cocer alimentos. También en sentido figurado se suele aludir al puchero para referirse al alimento diario y regular. Igualmente, nuestro diccionario recoge “hacer pucheros” como la mueca o gesto que precede al llanto fingido o verdadero.

A ello habría que añadir muchas otras expresiones como “puchero de enfermo”, para referirse al cocido que se hace en tal recipiente, sin ingredientes que puedan ser nocivos a los enfermos. Una acepción antigua y claramente sexista es la de  «atizar el puchero», para aludir al hombre que se quedaba en casa mientras la mujer salía a trabajar. La expresión «puchero de viuda» —expresión antiquísima y muy utilizada en algunos pueblos de Segovia— para indicar el puchero pequeño de una sola ración.

Quienes en la alfarería tuvimos nuestro primer «modus vivendi», a un puchero grande lo llamábamos: pucherazo. Lógicamente, para definir el tamaño empleábamos el sufijo aumentativo con lo que incrementábamos la magnitud del significado del vocablo.

Si tenemos en cuenta que los sufijos aumentativos indican muchas veces menosprecio o desestimación, no podemos ver otro significado distinto a éste en cierta actitud antidemocrática e impropia de ciudadanos serios y respetables. Más bien, cuando acontece una trampa electoral consistente en alterar el resultado de un escrutinio de votos, y refiriéndonos a su autor o autores, hablamos de defraudado­res del sentido común, misioneros de la insolidaridad, mandados del resentimien­to, … En fin, ¡catedráticos de la estupidez!

«Dar un pucherazo» apenas solemos asimilarlo a dar un golpe con un puchero, y sí a un golpe de Estado, un engaño, una trampa o un fraude electoral. Tal actitud la hemos encontrado plasmada en libros y diarios para referirse a la misma «broma de mal gusto» que empaña toda forma de convivencia democrática, altera la credibilidad más sincera y enfanga logros alcanzados con sacrificio.

Así mismo, por asimilación hemos estudiado esa trampa electoral calificada como cabildazo, pucherazo, arbitrariedad, chanchullo, abuso, tropelía, exceso, atropello, polacada, desafuero, desmán, canallada, … He aquí la riqueza de nuestra lengua, tantas veces denostada, reprimida y asediada allí donde la  «política de verbena y violencia» pretende imponerse a la razón.

Hoy a nadie sorprende oír que el voto individual es un derecho y un deber. Uno y otro son caras de la misma moneda. Igualmente, inseparables son las dos bolsas que forman la alforja de la fábula del griego Esopo o, precisa es también, la máxima del filósofo y sacerdote francés Lamennais: «el derecho y el deber son como las palmeras: no dan fruto si no crecen una al lado de otra».

En la tercera década del siglo XXI cuesta creer en lo que conocemos como «dar un puchera­zo». Más recuerda algunas actuaciones propias del siglo XIX, abundante en intrigas, conspiraciones y arbitrariedades. Un siglo donde los despropósitos y los escándalos municipales eran «moneda de curso legal», sobre todo en grandes municipios o capitales de provincia. Era el siglo del cacique, del fraude, de la convención y de la imposición de candidatos sin sombra que pudiera alterar su elección. El siglo de cabecillas y jefecillos en el ámbito local y del «turnismo» de la Restauración entre conservadores y liberales en el plano nacional. Un siglo donde, si era preciso, el poder acudía a la arbitrariedad, régimen natural del pueblo español en palabras de Unamuno.

La seriedad, la reciedumbre y el sentido de la responsabilidad no deben dejar resquicio posible para el fraude al estilo «bananero» del «pucherazo». Los políticos están obligados a dar prueba de ello a diario; aunque pasadas las elecciones regresen a las «trincheras» de su individualismo. Una actitud que nunca cambia: hace noventa y dos años, por poner un ejemplo distante en el tiempo, con motivo de las elecciones de abril de 1931, DIARIO REGIONAL desconfiaba de los futuros ediles y plasmaba en sus páginas un sentimiento de rutina y conformismo al publicar que se repetirían los mismos procedimientos de siempre, las visitas domiciliarias, los abundantes convites, «el ofrecimiento de grandes mejoras, cuando no el de algún empleo, y, pasadas las elecciones, derrotados o con el acta… no volverá a vérselos hasta otras».

Comparemos esa realidad con la actual: en casi todas las provincias de nuestra comunidad, los diputados y senadores desaparecieron tras las elecciones autonómicas y generales, pero ante la proximidad de las siguientes empezarán a enviar notas de prensa a los medios de comunicación, darán conferencias, asistirán a mesas redondas, inauguraciones y escribirán artículos. Llega el momento de hacer méritos ante el respectivo jefe, ¿y durante los cuatro años que transcurren entre dos procesos electorales dónde han estado? Esto también es sinónimo de pucherazo, abuso, tropelía, fraude, desprecio o engaño.

Párense a pensar unos minutos e intenten escribir el nombre de los diputados nacionales, regionales, senadores y concejales de su provincia. ¿Recuerdan el nombre o la cara de alguno de ellos? Confieso que yo no. Además, en ningún momento ha recogido la prensa diaria la labor de esos senadores y senadoras que desaparecieron hace cuatro años. Al igual que los diputados. Como mucho ha salido algún concejal de gobierno, rara vez de la oposición. Ese desprecio es el mismo con el que este «escribidor» los pagará en las próximas elecciones. Desprecio con desprecio se paga. Todo lo anterior de este mismo párrafo me recuerda lo sucedido en la localidad de Olmedo en las primeras elecciones democráticas donde un pastor quiso romper la urna porque a su señora le había tocado de mesa. Pero eso lo dejo para otro día.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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