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Opinión

¡Que llega VOX! ¡Que llega VOX!

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¡Que llega VOX! ¡Que llega VOX!

… Y al escucharlo, miles de autodenominados “patriotas” comenzaron a corretear de un lado a otro emitiendo grititos histéricos que mucha gente confundió con el maullido de un gato al borde de la muerte por despellejamiento “in vivo”. 

Y no exagero. 

En cuanto a “Los Otros”, los comúnmente denominados “progres”, “socialistas”, “podemitas” y muchos otros nombres de gran colorido y tradición hispana, también mugieron y a la voz de su Amado Líder, ese prohombre inefable que atiende por, –entre otras denominaciones– “el chepas”, declararon la (no es broma, oigan) “Alerta Fascista” y corrieron aún más deprisa para formar sus hordas (¿quizá piaras?) Para atribular, inquietar, molestar e indignar al personal andalusí que realizaba sus quehaceres cotidianos. 

¿Y a qué tanto escándalo? 

Porque si bien el resultado político de las últimas Elecciones Andaluzas ha sido, digamos, inquietante para las fuerzas “suciolistas”, los que de verdad han acusado el golpe en sus propias carnes –y témome que lo acusen aún más próximamente– han sido las cadenas de negocios (capitalistas) conformadas por bares de carreteras, barras americanas, clubes de anuncios de neón, puticlubs tradicionales y, en fin, todos aquellos lugares de perdición y lenocinio que tanto han progresado económicamente con los cientos de miles de euros invertidos (¿diariamente quizá?) Por el personal de la Junta de Andalucía y sus adláteres. 

Por no mencionar el Cartel de Cali, el de Guanajuato, el de Chihuahua y el de Viveiro, que tanta y tanta cocaína han transportado, Despeñaperros p’abajo, para surtir las necesidades, siempre crecientes, del personal pendiente, dependiente e independiente de la Susa-dicha Junta de Andalucía. (Premio para el que haya captado el doble sentido Susa-na). 

Todos a la ruina más miserable. Una pena. 

Pero salvo estos pequeños detalles, resulta ciertamente inexplicable el cabreo monumental que algunos próceres de esos que entregan carné de Patriota con el rotundo éxito de VOX. 

 

Porque si hemos de ponernos serios, -y miren que me cuesta hacerlo tratando temas de esto que se ha dado en llamar democracia- también podría yo reconocer que VOX tiene cosas que no me gustan nada, otras que -porque las desconozco- me hacen desconfiar y que las que conozco, y me gustan, no tengo nada claro que puedan ser llevadas a cabo. 

Pero en fin. Lo que no veo es motivo de queja. La izmierda brama, y eso es bueno. El PP gira a la derecha, y eso también es bueno. 

El PSOE se pega un cacharrazo -bueno y placentero de ver- Y PODEMOS rabia como un perro sarnoso -observarles soltar espuma por la boca es realmente orgásmico– Además, y por el mismo precio, hemos conseguido que CIUDADANOS se descubra -una vez más- como un partido-péndulo, que tan pronto tiene un ojo en Pontevedra como otro en Cádiz. Según soplen las isobaras.

Y por si esto fuera poco, es más que previsible que el Caudillo permanezca en El Valle por muchos años. 

¿Que más podemos pedir?

Bueno, pues sí. Pues leo a gente que como los predicadores evangelistas más turulatos no saben más que advertirnos de lo “sionistas” que son en VOX. Huy. Que miedo. 

Santiago Abascal

Santiago Abascal

Cierto es que Rafael Bardají, en VOX desde 2018, es un conocidísimo “lobbysta” pro Israel. No menos cierto es que defiende y ha defendido a Chuck Norris, lo que me parece mucho más inteligente. 

¿Que quieren que les diga? ¿Que me gusta? Pues no me gusta, no. Pero también es cierto que los Poderes Internacionales que conforman el Nuevo Orden y que evidentemente mandan mucho en nuestra Patria están presentes no precisamente por la Embajada de Israel en España, sino por lugares mucho más cercanos y peligrosos: La Unión Europea, la Masonería, Bilderberg, las grandes bancas internacionales -Rothschild, Morgan, Rockefeller…- que a su vez intervienen el Banco Central Europeo, el Banco Mundial y la Reserva Federal. 

¿Que me voy a preocupar porque VOX apoya al gobierno de Tel Aviv? Pues relativamente. Me preocupan más los inmigrantes que violan españolas en nuestras ciudades. 

Una vez que resolvamos ese “pequeño problema de la inmigración” y uno o dos que también son más urgentes, hablamos de estos detalles. 

¡VOX es capitalista! Si, ya, ya lo sé, caballeros. Y yo. Y ustedes. Porque la economía tiene dos caminos, el capitalismo y el desastre. 

Ahora bien; nadie me ha señalado que VOX esté a favor del “capitalismo especulativo” que se basa, no en la producción, sino en la especulación. Mientras yo no vea que VOX prioriza, como ha hecho PP y PSOE, esa especulación por encima de la sana y fortalecedora producción, no voy a llorar. 

¡VOX es abortista! ¡Mentira! ¿Que coño dicen? En el programa electoral de VOX (sí, YO sí lo he leído) exigen que el aborto salga de forma inmediata de la sanidad pública. En todos los supuestos y sin excepciones. Otra cosa es que, así, de entrada, VOX no vaya a penar con cárcel a las … asesinas que maten a sus bebés. Debería, pero no podrá hacerlo. 

¡No se quejen! Ustedes querían democracia, ¿No? Pues cómanse su democracia. Esto es lo que tiene: que no se puede legislar de un extremo al otro así de golpe. Hubieran elegido “Fascismo” y ya les garantizo yo que las tipas que asesinasen a sus propios hijos serían inmediatamente esterilizadas: Al fin y al cabo, el ser femenino singular capaz de asesinar a su progenie es indigno de reproducirse. 

Pero ay. Esto sería algo muy fascista. Y no puede ser. Lo ha dicho alguien. Está prohibido. Lástima. Disfruten lo votado en la Constitución. 

A mí de momento me vale con lo que ofrecen; sobre todo teniendo en cuenta que el resto de “partidos” lo que ofrecen es, literalmente, mierda de caballo. 

Y por concluir, les ofrezco un par de conclusiones:

A saber; lo más esperanzador de la “irrupción” de VOX en la política activa es que se produce un “corrimiento” hacia la derecha, o hacia el… “azul”. Se abre un territorio inexplorado para la aparición de más opciones “a la derecha de la derecha”. Es decir, para esas opciones que muchos desean pero que no se atreven a nombrar. Quizá esto abra caminos para el futuro. 

Y por supuesto, no olvidemos el gran número de camaradas que están militando en VOX a día de hoy. Militantes que tienen nuestros mismos deseos, nuestras mismas ideas y nuestros mismos objetivos. Ellos podrán modificar VOX desde dentro. Ellos, y no nosotros. 

No lo olviden, porque ni ellos ni el enemigo van a olvidarlo. 

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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